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17 de agosto de 2004
La patria de la épica
Un domingo cualquiera,
como aquí
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El escepticismo es una mala costumbre que aquí en
Europa asumimos, tal vez con demasiada alegría, como sinónimo perfecto de
inteligencia, de sabiduría. Y la desconfianza no es sólo patrimonio del
sabio, también del necio. El cine norteamericano, pero también su historia
política, militar y deportiva, dejan evidencias inequívocas de que la credulidad
es una condición nacional, parte de su idiosincrasia. En estos días en lo
que los asuntos identitarios de los colectivos humanos son al parecer principal
ocupación de las clases política e intelectual ibéricas, resulta imposible
eludir que esa inclinación natural a la candidez o el recelo es cuestión
capital para la conformación de los destinos colectivos. Decía no hace mucho
el vecino Milonguita
Heredia que el combinado nacional de fútbol ni siquiera existe:
"la selección es el equipo de nadie porque a nadie le interesa".
Y decía bien. El escepticismo supone repudio de todo aquello que descanse
sobre intangibles, así que si no se puede apoyar la substancia última del
nacional balompédico sobre una tradición épica, ya sea en la victoria o
en la derrota, su capacidad para aglutinar, para licuar personalidades individuales
en una colectiva, se esfuma. Por eso habitamos unas tierras donde las identidades
se construyen por alteridad, es decir, frente a algo extraño ajeno u hostil.
Por ejemplo, ganar a Italia. La capacidad para consolidar esa imagen comunal
es condición sine qua non para que existan los héroes pues en su
papel está el sacrificio: si el héroe es, según la mitología antigua, hijo
de una deidad y un humano, el héroe moderno necesita aderezar su condición
de mortal con un ascendente divino, sea éste en forma de patria, bandera
o causa. Por eso la ficción de por aquí no tiene héroes, y la de por allá
los encuentra hasta en el béisbol.
El Orgullo de los Yankees,
seguro que la han visto
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La épica deportiva no es sólo un subgénero, en realidad es un género en
sí mismo ya que en el cine de Hollywood no hay películas sobre deportes
que no cuenten con un héroe, que no describan una epopeya. A excepción de
cuando se entrega a la comedia bufa, el audiovisual deportivo es siempre
y sólo cine épico. Es tentador el argumento, muchas veces oído, de
que la carencia de un pasado histórico profundo ha llevado al País de las
Oportunidades a construir mitos modernos basados en su exigua historia que
reemplacen la carencia de personajes míticos del pasado como Arturo,
Roland o Pelayo (por mencionar algunas invenciones más o menos
exitosas de este lado del Atlántico Norte), y que para esa recreación, en
ausencia de literatura mítica, el cine ha sido el auténtico instrumento
de vertebración de lo que por aquí nos gusta llamar una identidad nacional.
Agotado el filón de la Conquista del Oeste y las Guerras Mundiales, al cine
norteamericano no le ha quedado más remedio que construir una iconografía
mágica y legendaria de algo que de por sí ya es a su vez una representación
simbólica: el deporte. Después de todo, la lid deportiva no es más que una
sublimación bastante obvia de la batalla, en su modalidad colectiva, y del
duelo, en las disciplinas individuales.
Que además sus deportes sean de invención propia tiene dos ventajas. La
primera y más obvia es que en ellos no hay lugar al campeonato mundial,
haciendo bueno ese sentimiento tan estadounidense de que el planeta se compone
de Estados Unidos y un Ignoto Territorio Lleno de Indígenas, que incluye
Francia y el resto del mundo periférico. La segunda, que ellos y
sólo ellos son los padres y propietarios de esa modalidad deportiva, lo
que impide la existencia de mitos foráneos.
Los Búfalos de Durham
(Costner y el beisbol, toma 1)
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Deportes de equipo
Con todo esto, no es extraño que el béisbol, ese deporte cuyas reglas suponen
un arcano para cualquiera que no haya nacido en el Nuevo Mundo, se haya
convertido en una constante y una referencia en el cine norteamericano.
Cuando llegó a España El Orgullo de los Yankees (1942), de Sam
Wood, es de suponer que nadie entendería una palabra de ese extraño
juego en el que todo el mundo está muy quieto mientras un tipo agita un
palo frente a otro que escupe frotando una pelotita de tenis. Sin embargo,
la peripecia vital de Gary Cooper en el papel del célebre jugador
Henry Louis Gehrig (más conocido como Lou Gehrig) logró un
oscar y candidaturas para otras diez categorías y fue un éxito dentro y
fuera de las fronteras estadounidenses. Aquí también. Algo
de nuestra bravura futbolística vimos en ello. La modalidad ha dado
mucho de sí, y la quietud del deporte en cuestión ha servido para que la
edad no fuera un problema. Robert Redford en El mejor (1984),
de Barry Levinson, y Kevin Costner, en Entre el amor y
el juego (1999), de Sam Raimi, se convertían en héroes deportivos
fondones, con su estómago librando una desigual batalla con los escuetos
contornos del traje de béisbol.
