18 de marzo de 2004

Prisioneros del puente de mando (El capricho 43)


Costner se redimió con este título

La creación artística aturde por la forma en la que escapa a los corsés, es caprichosa y a menudo irrepetible. El análisis crítico, en cambio, aunque sea tan anómalo y tangencial como el que aquí se practica, descansa sobre la formación y la inteligencia, no sobre el talento. La receptividad y la lectura atenta son los cimientos sobre los que se levanta la gimnasia del pensamiento crítico, certeza que es consoladora para cuántos participamos de una total ausencia de talento, ese atávico flujo de pensamiento, aleatorio pero certero, de base genética, que emplean los artistas como aliento intuitivo de su genialidad. La creatividad requiere fe, mientras la crítica es esclava de la razón, motivo por el que desde estos pagos se elude el recurso a la pulsión antojadiza de la ocurrencia artística y se procura practicar el estudio, más interpretativo que calificativo, de los frutos del talento ajeno.

Dicen los historiadores de la filosofía que esa obsesión racionalista nace en la Ilustración y desde entonces domina el mundo. Y los más atrevidos aseguran que este culto a la razón está en la raíz de la insólita proliferación de totalitarismos que padeció el siglo XX. El triunfo de la inteligencia se basa en que "todos los interrogantes morales y políticos tienen una sola respuesta verdadera, que todas esas respuestas son accesibles a través de la razón, y que todas esas verdades son necesariamente compatibles unas con otras. Sobre estos supuestos se edificaron y defendieron los gulag y los campos de exterminio", concluye Mark Lilla, catedrático de Historia Intelectual Europea en la Universidad de Chicago. Doscientos años antes, Goya, precoz testigo de la Ilustración imperialista, descubrió esa aterradora naturaleza del raciocinio y empleó ese pensamiento para el cuadragésimo tercer grabado de la serie Los Caprichos: El sueño de la razón produce monstruos.


JFK meditabundo

La razón, ideada para emancipar al pueblo de la superchería religiosa de las sociedades premodernas, acabaría por convertirse en un nuevo enemigo del hombre, en la medida en que es profundamente antidemocrática. La crítica cinematográfica (todas: la pretenciosa ensayística que aquí se practica, o la más convencional que ejerce David Moreno) convive con ese fundamento antidemocrático, que se atreve a arrebatar la razón a la taquilla soberana.

La confabulación de la verdad

En octubre de 1962 un avión U2 norteamericano fotografió misiles soviéticos en Cuba. Lo que siguió fueron trece días en los que JFK y Krushev llevaron a su momento álgido la Guerra Fría, valga la redundancia. Para muchos, la resolución de esta crisis supuso el mayor éxito político de los Kennedy, que jugaron con los soviéticos al dilema del prisionero y los obligaron a doblar la cerviz. Para otros, un espantoso efecto de la estructura de bloques mundiales que a punto estuvo de culminar en guerra nuclear. La película de Roger Donaldson Trece Días (2000) hace un retrato pormenorizado de lo que ocurría en la Casa Blanca y el Pentágono durante las dos semanas a las que alude su título, periodo en el que John F. Kennedy y su gobierno mantuvieron un pulso doble, con el Alto Estado Mayor y el Pentágono, por una parte, y con el mudo enemigo soviético, por otra. Una ficción real que se antoja simétrica de la realidad ficticia del Gobierno español recluido en sus despachos durante los cuatro días más largos de la historia reciente del país.


Bobby y Jack

Al CinExín, como exilio de periodista, no interesa la literalidad informativa de lo ocurrido tanto como las posibilidades dramáticas de esa monstruosa fábula que dibuja a nuestros gobernantes en una improvisada conspiración (si se me permite el oxímoron) para suspender las elecciones y declarar estado de excepción. Así que lo que sigue no se basa en lo que ocurriera en el Despacho Oval en octubre de 1962 ni en Moncloa en marzo de 2004, sino en la ficción cinematográfica de Donaldson, en el primer caso, y la farsa golpista de los hombres de Aznar, en el segundo. Porque son algo mejor que reales: son verosímiles.

