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10 de agosto de 2004
Hiroshima como sombra
Memories, tres cuentos
de Kashuhiro Otomo
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A menudo el lenguaje es esquivo. Oímos pomposamente
afirmar "yo no creo en las casualidades" cuando lo que se pretende
expresar es justo lo contrario; no una apostasía, sino una fe en que las
coincidencias tienen un orden, una teleología que las dirige. Este ciberpredicador
suscribe la frase, pero como expresión contraria de lo que se acostumbra
a entender, pues uno no se abandona a la amable complacencia de pensar que
sucesos independientes e inconexos se orquestan en aparente azar con alguna
finalidad, sino que más bien los aconteceres humanos vibran a veces por
simpatía, como armónicos, dando la impresión de que existe una partitura
polifónica que hace coincidir la escritura nocturna de este artículo con
la celebración de la efemérides de Nagashaki y el acaecimiento de un accidente
nuclear en Japón. Porque ya hacía días que rondaba los márgenes de esta
página dedicar un episodio de este heterodoxo dietario fílmico al modo en
que un acontecimiento repentino y traumático, como ninguno ha conocido la
Historia de la Humanidad, el lanzamiento de las bombas de uranio y plutonio
sobre Japón en el verano de 1945, desencadenaba al correr de los años toda
una corriente cultural transida por la ominosa sombra del hongo atómico.
No hay ningún precedente ni consecuente similar: jamás otra expresión de
cultura popular masiva y prolongada estuvo tan pegada a un trauma como lo
está cierto cine nipón a ese infausto alarde bélico norteamericano, que,
sin embargo, nunca aparece mencionado de forma expresa.
Buenos Días, costumbrismo
burgués
en el Japón reconstruido
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Como especialista en las relaciones entre cine y psicoanálisis, mejor comentaría
lo que sigue María Cruz Estada, pero sin pretensión de rigor científico
cabe traer aquí ese lugar común del freudianismo narrativo que constata
que un trauma es enterrado en el olvido durante años para que permita seguir
adelante. El desarrollo económico e industrial de Japón, financiado por
Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial (oficialmente, para
forzar el tránsito a la democracia, aunque es tentador ver en ello una forma
de comprar el perdón por la desmesura de la masacre), hizo pasar al archipiélago
de un tardío feudalismo a un próspero parlamentarismo, lo que en sí mismo
representa una sacudida dramática que sirve para enterrar otra. Así
que no es de extrañar que el cine de las dos primeras décadas tras el año
cero que supusieron Hiroshima y Nagashaki se entregara a un humanismo acérrimo,
a dibujar los paisajes del nuevo costumbrismo de la incipiente clase media
y su bienestar electrodoméstico. Obras del maestro Yashuhiro Ozu
como Buenos Días (1959) son un bello bálsamo de cielos azules, un
apósito para una sociedad lacerada, del mismo modo que se puede entender
que la obra de Jacques
Tati demostraba una necesaria e inquebrantable fe en el ser humano
muy pocos años después de que Francia fuera liberada del atroz nazismo.
La ceguera impuesta de quien prefiere no mirar, no ya en el pasado sino
siquiera en derredor, queda patente, no obstante, en la película citada
de Ozu en la que los personajes comentan de continuo "qué buen
día hace hoy" mientras las imágenes muestran un paisaje suburbial de
colorismo idealizado pero cuyo cielo azul está rasgado por torres
de alta tensión y penetrado por chimeneas humeantes. Como si en realidad
quisieran decir "qué buen día hace hoy que no caen bombas".
La tumba de las luciérnagas,
tremenda película de Takahata
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Porque el ataque a Hiroshima sobrevino después de que Japón fuera derrotado,
no antes, cómo la Historia (que ya saben quién la escribe) con frecuencia
proclama, según ese lugar común que asevera que la bomba atómica
salvó muchas vidas. La realidad es más complicada: el Imperio Nipón
había sucumbido, carecía de potencia bélica, siquiera de defensas antiaéreas.