Entre el amor y el juego
(Costner y el beisbol, toma 3)
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Con un tono marcadamente cómico y lleno de chistes, de jaez bastante machista
casi todos pero alguno de verdad muy divertido, Ellas dan el golpe
(1992), de la insufrible en general Penny Marshall, contaba la historia
de la liga femenina de béisbol que durante la Segunda Guerra Mundial sirvió
a los empresarios del sector para seguir haciendo caja aun con las estrellas
masculinas del deporte pegando tiros en Europa o el Pacífico. La película
se salvaba por las dotes naturales para la comedia de Geena Davis
y la refrescante insolencia de Madonna (ahora, al parecer, ya no
se llama así, sino Esther), que siempre ha sido buena actriz, además
de todo lo demás.
En todas las listas de películas deportivas favoritas del público anglosajón
aparecen siempre en lugar destacado al menos otros dos títulos vinculados
al béisbol: Los búfalos de Durham (1988), de Ron Shelton
(de la que la película de Raimi es un plagio bastante discreto),
y Campo de sueños (1989), de Phil Alden Robinson, ambas con
Kevin Costner en el papel protagonista, aunque es complicado averiguar
por qué se considera deportiva esta última, que cuenta la historia de un
granjero llamado Ray Kinsella al que le habla su campo de maíz ("si
lo construyes él vendrá", le dice) y le pide que sustituya el cultivo
del cereal por un campo de béisbol que luego se llena de fantasmas, entre
ellos el del propio padre de Kinsella. Suena horrible aunque luego
no está tan mal, siempre que uno no sea diabético.
Madonna ofrece remedios caseros
contra la violencia sexista
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En cuanto a Los búfalos de Durham, sirvió para que se conocieran
Tim Robins y Susan Sarandon, el matrimonio de más intenso
activismo político de toda la Costa Oeste. La trama se centra en
la peripecia de un equipo de medio pelo poniendo especial énfasis en la
actividad en las alcobas o, dicho de otro modo, la combinación de amoríos
y carreras que componen la temporada de un jugador profesional. En el fondo,
una apreciable película de voluntad desmitificadora que reduce a las estrellas
de la condición de héroes a la de mortales bastante primarios. Algo similar
a lo que hacía El castañazo (1977), de George Roy Hill, respecto
al violento hockey sobre hielo, con Paul Newman en un momento de
gracia.
El otro estándar de deporte de, por y para yanquis es el fútbol americano,
esa extraña mixtura que sale de una pizca de torneo medieval, un puñadito
de juego de ajedrez a tamaño natural en tiempo real, y un cuarto de kilo
de rugby. El único que intentó en serio una metáfora del American way
of life a través del football fue el moralista Oliver Stone,
que nos libró así por una vez de su empeño en ser conciencia política
de su país y el de todos: Un domingo cualquiera (1999), película
que se presentó con la explícita frase promocional "la vida es un deporte
de contacto". Como el cine requiere hoy una sofisticación mucho mayor
cada vez, la cinta añade al sempiterno asunto de la gesta deportiva todo
el entramado político y financiero de la vida de un equipo, lo que hace
la película más entretenida, si bien el empeño alegórico presente en todo
el cine de Stone da paso aquí a un populismo dificil de digerir sin
excipiente.
Al deporte de equipo, en general, los americanos conceden el mismo tratamiento
que a las películas sobre la Segunda Guerra Mundial, de modo que
los distintos jugadores calcan los papeles del cabo heróico, el sargento
soez, el soldado acobardado o el oficial de la radio, que era ese que siempre
palmaba en el primer rollo. El deporte es la guerra, así que no extraña
que el país haya acabado haciendo de la guerra un deporte.
Deportes individuales
Creánselo: la escribió Stallone
y
fue Oscar a la mejor película
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Pese a todo lo dicho, la civilización yanqui descansa sobre el individualismo
protestante, así que la fórmula máxima de expresión del cine epopéyico deportivo
ha venido de la mano de deportes individuales. Examinada la política exterior
del país, parece natural que haya encontrado en las impetuosas maneras del
boxeo un marco perfecto para embutir el escueto mensaje de superación personal,
"si quieres, puedes", epítome de la filosofía de mercado imperante.
