03 de agosto de 2004

Propagando


Canon cinematográfico incontestable

Es curiosa esta tendencia que tiene el ser humano a escandalizarse ante la exhibición indecorosa de las propias militancias. La intelectualidad bienpensante, pertrechada de una erudición duramente trabajada a lo largo de décadas, anda con las faldas revueltas a cuenta de la nueva irreverencia de los premios cinematográficos. El Festival de Berlín premió con el Oso de Oro en 2001 a El viaje de Chihiro (2002), de Hayao Miyazaki, y los especialistas quedaron petrificados, sin saber qué opinión de individuo docto verter en sus crónicas, porque mayormente ninguno había ido al pase de una película de dibujos animados japoneses en el más serio de los certámenes cinematográficos del planeta. Las reseñas del palmarés, en lugar de ser el habitual vomitorio de juicios sumarísimos (casi siempre atinados), era un compendio de equilibrismos sintácticos de esos que impiden que uno sea cogido en un renuncio, pero que desnudan la verdad más vergonzosa: que no se había visto la película ganadora. Parecida sorpresa, aunque dispar efecto, causó el jurado del último Festival de Cannes que tuvo a bien darle la Palma de Oro a Fahrenheit 9/11 (2004), del conocido activista yanqui Michael Moore. El tan a menudo brillante Ángel Quintana reflexionaba no hace mucho en torno a los valores estéticos de la cinta en cuestión y se contestaba él solito "que Moore no es un gran cineasta, sino un propagandista de sí mismo que sabe jugar, con dignidad, la función del maligno bufón de esa corte, con cierto olor a podrido, creada en torno al poder de George Bush jr.".


Él está convencido;
Kerry, no se sabe

Sin embargo, Quintana utilizaba un argumento asaz contundente para llevar al lector al punto de reflexión en el que quería colocarlo: "¿Qué pasaría si Michael Moore ganara el Nobel de las letras con uno de sus best-sellers literarios como Estúpidos hombres blancos?". El argumento, de solidez marmórea, tiene su principal falla en la equivalencia, que destrozaría cualquier otra comparación que se estableciera. El especialista en fast food Quentin Tarantino, que presidía el jurado que galardonó la apología de Moore, fue él mismo merecedor de idéntico premio diez años antes con Pulp Fiction (1994), lo que demuestra que la audacia argumental de Quintana es aplicable a la mitad de los premios que los cineastas se dan a sí mismos en los festivales. De hecho, la actitud del crítico que se escuda en el tecnicismo de los valores estéticos frente a una obra como Farenheit 9/11 tiene un punto de inmoralidad, nacida más parece del rubor que provoca la honrada franqueza política con la que Moore expresa su animadversión por el actual presidente de los Estados Unidos de América que de un reparo cinematográfico como tal. Una animosidad que no es la conclusión de las indagaciones de su falso documental, sino una condición a priori, un planteamiento de partida sin el que sería imposible la existencia misma de la película y que se basa en hechos de sobra conocidos y probados, como los neblinosos méritos personales, políticos e intelectuales del mandatario en cuestión y el infausto giro histórico que ha pilotado en su mandato.


El muchacho ataca por varios frentes

La actitud de sospecha que se practica e impulsa en este antro lleva a apuntar, sin una conclusión inteligible, lo inquietante que resulta que el diletantismo de Moore merezca de los especialistas respetuoso silencio en lo político y severa desaprobación en lo estético, que es justo lo contrario de lo que consiguió otra maestra de la propaganda llamada Lennie Riefenstahl, con su apología nazi El triunfo de la voluntad (1934). Esta inquietud se traduce en honda preocupación si se horada en ese pozo intelectual y se comprueba que mientras el norteamericano tiene la dudosa consideración de hábil prestidigitador, de poco menos que un chapucerillo simpático, a la segunda se le reservan los honores de una altísima capacidad artística. Lo que, para desánimo de paranoicos, no debe de relacionarse tanto con la posición ideológica de ambos como con la diferente actitud ante sus obras, pues mientras uno pone sus empeños en arrancar carcajadas contra la ominosa pantomima que acaece en la Casa Blanca, la otra entrelazaba sus imágenes con exquisito cuidado para buscar la admiración reverencial hacia los valores de regeneración que encarnaba el III Reich.

Una clave para entender esa prudente distancia a la que la crítica más respetada se ha colocado del saboteador filme de Michael Moore parece estar pues en su tono, irreverente hasta la carcajada, que saca partido de la cortedad intelectiva del personaje blanco de sus invectivas, sin dejar de dar cuenta de las incómodas conexiones de la Casa Blanca con la familia real de Arabia Saudí (bueno, algo debería explicar nuestra administración monárquica de sus embarazosos tratos con mandatarios árabes) y, más indecorosa aún, la del clan Bush con el clan de los Bin Laden, eso sí, todos menos el tal Osama. Porque, si apartamos las golosas burlas a las que se presta la imagen pública del presidente de Estados Unidos, ¿qué diferencia la película de Michael Moore de esa construcción ficticia de la verdad que es JFK. Caso abierto (1991), de Oliver Stone?


