26 de octubre de 2004

Genética aplicada


¿Cuánto de sofisticado puede ser el
instinto reproductivo? Mucho, mucho

Es notable lo revuelta que se está poniendo la concurrencia a cuenta de lo innato. Aquello con lo que uno nace (sea herencia genética, mutación azarosa, ingesta etílica del inseminador o dieta rica en hidratos de la gestante) carece de todo mérito. La condena bíblica decía "sudad", así que aquello que viene de serie no puntúa. De entre todos los dones inmerecidos (es decir, que nada se ha hecho para poseer), el que peor mirado está es el más visible, valga el juego de palabras. A quienes la naturaleza bendice con un acabado de calidad, la sociedad portera los maldice con desdenes; y si esa armoniosa mesura en volúmenes y revestimientos se convierte en fuente de ingresos para su propietario, entonces los desdenes pasan a ser improperios. Eso sí, si el bello bicho es hembra, será objeto de algo peor que los improperios: la compasiva comprensión redentora de alguna congénere manumisora. Y todo por recoger unas pelotas del suelo, que mira tú qué cosa tan grave. La genética y la biología están mal vistas, necesitarían un buen gabinete de comunicación. El conductismo mitificó el aprendizaje, la emancipación de la mujer proscribió cualquier diferencia fisiológica (sonadas han sido las persecuciones inquisitoriales contra los científicos que, hace apenas dos décadas, se empeñaron en conocer el funcionamiento del cerebro de hombres y mujeres), y el pensamiento políticamente correcto remató la faena y terminó por crear novísimos dogmas y tabúes. Dogma: No hay diferencias biológicas que deban ser explicadas y que motiven comportamientos. Hablar de ello es una grosería. Tabú: Las mujeres no pueden (los hombres sí) tener un trabajo donde lo importante sea la presencia porque cuestiona su dignidad como seres humanos. Admirar la belleza es una frivolidad.

En fin, malos tiempos son estos para hablar de la guerra de sexos, como decía el crítico Hilario J. Rodríguez, porque "las dramáticas cifras de asesinatos y malos tratos han generado un clima de crispación y censura que nos impide tomarnos a broma una comedia tan valiosa, agresiva y perversa como Abajo el amor". Antes de seguir una confesión: a mí me gusta le gente hermosa. Dice mi médico que es frivolidad, pero yo tiendo a pensar que es pura biología. Pero nos estamos adelantando.


Mujer moderna, hombre encantador

La comedia americana trató la guerra de sexos con gran desparpajo y una modernidad deslumbrante hasta que, tras la Segunda Guerra Mundial, se impusieron el baby-boom, la prosperidad económica, la comodidad electrodoméstica y la felicidad por decreto. Los equívocos, las tensiones sexuales y los enfrentamientos dialécticos entre parejas de hombres apuestos e inteligentes y mujeres bellas e independientes (parejas mixtas, ojo), habían compartido espacio con otro modelo, el de los conflictos turbios de hombres atormentados y fugitivos con mujeres bellas, independientes y decididamente malévolas que poblaron el cine negro. Mientras Cary Grant era alternativa desenfadada a Humphrey Bogart, Katharine Hepburn lo era de Laureen Bacall. La mujer podía ser aquella incontrolada y audaz brisa vespertina de La fiera de mi niña, de Howard Hawks, o un ser descarriado con propensión al atajo moral que llevaba en su piel escrita su condenación y la de los hombres que se le acercaren, como ocurría en Atrapado por su pasado (1947), de Jacques Tourner. Los hombres transitaban entre los juegos de cortejo aderezados por una esgrima verbal de alto copete, a ser presa de su debilidad y rudeza con las mujeres. De la pulcritud del cronista de sociedad a la hosquedad del empleado de gasolinera, por seguir con los ejemplos antedichos.


