18 de mayo de 2004

Ensayo sobre la desdicha


Tour de force para actrices sin remilgos
y con ambición interpretativa

En estos tiempos en los que está tan de moda el género de sucesos, el único que permanece fiel al principio fundador del periodismo porque sólo se dedica a dar noticias (la casi totalidad del resto se consagra a la transmisión del recado de otro con profusión de entrecomillados), el asesinato campa a sus anchas en los medios de comunicación, sobre todo, el antaño conocido como "crimen pasional" y modernamente enclaustrado en el espantoso sintagma "violencia de género" o violencia doméstica, muy del gusto de la nueva progresía y de su primo, el nuevo liberalismo. Cuando el homicida rebasa los límites razonables en su furia asesina, es decir, además de a su mujer mata a sus hijos o a dos vecinos que pasaban por allí, entonces se lo cataloga infantilmente como "loco", que no es más que una forma de establecer una frontera que nos mantenga "de este lado", mientras otros están "del otro". Con el tiempo y la innegable contribución de los neocon, la alteridad (nosotros frente a ellos), esquema de pensamiento reduccionista, pasó a aplicarse, con nefandos efectos, a la política internacional, a la lucha antiterrorista y hasta a la contienda política. Incluso los periodistas, pretendidos garantes de la distancia crítica, se abandonan al prejuicio de emplear calificaciones judiciales sobre los sospechosos ("asesinos") o, directamente, se entregan al insulto infamante ("alimañas", "canallas") sin sonrojo alguno. La variedad perifrástica del tipo "en su locura asesina", muy empleada para las agresiones hogareñas, sintagma que propongo como variedad pedestre frente a las asépticas invenciones de la moderna politología del crimen referidas más arriba, sólo busca cercar aún más el territorio de la ignominia, para certificar que es ajena a la comunidad civilizada, inteligente, informada y democrática (sobre todo, democrática). Pero la locura no es eso y, de las muchas variedades de insania que los médicos conocen y tratan, hay una variedad que produce singular estremecimiento: la desdicha.


Julianne Moore, siempre excelente

El cine se ha metido varias veces en esa harina, pero nos vamos a quedar con una porque otra cosa supondría un alarde de ambición que rebasa las aspiraciones y posibilidades de este disertante nocturno. El director Stephen Daldry se hizo famoso con su modesta y bienintencionada Billy Elliot (2000), una película sobre un niño que cuelga los guantes de boxeo para dedicarse a la danza clásica, enfrentándose a los habituales prejuicios de la ruda clase obrera británica de los ochenta. Por eso, la ambición de su segundo largo, la adaptación de la novela de Michael Cunningham Las Horas (premio Pullitzer 1999), se antojaba desproporcionada o, cuando menos, sorprendente por lo lejos que se sitúa el introspectivo original literario del vitalismo que empapa su debut. El resultado, por cierto, hace que un escalofrío de expectación recorra la espalda al saber que su siguiente proyecto es la adaptación de otro premio Pullitzer: Las extraordinarias aventuras de Cavalier y Klay, de Michael Chabon.


Nicole Kidman, que no le teme a nada

La tarea que aborda el director inglés en Las Horas (2002) se complica porque el relato de Cunningham emplea a su vez otro referente literario, la novela La señora Dalloway, de Virginia Woolf, para establecer el nexo aparente entre la historia de un día en la vida de tres mujeres de distinta condición y peripecia y que vivieron separadas por varias décadas. De un lado, la propia escritora británica (Nicole Kidman), diagnosticada como maniaco-depresiva y que se suicidó en 1941, de la que se nos relatan las horas de un día de 1923 en que empezó a escribir La señora Dalloway; de otro, Laura Brown (Julianne Moore), una embarazada ama de casa norteamericana en pleno baby boom, que inicia la lectura de la novela de Woolf en el día del cumpleaños de su marido (1951), un veterano de la Segunda Guerra Mundial; y en tercer lugar, Clarissa Vaughn (Meryll Streep), que ese día (2001) planifica una fiesta para celebrar el premio literario que ha recibido un poeta amigo, desahuciado por el sida. La novela traza un nexo tenue entre los tres personajes, cuyas historias se van sucediendo, entrelazadas, a través de la novela, que la primera escribe, la segunda lee y la tercera está viviendo (La señora Dalloway, como Clarissa es una mujer que llena sus días preparando fiestas para que el ruido y la actividad cubran el silencio de una vida vacía, que la conduce inexorablemente al suicidio).

