01 de junio de 2004

Fumar mata


Una de las mejores películas españolas
en años y el mejor debut que se recuerda

A riesgo de ser tachado de materialista histórico o cínico, el arriba firmante está convencido de que la práctica totalidad de las relaciones humanas, incluidas las afectivas (acaso de forma más descarnada las afectivas), se mueven de acuerdo a principios de poder y de autoridad moral. De deudas de amistad y vencimientos de la lealtad, de pagarés librados contra apegos sin fondos, de morosos del altruismo. A menudo en la pareja se dan relaciones marcadamente asimétricas que, sin embargo, encajan porque los participantes se amoldan a sus papeles de inversor y oferente de producto de renta variable. Y a veces, las asimetrías son mutables, alternas. Poder y autoridad moral van a veces unidos y la concentración de ambos en las mismas manos provoca agravios duraderos y destructivos. Sin embargo, en nuestro desenvolvimiento en el mundo social, los repartos son menos claros, y lo más frecuente es que el poder y la autoridad moral sean incompatibles. Quien ostenta y detenta superioridad jerárquica carece en cambio de legitimidad si apela a la relación personal para hacer valer la posición dominante, lo que deposita en el subordinado una soberanía que bien jugada puede subvertir incluso el natural orden de poder. Y vuelve cautivo al captor y guardián al reo.

Hay dos títulos relativamente recientes que analizan las confusas relaciones interpersonales en el medio laboral del capitalismo tardío, indagando en sus intrincados dilemas morales y los complejos mecanismos de explotación. Son Glengarry Glen Ross (1992), de James Foley (un guión de David Mamet sobre su propia obra teatral), y Smoking Room (2002), de los debutantes Roger Gual y Julio D. Wallovits (acreditados creativos publicitarios), una talentosa obra (quizá lo mejor de nuestro postrado cine español) deudora del título de Foley pero con suficientes atributos como para merecer gloria propia y no prestada. Smoking Room es una película coral que cuenta las miserias y ambiciones y desconfianzas que se generan en la delegación española de una multinacional cuando un empleado, Ernesto Ramírez (Eduard Fernández) decide emprender una recogida de firmas para que la empresa habilite un trastero como sala para fumar, después de que la matriz norteamericana instaurara la prohibición en sus oficinas. Vamos a ceñirnos a una sola secuencia (titulada en el directorio de escenas del DVD "El encuentro") en la que los vasos comunicantes del poder y la autoridad moral oscilan entre dos personajes (el propio Ramírez y el responsable de la compañía en España, Armero, al que da vida Ulises Dumont). Armero llama a su despacho a Ramírez para atajar las suspicacias que está desatando la recogida de firmas entre los trabajadores y la dirección de la empresa.


El argentino Ulises Dumont es Armero

- ¿Sabes por qué te he llamado?
- No.
- No sabes.
- No.
- Vale. Te he llamado por lo del smoking room.
- ¿Por qué?
- El smoking room ¿No quieres tú un smoking room en la compañía? Y menudo revuelo estás armando con eso. ¿eh?
- No, no, no.
- ¿Ah, no?
- No.
- Un poquito.
- No. Estoy juntando firmas para que vean que todos estamos de acuerdo.
- Estamos todos de acuerdo.
- Por eso.
- ¿Y?
- Y ¿qué?
- Ernesto, ¿y? ¿Y eso qué? ¿No estás contento? ¿Quieres un aumento? Bueno, en abril revisaremos los sueldos y estoy seguro que...


Armero domina la situación, pero desde el principio es consciente de que la autoridad moral está del lado de su subordinado. Sin embargo, comete un error al creer que Ramírez pretende sacar un beneficio material, que ha emprendido la recogida de firmas como demostración de fuerza ante la compañía. Un fenómeno simple de transferencia: cree que Ernesto, como él, actúa sólo por dinero. Pero no es así y su error tendrá consecuencias.

- No, no es eso.
- ¿Ah, no?
- No. No es eso.
- ¿Sólo por la sala?
- ¿Es tan raro ¿Es tan increíble? Que en invierno nos tenemos que bajar a fumar fuera, a la calle, abandonar el edificio en el que estamos trabajando. No sé. Me parece increíble, vaya. Por eso estoy juntando firmas.
- Pero estás montando mucho lío. Si sólo es por eso estás montando demasiado lío.


También el contable se ha equivocado. No ha medido el alcance de la iniciativa que ha tomado.