Los aviones norteamericanos bombardearon a placer el archipiélago volando
bajo sin hallar oposición durante meses. El orgulloso aparato burocrático
imperial se resistía a firmar una rendición incondicional y quería ganar
tiempo hasta que se le ofreciera algún armisticio decoroso, mientras la
fuerza aérea norteamericana empleaba bombas incendiarias contra la población
civil nipona. La Unión Soviética, terminada la guerra en Europa, había decidido
iniciar la campaña del Este, participando en el ataque al yaciente Japón,
y a Washington le entró prisa por acabar la contienda antes de que la ofensiva
soviética fuera un hecho y hubiera que contar con Moscú para el reparto
del botín, o lo que es lo mismo, compartir la influencia en el Pacífico
con los comunistas, como hubo que compartir Europa. Así que mientras el
aparato diplomático japonés trabajaba buscando el fin de las hostilidades,
la Casa Blanca ultimaba los detalles de la doble infamia, tan avanzados
que era imposible renunciar al ensayo general en el Pacífico Occidental.
Los efectos de los bombardeos incendiarios a que estuvo sometido Japón durante
meses aparecen en la sobrecogedora La tumba de las luciérnagas (1988),
de Isao Takahata (director de Heidi y Marco y socio
fundador del Studio Ghibli junto a Hayao Miyazaki), basada en la novela autobiográfica de
Akiyuki Nosaka, en la que relata cómo cuando contaba 11 años su pueblo
fue pasto de las llamas tras un bombardeo aliado. Huérfano y rechazado
por sus parientes, se vio obligado a refugiarse en una mina abandonada junto
a su hermana pequeña de 3 años, Setsuko, que moriría poco después
a causa del hambre y el frío. La cinta mereció el premio al Mejor Largometraje
Animado en el Festival de Cine Infantil de Chicago de 1994.
Gojira, el primer Godzilla
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Pero no hace falta venir hasta finales de los ochenta para rastrear las
primeras señas inequívocas de la influencia que en el cine pop japonés
tuvo el aciago recuerdo de las bombas nucleares. El monstruo Godzilla
(su nombre original japonés es Gojira) data de 1954, haciendo su
primera aparición en la película homónima de Ishiro Honda. El monstruo
Godzilla, en su remozada versión norteamericana de 1999, es un producto
de las alteraciones genéticas desencadenadas por las pruebas nucleares francesas
en el archipiélago de Mururoa (los norteamericanos son de una ingenuidad
primorosa desviando responsabilidades), pero en su original nipón excuso
decir qué produjo las mutaciones que convirtieron a un lagarto convencional
en una criatura feroz de cien metros que se entretiene pisoteando rascacielos.
La popularidad del invento convirtió la película en saga, y a día de hoy
se cuentan al menos una docena de títulos sobre el infame engendro, y decenas
de versiones más o menos apócrifas del mismo asunto. Los Transformes,
esos robots articulados que tan pronto son un camión de ocho ejes como un
robot gigante, y los Power Rangers, un
trasunto del grupo musical Parchis post-nuclear con casco de motociclista,
no son más que una combinación un tanto kitsch de la temática de
Godzilla con otra de las constantes obsesivas en el archipiélago,
consecuencia también de la guerra mundial: el hiperdesarrollo tecnológico.
Pasar del siglo XVIII al XXI en diez años tiene estas secuelas. Y seguro
que nunca habían reparado en el hecho de que los Pokemon,
ese serial multidisciplinar que combina dibujos animados, videojuegos y
juegos de cartas, no es sino una versión lúdica de la recombinación genética,
es decir, de la mutación, con todo lo que ello implica para una población
sometida a unos niveles de radiación como los registrados en las áreas elegidas
por Estados Unidos para los primeros estudios atómicos en vivo.
