1 de abril de 2004

La florescencia de la virtud


Un fenómeno digno de mejor estudio

Cuando aquí se hizo profesión de sinceridad para explicar la substancia de que están hechas las categorías críticas que aquí se manejan con arbitrariedad de iluminado se hacía una cita de autor infame para referir que, "por desajuste hormonal o por los picores", el cine que nos marca y condiciona es el que nos deslumbra durante la adolescencia. Ahí se diseña el filtro por el que se tamiza todo lo que habrá de venir, incluso las propias reconstrucciones del cedazo ("instrumento para separar las partes sutiles de las gruesas") están condicionadas por ese tamiz primordial, tan vinculado al desajuste bioquímico de los años mozos. La explicación elemental es que el tránsito físico e intelectual de ese periodo condiciona el carácter que habrá de regir el gusto y los modos de conducirse. Y a pesar de que será en años ulteriores cuando uno y otros se consoliden, es esa etapa en la que los miembros crecen sin orden ni concierto la que establece una coordenadas en las que habrá de inscribirse lo sucesivo.

Sin abundar en obviedad de tal calibre, no extrañará que, dicho lo anterior, se subraye que en ese periodo los educadores son los pastores del alocado rebaño de nuestras hormonas y que de su labor de tutoría depende buena parte de lo que haremos después. Las artes narrativas han encontrado en esa etapa formativa y en la relación entre el profesor y los educandos un buen tema para plantear los conflictos vitales que mueven al hombre y que en esos años se expresan de una forma pura, concentrada. El profesor es siempre una expresión primordial de poder en la medida en que la tarea de proveer conocimientos ve multiplicadas sus consecuencias por el desbarajuste intelectual y afectivo que es el adolescente.

Carpe Diem o cómo la libertad se desencadena


El profesor Keating convirtió a
Robin Williams en una estrella

El club de los poetas muertos (1989), del australiano Peter Weir, es un auténtico paradigma para toda una generación de espectadores, por su vehemente reivindicación de la libertad individual y el entusiasmo con el que convierte el talento en desafuero, en un interruptor social de la subversión individual y colectiva. El profesor de literatura John Keating (Robin Williams) inspira a los alumnos de un estricto colegio masculino, la Academia Welton, un desenfrenado amor por la poesía, expresión material y lúcida de cuantas pasiones los arrebatan en los complicados años de su primera juventud, y su vitalismo los mueve, al grito de Carpe Diem, a disfrutar del tiempo que les ha sido dado y a expresar en libertad aquello que sienten.

El apabullante éxito de la película entre el público y la crítica (ganó el Oscar al mejor guión original, y estaba nominada además al de mejor actor, mejor director y mejor película; en los premios BAFTA de la Academia Británica, consiguió el galardón a la mejor película y a la mejor banda sonora por la música de Maurice Jarre; logró el Cesar francés a la mejor cinta extranjera del año, y ganó los Globos de Oro de mejor película dramática, mejor director, mejor guión y mejor actor dramático, por citar algunos entre el sinfín de premios que cosechó a lo largo y ancho del mundo) hizo que muchas voces se alzaran para expresar la desconfianza de este cántico a la libertad que se antojaba poco reflexivo. Y, sobre todo, porque cuando el profesor es despedido, tras suicidarse uno de sus alumnos, Neil Perry (Robert Sean Leonard), la protesta de los alumnos, de pie sobre sus pupitres, ante la injusticia del stablishment encarnado en la dirección del colegio se reduce a un acto simbólico, tan emocionante como inofensivo. El gesto, si bien representa la adhesión del grupo a los valores defendidos por el docente, también supone una claudicación bien contraria al espíritu desbocado e inconformista que Keating trata de inculcar en los jóvenes.


Discutible ejecución contestataria

Por otra parte, el guión se vale un buen manojo de trampas y reduccionismos, producto unos de cierta voluntad de emocionar antes que convencer que se aprecia en Tom Schulman (guionista cuya posterior carrera confirmaría los peores presagios), y otros, más comprensibles, fruto de la heterodoxa metodología que el profesor emplea para acercar a los muchachos al gusto por la literatura.

Keating: "¿Para qué necesitamos el lenguaje?"
Neil: "Para comunicarnos..."
Keating: "Nooo... ¡Para cortejar a las mujeres!"

Lo cierto es que, considerada en su conjunto, la película de Peter Weir acierta a retratar con precisión el modo en que el espíritu de los estudiantes puede ser enardecido y el efecto que el buen profesor causa en el carácter, y no en los conocimientos, de los muchachos que tiene a su cargo. La conmoción que ocasiona Keating no busca mucho más que enseñar a unos chicos dóciles y disciplinados que hay muchas formas de experimentar y entender el mundo y que serán ellos mismos quiénes deban hallar la suya.

Keating (de pie sobre su mesa): "¿Por qué me he subido aquí?"
Dalton: "¿Para estar más alto?"
Keating (haciendo sonar una campanilla con el pie): "Gracias por concursar, señor Dalton. Estoy de pie sobre mi mesa para recordar que siempre hay otro modo de ver las cosas".

Además, la propia película busca espolear la pasión por la vida en el espectador adolescente (y no tanto), una pretensión que se saldó con un éxito más que notable, de modo que Weir se convierte involuntariamente en un Keating que habla a una muchedumbre de alumnos sentados en salas oscuras de medio mundo. No debe extrañar que en algunos pases de este film, considerado por muchos un auténtico fenómeno sociológico, los espectadores se levantaran sobre sus butacas al grito de "¡Oh, capitán, mi capitán!".