Singular ideal monoparental

Sin embargo, la guerra de sexos en el cine conoce un momento dulce en las películas que protagonizan Spencer Tracy y Katharine Hepburn, cuya pureza formal (a menudo el argumento era un simple duelo platónico) sirvió para crear un subgénero minimalista y especializado dentro de la comedia clásica. Desde La mujer del año (1942), de George Stevens, hasta Adivina quien viene a cenar esta noche (1967), de Stanley Kramer, la singular pareja compartió su vida en el cine y la vida real desgranando, ante la legión de espectadores que acudía a sus películas, los paisajes por los que transita la vida en pareja, con sus miserias, tensiones, golpes de estado, chantajes, y conspiraciones nocturnas y alevosas, es decir, con todo aquello que la hace divertida y apasionante. Como estábamos a mediados del siglo y no en la Belle Epoque, el esquema era transgresor sólo en apariencia. A menudo en la primera mitad de la película la mujer ponía de manifiesto sus capacidades y se ganaba un papel destacado en el mundo social, por encima del de su partenaire, para finalmente sucumbir, en el espacio doméstico del hogar, a la necesidad de desempeñar el rol tradicional que se reserva a la hembra y acabar la película anteponiendo la felicidad marital a la realización personal.

Pese al jaez conservador de la moraleja, estas excursiones femeninas por la emancipación iban calando y, en todo caso, eran mucho más aceradas que las que protagonizarían una década más tarde Rock Hudson y Doris Day, desde Confidencias a medianoche (1959), de Michael Gordon, hasta No me mandes flores (1964), de Norman Jewison. En las coloristas comedias de Hudson y Day, la mujer siempre termina subordinando sus aspiraciones profesionales a su enfermiza inclinación al matrimonio, más que al marido. Si Hepburn sucumbía a un hombre, Day se sometía a un sacramento. El contraste con la época anterior no puede ser más paradójico. Tracy y Hepburn llevaban un trasunto de sí mismos a la pantalla. Sin embargo, Hudson y Day representaban un ideal que se resquebrajaba tras las bambalinas. Él vivía su homosexualidad ocultando el oprobio de su pecado hasta que una enfermedad lo obligara a una dramática confesión de su doble vida poco antes de morir. Ella fue maltratada por varios de sus maridos.


Cabe preguntar de qué se reían, pobres

El patetismo de esta mascarada fue aprovechado por Peyton Reed, un protegido de Robert Zemeckis procedente de la televisión y los documentales de rodaje, para firmar la cáustica comedia a que aludía Hilario Rodríguez en la cita del principio: Abajo el amor (2003). Ewan McGregor y Renée Zellwerger son rivales en esta comedia llena de citas bastante explícitas (desde su colorido chillón hasta los gags a pantalla partida) a sus predecesoras, con las que es coetánea, al menos en ambientación. El personaje de Zellweger, Barbara Novack, es una escritora ideóloga de una singular liberación femenina basada en el destierro del amor: la mujer es libre hasta que se enamora, por lo tanto debe aprender a prescindir del enamoramiento, que es una forma de sumisión. Catcher Block (MacGregor) es un periodista de éxito, un tenorio irresistible que pretende conquistar a Novack para demostrar al mundo que hasta la más emancipada de las hembras aspira a enamorarse y montar una familia monoparental tradicional. Y a punto de está de conseguirlo. El sagaz Block ha descubierto sin saberlo la programación evolutiva humana: la necesidad del varón de propagar su material genético, y la de la mujer de garantizar que un hombre compartirá los exigentes trabajos de la crianza de sus hijos, dado que los cachorros humanos tardan mucho tiempo en ser autosuficientes (ahora mismo, unos 30 años poco más o menos). La cultura, el progreso y la inteligencia son el contrapeso a esta pre-programación del gen egoísta para la perpetuación. Del conflicto entre lo innato (ese puñetero darwinismo) y lo adquirido (progreso económico, libertades individuales y derechos humanos) surge un choque de trenes, individual y social, que da lugar a las situaciones más cómicas.


