3 de marzo de 2004

Independencia y resistencia (I)


La realidad multiplexada del paranoico:
el individuo como cosntrucción social

La sociología de la conspiración es una de las disciplinas favoritas de este pabellón, como sabrán los más veteranos del lugar (a ella se han dedicado comentarios, unos específicos y otros de soslayo), y uno de los más atractivos modelos de interpretación del mundo, porque contiene elementos muy seductores. De un lado, parte de la evidencia de que "algo va mal", algo contamina el discurrir de los acontecimientos del mundo libre y occidental, y los hace separarse de lo que deberían ser. De otro, ofrece una explicación consoladora, casi matemática de tan compleja (por tanto inteligente y no accesible a todos), y que transfiere la responsabilidad de lo que no va bien a un tercero, sea éste un grupo, un gobierno o un cajón de sastre que contenga todo lo malo, del tipo "los poderes fácticos". Así que nos relaja porque nos permite pensar que somos lo suficientemente listos para haberla desentrañado, que efectivamente hay un motivo para que las cosas vayan mal y, finalmente, que, como la causa es ajena, la culpa no es nuestra. Nos convierte pues en inteligentes e inocentes de forma simultánea. Y tan contentos que nos quedamos.

Bajo este dosel se contempla, escucha y desenmaraña la conspiración con cariño pero sin fe. Lamentablemente la explicación del mundo que contiene es demasiado perfecta para ser real, aunque en su averiguación se vierten muchas verdades. Lo hemos visto en Bowling for Columbine (2002), de Michael Moore, tan esclarecedora como sesgada. La conspiración no se sostiene porque, ya se ha dicho aquí, la propia Navaja de Ockham pincha el globo que la eleva. Sin embargo, la proliferación de teorías conspirativas devuelve la atención sobre una clasificación un tanto maniquea pero terriblemente útil desde el punto de vista analítico: lo que Umberto Eco llamó Apocalípticos e integrados. Para las películas se dice "independientes y comerciales".

Pensamiento Zizeck


Universo ficticio para la felicidad

El célebre filósofo esloveno Slavoj Zizek, a propósito de Matrix (1999), decía que si la realidad exterior, de acuerdo al modelo lacaniano, es el "Gran Otro", lo que plantea la película de los Watchowski no es más que la confirmación de que existe un "Otro del Gran Otro", es decir, que hay una realidad ajena a nosotros, tras la cual se esconde otra verdad. Este argumento ya está presente en la excelente El Show de Truman (1998), de Peter Weir o más recientemente en la muy aplaudida Good Bye Lenin (2003), de Wolfgang Becker, cuyo título alude a los últimos años de la vida de Lenin en los que su percepción de la realidad fue cuidadosamente controlada por Stalin, que llegó a hacer imprimir una edición específica del Pravda en la que se eliminaban las referencias a las luchas intestinas que recorrían la Unión Soviética. Las esferas simbólicas, por remitir al lenguaje del filósofo Peter Sloterdijk, las convirtió Weir en una semi-esfera física, en un estudio de televisión para que Truman viviera en él. Esas fronteras/burbujas deben ser superadas, reveladas, y en ese estallido de las esferas se provoca una crisis, en el sentido literal del término. Crisis que, como se ve, es el motor del conflicto en el que los personajes deben redefinir sus existencias. Más conmovedor que el futuro de Truman Burbank, cuando supera la esfera de estuco (metáfora final del umbral de la percepción o el horizonte de eventos), es el destino de cuantos actores llevan compartiendo con él una vida, conscientes de interpretar un papel, pero a la vez, inmersos en él durante tantos años que es imposible separarlo de la propia existencia.

Todos los títulos mencionados comparten, en todo caso, la misma idea de alerta, en la medida en que subrayan que el mundo que tenemos por real, sólo es el mundo que se nos presenta como tal. "El problema no está en que las investigaciones (…) en torno a las teorías de la conspiración constituyan una regresión, al adoptar sus defensores una actitud paranoica en la que no pueden aceptar la realidad social; el problema es que esa misma realidad se está volviendo paranoica", dictaminaba hace un par de años Zizeck. La percepción construye la realidad, de modo que ésta no es unívoca, sino que depende del observador y del lugar que ocupe. No tendrá el mismo juicio sobre los 11 Oscars recibidos por El Señor de los Anillos. El Retorno del Rey (2003) un ejecutivo de la Industrial Light and Magic que Fernando Meirelles, director del docudrama La ciudad de Dios (2003).

