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27 de julio de 2004
Cine derramado
Premio Emmy, Mejor dramático
del Canal 47
de Nueva York, Premio de la Crítica Internacional
del Festival de Montecarlo, Premio Marconi de
Mifed de Milán, Quijote de Oro al Mejor Director
Premio Nacional de Cinematografía y Premio Ondas
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Ya saben, porque les supongo al tanto del refranero,
lo que hace el Diablo si se aburre, así que ante la canícula que asuela
el Madrid de los que no tienen A/C (que no es convención internacional
de corriente alterna, sino acróstico automovilístico para
designar el aire acondicionado), el CinExín se mete en jardines,
en sentido literal (Cué
sabrá perdonar la intromisión), por ver si echa a andar el
aspersor. Y como el arriba firmante no es horticultor sino más bien verdulero,
asume que pisará el parterre, estropeará las rosas y acabará sentado sobre
las hortensias, qué le vamos a hacer. La tele "tanto vale para llenar
una columna cuando no se tiene nada que decir, que para intercambiar unas
palabras con el vecino en el portal", decía el agudo de apellido, de
puro monosílabo. Y atribuía tal costumbre a un heterogéneo grupo
social formado por "Bridgets Jones trasnochadas, intelectuales
de barrio, mochileros de oferta o greñudos frikis", descripción en la
que, en todo o en parte, se siente a gusto el responsable de este asilo
cinético, al menos tanto como el propio Cué, del que bien se nota
que escribe a la orilla del Mar del Norte, pues su juicio no está ralo y
derretido como el de los que sufrimos esta efusión mesetaria protoagostí.
Porque uno preferiría ceñirse a los estrictos límites de su acequia, pero
ocurre que el cine se derrama e invade cultivos que no son suyos y anegándolos
los estropea, o los salva si son de arroz. Y no siempre se desemboca por
voluntad o por el caudal excesivo de su imaginación. A veces, cuando la
noche desfigura los rostros, un hortelano rompe la canal para refrescar
el reseco terruño de su señorío.
Arriba, la condena original.
Abajo, la redención de Retevisión
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Le pasa mucho a la publicidad, lenguaje que se quiere tan próximo que emplea
el imaginario colectivo de la concurrencia para citar con descaro consagrados
iconos que activen el subconsciente comprador, por ser lugares comunes de
probada eficacia. Pero hasta para la trapacería hay saberes y maneras y
no siempre el ingenio luce a la altura con la que lo hizo en la puesta de
largo de Retevisión, sacando a José Luis López Vázquez de
La cabina en que lo habían encerrado Mercero y Garci
25 años atrás (1972). En el artículo iniciático de este zaguán ya se mencionó
este momento culminante de la publicidad española que epilogaba el excepcional
mediometraje, producido originalmente para televisión (esperemos que Cué
no haya llegado en su lectura hasta este flagrante allanamiento). La publicidad
no está para proponer preguntas sino más bien para dibujar el fácil camino
de salida hacia el mundo mejor, más práctico, pleno, cómodo, ergonómico
y aparentemente libre del libre mercado (ahora pisamos imprudentemente el
terreno de la reflexión
anárquica de Joaquín Ortega).
El rescate de López Vázquez, tildado por una fanfarria coral apologética,
no cayó en la zafiedad de colocar a varios operarios de la compañía liberando
al provecto actor, epítome del ciudadano español usuario forzoso del monopolio
ideológico y moral del pasado, sino que los realizadores tomaron la idea,
brillante en origen, y le devolvieron la dimensión abstracta del original,
al trasladar la cabina desde el aséptico y urbano sótano gigante en el que
Mercero la dejó reposando, hasta el paisaje lunar (prehistórico o
post-histórico, pero en todo caso fuera del tiempo convencional) en el que,
sin aparente motivo, la cabina se abre y deja libre al desdichado ciudadano,
que apenas alcanza a creer lo que durante un cuarto de siglo estuvo soñando.
Nicole Kidman, necesitada
de renovar el guardarropa
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El resultado es reseñable además por el insólito resultado de eficacia
comunicativa que obtuvo, teniendo en cuenta que referir un guiño cinematográfico
tan anómalo como un mediometraje español de 1972 (aunque disfrutara
en su momento de una difusión impropia del tipo de producto de que se trataba).
Los responsables se habían asegurado que la idea tuviese coherencia por
sí misma y, aun ignorando la existencia del cortometraje de Mercero,
la imagen del hombre que sale de una cabina telefónica en la que
está encerrado es metáfora perfecta del significado que tenía, en aquel
momento, el fin del monopolio de la compañía nacional telefónica española.
