19 de octubre de 2004

La fragilidad de lo real


Ser y tener, dos conjugaciones básicas
en francés y dos atributos para la vida

Nacido de un original de Félix de Azúa, el último artículo de nuestro pensador de atención primaria, Joaquín Ortega, abordaba el pangeográfico asunto de las elecciones norteamericanas y expresaba su sorpresa y urgencia ante la pérdida de entidad de la verdad, esa vieja y resistente pared que se niega a aceptar que el régimen laico de Saddam Hussein estuviera en conexión con la red de Osama Bin Laden o que en Irak existieran las armas de destrucción masiva que a George W. Bush le hubieran valido un desfile bajo el confeti. A juzgar por la cotización del petróleo, un cínico diría que tampoco existían las prometidas reservas de crudo. El argumento contiene la perversión de aceptar que la mera existencia de ese arsenal justificaba la invasión, una paradoja si tenemos en cuenta que las armas son un indicio de agresión, no la agresión misma, y que el país más armado del planeta es ese guardián evangelizador de sociedades predemocráticas que imparte la doctrina de la letra con sangre entra. Es decir, que la coartada no pasa de ser un prejuicio, como bien saben los gobernantes norteamericanos, cuyos súbditos viven armados hasta los dientes sin que el FBI entre en sus casas al asalto o envíe una misión de inspección de Naciones Unidas. En su desbocada huida hacia la policía del pensamiento que ideó Phillip K. Dick (y que inspiró Minority Report, de Steven Spielberg), los chicos de Bush aseguran que si Irak no tenía las armas, sí la intención de tenerlas, lo que eleva al paroxismo la deriva nebulosa de la justificación de esa atroz conversión de una dictadura personalista y laica en una guerra civil, religiosa y colonial inacabable.


Jojo y el señor López robados a la realidad

La verdad que reivindican al unísono De Azúa y Ortega moría a los pies de los caballos postmodernos el mismo día que el relativismo cultural dejaba francas las puertas de la ciudad de los hombres al relativismo moral. Pues la cultura es una hija indiscutible de la moral, de modo que no puede existir una sin la otra, y viceversa. Jon Juaristi sostenía que la cultura y la civilización arrancan con el tabú del incesto. La tesis es discutible porque ese tabú tiene su móvil genético y está presente en otras especies, pero da una idea de la estrecha relación entre la moral y la cultura.

El cine no ha sido ajeno a este asalto a la verdad, que ha afectado a la credibilidad de la imagen, y que ha provocado la dilución de las fronteras entre ficción y realidad. La imagen nunca tuvo la consideración de realidad, pero sí la de su plasmación más fidedigna. Lo único cierto era aquello que podía ser visto, como certeramente consagra el dicho "ver para creer". El cine contemporáneo ha roto este nexo, pero mantuvo durante años unas convenciones que establecían meridianamente la frontera entre la veracidad del documental y la verosimilitud de la ficción. Esas fronteras han sucumbido.

La muerte de lo real


El cine pervirtiendo el lenguaje documental

La televisión no hizo desaparecer el cine, como temían los agoreros, pero se inventó un nuevo lenguaje más verosímil que el de la ficción cinematográfica: el reporterismo. Los códigos visuales de este género, preñado de realidad, eran precarios, se basaban en la urgencia, en aprehender el qué antes que el cómo. La labilidad de su composición visual, hija del apresuramiento de la noticia, se convirtió en rasgo de estilo, un estilo que desbancó al de la ficción dramática en credibilidad, hasta que ésta, como vimos la semana pasada, se apropió de sus códigos y los incorporó a su catálogo de recursos. En palabras del crítico Carlos F. Heredero: "el cine ha perdido la autonomía para crear su propio canon formal, como lo fue el clasicismo, y acude a la televisión en busca de una estética que el espectador ya asocia a un proceso de captura de la realidad". Los ejemplos son innumerables. Y aunque Robert Zemeckis (trampeando documentos para reunir a personalidades históricas como Nixon o Kennedy con su personaje de ficción Forrest Gump) y Steven Spielberg (en el apabullante desembarco de Normandía en Salvar al soldado Ryan) han sido alumnos destacados en el uso de recursos robados al periodismo o el documental, fue Oliver Stone el que puso una pica en Flandes con J. F. K. Caso Abierto (1991). En ella conviven el lenguaje de la ficción con el documental cinematográfico y el documento televisivo, tanto reales como fabricados para la película.


¿Imagen real o trampa mortal?

La singularidad de este film y lo que establece una diferencia sustancial con las antes mencionadas es que pretende ser una reconstrucción de un hecho histórico, el asesinato de John Fiztgerald Kennedy, cuyos extremos nunca fueron convenientemente aclarados. Stone no se conformaba con recrear una realidad sin más, sino que quería ofrecer la verdad. Un objetivo tan ambicioso requería, claro, superar la limitada credibilidad del discurso cinematográfico y el director dio todo un recital de técnicas narrativas de diferentes calidades y procedencias orquestando un conjunto incuestionable. En lo cinematográfico y en lo emotivo. La película consternó a un país que, tres décadas después, seguía llorando al favorito de América.