De la antropología a la microbiología


Núcleo tras la mitosis

En un estudio sobre la tribu india de los Winnebago, en los Grandes Lagos, el antropólogo Claude Levi-Strauss comprobó que la representación espacial que hacían de la aldea las dos castas existentes era bien diferente. Para la clase privilegiada, la aldea se ordenaba en círculos concéntricos, en los que se disponían las diferentes clases, del centro (en el que se encontraba el templo) a la periferia, en función de su proximidad a la clase dominante. Las clases bajas, en cambio, percibían la aldea también como un círculo, pero dividido en dos mitades. Es decir, que poseen una visión antagónica de su esfera. Sin embargo, en ambos coincide la representación circular de la aldea, definida como la negación del "caos presocial", cita Zizeck. Del mismo modo, la industria del cine es percibida de diferente modo entre la casta dominante y la sometida. Sin embargo, y aquí radica la falaz interpretación que del cine indie se hace, las dos mitades no son la gran industria y el cine independiente, o al menos, ya no lo son, pues los francotiradores del pasado, los antagónicos (Jim Jarmush, Ken Russel, Jonh Sayles), han dado paso a los nuevos talentos (Stephen Soderberg, Quentin Tarantino, Guillermo del Toro, Edward Burns...), que más que confrontar con el cine made in Hollywood, lo merodean, es decir, participan de lo que Levi-Strauss llama la visión corporativa-conservadora, ven la realidad como una estructura de círculos, aunque se sientan parte del arrabal, dejando que la interpretación revolucionaria-antagonista la esgriman los más veteranos anarquistas cinematográficos.

La división de la aldea cinematográfica en dos mitades posee además la propiedad de la mitosis, de modo que la aldea se rompe y surgen dos modelos: el cine americano, frente al resto. De acuerdo al principio de la partición celular, la nueva criatura poseerá todos los atributos genéticos de la de origen, es decir que la nueva aldea fruto de la duplicación o del cisma también posee templo, y en el caso cinematográfico, la segunda célula, la europea, ha desencadenado su propio núcleo: el cine francés, capaz de producir películas muy costosas que siguen el modelo hollywoodiense, un fenómeno que arranca en Cyrano de Bergerac (1990), de Jean Paul Rapenneau, y que cristaliza en la figura del productor/director Luc Besson.


Lo real toca lo virtual o al revés

Pero la partición es excepcional y, en un lenguaje puramente político, se diría que el concepto nación se impone a la conciencia de clase, la pertenencia a la tribu se antepone a la fractura de la aldea. La imagen de los más marginales cineastas sentados de riguroso smoking en el Kodak Theater de Los Ángeles explica por sí misma hasta qué punto la necesidad psicológica, o mejor, social, de la pertenencia, de la integración, vence a la postura apocalíptica, según el esquema de Eco. Quizá porque por muy calvinista e individual que sea la aldea nuestra, la necesidad de socializar, de crear una esfera, real o ficticia, pero común, se impone a la lucidez de la disidencia: paradójicamente, uno de los asientos del antagonismo revolucionario, el de la integración supraindividual, es el que vence y doblega la resistencia, porque para buscar la integración, la aldea sólo puede ser un continuo de círculos concéntricos.

Sin embargo, el protagonista de El Show de Truman no se conforma con esa realidad integradora, perfecta y confortable. En esa perfección del saludo matutino del vecino radica su irrealidad y la necesidad del personaje de Jim Carrey de alzarse contra ella. La aldea integradora genera, por su propia confortabilidad, una sensación incómoda, irreal, y activa todos los reflejos de la necesaria paranoia. Según el modelo dialéctico, la síntessis acabará por generar su propia antítesis. En Matrix, el agente Smith (Hugo Weaving) explica que el mundo virtual fue concebido en principio como un universo feliz y se perdieron "cosechas enteras". "Yo creo que, como especie, los seres humanos definen su realidad por el sufrimiento y la tristeza. Así que un mundo perfecto esa un sueño del que sus primitivos cerebros querían constantemente despertar". Es decir, para percibir que el mundo es real, necesitamos saber que las cosas no van bien. Y eso desencadena la disidencia, y, en último extremo, la antagonía. Zizeck lo expresa con precisión: "La experiencia de enfrentarnos a un obstáculo insalvable es la condición óptima para que los humanos podamos percibir algo como realidad. La realidad es, en última instancia, resistencia". Sea.












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