08 de junio de 2004

Los que eligen el andén


Otra prueba de intuición del
insigne Clint Eastwood

La vida no es una sucesión de encrucijadas, de "elecciones que no comprendemos", que dirían los hermanos Watchowski. Se parece más a una carretera, una calzada por la que sólo cabe avanzar, jalonada de vez en cuando por intersecciones en las que toca tomar una decisión. La diferencia tal vez sea que en la vida no siempre se puede prever cuándo se aproxima cruce. Al cine, por razonables motivos dramáticos, le ha gustado centrarse en esos momentos en los que repentinamente los seres humanos se ven acosados por una contingencia que obliga a decidir. Y el cine, por razonables motivos dramáticos, siempre apuesta por una voluntarista elección arriesgada: aprovechar la intersección para cambiar de camino. Las comedias románticas emplean a menudo el encuentro fortuito que obliga a optar entre lo que se tiene y lo que se desea. Bajo este prisma, motivo de estudio son las películas norteamericanas, reflejo de una sociedad conservadora cuyas fábulas cinematográficas siempre subrayan la necesidad de desechar la opción conservadora y lanzarse a la aventura. Nótese que precisamente "aventura" es como llaman al adulterio (¿cómo de estimulante es la vida cuando dormir en lecho ajeno es tratado en términos de epopeya?). American Beauty (1999), dirigida por Sam Mendes y escrita por Alan Ball, es una versión postmoderna y un tanto snob de esta vieja disyuntiva. "Si aprovechas esta oportunidad tal vez te pierdas" advierte el spot televisivo de un vehículo todo terreno que invita a dejar la calzada y abrir camino propio. Pocos lo hacen, muy pocos. El resto se consuela: uno siempre está a tiempo para liarse la manta. No es cierto. Y algunos relatos cinematográficos emplean el reloj para subrayar que el tren tiene hora de partida.


Antes del amanecer, olvidada
en una estación de la memoria

El catón cinematográfico de estas fábulas, casi siempre centradas en la elección de pareja, funciona más o menos así: dos personajes de procedencia dispar y con la vida más o menos resuelta, es decir, atados por compromisos sociales, afectivos y vitales, se tropiezan y tienen ocasión de conocerse por un espacio de tiempo limitado y con la certeza de que, concluido el periodo, se separarán para siempre. En el frecuentarse se descubren afines, armónicos. En términos convencionales, se enamoran. El handicap, la cuenta atrás, la limitación temporal, se vuelve ventaja: la certidumbre de hallarse en un lapso de tiempo fuera del tiempo, con alguien a quien no se volverá a ver, invita a sacudirse el personaje social, a desinhibirse, y entonces surge la euforia. Ajustada a este modelo es Antes del amanecer (1994), de Richard Linklater, en la que un turista norteamericano (Ethan Hawke) conoce en un tren procedente de Budapest a una bella francesita (Julie Deplhy) y le propone hacer una escala de una noche en Viena, antes de regresar a Francia. Disponen de 14 horas antes de su despedida en la estación. Se excusa añadir que durante ese periodo se descubren complementarios. El adiós en los andenes cercena la posibilidad de descubrir la durabilidad de la comunión experimentada.

Sin embargo, los protagonistas se intercambian direcciones y teléfonos con el ánimo de volverse a ver (el destino aún les gastará una broma macabra, pero eso queda para los que se animen a buscar esta pequeña joya y verla), y ahora sabemos que eso ocurrió pues el mismo director acaba de firmar una película con idéntico título y mismos protagonistas, que vuelve a reunirlos nueve años después (y que se estrenará en España a lo largo de este año). Ambos detalles (el intercambio de credenciales y la reciente continuación) desvirtúan la verdadera naturaleza de la tragedia que se concentra en el relato primigenio: la certeza de la desaparición del otro a una hora señalada, es decir el conocimiento previos de su extinción, a los efectos, la muerte profetizada.