Pero tal perversión, por más que constituyera una cima artística que su director nunca volvería a arañar, no había de ser gratis. Su prestidigitación, unida a otros muchos escamoteos de similar jaez y calidad infinitamente menor, supusieron lo que Heredero denomina "la pérdida de la inocencia del receptor de imágenes". La multiplicación de estímulos visuales haría algo más que romper el nexo entre la imagen y lo real: los integró, de modo que hoy la imagen es una parte más de esa realidad líquida que teorizó Zygmund Bauman. "Nos encontramos ante un nuevo marco de discusión: mientras antes la discusión pivotaba alrededor del concepto de verdad, ahora el conflicto para el espectador es valorar la verosimilitud de las imágenes", explica Heredero.


Lo verídico no siempre es verdadero

Los modos de algunos de los creadores de moda, caso de Michael Moore (Bowling for Columbine y Fahrenheit 911 son sus películas estrenadas en España) o Morgen Spurlock (acaba de estrenar Super size me, en la que lanza una feroz crítica a las cadenas de comida rápida tras pasarse un mes entregado a la idiotez de comer sólo hamburguesas), no hacen ningún favor a la reconquista de la credibilidad. Jugando a reporteros, flamean sus artículos de opinión en forma de largometrajes en los que la imprescindible pesquisa del investigador deja paso a un proceso inverso. Las conclusiones existen antes del rodaje, y el director (ambos, Moore y Spurlock) se limita a construir un discurso de la realidad amoldado a esa certeza previa, sin ánimo de ponerla a prueba y con el propósito de convencer al espectador. Es, ya se ha dicho aquí, propaganda. Por más simpáticos que nos caigan, su quehacer sólo contribuye a agrandar la frontera entre cine y verdad. Aunque nos parezcan, a su manera y en distinta medida, imprescindibles.

Un rodeo hacia la verdad


Por la impostura hacia lo real

Entretanto, otros muchos creadores que viven en la indagación de la extraviada realidad, interior y cosmopolita, se encuentran las fronteras desvaídas del discurso fílmico y deben emplear rutas heterodoxas para tocar verdad. El romano Nanni Moretti, favorito de este cenáculo, con su celebrado Caro diario (1994) y su casi desconocida continuación Abril (1998), es un ejemplo perfectamente mediterráneo de cómo la ruta hacia la aprehensión de lo real puede discurrir por senderos alejados y sinuosos, en paseos serpenteantes que, pese a su condición errabunda, acostumbran a ir derechos hacia el espectador para interrogarlo en la butaca. También En construcción (2001), la aplaudida ficción documental del español José Luis Guerín, camina en pos de lo inaprensible de la mano de la heterodoxia. Coqueteando con el docudrama, dramatiza la realidad o deja que esta se celebre frente a su cámara sin importar en qué medida es influyente su intromisión inquisidora, y construye una narrativa, alejada de la ficción tanto como del documentalismo, sin renunciar a la emotividad de la primera ni a la austeridad y pretensión de objetividad del segundo. No muestra la verdad, pero sí dibuja caminos para entenderla.


López demandó a Philibert por
el uso de su imagen

La nómina de estos nuevos investigadores es generosa, aunque conviene arrimar a esta página, para que no pase que la omisión devenga pecado, a Nicholas Philibert, cuya película Ser y tener (2002) ofrece un acercamiento hermoso a la enseñanza en las escuelas rurales. La ingenuidad del enfoque, en cierto sentido preñado de un romanticismo conservador y melancólico, se subvierte por la aparente ausencia de voluntad dogmática. La película sigue a un profesor y sus alumnos, de edades que van de la primera infancia a la preadolescencia, durante todo un curso y practica un cándido afán intromisivo, acercando la cámara a cuanto sucede a los pequeños en sus casas, el aula o el patio. A la caza y captura de alguna verdad sobre el aprendizaje y los mecanismos últimos de la empatía, y atrapa el portento común al maestro y sus párvulos del descubrimiento mutuo y del mundo. Pese a ciertos atavismos rousseaunianos, Ser y tener funciona bien porque se erige en testimonio de un acabamiento, del desvanecimiento de un mundo ahogado por la construcción material y simbólica de la contemporaneidad. La película es, a su manera, un réquiem por el siglo XX y sus menesteres, y como corresponde a esa liturgia lo que procede es una discreta y única lágrima.

Este grupo de directores habita el espacio fértil en el que ficción y realidad se vuelven permeables, y de él, ante la imposibilidad de localizar una verdad mayúscula e incontrovertible, extrae un fórmula nueva, la media-mentira, némesis de las medias verdades que llenan el mundo, y por tanto modesta contribución a entenderlo y entendernos. Los títulos de Moretti, Guerín, Erice, Kiarostami, Los hermanos Darden o Philibert suponen una exploración de un territorio difuso, a menudo sin salida o confines reconocibles, pero que en cada uno de sus intentos ofrece una oportunidad para ser visto y pensado desde una perspectiva nueva y prometedora.






pvallin@divertinajes.com
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