La infelicidad muda


Su excelencia Meryl Streep

Virginia, en su retiro de Hogarth House, una casa de campo de Richmond, a las afueras de Londres, pelea con su enfermedad mientras comienza a escribir La señora Dalloway (cuyo título provisional era, por cierto, Las Horas), novela en la búsqueda narrativa de eso que los críticos ingleses bautizarían como "flujo de conciencias", es decir, la narración de lo que no se cuenta, lo que los personajes no se dicen pero está presente en su forma de relacionarse con los otros, consigo mismos y con el mundo. Ese espacio de significación, esa porción de intimismo que no se hace patente pero que late en la historia, está primorosamente incorporado al film por Daldry, que deja que la persistente y bella partitura de Phillip Glass lo empape todo y que los silencios de la interpretación hablen explícitamente de la angustia de cada una de las tres protagonistas. Pero el personaje de Virginia Woolf sufre una enfermedad mental, acuciada probablemente por los abusos que sufrió de niña por parte de su hermanastro y el trauma que le causó la pronta muerte de sus ancianos padres, lo que proporciona una coartada para que el espectador, por más que sienta próximo su padecer, lo contemple desde la barrera de la cordura.

De modo similar, la existencia neoyorquina de Clarissa, trasunto inmediato de la señora Dalloway, está aquejada por el infortunio de verse convertida en enfermera de un poeta agonizante al que en tiempos amó y que ahora se ha convertido en un lúcido despojo humano que conserva la dignidad en medio de su autocompasión y que participa, con su amiga y cuidadora, en un destructivo proceso de transferencia mutua llena de dolorosos reproches apenas expresados, de destructiva degradación personal, paralela a la física. El drama de Clarissa y la enfermedad de Virginia aparecen como los responsables de la sima en la que se hallan inmersas y a la que ambas tratan de buscar salida. La escritora condena a su personaje, y ambas padecen la misma agonía emocional.


La sonrisa de la Gioconda es menos
ambigua e intrigante que esta

En medio, la vida de Laura Brown aparece como un soleado reducto de felicidad, la que se impuso y germinó en la década de los cincuenta en Estados Unidos como terapia nacional para olvidar los horrores del funesto pasado inmediato. El bienestar dejó de ser un derecho y se convirtió en un deber, acuciado por la prosperidad económica que se vivió entonces. Laura pasa las horas de una larga mañana de junio preparando con su hijo un pastel de cumpleaños para su marido, buscando que la cotidianeidad de esa tarea vulgar mitigue la incomprensible angustia que crece en ella. La intrascendente visita de una amiga para contarle sus miedos antes de ser hospitalizada para una operación poco importante y sus malas artes para la repostería desmantelan el vulnerable parapeto de la dicha impuesta, y desnudan la infelicidad caprichosa a la que vive sometida. A pesar de que poco o nada ha sido tratada en el cine la desdicha de quienes no tienen motivo aparente para ella, Daldry y el guionista David Hare (contratado por el productor Scott Rudin, que se hizo con los derechos de la novela aun antes de ser publicada), sin el apoyo descriptivo de las palabras de que dispone la literatura, no incurren en el error de ofrecer explicaciones para el pozo de desamparo en el que se hunde, plano a plano, el personaje de Julianne Moore. Y logran así un retrato inusitado que carga de sentido y eleva a los otros dos al encadenarse a ellos en el esmerado montaje de la cinta.


Pedazo de felicidad tambalenate

La infelicidad se presenta desprovista de pretextos, revelando uno de los rostros más lóbregos e incomprensibles de la existencia del hombre moderno. La ausencia de motivo estremece porque implica también la ausencia de terapia y aboca a la autodestrucción, física o moral, como única redención posible. Esta verdad aparece en la película de Daldry expresada sin paliativos, sin los confortables paños calientes en que la ficción cinematográfica guarece tan a menudo las cuestiones moralmente incómodas o demasiado complejas, y la película acredita el doble mérito de haber logrado plasmar la confusa textura de la naturaleza humana con un notable éxito de público, lo que deja inerme a tanto snob autocomplaciente como puebla las salas del cine que se pretende (y aun a veces lo es) alternativo.

Las Horas es sin duda uno de los títulos más notables de 2002 porque mira al abismo de la emoción humana sin ambages, y no aparta la vista cuando éste le devuelve la mirada. Su verdad conmociona porque airea la evidencia de que no hay un "ellos" (los enfermos, los viles, los locos) que colocar frente al confortable "nosotros". Somos nosotros, sólo nosotros, desarmados ante la antojadiza voluntad de la desdicha.










pvallin@divertinajes.com
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