|
22 de abril de 2004
El fracaso de la teodicea
Con ese ánimo, el del polemista, bien distinto del que alimenta el oficio fácil del alborotador, tomamos esta semana el personaje cinematográfico de Jesucristo, aún a riesgo de que muchos piensen que lo que se persigue es la fácil notoriedad del sacrílego o el audaz, como ha hecho ese actor metido a evangelista en el que ustedes están pensando. Pero el Jesucristo que aquí interesa es estrictamente el del personaje que aparece en la ficción, sin ánimo de escudriñar verdades históricas o evangélicas, lo que se anuncia para evitar las iras de los más ortodoxos.
Los personajes de ficción, desde el Ulises de La Odisea hasta el Woody Allen de las películas de Woody Allen, pasando por el también mesiánico Moisés, funcionan en la medida en que sus comportamientos tengan atributos plausibles, es decir, respondan a pautas que, siendo o no similares a las que rigen las vidas del espectador, nazcan de las mismas pasiones, dudas, ansias o determinaciones. La peripecia del Dios hecho hombre es emocionante y, en tanto relato, contiene casi todos los atributos que harían de ella una gran historia. Y, aun desde fuera de la fe, no resulta difícil aceptar los pasajes que atentan contra la razón, como la naturaleza divina del nazareno y su plasmación en forma de milagros, porque su finalidad es clara y perfectamente asimilable a un comportamiento humano. Los milagros buscan reforzar la fe de terceros mediante un arbitrario pero incontestable ejercicio de justicia y misericordia mágicas. Resucitaciones, multiplicación de alimentos, sanaciones, levitación... son ejercicios de hechicería que mantienen una coherencia incuestionable con el personaje y sus cuitas. Un mal protagonista
Los textos evangélicos, en lugar de descender a una explicación más o menos razonable del asunto, se conforman con la críptica afirmación de que morirá porque es la voluntad del Padre para así redimir a los hombres de sus pecados, pero nunca abordan la substancia de esa aseveración, para, sin entrar en teología, explicar cómo un Dios omnipotente exige un sacrificio humano (como las más crueles deidades de los pueblos primitivos) y entrega para ello a su propio hijo. Es víctima y verdugo. Se desmorona así la pretensión de una teodicea, exigible a todo relato que pretenda la conversión de aquellos a los que va dirigido. Porque la inmolación descansa en el principio de que un dios nada compasivo exige una vida para satisfacer su ansia de sangre. Pero ¿tiene algún sentido narrativo un creador que se exige a sí mismo la entrega de la vida de su hijo que, de acuerdo al dogma de la trinidad, es la suya propia? ¿Qué extraña clase de mito de sadomasoquismo místico se esconde tras esta conducta? El vicio formal no está en el dogma religioso, claro, sino en el modo en que es narrado o, mejor dicho, en el modo en que se pasa por alto cuestión tan capital.
Por eso, en el cine, Jesucristo sólo ha sido un personaje sólido cuando la narración se separaba de la rectitud feligresa. Tuvo que ser un anarquista homosexual, Pier Paolo Pasolini, el que firmase la más humana adaptación del mítico personaje en El evangelio según San Mateo (1964), al componer una historia que convierte a Jesús en un protomarxista y, en un ejercicio de funambulismo sin igual, hacerlo sin salirse de la literalidad del texto al que alude el título. Mucho más arriesgado, y también menos logrado, fue el esfuerzo de Martín Scorsese al adaptar la novela de Nikos Kazantzakis La última tentación de Cristo (1988), en la que el crucificado sufre una postrera alucinación soñando cuál habría sido su vida si hubiera regateado el funesto designio que su padre había dispuesto. Secundarios contemporáneos
Será la debilidad del que esto suscribe por la política pero el caso es que siempre ha entendido como una tarea razonable la del romano Pilatos, que detentaba un poder militar sobre el ocupado pueblo palestino, pero que era consciente de la irremplazable legitimidad del sanedrín judío entre los suyos. El gobernador imperial sabía que su misión era mantener tranquila la colonia (la provincia, le decían voluntariosos), mientras es razonable suponer que entre el cónclave rabínico latía el temor a que la popularidad del nazareno fuera entendida por Roma como una amenaza de insurgencia. El error, según se desprende de los evangelios (otra cosa es lo que señalan las fuentes históricas), de considerar a Jesús un líder revolucionario que trataría de levantar al pueblo contra los romanos invasores y los sacerdotes colaboracionistas era tan frecuente que aun muchos de sus seguidores caminaban a su lado en ese convencimiento. Pilatos entendió que los judíos querían al Mesías muerto, y Caifás probablemente pensó que Roma se alegraría de la desaparición de un presunto revolucionario y que agradecería que el sanedrín colaborase en la entrega.
Tampoco la de Caifás es una actitud exactamente inmoral o ausente de buen juicio porque, si bien es cierto que los evangelios dan a entender que el sumo sacerdote temía que el poder de liderazgo religioso y la legitimidad social de Jesucristo y su secta desbordaran al sanedrín, no lo es menos que el temor a la reacción romana debió tener un peso notable en las consideraciones del concilio judío. Algo similar ocurre con el "malo malísimo" Judas al que Jesús empuja a la traición en el momento final de su última cena, en lugar de procurar sacarlo del error y evitar, no sólo su martirio, sino la propia condenación de su discípulo. La única versión cinematográfica de la Pasión que entregó el papel protagonista al traidor de los traidores, Jesucristo Superstar (1972), de Norman Jewison, lo convertía en el único apóstol con lucidez para ver desde el principio que el Mesías no conducía a los suyos hacia la libertad, sino que se había embarcado en una peligrosa carrera autodestructiva.
Los comportamientos de Caifás, Pilatos y Judas, encarnaciones de la inmoralidad cristianas, son, seguro, equivocados, pero tienen la virtud, al menos tal cual los presentan las evangélicas adaptaciones cinematográficas (todas esas que no hemos nombrado, incluida esta última que tanto gusta), de ser actuaciones autónomas, reflexivas y ejercicios de voluntad y libre albedrío. Empero al contemplarlos, da la impresión de que su margen de libertad no es capaz de detener el sangriento final, como si un designio superior actuara en su contra y fueran incapaces de torcerlo. Enfrente están las conductas que el relato bendice y aplaude, como las de los anodinos discípulos, dispuestos a dar por bueno que otro piense por ellos aunque nada entiendan de lo que hace y poco de lo que dice; la del propio Jesucristo, suicida a sabiendas que echa a perder cualquier posibilidad de que su mensaje (y no el que terceros amoldarán a conveniencia) llegue efectivamente a sus destinatarios ("hoy con tantos medios de comunicación / hubieras podido levantar una nación" canta un frívolo Judas en el famoso corte final del musical), o la de su padre, director de esta infausta ceremonia de sangre, que, como bien señala el Iscariote, es el responsable alevoso del crimen. Imposible empatizar con tanta y tan confusa arbitrariedad si no es mediante la asunción y comprensión previa del dogma, de la existencia del pecado original, de la veracidad de la trinidad y de que el sufrimiento (propio o ajeno) satisface al Creador al punto de exonerar los pecados, en este caso de toda la humanidad. Y así se echa a perder el potente valor ideológico y moral de las bienaventuranzas y el ejemplo de un individuo que responde con mansedumbre y templanza ante el desvarío de un mundo violento y convulso. Un demérito que no aparta, claro, a las masas ingentes de cristianos que, como ya traen la fe puesta de casa, hallan en las películas de Cristo respuesta a todas las preguntas que a los demás atormentan.
|