29 de junio de 2004

Suelto de Penélope y otros telares


Homenaje al Día del Orgullo Gay, con
este menorero musculoso y con mallas

Los mitos y leyendas, y sus derivaciones freudianas, los complejos y síndromes adscritos a ellos, suelen servir para explicarlo todo, y así sucede con Edipo, Diógenes, Electra, y hasta con la del bolso de piel marrón, que en lugar de ser encarnación de la paciencia lo es de las empresas inacabables. Siendo así, y teniendo en cuenta los audaces arranques de esta página y sus postrimerías con frecuencia difusas, "como mantequilla untada sobre demasiado pan", no extrañará que el tejer y destejer de la virtual viuda de Ulises, enfrascada en una tarea voluntariamente infinita, sea motivo de especial querencia por estos pagos. Nuestra naturaleza hedonista a menudo nos invita a creer que otros destejen durante la noche lo que entretejemos con mimo cada día. Un consuelo que nos aleja de la naturaleza real del problema: como Penélope, en la vigilia de la conciencia deshilachamos cada paño hasta convertirlo en andrajo; somos bulímicos de nuestro propio medrar que vomitamos lo ingerido para volver a nuestra condición anterior.

Las películas de superhéroes son las que mejor retratan ese modelo de ceguera de jumento ante zanahoria que escapa. Estos atletas de la justicia vestidos de colorines, de cuya condición política y moral ya antaño hablamos, persiguen al delincuente sin tomar conciencia de que animan una espiral desafiante. ¿Qué son los supervillanos sino una respuesta a la provocación del ídolo? ¿Acaso hay algún campeón cuyo mero entorchado no genere la aspiración legítima de reemplazarlo? Cada uno de estos fenómenos de la virtud y la fuerza desencadena en su lucha una miriada de aspirantes a derrotarlo que siembran el caos en su derredor para llamar la atención del paladín y ganarse un combate por el título.


El mejor Batman es el que nadie ha visto

Se repite caso a caso. Las refinadas maneras de Lex Luthor (gran Gene Hackman para la versión cinematográfica de Richard Donner) tal vez nunca hubieran aspirado a empresas tan megalómanas como aquellas a las que se ve impelido para que Superman (Christopher Reeve) lo tome en la consideración que su vanidad exige. No es distinto el caso de Spiderman (Tobey Maguire), que desactiva la amenaza del Duende Verde (Willem Dafoe) y crea así un enemigo más poderoso: su hijo deseoso de venganza, Harry Osborn (James Franco), que habrá de expresar su odio cerval en películas venideras (una de ellas está a punto de aterrizar en España).

El Joker (Jack Nicholson, en la película de Tim Burton) cumple su venganza contra su jefe Carl Grissom (Jack Palance), para luego sentirse llamado a desafiar a Batman (Michael Keaton), y para su desafío idea un plan que pasa por cobrarse la vida de muchos habitantes de Gotham City. En el irresponsable uso de poder del héroe, carga además con la culpa de haber sido el creador de su Némesis, pues él fue quien arrojó al ácido a Jack Napier y lo convirtió en el sonriente payaso del crimen (El Guasón, que le dicen al Joker los hispanohablantes del lado de allá del océano). De todos los posibles superhéroes es Batman el que mejor encarna el síndrome de Penélope y quizá el único que de verdad lo padece, pues es el único consciente del infierno que él mismo engendra, de la muchedumbre de villanos locos que existen sólo porque él existe, y de futilidad de atraparlos una y otra vez para que éstos sean encerrados en el psiquiátrico/prisión Arkham Asylum, del que saldrán dispuestos a fechorías aún más enfermizas y degeneradas que las precedentes.


Hay peores sitios donde pasar una
temporada. Marina D'Or, por ejemplo

Y aunque muchas son las apariciones cinematográficas que ha tenido Batman, pero ninguna se ajusta tan bien a la consciencia del tejedor impenitente como el largometraje de dibujos animados Batman: La Máscara del Fantasma (1993), de Eric Radomski y Bruce W. Timm, que no es si no un spin off del serial televisivo Batman: The Animated Series (1992). En uno y otro el héroe desarrolla las profundas ramificaciones de su tragedia hasta extremos nunca antes (ni después) vistos en una serie de dibujos animados. Ante la imposibilidad de hacer explícita la contundencia moral de las balas y la sangre en un producto dirigido fundamentalmente al público infantil, los creadores del serial y del largo (que tuvo continuaciones de menor entidad) dedujeron que pasaría mejor la censura de Warner la expresión de las contradicciones y tormentos provocados por el arbitrario ejercicio de la ley del Talión que mueve a todo enmascarado. Tanto los 52 primeros episodios de la serie (Martín Cue sabrá perdonar tan clara intromisión en su meticuloso Jardín pero el motivo es arrancar esta negra flor que creció entre los crisantemos y en la que el horticultor no reparó) como el antedicho primer largo de animación suponen un sutil pero inequívoco descenso a los infiernos morales del superhéroe, más ricos en complejidad y matices que las deslumbrantes y sombrías Batman (1989) y Batman vuelve (1992), de Tim Burton.


El gobierno trabaja en modernizar
el actual concepto de familia modelo

El drama de Bruce Wayne (alter ego de Batman) es generar violencia y desdicha en su batalla contra ambas, algo que lo hace comparable con algunos de los ignaros caudillos que en fechas recientes nos han tocado en suerte, y que, con vocación de superhéroes, han convertido el planeta todo en un polvorín. La diferencia es que éstos no necesitaron vestir mallas para parecer ridículos, y aquél, nocturno y atormentado, padece la certidumbre de lo infructuoso de su causa. Como la nuestra, que nos lleva a nadar río arriba, avanzando lo que la corriente nos retrasa, sin pensar que, para no progresar, mejor estaríamos en la orilla, viendo al raudal salirse con la suya. Ay, Batman, que somos Penélope, con máscara y capa negras, destejiendo lo que tejemos y presos de la penuria de seguir tejiendo.

Los superhéroes empiezan por querer cumplir una venganza, pero no aciertan a detenerse en ese cometido de satisfacción individual y creen pasar por filántropos si ahogan su desagravio individual en una colectiva batalla por la justicia. Pero el ejercicio de la justicia genera más ultraje y violencia que el de la venganza, porque aquella es universal y generales son los agravios que causa. La venganza, en cambio, es ejercicio de justicia localizada, finalista y deslindada del orden de convivencia. Por eso son dignos de desconfianza los que emprendan causas justicieras inacabables, y han de ser mirados con tolerancia los vengativos, que viven la penitencia aun antes de infringir quebranto. Y bien sabe el mundo que la vocación global de justicia infinita hace prender infinitas desdichas que alimentan venganzas interminables.







pvallin@divertinajes.com
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