- La gente se pone nerviosa.
- Pero, ¿por qué?
- Porque sí, porque sí. Se crean bandos.
- ¿Cómo?
- Ernesto, bandos. Está la empresa por un lado...
- ¿Qué bandos? Si sólo estoy juntando firmas para poder fumar un cigarrillo sin congelarme.
- Ya, ya. Sí, esa es tu intención, pero cualquier otro lo puede utilizar para lo que...
- Pero ¿para qué van a utilizarlo?
- Tienes razón.


Ahora, Armero ha entendido que el camino de las prebendas no es el correcto, y de aquí en adelante rectifica su actitud y trata de ganar la confianza de su subordinado. Tiene la potestad, pero para conseguir que su empleado haga lo que él quiere, pretende, además, lograr el reconocimiento de su posición moral para evitarse un exhorto, pues ambos saben que Ramírez no hace nada irregular. Ernesto, que ve replegarse a su jefe, se confía.


Eduard Fernández es
Ernesto Ramírez

- Estás de acuerdo.
- Claro que estoy de acuerdo. Los putos americanos me tocan más las pelotas a mí que a ti, eso tenlo por seguro.
- Me imagino.
- Sí, pero no les gusta que los desafíen.


Ernesto ha bajado la guardia, y Armero vuelve al ataque con una amenaza velada.

- ¿Cómo?
- Que los desafíen. No les gusta.
- Yo nos los desafío.
- Pero ellos creen que sí.
- Bueno pues se equivocan.
- Y no les gusta que yo lo permita.


El superior ha sido hábil y ha aprovechado el momento de empatía para introducir un nuevo factor de canje: la actitud de Ramírez lo coloca también a él en una posición incómoda frente a los americanos. Apela a un mecanismo obvio de implicación, de solidaridad, que comporta que los riesgos que corra Ernesto pueden afectarle a él, y, de paso, comienza a dar a entender que no está dispuesto a permitir que eso ocurra. Ramírez tarda en reaccionar:

- ¿Tú qué tienes que ver?
- Yo tengo que ver.
- ¿Por qué?
- Yo estoy al mando. Y no quieren líos. No quieren líos.
- Pero, por favor. Esto no es ningún lío.
- Oye quiero que lo dejes. Que lo dejes.


Decididamente, Armero pasa a la ofensiva y expresa un deseo en forma de orden. Comprende que Ernesto está desbordado por la dimensión que ha tomado un asunto relativamente pueril y adelanta cuál es el motivo final de la reunión en su despacho.

- ¿Perdón?
- Que lo dejes.
- ¿El qué?


Ramírez trata de ganar tiempo. No entiende cómo han llegado a ese punto.

- El rollo de las firmas, hombre, el smoking room, el salón para fumar. Déjalo, ¿vale? Déjalo.

De pronto Ramírez ve que está acorralado. Ha dejado de hacer valer su derecho y Armero lo ha colocado contra las cuerdas. El debate se ha trasladado al incómodo asunto del riesgo que todos corren por la iniciativa de las firmas, lo que le deja sin el soporte moral de su causa. Reacciona.

- ¿Por qué?
- Porque yo te lo pido.
- No: ¿por qué?
- Te lo estoy pidiendo, y bien, de buen rollo. No te compliques ni me compliques a mí. Joder, ¡no te vas morir por salir afuera a fumar tu cigarro de vez en cuando!
- Si no es eso.
- Ya lo sé.


Armero ha cargado con la infantería. Aunque aún le quedan recursos, espera no tener que emplearlos. Por eso, levanta el pistón y de nuevo busca la empatía de su subordinado. Ramírez recupera el resuello: la camaradería de su superior la da por asumida y quiere que actúe en consecuencia. No va a ser tan fácil.

- ¿Entonces?
- Ya lo sé. Pero trabajas aquí. Hombre, a ver. Ellos lo ven así: tú trabajas aquí; si te gusta bien, si no te gusta te vas a trabajar a otro lado.
- Ah, cojonudo, hombre, cojonudo.
- Te lo estoy pidiendo. No tengo por qué hacerlo, pero te lo estoy pidiendo. Déjalo, ¿vale?
- Ay (suspiro)... No lo voy a dejar.


Ramírez se expresa de forma taxativa, desafiante. Ha tomado una decisión que parece definitiva. Armero no entiende cómo ha perdido el control de la situación. Básicamente ha fracasado por dos motivos: Ernesto Ramírez no interpreta la velada amenaza (ejercicio de poder) que late bajo las palabras de su jefe como tal y mantiene el pulso en el convencimiento de que la razón está de su lado, ya que no la autoridad. Yerra porque olvida que el poder lo ostenta el director, y éste además aún no ha jugado su mejor carta. Antes de hacerlo, aún intentará convencerlo sin acudir a ella.

