4 de octubre de 2004

La conspiración del azar


El azar se expresa a su modo

Un mes de abdicación de los desempeños rutinarios a los que el hábito de comer y vestir obligan, dedicado parcialmente a contemplar las vidas que otrora fueron paralelas y de las que los avatares me apartaron, me regala una visión especular de lo que el propio observador pudo ser y no fue y es una buena ocasión de dibujar y analizar itinerarios, aunque sea empleando como una referencia geométrica los de los otros, tan próximos y tan alejados en un sentido no meramente espaciotemporal. Se decantan conclusiones obvias pero lúcidas como el repentino alumbramiento de una certidumbre: crecer consiste en ir eliminando espacios al azar, construir empalizadas que impidan el avance de las aguas de la contingencia para buscar un espacio cálido y predecible en el que desarrollar esa función principal para la que existimos, a saber, asegurar la pervivencia de nuestro material genético. Acompañando esta evidencia, aconteció el asalto de otra convicción, barruntada de tiempo pero escasamente reflexionada: la propia anomalía al respecto, una propensión a jugar con el azar y desafiar a sus leyes que no se cura con los años ni con la promesa atisbada de una barba cana a la vuelta de cuatro días. Esta patología, que algunos me diagnosticarían, con el ojo escudriñante del psicólogo, como un inequívoco síndrome de Peter Pan, tiende uno a pensar que va ser culpa de Eric Rohmer.


Cuento de verano, o de los esfuerzos
de Gaspard por mantener la compostura...

No ha mucho tiempo, en el siempre apasionante reducto de Eduard Punset se asomaba un sabio que señalaba que el animal humano vive en la creencia de que su existencia, el mundo en general, es un espacio sobre el que ejercen (ejercemos) un control que en realidad es una pura ficción. El perspicaz sociólogo atribuía esta ilusión a la propia naturaleza humana, la misma que nos obligó a inventar la religión y la ciencia para establecer la casuística aristotélica que ofrece porqués válidos y consoladores, pero añadía que el periodismo (y ahí sentí el dedo acusador que me señalaba a través de los cátodos) es reflejo y multiplicador de esa vocación, empeñado como está en ofrecer historias siempre cerradas, con motivos que a posteriori dan sentido a los accidentes, las catástrofes, las ruinas humanas y sociales, las efervescencias de violencia o las palabras de los que sólo ocupan espacios en los medios por lo que dicen. Esa tenacidad racionalista, que hace encajar cada capricho del azar en los modelos previos, afianza la ilusión de que tenemos bajo control lo que ocurre, lo que nos ocurre. De que lo entendemos. El juvenil longevo francés Eric Rohmer debe ser un disidente, es decir, un iluminado, dada esa terquedad para contar historias en las que la casualidad se convierte en el verdadero impulsor de la existencia. El albur de Rohmer, que todo hay que decirlo, son las mujeres, y el combustible de ese motor de explosión es la pasión erótica, intelectual o sentimental, si es que todas esas cosas no son al cabo expresiones de una sola.


...y de sus estrepitosos fracasos

Las series de películas aglutinadas como Cuentos morales, Comedias y Proverbios y Cuentos de las cuatro estaciones constituyen el núcleo delator de este juego de cortejos caprichosos en los que de forma sistemática los personajes se cruzan por un falso accidente (una trampa, en realidad, pergeñada por la mano del director y guionista galo) en antojadizas intersecciones de caminos que desencadenan cambios de rumbo. Porque, como bien entiende Rohmer, en la sociedad contemporánea occidental, la principal causa de accidentes vitales no es el alcohol ni el exceso de velocidad, sino la empatía casual con un otro con el que nos tropezamos. De hecho, el exceso de velocidad con el que deambulamos entre nuestras triviales ocupaciones perpetuas es más bien un inhibidor del azar, una fórmula que aplicamos, conforme nos vamos poniendo grandes, para eludirnos del influjo de la ruleta, un despecho a los caprichos de la matemática del caos y la teoría de cuerdas, que me apunta mi pensador Luis Muñiz que son expresión palmaria de la postmodernidad, como la física de Newton era la ideología determinista de la modernidad.


