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11 de mayo de 2004
Hipócritas
El cine no siempre ha sacado partido de este conflicto entre la moral social y la moral privada. De hecho, muchas de las películas que aquí se han glosado en este año y medio de artículos han sido defendidas por su capacidad para revelar la verdad, quizá no una verdad literal, pero sí una sustancial (que atañe a la sustancia de las cosas). Sin miedo a incurrir en contradicción, más allá de lo aparente, en esta ocasión abordamos y reivindicamos justamente el cine que enarbola la mentira social. El ejemplo más zafio, pero a la vez palmario, del poder destructor que para el universo social del individuo tiene la sinceridad irrefrenable es Mentiroso compulsivo (1997), de Tom Shsdyac, una comedieta bastante chusca protagonizada por el inefable Jim Carrey. El gesticulante cómico interpreta a un abogado de éxito acostumbrado a hacerse la vida más fácil mediante un uso abusivo de la falsedad. El deseo de su hijo de que papá no mienta se cumple, y el pobre Fletcher Reede se ve aquejado de una maldición que le hace decir verdades como puños a cada persona que se cruza en su camino. Al margen de la repercusión que esta condena tiene en su vida privada, no es difícil colegir que su vida social se ve abocada a peregrinar de fracaso en fracaso, máxime, dada la naturaleza de la dedicación profesional del infeliz protagonista.
En el lado opuesto se encuentra Ojos negros (1987), la mejor cinta del ruso Nikita Mikhalkov (hermano, por cierto, del también director Andrei Konchalovsky), un compendio de relatos de Antón Chekhov que se apoya fundamentalmente en el titulado La dama del perrito, en el que Romano Patroni, un desdichado al que da vida el imponente Marcello Mastroianni, narra a un pasajero, con el que entabla amistad durante un viaje en barco, su vida de casado con una rica heredera italiana, Elisa (interpretada por Silvana Mangano), y sus amoríos adúlteros con la rusa Anna Sergeyevna, a cuya belleza y melancolía presta su rostro Yelena Safonova. Romano miente de continuo, se hace pasar por quien no es (finge ante las autoridades rusas ser representante de una fábrica de cristales irrompibles) y así engatusa a la inocente Segeyevna durante la estancia de ambos en un balneario. Que engañe a su mujer, por la que siente una mal disimulada simpatía, resulta doblemente paradójico, ya que esta fue la última película de la Mangano (murió dos años después sin haber cumplido los sesenta), con la que Mastroinanni vivió una discontinua historia de amor en la vida real.
Romano encarna la mentira compasiva y encantadora del bon vivant, capaz de embellecer la vida de los demás con la sola condición de que, de algún modo, esas fantasías le sean devueltas y él mismo llegue a vivirlas. Cuando su estupefacto oyente, Pavel (Vsevolov Larionov), en la escena final, asiste a la decepcionante conclusión del relato, se enoja: - ¿Y ella? - ¿Ella, quién? - Ella, la otra. La rusa. Ella le amaba, le esperaba y quizá aún le siga esperando. - Pero, si han pasado ya ocho años. Hasta el perrito estará muerto. Además, dígame usted, qué hubo entre nosotros, después de todo. Y si hubo algo, ¿qué fue? Bah, no se sabrá nunca. Dios mío, al fin y al cabo, nadie se acuerda de nadie. Sólo hay que pensar en eso y la vida se vuelve tranquila y serena. - Es usted libre de pensar lo que quiera de sí mismo. Está en su derecho. Pero eso no vale para todos. - Pero, amigo mío, abra los ojos, ábralos y mire a su alrededor. Vivimos en el siglo XX, ¿quién se acuerda ya de los demás? ¿Quién es capaz de esperar a alguien hoy día?
(Suena la sirena del barco. Mientras Pavel se seca las lágrimas, Romano, meditabundo, toma la palabra) - Yo he vivido cada día como si fuera una parodia, una mala imitación. Lo he tenido todo... y nada. Ni una verdadera casa, ni una verdadera familia... Ni siquiera mi hija, que nos parecemos como dos gotas de agua: no me acuerdo de nada. Si muriese en este momento y el Padre Eterno me dijera: "Romano, ¿qué recuerdas de tu vida?"... La nana que me cantaba mi madre cuando era pequeño..., el rostro de Elisa en la primera noche... y las brumas de Rusia...
Un personaje afín al creado por Marcello Mastroianni es el que interpretan Albert Finney y Ewan McGregor en Big Fish (2003), la última creación de Tim Burton. Ed Bloom se ha pasado la vida inventando historias, al punto de que siempre ha contado la suya propia como si de un relato fantástico se tratase, lleno de acontecimientos insólitos y personajes pintorescos, quiméricos. Su hijo trata de que su padre, en el lecho de muerte, le ofrezca la verdad desnuda de la historia familiar, que le entregue un pasado veraz, pero éste vuelve a contar sus extravagantes leyendas, versiones abultadas de la realidad, que tantas veces le relatara y que al correr de los años han supuesto un abismo entre ambos. El viejo rechaza la redención de despojar sus fábulas de los fantasiosos aderezos que ha cultivado con denuedo, porque renunciar a ellos acaso sólo sería una rendición.
Como ven, la impostura no sólo es una actitud cortés necesaria para vida en comunidad, sino que, tomada en su justa medida, puede ser un mecanismo para endulzar los tragos más amargos de la propia experiencia, sea con resultados patéticos, como la peripecia tragicómica y embustera de Romano Patroni, o con la capacidad para sublimar la realidad y convertirla, no en lo que fue, sino en lo que debió haber sido. En cualquier caso, como Ed Bloom, todos contamos nuestro pasado, aun ante nosotros mismos, con esos atavíos y licencias que liman los aspectos menos dignos y ensalzan los pasajes más memorables, con la coquetería que aplicamos a nuestro indumento para presentarnos en sociedad. En nombre de esa indispensable urbanidad, estimados lectores, si alguna vez nos tropezamos y se vieran tentados de dar su opinión sincera sobre estas divagaciones, espero de su cortesía el juicio indulgente que la caballerosidad impone.
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