- ¿Cómo?
- Que no lo voy a dejar. Voy a juntar la firmas y elevarlas a quién coño haya que elevarlas.
- Te estoy hablando bien.
- Yo también.
- Déjalo, ¿vale?
- No lo voy a dejar.
- Déjalo, asunto terminado.
- Asunto nada, no lo voy a dejar.



Fumar puede dañar el
esperma y reduce la fertilidad

No hay caso. Armero prepara su jugada final. La conversación está bloqueada y va a echar mano de toda su artillería. Ejerce el mando, el poder y, pronto, la autoridad moral.

- Te estás buscando problemas.
- ¿Qué? ¿Me amenazas?
- ¿Yo? No hombre, cómo te voy a amenazar, yo no soy nadie.
- ¿Quién me amenaza, entonces? ¿Quién me amenaza? No, no, no voy a parar.
- ¿No vas a parar?
- No voy a parar.
- Ellos tampoco.
- Pero, pero, por favor, es qué...


Apenas ha visto asomar la amenaza y Ramírez de nuevo se siente desbordado. En adelante irá a remolque. Las oportunidades servidas por su jefe han vaciado de contenido su atributo de legitimidad, así que empieza a dibujarse un sólo camino de salida: el desafío. En el fondo está convencido de que, a pesar de la diferente posición jerárquica, tiene las de ganar, de que puede ver la apuesta y aun subirla. Armero, dúctil, se muestra hábil jalonando los tirones del sedal con esporádicas sueltas de carrete, e interpreta la situación como favorable y toma las riendas. Sabe que aún guarda un triunfo y columbra que va salir vencedor del duelo. Eleva la voz.

- ¡Los estás desafiando, joder!
- Y... ¿hasta dónde no van a parar?
- ¿A qué te refieres?
- Sabes lo que te estoy diciendo, ¿no? Me van a despedir. ¿Me van a despedir? No me pueden despedir por esto, no me pueden despedir por defender mis derechos. Es que parece mentira que estemos hablando de que me van... de que me puedan despedir. Me despiden por esto...
- No te van a despedir por esto.
- Me despiden por esto y...
- No te van a despedir por esto.
- Si me despiden por esto están jodidos.
- No te van a despedir por esto.
- ¿Cómo llega esto tan lejos?
- Te van a despedir por otra cosa. Por cualquier cosa.
- No, no, no.
- Por cualquier cosa.
- No. Están contentos conmigo aquí. Están contentos conmigo, me lo dijeron.
- Aquí sí, pero ya sabes cómo son estos tíos.
- No sé cómo son estos tíos, ¿qué quieres decir?
- ¿No los conoces todavía? Averiguan, buscan. ¿No sabes cómo son?
- ¿A qué te refieres?
- Sobral. Sobral y Compañía.


Armero deja caer su póker, el nombre de una empresa, y desbarata cualquier posibilidad de su empleado de salir airoso. Introduce un asunto turbio del pasado de Ramírez. Juega sucio y niega a su contable el resquicio de la dignidad: puede ser despedido por un comportamiento indecoroso en un empleo anterior. Ramírez, efectivamente, hinca la rodilla. Está acorralado.

- Pero, ¿cómo?... ¿Qué coño sabes tú de eso?
- Yo no sé nada, pero ellos sí. Ellos saben, siempre saben. Ellos saben hasta el color de los calzoncillos que estamos usando en este momento. Vamos, hombre, cómo. ¿Tengo que decírtelo? Dirán que se acaban de enterar. Mira yo... esto es una tontería, no es importante, es una gilipollez. Déjalo.
- Fue un error. Un puto error de contabilidad. Y no hubo nada demostrado, nada demostrado. Y ya pagué por eso, ya pagué. Joder que sí pagué, joder que sí pagué: pagué con mi puesto de trabajo, pagué con dinero...


Está vencido. Armero, triunfador, le señala la salida fácil, y para ello, profesional de la coerción y la empatía, relaja la presión.