El hermanamiento es menos gratuito de lo que pueda pensarse, aunque, en cierta medida, son situaciones opuestas, como la imagen de un espejo. En ambos casos late un intento de subvertir el orden constitucional, de emanciparse al imperio de la voluntad popular. En Washington fue Curtis LeMay, general en jefe de la Fuerza Aérea, el más beligerante defensor de la causa guerrera: "El gran perro rojo está escarbando en nuestro jardín; está justificado dispararle", decía postulando el ataque aéreo contra las bases de misiles que los soviéticos instalaban en Cuba.

Pero LeMay (interpretado por Kevin Conway) iba mucho más lejos. La aparente falta de decisión del presidente (que se negó reiteradamente a pasar a la acción hasta agotar el duelo de contención que lanzó con el bloqueo de la isla) preocupa al Alto Estado Mayor y enfurece a Le May hasta sentenciar, saliendo airado del despacho oval: "Estos malditos Kennedy van a destruir este país si no hacemos algo al respecto". Alguien hizo algo un año después.

Antes de los muertos, después de los muertos


JFK escucha al Alto Estado Mayor

El general tenía razón, un tipo especialmente perverso de razón: la razón de Estado. El dilema del prisionero, sin embargo, viene a demostrar de forma difícilmente refutable que en una situación dada en la que no existe comunicación entre dos contendientes aislados, el pensamiento razonable no sirve y provoca un resultado peor para ambas partes que un comportamiento altruista. JFK (al que da vida Bruce Greenwood) lo entendió de forma intuitiva: "Te diré una cosa, Kenny [su secretario personal, Kenny O'Donnell, interpretado por Kevin Costner]: Los oficiales del Alto Estado Mayor juegan con una gran ventaja. Porque si hacemos lo que ellos quieren que hagamos, ninguno de nosotros seguirá vivo para decirles que se equivocaron".

Aquí, cuarenta años y seismil kilómetros después, el golpismo quimérico se mueve en coordenadas distintas y dibuja a un gobierno acorralado que trata de sacudirse la presión del pueblo enardecido por el olor de la sangre hermana. Los uniformes, imbuidos de una profesionalidad sabuesa, caminan hacia la verdad y la sirven a sus gobernantes, que prefieren raptarla. El siniestro ministro de Interior, que inició su particular ascensión al Gólgota estableciendo conjeturas ("Ha sido ETA y apuntar que puede no haber sido ETA es una miserable estrategia de intoxicación") decidió dejar de hablar de hipótesis, como si toda investigación no exigiera una, en el momento en que las revelaciones apuntaban en otra dirección.


Zaplana. España (2004)


JFK. Estados Unidos (1962)

Y ahí radica la disimilitud entre los trece días de Kennedy y los cuatro días de Aznar. Porque el presidente norteamericano trataba de gestionar una crisis diplomática para evitar una masacre (la mayor de las posibles), mientras que el presidente español tenía la masacre sobre la mesa y lo que debía tramitar era la información al respecto, por la incomodidad de que alguien supusiera que era consecuencia de una causa advertida: la renuncia a la diplomacia y la invocación de las armas.

El pueblo soberano podía equivocarse en el sufragio y elegir a alguien incapaz en la guerra contra la infamia. La razón de estado aconsejó al gobernante salvar a los españoles del error que estaban a punto de cometer y por eso quiso hurtarles la información necesaria, la que conducía a concluir que una complicidad no deseada los había convertido en objetivo terrorista. Pero las formas se imponían y la creciente presión social obligaba a hablar. El balbuceo del ministro dejaba entrever la mentira, como el silencio de Valerian Zorin, embajador ruso ante Naciones Unidas, (Oleg Vidov) indicaba que la URSS ocultaba algo.

