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13 de julio de 2004
Interiores y jerarcas
 Pose de letrado
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Han coincidido, maldita casualidad, las pesquisas interrogativas de esa falsa inquisición parlamentaria que trata de averiguar ora cómo pudo pasar inadvertida la gran conjura minero-ferroviaria para que doscientos iguales reventaran en sus diligentes vagones mañaneros, ora cómo pudo pasar inadvertida la gran conjura político-mediática para que los sueños y ambiciones de varios miles de políticos conservadores y sus adjuntos reventaran en las taciturnas papeletas de voto; han coincidido, decía, las supuestas indagaciones de estas cohortes con siglas, con la conclusión de los trabajos de una curia de apariencia homóloga, allá al otro lado del ancho mar, que ha presentado sus poco complacientes aproximaciones a la verdad estos mismos días. Es imposible evitar el sonrojo que provoca comparar los denuedos de los procuradores norteamericanos, por encima de su credo, conveniencia y pagador, con las rácanas negociaciones entre logotipos a las que vamos a asistir aquí. Y no hay que llegar tan lejos para apreciar diferencias sustanciales, como la escenificación geográfica del desenvolvimiento de una y otra. En nuestro bisoño Parlamento, los presuntos árbitros de la verdad interrogan a sus declarantes desde una pueril colección de pupitres, mientras el examinado los observa y escucha desde un señorial entarimado. Al otro lado del océano, los comisionados sondean la verdad desde el estrado, mientras el compareciente, ya sea taxista o secretario de Estado, negocia las preguntas desde una minúscula silla en cota cero, obligado a levantar la cabeza para responder. Quizá estimen que es éste un contraste banal, pero a la luz de los resultados de una y otra aproximación indagatoria, parece que el nivel del asiento no es una insignificancia sino más bien una estructuración jerárquica de lo que en ese decorado debe acontecer.
 De los Van Doren de toda la vida
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En la versión cinematográfica del escándalo de los concursos televisivos Quiz
Show (1994), de Robert Redford, el niño bien Charles Van Doren
(Ralph Fiennes) comparecía ante una comisión parlamentaria que investigaba
los fraudes catódicos, en una silla descansando sobre el solado, atrincherado
tras los micrófonos y ante una muralla de madera sobre la que se asomaban
las caras de los adustos comisionados. A las espaldas del falsario campeón
del saber, contemplaba la escena un coro de curiosos y periodistas, valga
la redundancia. El admirado chico modelo Van Doren, hijo de ilustre
y adinerado literato, semejaba un alumno abochornado por sus felonías ante
un represor claustro profesoral dispuesto a la expulsión.
Aquel poblador ibérico que haya asistido a alguna vista oral de nuestra administración de Justicia habrá sentido, siquiera por unos segundos, la decepción de la falta de medios escenográficos para rodearla de la simbología que corresponde a la ilustre prosapia que se le supone. ¿Qué hacen abogados y fiscales sentados en escritorios perpendiculares al Tribunal, formando una U con él? ¿Por qué no vemos a un acusador encolerizado o a un letrado vehemente caminar por la sala convirtiendo en teatralidad el dramatismo del litigio? La parquedad mobiliaria de nuestra administración de Justicia, no necesariamente causada por la austeridad presupuestaria, remite antes a un talante burocrático un tanto kafkiano que a la escenificación de su excelsa legitimidad soberana.
 Clase de ciencias de Jim Garrison. Hoy presentamos: La bala loca
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Esa precisión escenográfica norteamericana, revisada y mejorada de la original
grecolatina, nos llega a través de su cine, único instrumento con el que
aquel país ha podido hacerse entender por los súbditos del resto de dominios
que cubren las tierras emergidas. Jim Garrison (Kevin Costner)
llenaba de ademanes su elocuente plática sobre la mayor infamia autolesiva
que sufrieron los poderes soberanos en JFK. Caso Abierto (1991),
de Oliver Stone. Antes que él, Frank Galvin (Paul Newman)
hacía lo propio en un juicio por negligencia médica en Veredicto final
(1983), de Sydney Lumet, con un guión de David Mamet a partir
de la novela de Barry Reed. La destreza de los habitantes de Norteamérica
para la puesta en escena institucional es tal que aun cuando imaginan mundos
ilusorios, describen sus poderes con increíble escrupulosidad con
la sola ayuda del mobiliario. El cariz moroso del devenir parlamentario
en Star Wars. Episodio I: La Amenaza Fantasma (1999), de George
Lucas, se ilustra a la perfección en su multitudinario y apabullante
Senado de la República, oscuro y metálico, tan distinto de ese anómalo conclave
de sabios que es el Consejo Jedi. Inmenso, multitudinario y profundo como
un pozo de injusticia, aquel; luminoso, despoblado y de nivelado igualitarismo
morfológico, éste.
