25 de mayo de 2004

Tasa de crecimiento


Antonioni sentando cátedra
(recién editado en DVD)

Limpiaba el lavabo después del afeitado pensando que qué fácil es quitar los setecientos primeros pelillos que reposan yertos sobre la loza, yéndose con un golpe de grifo, y qué difícil es deshacerse de los últimos seis, escondidos debajo de la jabonera, agazapados en el intersticio minúsculo, cobijo de humedades entre la mayólica y el metal de la grifería, o pegados al culo del frasco de after shave. La ciencia asegura que todos los pelos son iguales, pero lo cierto es que unos se comportan como iraquíes resistentes y otros como dóciles votantes yanquis. Así que unos son menos iguales que otros. Pasa con todo: los primeros tamos se lanzan de la escoba al recogedor por kilos, mientras unas subversivas pizcas pasan una y otra vez por debajo y se exhiben incorruptibles sobre la baldosa que hay detrás. Y esta ley universal del afeitado impera también para los aprendizajes: los primeros meses en un nueva tarea, cada día se hacen progresos geométricos mientras unos años después cuesta volver a casa sin pensar que el tiempo se está escurriendo tontamente por el sumidero. Como los pelos. Hay una lógica matemática sencilla, basada en el valor relativo de los avances, que lo explica: si cada día das un paso, la progresión del primer día es infinita (de 0 a 1), el segundo se duplica el conocimiento (de 1 a 2), mientras que el duocentésimo primero, el mismo paso apenas incrementa el conocimiento en 0,5 por ciento. Y algo parecido ocurre con los lenguajes artísticos, lo que ha sido aprovechado por algunos augures para celebrar la muerte del séptimo arte. El subvencionista Peter Greenaway, por ejemplo.


Jean Luc Godard hoy en día

Esta pasada semana, el veterano Jean Luc Godard daba una de cal y otra de arena en la rueda de prensa posterior a su estreno en Cannes. Cargó contra los subtítulos (que además de un atentado contra la naturaleza audiovisual del cine, son una forma de cerrar fronteras a las obras foráneas) defendiendo el doblaje, "pero el doblaje bien hecho" (esa era la de cal), y vaticinó la muerte del cine por culpa del "totalitarismo de la televisión" (y esta era la de arena), un juicio de valor que lo único que da por periclitado es su capacidad para entender y asimilar el multiforme momento del lenguaje audiovisual. A veces los árboles no dejan ver el bosque. Greenaway decía que tras la explosión creativa que el cine vivió en el tercer cuarto del siglo XX, con el neorrealismo italiano, primero, la nouvelle vague francesa, después, y Michelangelo Antonioni y su revolución del lenguaje cinematográfico, para rematar, la historia del cine se acabó.

Al leer estas declaraciones del presunto genio, se venía a la cabeza preguntarle por qué razón no lo dejaba, ya que las películas operísticas que viene realizando últimamente se las pagamos todos a través del fondo Euroimages y luego son como son, por no decir más.


Los idiotas, de Lars Von Trier,
manifiesto Dogma número 2

Aceptando, y es mucho aceptar, que el lenguaje cinematográfico no conociera revoluciones que hayan cuajado desde Antonioni (lo que además sería tanto como aseverar que Antonioni ha tenido sucesores, y eso sí que no), lo que no se entiende bien es la coletilla de enterrador, que redondea el razonamiento como si la primera opinión y la funesta conclusión fueran indisolubles. La novela se quedó en Joyce y, mayormente, el mercado literario de hoy está dominado por narrativa convencional de concepción decimonónica, pero nadie se atrevería por eso a decir que la literatura vive sus estertores, ni siquiera el egregio vecino De la Puente, tan amante de los clásicos. De las artes plásticas y su evolución después de las vanguardias de la primera mitad del XX ya les tiene al tanto Ortega (el nuestro), así que les supongo enterados.

Y entonces ¿por qué proliferan los sepultureros del celuloide? Precisamente cuando se consume más cine que nunca (no todo en las salas, cierto es) de repente parece haberse desatado la necesidad de administrar la extremaunción al cinematógrafo. Como en le caso de la novela, hasta las fórmulas más trilladas de narración convencional cuentan con maestros que engrandecen la industria, y, de igual modo que ocurre con el mercado editorial, en los anaqueles proliferan las obras chuscas que gozan de gran predicamento entre el respetable. ¿Qué hay de particular en ello?


Zygmund Baumann es sociólgo,
no hace películas ni las monta

Esa querencia un tanto necrófila parece ineludiblemente unida a una cierta soberbia, propia de los genios pero no sólo, que anima a vaticinar que después de uno mismo vendrá el erial y por tanto garantiza la propia supervivencia en la memoria colectiva. El movimiento es paralelo a aquella ilusión óptica de los ideólogos del Fin de la Historia, o de los economistas que vaticinaron el Fin de los Ciclos. Así les fue. La vorágine de los tiempos que corren, en la que la muchedumbre de movimientos, escuelas y tendencias dificulta el acceso a la trascendencia, si quiera la consolidación, de cualquiera de ellas, es coartada final para los agoreros. Dice Zygmunt Baumann que vivimos un tiempo en que la historia se ha vuelto líquida, precaria, incapaz de consolidar (solidificar) los cambios y esa permanente mudanza, esa fugacidad, acucia la sensación de estatismo. Pero más que incapaz de solidificarse, las mutaciones radicales tropiezan con dificultades para imponerse, porque la propia multiplicidad, la florescencia de creadores e impostores, atomiza las propuestas más audaces, caso del movimiento Dogma (fundado por Lars von Trier y al que se han suscrito un grupo de directores europeos, no tanto su propio institutor), pero mantiene la posición dominante de un discurso más conservador. Sin embargo, el modo en que todo se interrelaciona arbitra un espacio de permanente y recíproco contagio, lo que provoca esa maximización del cambio, esa perpetuidad de lo efímero, oxímoron que lógicamente invita a ver inmovilismo.

Aquí, que se cultiva la dialéctica como afición, se olfatea un momento de síntesis que alumbra una nueva tesis de naturaleza plural, una hidra cuyo millar de cerebros piensan cosas bien disímiles hasta formar un todo inasible en su pulcro caos. Y a ésta seguirá una insurrección cuya naturaleza antitética se plasmará en modo que es imposible columbrar hoy. Cuesta hacer desparecer los últimos vellos faciales del blanco cerámico, pero el denuedo, eso enseñan las madres, siempre halla recompensa. La tentación de desfallecer, a menudo por la incapacidad para comprender cuanto ocurre, se cura con la consoladora certidumbre de que, de aquí a cuatro días, cinco todo lo más, habrá que rasurar de nuevo. Y volveremos a ver el manantial catártico barriendo centenas.






pvallin@divertinajes.com
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