Scarlett Johanson mira Tokyo

Quizá la película reciente que ha desarrollado esa atroz paradoja, en su vertiente más infausta, hasta sus últimas consecuencias haya sido Los puentes de Madison (1995), de Clint Eastwood, otra de las magistrales exhibiciones del desnudo poderío narrativo de su director. Cuenta la historia de una emigrante italiana, (Meryll Streep) casada con un norteamericano al que conoció durante la II Guerra Mundial y con el que comparte la vida, junto a los hijos de ambos, en una pequeña granja de Iowa. Marido e hijos abandonan durante cuatro días la granja para asistir a la feria estatal, momento en el que aparece por la granja Robert Kincaid (Clint Eastwood), un fotógrafo de la revista National Geographic que prepara un reportaje sobre los puentes cubiertos del Condado de Madison. Entre las dificultades del rubor y la cortesía Robert y Francesca se abren camino para conocerse y toparse con la evidencia de que están enamorados. La edad, ambos han pasado holgadamente el ecuador de sus vidas, añade una odiosa certidumbre: la oportunidad que se presenta ante ellos no se repetirá. Él, de vida nómada y poco atada, tiene menos que perder así que apuesta fuerte y, llegada la última noche, le pide que lo acompañe, que deje atrás su vida confortable pero insatisfactoria y se vaya con él en nombre de los mutuos sentimientos que se profesan. A ella corresponde decidir. Pasamos la vida esperando que se presente una ocasión de darle un giro y deseamos recibir el empujón de una invitación expresa para dejarlo todo. Hasta que se presenta, y entonces maldecimos tener que tomar una decisión. Francesca se excusa en la pesadumbre de la vida que les espera y en el convencimiento de que se odiará por haber causado tormento a una familia que, en todo caso, no ha hecho nada para merecerlo. Y decide dejarlo ir. Con el tiempo, es capaz de recordar aquellos cuatro días como una historia de amor perfecta, sin los roces de la convivencia ni la amargura del desvanecerse.


Aclamada prueba
de herencia genética

Una variante de este encuentro feliz e indeseado abocado a la despedida ha servido a la hija de Francis Ford Coppola, Sofia, para recoger reverencias en medio planeta. Lost in traslation (1993) presenta a un actor acabado, Bob Harris (Bill Murray), que viaja a Tokyo para grabar unos anuncios de whisky, y allí se topa por azar con una joven norteamericana, Charlotte (Scarlett Johanson), que sufre una prematura crisis matrimonial. En los personajes de Coppola no hay un enamoramiento explícito ni platónico (queda a la imaginación del espectador), sino más bien el encuentro de dos náufragos portadores de un mensaje de socorro que, en lugar de llegar a manos de un barco, arriba a la isla del otro náufrago. Si ninguno de los dos puede hacer nada por rescatarse a sí mismo, mucho menos pensar en el salvamento de otro. Sin embargo su mutuo reconocimiento les conforta y esa amigable connivencia les lleva a soñar una esperanza que se disipa con la anunciada despedida. Esa indefinición, esa paralización que impide dar un paso adelante para experimentar un amor romántico pero que se tortura participando de la acogedora compañía, ya fue explotada con mayor crueldad y estilo narrativo por Wong Kar Wai en la celebrada In the mood for love (Deseando amar) (2000). Dos vecinos, tras descubrir que sus respectivas parejas han huido juntas, entablan una relación en la que el desprecio por el adulterio sufrido y la necesidad de apartarse de esa conducta infame y desleal les impedirá abandonarse al amor que se profesan.

En general, los títulos que aquí se repasan participan del paradigma romántico del encuentro fortuito y se alejan de él porque la elección de sus personajes es permanecer en el andén viendo alejarse la humeante locomotora de la oportunidad perdida. Cultivan la emocionante condición de la tragedia voluntaria, presentándola, en especial en el título de Eastwood, con la magnitud del abismo al que se entrega quien decide hurtarse la última promesa de felicidad merecida y elige permanecer anclado en una rutina rala y gris.


Tensión sexual no resuelta

Sería sencillo concluir que el miedo o el exceso de anclas y responsabilidades llevan a sus protagonistas a una decisión conservadora. Y algo de cierto hay en ello. Sin embargo, en la embriaguez de la belleza de su derrota también cabe concebir que, de algún modo (y quede claro que lo que sigue no es un alegato de la abstinencia predicada por la conjura vaticana), su decisión los acerca a la verdadera expresión de la felicidad humana, que habita en el deseo y no en su consumación. Su elección los eleva, porque escogen vivir un sentimiento en ausencia, eligen una existencia que los atormenta pero los mantiene íntimamente vivos, lúcidos. Al igual que un tiburón muere si deja de nadar, algo fenece en el hombre si abandona el paciente cultivo de la ilusión inalcanzable y se entrega a su consunción. Los que eligen el andén eligen el sueño, en su inverosímil grandeza, conscientes de que la imposibilidad es su más singular atributo. Sólo siendo imposible puede ser perfecto.






pvallin@divertinajes.com
Archivo
Volver
Versión para Imprimir