Divergencias verticales

Lo habitual en las comedias es que los sentimientos (en la guerra de sexos es tanto como decir los instintos) se impongan a la razón (la emancipación social), lo que hace que la moraleja final sea frecuentemente tomada por conservadora, si no reaccionaria. Y con razón. Pero en Abajo el amor (2003), el guión guarda aún algunas vueltas de tuerca para el final, tan corrosivas que importunaran tanto a los tradicionalistas ideólogos del papel doméstico y domesticable de la hembra humana (léase Buttiglione), como a los más avanzados defensores de la igualdad de derechos y oportunidades (léase Soledad Murillo). Esta arriesgada equidistancia entre lo ultra y lo moderno, siendo como es una broma, convierte a la película de Peyton Reed en una mordaz parodia de nuestras más flagrantes contradicciones, de la dicotomía naturaleza y sociedad, que es parecida a la que enfrenta la fe con la razón pero no exactamente igual. Porque de la fe y la superstición puede uno emanciparse, pero de la genética no del todo.

La inversión de valores que plantea Abajo el amor hace que la habitual urgencia sexual del varón dé paso a las prisas de Novack por llevarse a la cama a Block, que se hace pasar por un astronauta melindroso. Esta treta persigue, por la lógica de la acción-reacción, que el reportero se resista, puritano, a un encuentro sexual inmediato, frente al apremio de la nueva mujer emancipada. Ambos fingen ser quienes no son y en este gracioso retorcimiento del modelo Reed ofrece la evidencia de que, aún dándole la vuelta, la genética devuelve a cada uno su sempiterno rol, a saber: un varón dispuesto y ansioso frente a una hembra que administra los tiempos dedicados al sexo recreativo (y no precisamente los de la fertilidad, cuidadosamente ocultada por la biología evolutiva) para garantizar la permanencia del varón a largo plazo. La escritora se sale con la suya y maneja el timming a partir del fingimiento de que es él quien pospone el ansiado ayuntamiento. En el fondo ambos son víctimas tanto de las trampas propias como de las del rival.


Convergencias horizontales

Lo divertido del asunto este de la guerra de sexos es que cuanto más vueltas le damos más complicado parece lo que, por lo general, sigue siendo tan simple como siempre. Aún hoy, la cantidad de mujeres que subordinan el éxito de su carrera a los requerimientos de una pareja masculina supera de lejos los casos inversos, de dónde se deduce que el egoísmo genético es una resistencia para la que no siempre la razón es arma suficiente. La comedia hollywoodiense, incluida esta ácida revisión, convierte este conflicto en una competición, un juego de fingimientos y equívocos vodevilescos, allí dónde los franceses ponían un esfuerzo por intelectualizarlo todo, ofreciendo explicaciones maravillosamente complejas, acaso brillantes, sobre cuestiones de sonrojante simpleza. Guillermo de Ockham, ideólogo de la economía del pensamiento, proscribiría tal desperdicio de neuronas. Al cabo, los seres humanos somos hembras por defecto, es decir que los fetos se desarrollan con atributos femeninos salvo que el proceso sea interrumpido por una determinada producción de hormonas en un momento concreto de la gestación. Si no se liberan esos catalizadores a tiempo, seríamos mujeres aunque el cromosoma 23 delatara otro destino. Los varones somos pues la anomalía, y en nuestra persecución descerebrada de la hembra puede entenderse una forma de abrazar la ortodoxia, de reconciliarnos con un destino preternatural y platónico.

Gaspard, citado aquí hace escasas semanas, exploraba con su mano el pantalón de Solenne mientras la besaba con entusiasmo y ella respondía con simétrica determinación (un día de estos les explico por qué las mujeres ponen determinación donde los hombres ponen entusiasmo, las diferencias de matiz entre ambos y los muy diferentes resultados que se cosechan con uno y otro atributos). De pronto, sintiendo ella la mano intromisoria del joven, se zafa: "Ya sé que parezco muy liberal, pero tengo un principio: nunca la primera noche". El infeliz acierta a mentir: "Estoy completamente de acuerdo". Ella, triunfante, abandona el sofá que aspiraba a tálamo, para retirarse a dormir. Y Gaspard se despide con sonrisa de compromiso, urdiendo ya una nueva porfía.






pvallin@divertinajes.com
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