Akira, un clásico que
nos trajo el anime
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Sin embargo, la verdadera dimensión del trauma causado en la memoria colectiva
del pueblo japonés no se plasmaría en todo su alcance hasta cumplidos 40
años del vuelo del Enola Gay. Si La tumba de las luciérnagas
data de 1988 (aunque no fue estrenada fuera de Japón hasta 1994), ese mismo
año veía la luz la primera gran obra del post-apocalipsis high tech
de dibujos animados (ya hemos referido en muchas ocasiones que las películas
de animación en Japón no tienen la consideración específica de cine infantil
o juvenil, lo mismo que ocurre con los cómics de los que proceden) que trascendió
las fronteras del archipiélago: Akira, de Kashuhiro Otomo.
Cuenta la historia de Kaneda, líder de una banda de motoristas adolescentes
en la ciudad de Neo-Tokio (levantada sobre las ruinas de Tokio, destruida
por un ataque nuclear del que da testimonio un gigantesco cráter) que intenta
rescatar a su amigo Tetsuo de las garras del gobierno. Los servicios
secretos lo mantienen secuestrado como parte de un proyecto secreto denominado
"Akira" consistiendo en trabajar con niños dotados de poderes
parapsicológicos y pontenciar su desarrollo para lograr un arma definitiva.
A los científicos, militares y políticos ávidos que dirigen los ensayos
el asunto se les va de las manos y el poder de Tetsuo se desboca
hasta concluir en una nueva hecatombe. Akira es un paradigma de lo
que vino luego y en su metraje recoge muchas de las constantes del cine
post-atómico: gigantesco cráter, ciudad reconstruida de sus ruinas,
corrupción política y el mito del Hombre-Prometeo, que juega
a ser dios con fuerzas que escapan a su capacidad de entendimiento y control,
son testimonio expreso del alcance de las masacres de Hiroshima y Nagashaki.
Una obra posterior producida por el propio Otomo, Spriggan
(1998), dirigida por Hirotsugu Kawasaki, desarrolla una temática
paralela. El título alude a una sociedad secreta de guerreros que llevan
siglos velando por que los humanos no alcancen determinados conocimientos
científicos que en el pasado provocaron la casi aniquilación de la
raza humana. El hallazgo en el monte Ararat del Arca de Noé, en realidad
un reducto de esa descomunal y preterida fuerza, pone en marcha a los Spriggan
para impedir que ese poder sea revelado. El asunto de nuevo se les va de
las manos y acaba en otra hecatombe. De nuevo, Prometeo y la incapacidad
de la inteligencia humana para controlar los poderes que es capaz de convocar.
La imposibilidad para manejar aquello que se ha ideado no es una invención
japonesa y la literatura conoce bien los distintos modelos que, desde El
monstruo de Frankenstein, de Mary Shelley, desarrollan esa temática.
Sin embargo, no deja de ser llamativa la frecuencia con la que este asunto
aparece en el cine pop nipón, y la dimensión apocalíptica de los efectos
que narra. Metrópolis (2001), de Rin Taro, versión libre
del clásico del cómic Astro Boy de Osamu Tezuka, es otro ejemplo
reciente llegado a nuestras pantallas de cómo la ambición desmedida lleva
a un empresario a comprar los servicios de un científico que desarrolla
un autómata capaz de manejar el Zigurat, un gigantesco arma-rascacielos
que acabará por destruir media ciudad.
Spriggan, o Akira
diez años después
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Y estas fijaciones también se encuentran fuera del post-moderno
anime japonés. El mismísimo Akira Kurosawa, en la brillante Los
Sueños (1999), dedicó al menos dos de los cuentos que la componen a
la obsesión nuclear. En uno de ellos, El monstruo que llora, presentaba
un paisaje yermo y volcánico (no debe olvidarse la naturaleza geológica
del archipiélago y los frecuentes temblores de tierra como referencia temática)
en el que unos humanos con un cuerno en la frente, consecuencia de las mutaciones
causadas por una guerra nuclear, se retorcían entre aullidos cada noche
porque, a la caída del sol, comenzaba a dolerles el cuerno. En otro sueño,
El monte Fuji al rojo, asistimos a una catástrofe que los habitantes
de Tokio, al ver carmesí el cielo tras la montaña, identifican con una erupción
volcánica, pero que en realidad responde a un grave accidente nuclear al
otro lado del Fuji que devastará Tokio.
