06 de julio de 2004

Les debo una explicación


Alegoría agrícola bastante explícita
de lo que ocurre en la adolescencia

Tenemos que hablar. En un momento u otro, por más que tratemos de posponerlo, de eludir la conversación (y tratamos, claro que tratamos), ésta acaba por hacerse inevitable, al margen de la voluntad de los partícipes, se impone y marca su propia lógica, alrededor de la cual bailamos. Se convierte en un jalón en el que se hace balance, se ponen sobre la mesa aquellos saberes que bullían dentro, y a partir de ellos se genera una nueva definición de las estructuras, de los objetivos y de las relaciones. La socialización y los universos afectivos funcionan así, pero esta versión sui generis de la dialéctica no es exclusiva del discurrir de nuestra órbita personal. Los procesos de acción humana se desarrollan de forma similar, y en las sociedades económicamente desarrolladas, los contendientes cobran dietas por participar. La verbalización es una puesta en común, un explicarnos nosotros y el mundo que nos rodea. Para los charlatanes, como el arriba firmante, es un medio afín, una manifestación natural de la propia personalidad que se expresa y se expande cuando discute. Para los lacónicos es un mal necesario, un trago que se eludiría si no fuera que vivir en sociedad lo impone. El cine, ya lo supondrán, es escueto y pasa por el brete como puede. Sobre todo el cine de acción y aventuras. Llegado un momento, la película se detiene y se desarrolla una escena bastante estática, con personajes que hablan y se explican entre sí asuntos que son fundamentales para que lo que suceda a continuación se entienda.


¿Qué dices que le pasó a mi padre?

Lo contaba con su habitual tono docente de teórico del cine George Lucas, a propósito de la secuencia de Star Wars. Episodio I: La Amenaza Fantasma (1999) en la que los personajes principales cenan en casa del pequeño Anakin, una escena de comedor en la que se exponen los motivos de lo que sucederá a continuación -por qué el pequeño va a competir en una carrera de vainas, cómo conseguirán el bólido- y se sientan las bases que harán natural que posteriormente el niño acompañe a los jedi en su aventura. Lucas la llama la "escena indicador" y la diferencia de otro tipo de escenas dialogadas por su marcado carácter expositivo. En algunas ocasiones, ni siquiera se disimula con una conversación o una situación naturalista como la mencionada, sino que directamente se inserta como una presentación, didáctica, redundante, a la que sólo le falta que el actor mire a cámara y pregunte al patio de butacas si la lección está entendida.

El paradigma es la escena de En busca del arca perdida (1981), de Steven Spielberg, en la que Indiana Jones les cuenta a los hombres del Gobierno cómo es el Arca de la Alianza y, de hecho, les hace un dibujo. Lucas, más inteligente que talentoso, señala que ningún director quiere rodar una escena así porque detiene la película, pero la considera imprescindible. "Tienes que meterla en alguna parte (...) pero, como por arte de magia, normalmente acaba en el primer tercio de la película, a unos 30 o 40 minutos del inicio". Habla por experiencia. Ahí está esa famosa escena de La guerra de las galaxias (1977), en la que Luke Skylwalker (Mark Hamil) se encuentra por primera vez con el viejo Obi Wan Kenobi (Sir Alec Guinnes) y éste le explica quién es él en realidad y en qué medida su destino está condicionado por hechos del pasado que hasta entonces le eran ajenos. Sabemos sucintamente de las Guerras Clon, de la pasada y funesta amistad entre el general Kenobi y el padre del muchacho y sabemos, al cabo, que el destino de la galaxia pasa por el joven granjero. En Matrix (1999), Morfeo (Laurence Fishburne) explica a un patidifuso Thomas A. Anderson (Keanu Reaves) en qué consiste la subyugación a que están sometidos los humanos y qué es Matrix en una escena descaradamente explicativa dirigida al patidifuso espectador.