- No me tienes que explicar nada. Yo creo en dar la segunda oportunidad. Creo que nadie es culpable hasta que se demuestre lo contrario. Pero ¿tú te crees que yo soy el capo, el mandamás? Sí, estoy al cargo, ¿y? Y eso ¿qué mierda importa? Cuando algo se les pone entre ceja y ceja, eso no importa una mierda. Oye, yo te digo, nada más...te, te aviso, ¿eh?... te aviso, esa es la expresión, te aviso. Pero, deja todo esto, por favor, déjalo, Ernesto. Vamos, oye, yo estoy contigo. Todo el mundo está contigo.

Sin embargo, no cuenta con el autodestructivo e irracional sentido de la dignidad de Ramírez. Los sucesivos esfuerzos de empatía no surtirán efecto alguno.

- Noooo. No, nadie está conmigo.
- No te compliques.
- Nadie.
- No te compliques. Es una tontería, no vale la pena, no te compliques por una tontería como ésta.
- Por favor, por favor. Es tan...
- Es horrible.
- ...Injusto
- Injusto, claro, es injusto.
- ¿Por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?
- Y ¿qué mierda sé yo por qué? Ernesto, porque la vida es así. No te amargues por eso, no tiene sentido.


Dejar de fumar reduce el riesgo
de enfermedades mortales
de corazón y pulmón

- ...
- ...
- No lo voy a dejar.
- Estás jugando con fuego.
- Me da igual.
- Yo te estoy avisando.
- ¿Tú me estás avisando?
- Claro.
- Ah, tú me estás avisando.
- Sí, sí, sí.
- Tú eres el peor.


Ramírez no está dispuesto a dar su brazo a torcer. Está claro que el poder, definitivamente, no está de su lado, pero al menos quiere arrebatar a su superior la legitimidad moral. Armero se revuelve y termina por localizar el factor que hace de Ramírez un subordinado tan difícil. Probablemente Ernesto lo definiría como integridad, aunque para su jefe tiene otro nombre.

- ¿Eh? A ver, ¿por qué me atacas ahora?
- Tú eres el peor, tú lo único que quieres es salvar tu culo, tu puto culo. Lo único que te importa es salvar tu puto culo, conservar tu puestito de trabajo.
- Tú tienes un serio problema de actitud, un jodido problema de actitud, ¿lo sabías? Por eso la gente no está contigo, por eso.


Es cierto, el apoyo que Ramírez ha logrado para su campaña de recogida de firmas es ridículo. Apenas cinco de la veintena de fumadores han firmado. Las cartas están boca arriba y el empleado ha elegido el desafío. El argumentario de Armero ha impactado contra su objetivo, pero la reacción no es la esperada. Intenta recoger los despojos, colocar apósitos sobre las heridas y hacer ver que también él ha salido dañado. Pero la situación es irremediable, Ramírez ha decidido.

- No lo entiendes: no estamos hablando de mi culo, estamos hablando de tu culo, ¿no te das cuenta? Intento decírtelo bien, avisarte y mira con lo que me sales, mira.
- Oye, pues nada, te lo agradezco. Muchas gracias.
- No, no, ven, siéntate aquí.
- No, no, escucha lo que te digo: te lo agradezco profundamente.
- Ven aquí, siéntate.
- Gracias por ser un jefe tan enrollado.
- Ernesto, ven, siéntate aquí.
- Muchas gracias, de verdad.
- Ven aquí, siéntate, tomemos una copa.
- ¿Cierro la puerta cuando salga?


Como Pilatos (por el que ya saben la debilidad que aquí se cultiva), en el momento postrero, Armero quiere salvar la situación, dar otra oportunidad al subordinado que está dispuesto a inmolarse. El desaire de Ramírez le costará algo más que el puesto de trabajo (tendrán que ver la película para averiguarlo). Prefiere una victoria moral, saberse el injustamente sacrificado, y hace descansar sobre su superior la eventual responsabilidad de no haberle defendido. No le saldrá tan bien, no puede ganar. En el cara a cara Armero se gasta unos escrúpulos que luego, sin el acorralado ante sí, quedan preteridos.

Pasa a menudo: el juego de poderes que se establece en el tú a tú sólo dura lo que la presencia del otro. Luego, las lealtades pasan a un segundo plano, las deudas contraídas se olvidan, sin querer o voluntariamente, porque son un incómodo lastre moral. Y nos lo saltamos. Por eso es bueno que exista ese pertinaz cobrador del frac, la conciencia, que gasta métodos tan sucios como el remordimiento y la culpa. Que nos recuerda que llevamos las alforjas llenas del crédito de quienes nos avalan. Atendiendo esa consideración, a los que hayan llegado hasta aquí debo una cerveza.






pvallin@divertinajes.com
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