En el otoño de 2002, coincidiendo con los
primeros pasos de esta sección, los grandes almacenes (estos no salen
del monopolio, tienden a él) que patrocinan esta divertad que disfrutamos
calcaron el modelo y para su campaña de temporada decidieron que Grace
(Nicole Kidman) abriera los cortinones de la penumbrosa mansión cantábrica
de Los Otros (2001), de Alejandro Amenábar. La imagen tenía
doble valor porque contraponía la fotofobia de la película con el fulgor
del día con la misma precisión con la que enfrentaba la idea de recogimiento
que se asocia a los primeros fríos al desafiante y enérgico gesto
de abrir los balcones a las bocanadas del aire limpio de octubre. De nuevo
la publicidad apelaba al drama cinematográfico, a la potencia emocional
del cine, para estimular el consumo, que, como en el ejemplo anterior, se
identificaba con una idea de libertad expansiva, como si sólo la voz activa
(que es la que consume) pudiera expresar emancipación, y la voz pasiva no
alcanzase la categoría de acto volitivo.
Del Pita Del pudo salir
de aquí
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La monstruosa compañía fabricante de refrescante caldo de zarzaparrilla
(¿no les he contado la teoría del economista que asegura que las empresas,
como las especies animales, no deben tener un tamaño descomunal porque tienden,
como les ocurrió a los dinosaurios, a extinguirse por colapso? ¿No? Pues
otro día les cuento, pero entretanto no pierdan de vista a Microsoft,
CocaCola, Disney o Sony durante los próximos años)
ha lanzado este verano un anuncio que, cuenta el vecino musicólogo Torroja
(y otra intrusión en corral ajeno), está pegando fuerte por la cancioncilla
india que acompaña, a medio camino entre una tonada para Eurovisión
y un éxito de karaoke. Nuestra occidentalizada mentalidad tenderá
a pensar que el spot en cuestión (lo han visto, seguro: ese en que
un camarero indio se toma una zarzaparrilla, empieza a cantar y monta un
número musical sandunguero con garbosos bailarines importados de Bombay)
es en realidad una caricaturización del cine musical indio (La India es
el primer productor de cine del mundo, como supongo que sabrán, aunque todo
él para consumo de sus 1.200 millones escasos de compatriotas). Lo divertido
del asunto es que la cita cinematográfica no es sátira, sino réplica; el
inclasificable montaje coreográfico no tiene vocación de hacer reír,
sino de gustar a un mercado potencial de 1.200 millones de bebedores del
refresco estimulante. Sacado de contexto y traído al civilizado mundo civilizado,
resulta cómico como un torero en medio de un quirófano. Pensándolo detenidamente,
un torero raya lo grotesco colocado en cualquier escenario que no tenga
arena y burladero. Verbigracia, en una revista de corazón (Maruja
Limón nunca lee hasta aquí abajo).
Rojo cinco, Rojo cinco,
voy a entrar
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Las hordas de publicitarios trabajan también con medios precarios y premura
de tiempo cuando se trata de editores metidos a propagandistas de los programas
de las cadenas de televisión. Telecinco ha producido una miniserie
de autopromociales dedicados a la Fórmula 1, ese deporte preterido por Milonguita
Heredia (ya me faltan menos), en la que combina con éxito secuencias
agitantes de una carrera de la especialidad con el sonido procedente de
las batallas aéreas de clásicos de la Segunda Guerra Mundial, o de las batallas
espaciales de la saga galáctica por antonomasia, Star Wars (1977-2005),
de George Lucas. El efecto conseguido es de los que justifican la
existencia de los mezcladores de audio (los americanos son muy amigos de
explicar con piezas ad hoc en qué consiste cada disciplina
técnica de la industria), pues esas imágenes que, por lo corriente,
irían sazonadas de música electrónica más bien acelerada, cobran una insólita
dimensión dramática gracias a los gritos que se intercambian ficticios pilotos
en plena beligerancia, luchando por salvar sus vidas y las de los suyos.
Ficción y drama son el cine, y sus capacidades empáticas desbordan, es obvio,
las del lenguaje publicitario sin necesidad de acudir a las apelaciones
directas de éste. Nunca hubiera existido una campaña tan inclinada al lirismo
como ¿Te gusta conducir?, del conocido fabricante de automóviles
alemán, si antes David Lynch no hubiera cubierto de poesía
el prosaico avanzar de una segadora por las carreteras de Iowa.
El cine, como el CinExín, a veces se siente incómodo, encorsetado
en su rectángulo de hora y media, y se emancipa abriéndose paso por los
cultivos ajenos, empapándolo todo de su calamidad y su entusiasmo. Toma
las jugueterías, las tiendas de ropa o los hogares de sus parientes próximos,
como la ficción televisiva, el teatro o la publicidad, en esta realidad
precaria y viscosa cuyos lindes se muestran tan confusos como las fronteras
de Palestina. Los primeros en sucumbir a la fuerza de la invasión son, claro,
los estados fronterizos: la máquina de rayos catódicos es pues la víctima
propiciatoria del desencadenamiento expresivo del cine, inmisericorde con
cuanto devora, aún más con esta prima tonta que es su más eminente (digo
bien) amenaza. Salta las barreras y arrastra a quien, queriendo beber de
su caudaloso fluir, se atreve abrir brechas en la canal.
Corolario: El cine se expande. Tengo que comprar más estanterías.
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