Al principio, allá por los años 30 y 40, la querencia de Hollywood
por el boxeo nacía de su condición natural de deporte suburbial y miserable,
algo así como lo que eran los toros y el folklore sureño en el cine español
del tercer cuarto del siglo pasado, y se empleaba sólo como elemento de
ambientación para varios clásicos del esplendoroso cine negro. Sin embargo,
con el tiempo se convirtió en una expresión clara de la capacidad de América
para ofrecer oportunidades aun al más humilde e iletrado inmigrante del
país. Esta carrera en pos del sueño americano a bofetadas preside casi todo
el cine pugilístico de los últimos cincuenta años, ya sea por el lado de
la luz, con Rocky (1976), de John G. Alvidsen (Silvestre
Stallone era guionista y protagonista) y su vasta prole (encabezada
por sus secuelas pero también por otras rentables sagas relativas al kárate,
el kickboxing y formas de lucha varias) como expresión paradigmática de
esa persecución de la justicia y la fortuna; o por el lado de las
sombras, con la efectista pero apreciable Toro salvaje (1980), de
Martin Scorsese, basada en la autobiografía de Jack La Motta,
al que dio vida Robert de Niro. La falta de instrucción o dinero
no frena a un auténtico americano en su carrera por labrarse un futuro,
y si tiene que hacerlo a guantazos, mucho mejor que sea sobre la lona, vienen
a decir esta colección de títulos sobre el noble deporte de arrerarse
puñetazos.
Imposible superar Cuando
éramos reyes
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En un sentido diferente, el director Michael Mann, uno de los realizadores
que, pese a proceder del mundo de las teleseries (Corrupción en Miami
fue su mayor éxito) se ha ido ganando el respeto y el aplauso de crítica
y público en los últimos años, realizó una incursión en el boxeo con Ali
(2001) profusa biografía del boxeador Cassius Clay, conocido luego
como Muhammad Ali, que le sirvió para pintar el paisaje de
la descomposición de los eternos valores en los que se basa la civilización
norteamericana ocurrida en los años sesenta y setenta. Los desiguales
resultados de la película no logran apagar por completo la chispa que la
convierte en eficaz retrato del desencanto y de la rebeldía que encabezaban
Ali, Malcolm X y otros líderes de los movimientos reinvidicativos
que poblaron el país tras la muerte de J. F. Kennedy. La competición
deportiva se convierte en trasunto de otra lucha ideológica y moral,
sin buenos ni malos e igual de dramática, que cristaliza en el famoso combate
entre Ali y George Foreman celebrado en Zaire en 1974, pelea
que ya diera lugar a un celebérrimo documental de Leon Gast titulado
Cuando éramos reyes, cuya fama y prestigio acaban por pesar demasiado
en el biopic de Mann, como quien mira de soslayo hacia un
hermano mayor.
Mi jacooo galopa y corta
el viento...
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Aún en fecha reciente, otra parábola deportiva de competición individual,
Seabiscuit, más allá de la leyenda (2003), de Gary Ross, aborda
con indisimulada pretensión historicista el traumático paso de los felices
años 20 a la Gran Depresión desde la perspectiva de las carreras de caballos,
y lo hace a través de la identificación del équido que le da título y de
los personajes protagonistas, todos ellos seres "magullados"
por los avatares de la vida, con el país en que habitan. Se diría que es
una metáfora del modo en que una generación de norteamericanos se levantó
y comenzó a reconstruir su vida tras la crisis económica de los treinta
si no fuera porque la sermoneadora voz del narrador y el discurso reiterado
del personaje protagonista (Jeff Bridges) dejan escaso margen a la
imaginación, comparando todo el tiempo la peripecia del caballo pequeño
pero con coraje con las circunstancias de muchos norteamericanos durante
esos años que precedieron a la Segunda Guerra Mundial. De hecho, más que
una metáfora es una homilía bastante detallada. El resultado es un
título almibarado, heredero del tono y la intención de Frank Capra,
que pasó inadvertido por medio mundo pero levantó a los norteamericanos
de sus butacas, les hizo llorar, y logró siete candidaturas a los oscars.
Estatuillas, ninguna.
La cinta es un ejemplo claro de cómo el cine deportivo americano siempre
busca la épica y, sobre todo, cómo trabaja, inadvertidamente o no, en pos
de la consecución de una identidad nacional de cuya consolidación política
no debe caber ninguna duda. La ingenuidad ideológica norteamericana y la
potencia del cine como constructor del imaginario místico sobre el que descansan
los pilares de la patria (lo sentimental por delante de lo intelectual)
son dos condiciones indisolubles, prolongación una de la otra, para esa
increíble construcción identitaria, envidia de los abanderados de este lado
del océano. Efectivamente Días de fútbol (2002) o Las ibéricas
Fútbol Club (1971) no son los mejores mimbres para forjar un patriotismo
como el que soñaron algunos de nuestros recientes gestores, a los que estos
asuntos parecen pasar inadvertidos a juzgar por el empeño que ponen en hundirse
en la melancolía histórica, ya sea foral, condal o nacional, para convencer
a los súbditos de su pertenencia a un colectivo llamado a un destino histórico.
Alguien debería advertirles de que el pretérito perfecto sirvió para afianzar
mitologías en el romántico siglo XIX, pero ahora es imprescindible construir
identidad a partir de las leyendas de la ficción audiovisual para poder
hacer que la población abdique del escepticismo y abrace himnos, banderas
o selecciones balompédicas. O mejor, no. Que sigan en la inopia.
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