 Ilustración de Alan Lee para el Salón del Trono de Minas Thirit
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El recurso a la escenografía como elemento descriptor de los poderes que contienen
quienes la ocupan es ejemplar en la versión de Peter Jackson de la
trilogía de J. R. R. Tolkien El Señor de los Anillos. La ciudad
de Rivendel/Imladris, con su liviana arquitectura de madera y montaña, imponente
y contenida al tiempo, describe a la perfección las potestades de su señor
Elrond el Elfo (Hugo Weaving), de igual modo que el Antiguo
Reino y Ciudad del Enano, Moria/Khazad-dûm, dibuja en su imponente vacío
la terca obstinación de los enanos cavadores de las profundidades, o la
oscura altivez de la torre de Isengard/Orthanc, subraya el carácter soberbio
de su morador único, el Mago Blanco, Saruman, negro, en realidad
como su trono azabache, tallado en la negra pared. La pulcritud de la recreación
alcanza a realizar significaciones más sutiles como la conformación del
salón del trono de Minas Thirit, la Torre Blanca, decorado en mármoles blancos
y negros, en los que Denethor ocupa un trono de negra madera tras
el que asoma tímida la escalinata que asciende al alto y vacío trono de
mármol blanco, sitial del ausente Rey de Góndor.
Los ejemplos son múltiples y van desde el ascetismo decorativo de la USS
Discovery de 2001: Una Odisea en el Espacio (1969), de Stanley
Kubrick al flamígero rococó de los palacios de Ming en la inefable
Flash Gordon (1980), de Mike Hodges, obra y gracia de la atolondrada
cartera de Dino de Laurentis.
 Puestos a andar, más largo que el Camino de Santiago
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Aún más que el atavío, la organización del espacio trasciende su mero papel decorativo
y define espacialmente la jerarquía y ascendencia de los personajes en su
relación con el entorno y con el resto de personajes para conformar un espacio
simbólico. Y si de cine americano hablamos, el sagrario mismo de ese credo
nacional democrático es el Despacho Oval, ermita santísima de la soberanía
nacional, cuya visibilidad el cine ha disparado. La presencia generalizada
de los espacios del poder, desde la hiperrealista Sala de Operaciones del
Pentágono de ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú (1964), hasta la
tétrica geografía del Berlín del III Reich en una impagable escena de Indiana
Jones y la última cruzada (1989), de Steven Spielberg, es una
constante en un pueblo convencido de que el cargo hace al hombre y lo inviste
de carácter y virtudes inasibles para quienes no detentan cetro. El cargo,
o lo que es lo mismo, el sillón. Dicho sea en sentido literal.
El cine histórico también retrata los referentes de esta parafernalia democrática
(perdón por el oxímoron), desde los salones de los castillos medievales
hasta los palacios de las civilizaciones antiguas. Desde el colegiado salón
principal de Camelot de Los caballeros del Rey Arturo(1953), de Richard
Torpe, hasta el grandioso templo de Salomón y la Reina de Saba
(1959), de King Vidor. Poderes terrenos y divinos, y así, espacios
de dimensiones humanas o colosales. El mesurado pero distinguido senado
romano de Cleopatra (1963), de Joseph Leo Mankiewicz, es un
paradigma de la escala humana de una sociedad en la que la existencia de
credos no era coartada para la intrusión de los poderes ultraterrenos en
la organización de los asuntos civiles. Los palacios alejandrinos y los
medios de transporte con baldaquín de la bella reina de Egipto señalan
la naturaleza mística de su gobierno. Ni lo uno, ni lo otro, la arquitectura
agigantada y gélida del Moscú soviético de El Cuarto Protocolo (1987),
de John Mckenzie, describe la pobreza moral y el supersticioso aquietamiento
al marxismo que siempre han imaginado los norteamericanos que prendió en
el pueblo ruso durante casi un siglo.
 No hay foto del interior del barco, pero háganse una idea de la chalupa de Cleo
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El cine estadounidense contemporáneo, rehén de la sociedad que lo engendra, ha
aprendido de ella la importancia de la hermenéutica de los espacios, y ha
logrado desarrollar una completa epistemología para señalar las relaciones
de sumisión y dominación que presiden la organización de las voluntades
humanas. Por eso no hay error posible y el espectador de cualquier rincón
del planeta distingue cada una de las formas que adoptan los distintos poderes
de la Unión de Estados de América del Norte en un primer vistazo. Será que
los americanos forman un país que ha tenido que inventar mitos y genealogía
para darse identidad ante su ruidosa carencia de Historia, el caso es que
han desarrollado una perfección deslumbrante para la puesta en escena del
rito institucional. Tal precisión parece ir de algún modo hermanada con
la
fe de sus ciudadanos en el sistema que los administra.
Aquí, agnósticos de nuestro aparato gubernativo, del que apenas llegamos a entender el funcionamiento, no nos importa que una Sala de lo Penal parezca un Consejo Escolar, que los oradores parlamentarios se asemejen a penitentes, con la cabeza gacha por culpa de una infame realización a plano fijo heredada del franquismo, o que los comparecientes de una Comisión de Investigación adopten el mismo asiento que su presidente, mientras los depositarios de la soberanía contemplan el tablado de testimonios desde sus modestos escritorios de bachiller antiguo. No debería sorprendernos que también se comporten como tales. Para los que quieran subvertir el habitual nepotismo de la jerarquía hogareña, sepan que ahora Ikea hace precios especiales de lunes a viernes.
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