El hombre y su némesis (por ese orden)

Sin ánimo de destruir el meticuloso trabajo en torno a la peripecia de Jim Garrison (Kevin Costner) en la obra maestra de Stone, después de todo, ésta construye la verdad partiendo de la truculenta mezcla de imágenes documentales verdaderas con otras falsas, realizadas ex profeso para la película, y unas y otras, convenientemente imbricadas en una construcción dramática a instancia de parte, es decir, a partir del libro autobiográfico del propio Garrison y de los posicionamientos personales previos del director de la cinta. Moore, en cambio, emplea únicamente imágenes verídicas, adjetivadas eso sí, tanto por la música como por los satíricos comentarios del propio director, oficiante verbal de esta ceremonia iniciática.

En todo caso, no se equivoca la crítica al señalar que el discurso cinematográfico de Moore está lleno de torpezas estéticas y tendenciosos atajos argumentales, veredas por las que se lanza el director/productor/guionista con el convencimiento de quien sabe no tanto a dónde va como a dónde quiere llevar a sus espectadores. Porque, no debe olvidarse, la película no ansiaba la glamourosa Palma de Oro que le fue dada en la Costa Azul francesa, sino el boicot político a la reelección de George Bush jr., que ha hecho sobrados méritos para que su progenitor sea recordado como "el padre de Bush.


Le dieron el Oscar pero la película
no pasó por salas ni por televisión

A ese fin último, el de aunar voluntades desanimando a los votantes conservadores ante la irresponsable estulticia del sujeto y movilizando el voto de izquierdas (si tal cosa existiera en Estados Unidos) ante la desmadrada carrera militarista y ultraconservadora que ha emprendido el Gobierno norteamericano, es al que consagra Moore su obra.

Por eso, por su acuciante llamada a una reacción inmediata, bien antes que una invitación a la reflexión, la película se desliza sin matices por los trazos de la brocha gorda de la propaganda, una propaganda de fácil empatía y con abundancia de material gráfico de procedencia periodística, frente al continuo teatralismo de su anterior título, Bowling for Columbine (2002), en el que su propio personaje era protagonista principal de un sinfín de correrías (unas verídicas, otras descaradamente trucadas) a mayor gloria de un manifiesto político contra las armas. En cambio,con esos mimbres preñados de la presunta credibilidad de la mirada periodística, Moore logra, y no es poco mérito, darle la vuelta como a un calcetín al mensaje de urgente Guerra al Terror que los medios estadounidenses ayudaron a fabricar y a propagar, y emplea para ello sus propias imágenes, eso sí, convenientemente descontextualizadas y encajadas en un discurso bien distinto. Con todo, logra un producto ameno, chispeante y lleno de hallazgos reveladores de los inconvenientes y paradojas que afectan a la más importante de las democracias modernas, lo que es tanto como decir que nos alcanzan a todos nosotros.


"Señor senador, ¿mandaría a su hijo a Irak?"

Enfrente, sacan pecho los que, sin presupuestos ideológicos, trabajan desde el periodismo de investigación en pos de la verdad, pertrechados de cámaras ocultas que revelan cuestiones tan trascendentales como que (¡oh!) los concursos de mises están amañados, o que (¡oh!, ¡oh!) Paco Porras no sabe curar el cáncer. Frente al nihilismo fascinante y calculadamente inofensivo de estos profesionales de la información, es motivo de solaz la militancia del orondo agitador de conciencias que cree que el cine es un instrumento legítimo para tratar de cambiar a un presidente cuando es un peligro para el planeta, para su país y hasta para sí mismo, a juzgar por su habilidad para andar en bici o comer galletas de avena mientras hace equilibrios sobre el sofá.

Un neocon español ha escrito una presunta crítica cinematográfica acusando al director de trazar un malévolo plan para manipular las conciencias del pueblo norteamericano que, según él, "es tonto" (simplificación tentadora que debe ser descartada, mal que nos pese, por eso mismo, por tonta). Aquí, que somos tan listos, la mitad de los guardianes de la formación del pueblo soberano dedica sus esfuerzos a desentrañar una supuesta conspiración tras la muerte de una célebre toxicómana que se resbaló en la bañera. Del resto, muchos trabajan en destejer un contubernio de etarras, fundamentalistas, masones, socialistas y mineros prejubilados para conquistar el mundo, mientras unos pocos dedican la madrugada a entretejer alegatos como éste, tan tentado por los atajos argumentales como el del propio Moore. De ahí la simpatía.




pvallin@divertinajes.com
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