Adrien, otro que tal baila

Postula el argentino Ernesto Garrat que Rohmer juguetea con historias pequeñas envuelto en una inquebrantable ética artística, y añade el que suscribe que el venerable director huye de su provecta edad y hurga en historias juveniles por mantener la coherencia de unas vidas entregadas al azar, aún ignorantes de los peligros que encierran las veleidades de convocar perpetuamente el imprevisto. No en vano, muchas de sus películas se desarrollan en la época más propicia a la actuación de la ventura, tal es el tiempo en el que estamos liberados de obligaciones que espanten al azar: el ocio o su expresión mayúscula, las vacaciones. Pauline en la playa (1982), Cuento de Verano (1996), La coleccionista (1967) o El rayo verde (1986) son algunos de los títulos en los que Rohmer coloca a sus personajes en la desinhibición del estío y lejos de los asideros de la rutina. Un territorio inexplorado sin horario, senda o jerarquía.


Marie Rivière, coguionista y
protagonista de El rayo verde

Con todo, no renuncia a constatar que ese atributo genuinamente adulto de creer que el experimento se desenvuelve dentro de unas leyes también está levemente presente en la adolescencia tardía, y así sus locuaces personajes emplean el intelecto para apalancar razonamientos sobre el acontecer, elucubraciones con las que se explican a sí mismos y los demás el supuesto sentido de una trama en verdad urdida por el azar. Pensamientos en fuga, en todo caso, porque cada nuevo acaecimiento obliga a reestructurar el ideograma, algo que las criaturas de Rohmer hacen sin incurrir en contradicción aparente ni cuestionamiento, con una naturalidad que descubre el humor socarrón pero exquisitamente sutil del director oriundo de Nancy. Este burlón sometimiento del intelecto a la interpretación de lo trivial (¿qué hay más inexplicable y a la vez más obvio que las sandeces que hacemos cuando somos dirigidos por las hormonas o la empatía?) se torna singularmente evidente en los personajes de Gaspard (Melville Poupaud), de Cuento de Verano (1996), y de Adrien (Patrick Bauchaud) de La coleccionista (1967). La franqueza y ausencia de drama y de alambicamientos al uso que se gasta Rohmer para abordar las tribulaciones amorosas y sus quehaceres le han valido la acusación de idealismo. Aunque me resisto a someterme a tan arbitrario e injusto juicio sobre el maestro nonagenario, cierto es que algo de elevación platónica debe haber en su aparente costumbrismo hiperrealista cuando uno contempla sus películas con la media sonrisa que nace de una sorda pero confortable sensación de nostalgia. Como si lo que nos contara fuera parte de nuestro propio pasado, de ese que conservamos con el mimo idealizado y deformante de la melancolía.


La coleccionista, carcajadas del azar

Ese talento insólito (el de relatar escozores ajenos para ser vividos por el espectador con la condescendencia con la que se rememoran los propios pecados de juventud) añade nuevas virtudes a los atributos del cine de Rohmer porque lo hace próximo y emocionante, y abjura de cualquier pretensión de intelectualidad erudita que pudiera achacársele a quien escribe películas en las que los personajes no cesan en su afán de hablarlo todo, que no es sino pensarlo todo. Y lo hace sin caer en la tentación de los devaneos nihilistas, tan del gusto contemporáneo.

De regreso de una holganza larga (tanto como la ley permite) y en la que, además de las referidas visitas a viejos amigos también convoqué al azar en su encarnación más infalible, el viaje ocioso, vuelvo otro, no aquél que marchó. El impudor de conjugar por primera vez la hasta hoy deliberadamente preterida primera del singular es sólo una evidencia externa y en cierta medida indeliberada para que los habituales entiendan hasta qué punto el desparpajo de Rohmer es contagioso si se está dispuesto a asumir sus reglas y a compartir sus anatemas. Cumplidos en rebeldía dos años de edicto semanal, me atrevo a más, no tanto como a invitarles a lanzar los dados sin miramientos (allá cada cuál), pero sí a que se dejen mecer por el azar, que renuncien a hacerle la guerra, a las explicaciones postreras cargadas de sentido y de vana pretensión teleológica, y que se animen a caminar sin la peregrina necesidad de esclarecerlo todo. Con este robo al mexicano Héctor Aguilar Camín queda dicho lo necesario:

"Empaqué mi fantasía retrospectiva, reconocí que no había secreto que desentrañar ni explicación que obtener de la piedra dura de la noche, como no hay futuro que salvar ni presente que pueda mejorarse con la exploración del muro muerto de la historia. Acepté eso: la hermosa y áspera gratuidad del mundo, su belleza brutal, renuente lo mismo al absurdo que al sentido, su libertad caprichosa y fértil, ignorante de nuestros sueños, nuestros amores y nuestros nombres".






pvallin@divertinajes.com
Archivo
Volver
Versión para Imprimir