29 de abril de 2004

Greguería sobre el efecto Doppler y los girasoles


Cierto, no es Fernando Alonso, pero
tampoco debe envidiar su determinación

Se encuentra uno a gusto hablando del efecto Doppler porque, no habiendo nunca dedicado mucho entusiasmo a las ciencias, lo cierto es que de crío, fascinado por los coches y la velocidad, andaba intrigado viendo que los autos que venían sonaban agudos y los que se iban, graves, lo que provoca esa característica bajada de frecuencia de un coche que pasa deprisa. Al aprender en la escuela cómo se propaga el sonido, dedujo por sí mismo que el movimiento del vehículo que se acerca acorta las ondas porque las persigue, y cuando se va las alarga, porque huye de ellas. Más de quince años tardó en descubrir que su interesante hallazgo de la infancia se llamaba "efecto Doppler" y que, por supuesto, estaba más que inventado. Es una de las deliciosas paradojas del movimiento: lo que viene es agudo, rabioso, estimulante. Lo que se va es grave, sereno, sordo. Y así es también la existencia misma: el futuro es prometedor, rutilante; mientras el pasado es firme, pero ronco.

Quizá por eso las películas de carretera, un género narrativo específicamente cinematográfico (nada que ver con la literatura de viajes), tienen esa particular virtud de suspender a los personajes en el espacio, en un lugar indeterminado, en un tiempo inexistente, entre el pasado y el futuro. Son la metáfora más vívida de la entidad única del presente. La imagen de la carretera que se extiende y hacia la que el coche avanza es una expectativa, y la que deja atrás es un recuerdo: lo único que existe de veras es el coche y lo que contiene.


"España no se acaba donde viene el
mar; qué va, hay barcas pa' seguir"

Nuestro muy citado y apreciado Clint Eastwood lo relató maravillosamente en Un mundo perfecto (1993). Al colocar al personaje principal, un convicto interpretado por Kevin Costner, en permanente huida, disloca aún más la relación intrínseca con el presente, pues un fugitivo sueña un futuro difuso e imposible hacia el que conduce, cuando en realidad es obvio que tal futuro no existe, y escapa (como las ondas del sonido) de un pasado infame que mejor no hubiera existido. Un compañero de viaje inesperado (en este caso, el niño que interpreta T. J. Lowther) subraya esa ruptura con el tiempo, pues nada sabe de la vida del protagonista antes o después del viaje que comparten, de modo que habrá de juzgarlo sólo por ese presente espeso del interior del coche. El número de películas que se acogen a este patrón, con diferentes matices, es generoso, desde la celebrada Dos en la carretera (1967), de Stanley Donen, hasta la premiada y controvertida (unos la odian, otros la adoran) Thelma & Lousie (1991), del menguante Ridley Scott. Un ejemplo español reciente de ese relato colgado del tiempo y el espacio es la poco conocida Carreteras secundarias (1997) del con frecuencia notable Emilio Martínez Lázaro.


El compañero de viaje, suspendido en
nuestro presente y nosotros, en el suyo

David Lynch, aclamado director especializado en impresionar a los críticos en los festivales europeos, realizó un título de características singulares (y no, no se trata de Carretera Perdida), con el que, a partir de la historia real de un anciano que recorre dos estados a bordo de una minúscula segadora para ver al hermano con el que no se habla desde diez años antes y que acaba de sufrir un infarto, firma su mejor película: Una historia verdadera (1999). La singularidad más evidente es la ausencia de compañero de viaje, sublimada en realidad por la presencia inasible del hermano perdido, que acompaña y alienta la determinación hercúlea del viejo carretero. Lynch logra una extraña fusión entre su Alvin Straight (interpretado por el desaparecido Richard Fanrsworth, un veterano figurante que participó en más de cincuenta rodajes desde 1937 antes de decir su primera línea de diálogo allá por los años setenta) y la inefable segadora John Deere para la que la tarea encomendada es tan inasequible como para el propio octogenario.


Exhausto, reposa al final del viaje

De nuevo futuro y pasado desaparecen, el primero devorado por el inminente óbito, y el segundo, por la necesidad de olvidar las afrentas que distanciaron (en sentido físico y emocional) a los longevos hermanos. Sin embargo, Una historia verdadera repara en una particularidad formal de las películas de carretera que con frecuencia pasa inadvertida: la presencia dinámica de lo que se extiende a ambos lados del asfalto (en este caso, las extensas plantaciones de cereal de Iowa), un paisaje en transición que enmarca ese presente en eterna fuga. Esa composición perpetua y ajena se desliza ante la vista a una velocidad disímil: efímera y difusa en lo próximo, al otro lado de la puerta, y aparentemente inmóvil en la lejanía. Del mismo modo, la concatenación de experiencias que componen una vida: inescrutables en la vorágine de lo inmediato y límpidas en el reposo de la distancia. Para el aprendiz de físico del encabezado, siempre resultó fascinante el modo en que esa visión lateral ofrecía un aspecto rústico e indómito, tan contrario al civilizado orden de la lengua de asfalto. Incluso creyó entender una altanera mirada en los girasoles que parecían volverse al paso del coche, como si la naturaleza contemplase arrogante el fugaz tránsito de nuestra perecedera superioridad.


Todo es futuro si se mira al frente

Y en ese papel, el del girasol absorto ante el devenir de otro, es en el que nos coloca el cine de carretera, porque observamos ese discurrir del presente, resplandeciente y prometedor cuando hay más kilómetros frente al radiador que tras el maletero, y parco y ocre cuando el viaje toca a su fin. Como la cabaña destartalada del añorado hermano, Lyle Straight (Harry Dean Stanton), al final de un camino que ya no es de asfalto sino de áspera grava. Oímos así el esperanzador bramido de la vida que avanza, y después el profundo rugido de la que se aleja.

Pero el efecto Doppler es patrimonio del observador. El viajero solo escucha la uniforme murmuración del motor sobre el que cabalga sin distinguir las índoles, que transitan del entusiasmo a la resignación, tan evidentes si se observan desde la cuneta pero invisibles en la corriente. Por eso nos miramos en otros, para que ellos alumbren el temperamento de nuestra precoz efusividad y la consunción de nuestro postrero estoicismo, de nuestro acabamiento. Sin ellos estamos ciegos, montados sobre un presente que se envanece de una ficticia infinitud que apenas oculta su precaria fugacidad.









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