Silencios culpables


JMA meditabundo

El embajador norteamericano, Adlai Stevenson (Michael Fairman), renunció a una exposición de los motivos del bloqueo de Cuba en el Consejo de Seguridad e interrumpió el debate sobre las pruebas de la acción hostil soviética preguntando directamente a Zorin si su país había instalado misiles en Cuba, "¿sí o no, señor embajador?", añadió. El embajador soviético pidió a Stevenson que prosiguiera con su turno, que él ya emplearía el suyo como creyera conveniente: "No estoy sometido a un tribunal norteamericano para que me interrogue de ese modo", argumentó. "Señor, estoy preparado para esperar su respuesta hasta que el infierno se congele, si esa es su decisión", repuso el norteamericano. Con la sospecha instalada en los periodistas, uno de ellos preguntaba a Aznar: "Quizá no sea el momento, señor presidente, pero dado que los últimos datos de la investigación revelan una posible implicación islámica en los atentados de Madrid, ¿hay alguna decisión de política exterior que le gustaría reconsiderar?". Con gesto agrio, el presidente, transmutado en Zorin, respondió: "Efectivamente está usted en lo cierto: no es el momento".


Guerra de Irak (aledaños)

Si creemos ambas fábulas, ancladas sobre realidades, cuando Kennedy renunció al ataque directo y apostó por el bloqueo, el Alto Estado Mayor le tendió una trampa, ordenando que varios cazas realizasen vuelos rasantes sobre las bases de misiles en Cuba para fotografiarlas más de cerca. Lo que pretendían en realidad los militares era que alguno de los aviones fuera derribado, porque eso obligaría al presidente a ordenar el ataque. Muchos años después, Moncloa quiso que la policía cargara contra los insubordinados que, exigiendo verdades, se concentraban ante la sede del partido gobernante, apenas doce horas antes de la apertura de las urnas. Una noche de violencia callejera era la disculpa perfecta para suspender el inminente plebiscito y evitar la derrota presentida. La leyenda urbana pinta al Borbón desairando al balbuciente ministro, alegoría muy lograda que se ha atribuido graciosamente a la imaginación de algún periodista de un conocido grupo mediático, cuando obviamente es más bien obra de algún monárquico contumaz, si no de la Casa del Rey.

La democracia no se basa en el gobierno de los mejores, sino en el gobierno de todos, y por ello, no se basa en la razón, sino en la voluntad mayoritaria. A menudo algunos olvidan cual es el motivo por el que están donde están y creen que tener razón es suficiente para tener legitimidad. Pero no fueron elevados por la razón, sino por la mayoría.


La Ilustración contenía un potencial
destructor que Goya vio en 1799

El Alto Estado Mayor y la CIA no consiguieron el permiso de Kennedy para invadir Cuba y resarcirse así de su fracaso en Bahía Cochinos, así que se cobraron su venganza con su participación, por acción u omisión, en el asesinato del presidente el 22 de noviembre de 1963. La voluntad democrática fue subvertida porque el presidente quiso evitar una guerra real. En esta diabólica simetría, nuestro presidente trataba de evitarla después de haberla fomentado y aplaudido, quería impedir que se hiciera presente en campaña electoral; pero la guerra esgrimió sus argumentos más contundentes con una estremecedora venganza que se llevó por delante a un gobierno sólido con pretensión de solvencia.

Los ilustrados mandatarios operan al margen del pueblo. A veces, lo defienden por su encomienda y otras a su pesar. La diferencia entre un caso y otro dibuja una estrecha línea, la que separa el gobierno legítimo de la tiranía. El funambulismo de manejarse en ese espacio intersticial es una excusa dramática agradecida y la tensión narrativa de la película de Donaldson se alimenta tanto o más de ese conflicto latente entre la Casa Blanca y el Pentágono que de la incertidumbre que provocaba la crisis internacional, cuya resolución es conocida de todos.

Atrapados en sus despachos, también los jerarcas nuestros operaron a ciegas envueltos en una bandera, epítome de un país imaginado, en lugar de pensar en el otro, el real, que aporreaba las puertas del poder. El cine ya nos brindó antes una imagen lúcida de ese fenómeno de transferencia: Charlie Chaplin abraza un globo terráqueo, emblema de un planeta que habrá de rebelársele, en un trasunto cinematográfico de aquel grabado del estertor del XVIII. Ignoraban unos y otro que el cielo iba a desplomarse sobre sus cabezas y, como en un escrito bíblico, todo lo que era dejaría de ser, y todo lo que no era sería. La contingencia no atiende a razones. Ni siquiera de estado.










pvallin@divertinajes.com
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