El fracaso del docente


La mitad de los espectadores la
consideran un calco de la anterior

Si damos por bueno el desenlace de El club de los poetas muertos, la película se convierte en el retrato de un profesor con éxito, un docente que orienta a sus alumnos en una actitud ante la vida distinta a la que el disciplinado colegio en el que estudian trata de imponer. Pero por esa misma razón puede reprochársele que sólo atañe a la parte más agradecida de una dedicación que no en vano tiene el récord de depresiones y neurosis entre sus profesionales. Este asunto es capital, pues acaba de llegar a los videoclubes una película estrenada el pasado año, Emperor's Club (2003), dirigida por Michael Hoffmann y basada en una novela de Ethan Canin, que pasó sin pena ni gloria por las taquillas, acusada de ser una copia casi literal de la cinta de Peter Weir. En realidad, sus similitudes son únicamente formales, y a poco que rascamos se revelan, no sólo como relatos distintos, sino acaso como aproximaciones opuestas al mismo asunto.

La película de Hoffman (de la que vamos a destripar el final, dicho sea por si prefieren verla antes y dejar la lectura para mejor ocasión), dirigida con menos fuste que la del australiano, presenta a un profesor de Historia Antigua, William Hundert (Kevin Kline), que trata de hacer entender a los alumnos del Colegio Saint Benedict que la grandeza no está en la ambición o en las conquistas, sino en la contribución al bien común. En su clase aparece el hijo de un senador, Sedgewick Bell (Emile Hirch), que muestra un díscolo desprecio por el aprendizaje y la ortodoxia que encarna el profesor y una inusitada inteligencia y capacidad de liderazgo. Hundert, tras reprobar en varias ocasiones su actitud ("Aristófanes una vez escribió, en traducción aproximada; "La inmadurez se supera al crecer, la ignorancia puede ser educada, y la embriaguez se pasa; pero la estupidez dura para siempre""), intenta despertar en el joven el amor por los clásicos y el interés por el estudio, y aun cree haberlo conseguido, hasta que lo descubre haciendo trampas para ganar el concurso de Julio César (que da título a la película), una prueba de conocimientos de las civilizaciones mediterráneas en la que participan los tres mejores alumnos de la clase. Sedgewick no hubiera llegado a la final de no ser por la "comprensiva" calificación de Hundert, que deja fuera así a otro de sus más destacados educandos.


El viejo duelo de la doma

Este desengaño marcará la carrera futura del profesor, que tampoco encuentra apoyo en el padre del joven para reconducirlo ("¿Moldear su carácter? Usted no va a moldear su carácter. Usted enséñele lo que deba saber: quién mató a quien, dónde, cómo y cuándo. Pero no va a moldear el carácter de Sedgewick; a mi hijo lo moldearé yo"). La ambición de otro profesor, joven ambicioso y entusiasta, James Ellerby (Rob Morrow), que le arrebata la dirección del centro cuando llega el momento, termina por apartar a Hundert de la enseñanza.

Finalmente, dos décadas más tarde, el díscolo Bell, que se ha convertido en un rico y joven empresario y un político prometedor a punto de iniciar su carrera al Senado, convoca a sus compañeros y a su viejo profesor para una revancha del concurso de Julio César con el objeto de resarcirse del deshonor de haber perdido y haber sido descubierto, un facsímil para rodearse de una prometedora generación de profesionales que presten apoyo a su candidatura. Pero de nuevo es descubierto por Hundert, que asume la deshonestidad de Sedgewick como un fracaso personal que empaña el sincero agradecimiento del resto de alumnos.

Pese a los paralelismos formales que existen entre ambas películas, una diferencia fundamental está en el carácter de ambos profesores, pues Hundert es un ortodoxo maestro de enseñanzas clásicas, mientras Keating encarna la heterodoxia de la labor docente; y donde Kevin Kline interpreta a un defensor de la rectitud de carácter, la honradez y el sentido del deber, Robin Williams explota las ansias de libertad y espontaneidad de los muchachos y los hace conscientes de su derecho a vivir según su propio criterio. La materia de sus enseñanzas vitales no puede ser más distinta: Hundert habla de responsabilidad y virtud, y Keating de libertad y talento, aspectos que la precipitación tiende a considerar contrarios, pero que han de ser necesariamente complementarios.


Pasión por los clásicos en
forma de bosque de brazos

Pero existe además una diferencia conceptual muy importante: El club de los poetas muertos se centra en los alumnos y el modo en que estos descubren sus propias posibilidades, mientras Emperor's Club habla del poder que es depositado en el tutor y el conflicto moral inherente al ejercicio de ese poder. Hundert encarna el desasosiego con el que vive quien ejerce la responsabilidad de moldear a sus semejantes y dirigirlos a la virtud, ya que, por cada conciencia que despierte, habrá otra con la que fracasará.

Colocadas una al lado de la otra, la primera se eleva como vitalista himno a la libertad, una reivindicación de los derechos a ser y pensar, mientras la segunda se zambulle con meritorio acierto en el resbaladizo asunto de cómo el albedrío de unos atropella inadvertidamente a otros y, en tal sentido, se constituye en una fábula moral sobre la honestidad y el buen juicio. Su intención es digna de encomio, aunque sólo sea por lo extrañamente infrecuente que es tal pretensión en estos tiempos de hedonismo reaccionario, contra el que aún se alza la labor de algunos docentes.

La tragedia que habita en esa condición, en ese destino cruel de ser cómplice indeliberado del fracaso de la educación, debe ser motivo de reconocimiento hacia la honesta labor de los profesores que marcaron nuestro posterior devenir y a aquellos que han seguido haciendo de mentores de nuestros aprendizajes, que no terminan al abandonar las aulas. Un respeto que nos debemos a nosotros mismos en la medida en que nuestro hacer y criterio guíen a otros. Porque nuestro es también el solaz de cada triunfo del discípulo y el tormento de cada capitulación.









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