|
19 de febrero de 2004
La vigencia del feriante y sus turbadores inventos
Un invento, un prodigio tecnológico con la capacidad de enajenar a los hombres, en un sentido literal, eso es el cinematógrafo. En la prensa del momento, no obstante, pudo más el embeleso ante aquellas saltarinas imágenes en movimiento que la observancia de la rectitud cristiana o artística, y en cada nota de prensa en la que se daba cuenta de una venidera proyección con el singular "aparato de reciente invención", se acompañaba la expresión de una oración subordinada de relativo que aclaraba el efecto del artefacto, "que tanto viene llamando la atención en todas las localidades donde ha funcionado". Oh maravilla.
De los primeros chamizos del cine, de su precariedad y su pueril sortilegio, dio cuenta Francis Ford Coppola en una primorosa escena de su Drácula de Bram Stoker (1992). Compartía tenderetes con otras maravillas peripatéticas de entonces que iban desde la mujer barbuda a los animales amaestrados. Luego conquistaría locales de mejor estofa estableciendo un jalón en el largo trecho que iba desde los dignísimos teatros hasta los ignominiosos carromatos. La imagen móvil fue dotándose de mayor decoro hasta meter un pie en los teatros, reservados hasta entonces a los devaneos culturales de la incipiente burguesía, y en algunos pueblos hasta se permitió profanar los templos. Absorbió por entonces los modos del teatro y la novela para sublimarlos y dejó así de ser el entretenimiento de prestímanos que antaño había sido. No obstante, conservó el alma de feriante. El asombro superviviente Siglo largo y prolijo el transcurrido desde aquellos días, pero el cine sortilegio ha sobrevivido en su expresión más pura de pasatiempo tecnológico. Las salas Imax, de las que en España apenas hay un par, mantienen vivo ese acicate del prodigio, de la sala oscura en la que se podrá ver lo increíble: Y así es. Sin embargo, no deja de ser paradójico que el invento que sustenta esta franquicia sea del tercer cuarto del siglo pasado. Fue en 1970 cuando se inventaron las gafas de cristales polarizados y la doble proyección que permiten ver con nitidez formas y colores tridimensionales abandonando la pantalla hacia los atónitos ojos de los espectadores, en claro desafío a la física más elemental.
Los productos que se exhiben en estas un tanto anacrónicas salas sólo comparten una cualidad general: Sus dimensiones temporales, merced al régimen de explotación y al número de sesiones requeridas, son rígidas, tres cuartos de hora. Sin embargo, su contenido no puede ser más heterogéneo. El inclasificable y hermoso poema simbólico Journey of Man (2000) realizado por Cirque du Soleil y dirigido por Keith Melton es quizá el mediometraje más ajustado de cuántos se pasan en estas salas, pero los atributos de su concepción y puesta escena, hermanas de las del propio grupo de artistas circenses que lo parieron (de nuevo están aquí las variedades redivivas), lo convierten en una auténtica rara avis incluso en el programa de las pintorescas salas de 3-D.
El más común y también vulgar de entre los productos que se enseñan en estas salas del extrarradio (la de Madrid está en los arrabales, y la de Barcelona en el puerto, enclaves sin duda apropiados para el circo) es un tipo de film con títulos de atracción de parque, es decir, "mansión del terror", "viaje alucinante", "aventura espacial" y similares sintagmas, realizados con unos gráficos computerizados otrora impactantes y hoy poco menos que pueriles que, impulsados por la concluyente veracidad de la tridimensionalidad, convencen al pacífico espectador de que el mundo se mueve bajo sus pies, cosa que ya dijera Galileo con discretos resultados de crítica y público mucho tiempo atrás. Pseudo-documentales de escaso fuste sobre deportes de riesgo, animales en paradisíacos entornos y hazañas científicas, y en los que los forzados personajes se dirigen unos a otros con convencionalismos y cualidades interpretativas propios del cine porno, completan la panoplia de títulos que se muestran en esta moderna y tecnológica caseta de feria. La ausencia de un lenguaje propio o una inclinación narrativa clara, hermana (bisnieta, más bien) de la desorientación de sus precursores cien años atrás, resulta llamativa en unos tiempos en los que los productos audiovisuales copan el espectro sensorial disponible. Como si una maldición congénita, heredada de los pioneros, hubiera pervivido en estas salas-espectáculo impidiéndoles crear una prestidigitación adecuada y coherente con su naturaleza.
La vocación de espectáculo global (todos los mercados) y universal (todos los públicos) de buena parte de la producción de Hollywood la llevó a coquetear con el parque de atracciones, colocando la cámara en primera persona para jugar a la inmersión, a veces a cara descubierta, como en el caso de los planos subjetivos que aparecían en la persecución de las vagonetas de Indiana Jones y el Templo Maldito (1984), de Steven Spielberg, o mucho antes en las inverosímiles tomas de las persecuciones de Cazador a sueldo (1980), de Buzz Kulik, o Bullit (1968), de Peter Yates, ambas con Steve McQueen al volante. La invención de los sistemas de sonidos retumbantes y las salas con vibración que inaugurase Terremoto (1974), de Irwin Allen, son otra muestra de cómo, ante las apreturas a que la sometía la pujante televisión en color, la industria de cine estaba dispuesta a remontarse a su primigenia naturaleza de espectáculo de feria. Con frecuencia entre los cinéfilos, los cinéfagos y los críticos, este gusto de la gran industria por la frivolidad, por el espectáculo puro y abracadabrante, es considerado un demérito en sí mismo. Y cierto es que hay un buen número de títulos que podrían exhibirse directamente en el arrabal; pero nos apresuramos a olvidar que el cine, el gran cine, el que a todos nos ha llevado a las salas (ni el más erudito entendido inauguró su admiración por las películas con Rainer Werner Fassbinder, aunque años después se repudie el primitivo gusto por el espectáculo popular) vive del embrujo y el oropel, y de las muchas ocasiones en que ambos fueron manejados con destreza, al servicio de una gran historia, por cuantos directores han ensanchado con su talento la capacidad de esta artesanía industrial para subyugarnos.
|