La aparición de los muertos vivientes en otro de los relatos de Los
Sueños de Akira Kurosawa, el titulado El túnel
(en el que un hombre se encuentra con una división fantasma del ejército
que no encuentra el camino al eterno reposo) supone otro de los elementos
singulares de la ficción nipona, relacionada, sí, con las
creencias religiosas japonesas, pero que cobra especial relevancia tras
las masacres de 1945. La presencia recurrente de zombies y vampiros en la
cultura pop japonesa, desde los cómics hasta los videojuegos, ha
cristalizado en un nuevo cine de terror del que The ring: el círculo
(1998), de Hideo Nakata, (que conoció un posterior remake
norteamericano en 2002) y Maldición (2003), de Takashi
Shimizu, son los dos títulos más conocidos por estos lares.
Los Sueños de Akira Kurosawa,
testamento fílmico de un genio
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En la antología Memories (1995), en uno de los cuentos de Otomo,
titulado Carne de Cañón, encontramos la historia, marcadamente alegórica,
de un día en la vida de una extraña ciudad cuyos tejados han sido
sustituidos por gigantescos cañones y cuyos habitantes viven desde la escuela
entregados al penoso y rudimentario trabajo de dispararlos, a lo que se
consagra toda la actividad fabril, intelectual y científica de la urbe.
Y aquí se percibe otra de las constantes de estos relatos post-apocalípticos
japoneses: el enemigo secular es una ominosa presencia, pero nunca tiene
nombre. Como si se temiera recordar que el mismo enemigo responsable del
crimen de Hiroshima y Nagashaki es también el principal impulsor de la nueva
prosperidad. Ese empecinamiento en la agresión o la defensa desde la ciudad-cañón
imaginada por Otomo transmite además otra de las formulaciones
recurrentes de las películas post-atómicas, ya adelantada en su obra Akira:
las autoridades políticas, científicas o militares son dibujadas una vez
sí y otra también como una caterva de miserables y corruptos conspiradores,
que aboca al pueblo a grandes tragedias llevada por su desmedida ambición
y ausencia de escrúpulos. Lo cierto es que fueron las autoridades imperiales
que rodeaban al orgulloso fascista Hirohito las que, embebidas en
luchas de poder intestinas, fracasaron en poner fin a una guerra que ya
estaba acabada, mientras del otro lado del Pacífico otras autoridades políticas,
militares y científicas ardían en deseos de estrenar un nuevo juguete.
Transcurridos casi sesenta años de aquel horror, cuya cifra de muertos oscila
entre el medio millón y los dos millones, en función de cuánto extendamos
el recuento en el tiempo, la cultura popular japonesa sigue presa de los
fantasmas innombrados de la devastación, llenando sus ficciones de referencias
mudas a lo ocurrido como forma de exorcizarlo. La creciente influencia
oriental en el cine made in hollywood casi parece una forma
de saldar esa cuenta con el atacante.
Con la masacre de las Torres Gemelas aún reciente, parece adecuado preguntarse
cómo va a influir semejante golpe en el corazón simbólico
del imperio en el desarrollo ulterior de la cultura estadounidense, sobre
todo porque su cine lleva jugueteando con esa destrucción apocalíptica de
sus ciudades desde mucho antes de que sucediera. Si los japoneses ahuyentan
los fantasmas del pasado caminando a su lado tras décadas de silencio,
pero evitando mencionarlos, los norteamericanos trataban de burlar a los
del futuro mediante una perpetua invocación. No hay receta mágica, ya se
ve. España también debió esperar cuatro décadas
para desendemoniar las afrentas de su Guerra Civil y aún hoy las
huellas de la fractura social, vertebradas en torno a nuevos ejes ideológicos
(banderas, por ser más explícito), están presentes
en el endeble debate político. Los fantasmas se resisten a irse.
Sólo cabe acostumbrarse a vivir con ellos, acomodarlos en un rincón del
saber colectivo o, como escribiera Cortázar, renunciar a algunas
estancias de la morada de la memoria y cerrar sus puertas asumiendo que
habitamos una casa tomada.
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