Si no ligas con esa moto, háztelo mirar

La afirmación del director de Modesto, no obstante, no es aplicable a todas las películas, ni siquiera a las suyas, que con frecuencia llevan una segunda y postrera escena expositiva en la que se revelan las claves el plan de ataque que dará paso a la escena final. En el ciclo de James Bond también son dos las escenas "indicador". La primera, tras un arranque generalmente enérgico centrado en el remate de una misión anterior, se desarrolla casi siempre en las oficinas del MI-6 (Servicio de Inteligencia Británico), en el despacho de M, el jefe, que últimamente, agenda política manda, se ha vuelto jefa. Pero luego habrá una segunda escena de diálogos hermenéuticos, cuando se descubra que el verdadero objetivo del malo malísimo (soviético o ex soviético, en función del año de la producción) no era el que se creía, sino otro aún peor. Un subgénero adscrito a las escenas exegéticas tan desmelenadas que usan gráficos y simulaciones con maquetas, es el de los atracos perfectos, en los que no falta quién aporta cochecillos en miniatura para hacer ver a los más obtusos de los malhechores (y de los espectadores, claro) por dónde van a huir con el botín. La tecnología, claro, ha convertido esta presentación didáctica de la misión en un despliegue de holografías 3D, con profusión de colores, y de nuevo aquí Star Wars fue la precursora, con sus detalladas planificaciones del asalto de las dos fortalezas conocidas como la Estrella de la Muerte.

El cine repudia el didactismo dialogado, tan ajeno a su naturaleza visual, y por eso Lucas insiste en que estas secuencias son un mal necesario, pero un mal al cabo. El talento del guionista puede, no obstante, sacar partido de ellas, ayudar a los personajes a dotarse de identidad y resolver muchas preguntas de un tirón, y así ocurre con el Concilio de Elrond, en El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo (2001), larga escena explicativa en la que se define la misión de los protagonistas y de paso se presenta a tres de ellos. Si consideramos la trilogía como un todo, esta es la verdadera escena "indicador", y está, como anticipaba Lucas, en el primer tercio de la historia. Las tres películas que corresponden a la obra de Tolkien incluyen cada una sus secuencias expositivas, pero el conocimiento shakespeariano del escritor inglés hace que se imbriquen en la historia con naturalidad, cualidad que traslada con precisión la adaptación de Peter Jackson.


Hagiografía de la educación
privada a vista de pájaro

De cualquier modo, cine y literatura discurren por diferentes senderos, y mientras el primero es el arte de la elipsis, un modelo narrativo en el que el continuo prima sobre las partes, la segunda puede permitirse insertos descriptivos y expositivos cuya demora no tiene por qué lastrar el conjunto. J. K. Rowling, autora de la serie juvenil de Harry Potter y supervisora de los guiones de su adaptación cinematográfica, puede tener talento y recursos para el discurrir literario (puede), pero ignora la lógica de la narración minutada que requiere del cine. Por principio, en una película lo que no suma resta, y todo lo que no es imprescindible es accesorio. En su rigor textual, las adaptaciones cinematográficas del aprendiz de mago adolecen de una inacabable serie de escenas "indicador" en la que los personajes adultos invitan al tedio con sus reiteradas chácharas que revisan la prescindible historia de los fallecidos padres del mago gafotas. Es seguro que un día todo cobrará un sentido distinto y una revelación ulterior reinterpretará lo visto, pero entre tanto tenemos una saga aventurera en la que las escenas de acción van unidas por la gomosa argamasa de reiteradas conversaciones que repiten una y otra vez los mismos asuntos, hasta convertir una trama que se resolvería felizmente en hora y media en un mamotreto de más dos horas. Alfonso Cuarón, director de la tercera y recién estrenada aventura de Potter, Harry Potter y el prisionero de Azkaban (2004), trata de poner un poco de sensatez en la celosa desmesura de Rowling con un resultado a ratos vibrante y más solvente que el de su predecesor, Chris Columbus, pero de nuevo lastrado por una incomprensible literalidad que hace que sobren sesenta minutos de información redundante, superflua y, a la postre, cargante.

La vanidad es mala consejera. Tiende a susurrarnos al oído que todo lo que se nos ocurre es importante, y en esas anda la multimillonaria Rowling, creyendo que el cine le debe sumisión a cada letra salida de su imaginación. La fidelidad puede ser la peor virtud de una adaptación literaria, y la fidelidad impuesta por un autor comprometido con la ortodoxia literal es una rémora para el discurso cinematográfico. Los vanidosos exigen fidelidad, sólo los lúcidos se conforman con la lealtad, que es ejercicio de adscripción voluntaria y fervorosa. Dice la gente provecta que la concisión es un ejercicio de respeto con el tiempo de quien presta atención, algo que este rincón reflexivo a menudo soslaya sin mucho disimulo. Como andamos en el empeño de reducir su dimensión por la salud del autor y el descanso de las visitas, sirva esta elucidación de la precisión como excusa para una precipitada despedida.





pvallin@divertinajes.com
Archivo
Volver
Versión para Imprimir