19 de febrero de 2004

La vigencia del feriante y sus turbadores inventos


Igual que hay muchas clases de circo,
también hay muchos tipos de feria

Asistimos, no sin cierta perplejidad, a la ceremonia de la nueva burguesía entregada a vetustas prácticas, verbigracia desgarrándose el indumento ante las invenciones de la ciencia de Hipócrates, siempre sacrílega y dedicada a prácticas anti-natura desde su propia génesis. El combate contra la enfermedad y la muerte, por más que se oficie en bata blanca y bajo anagrama ministerial, no es sino la prédica de una inmortalidad parcial a plazo fijo, y por tanto sólo puede ser blasfema en cada uno de sus postulados. No representa órdago moral mayor la duplicación terapéutica de embriones de lo que en su día supuso que la sangre de un individuo circulara por el cuerpo de su señora, y no digamos que el corazón de un feligrés animara la vida de otro, muerto aquel. La ciencia siempre ha tenido más talento para inquietar al burgués que el arte o el sindicalismo, pese a que éstos hayan hecho del escándalo un lenguaje normalizado. Lean: "Esa fiebre de crear, de trastornar la naturaleza, que se apodera de algunos hombres, hizo que un endiablado americano, un tal Edisson que no había estudiado en su vida más que física, química y matemáticas (una tontería), inventase el aparato que todos conocemos con el nombre de cinematógrafo", decía el cronista Justo Buenafé (?) en el decano de la prensa asturiana el 25 de marzo de 1896. Pobre.

Un invento, un prodigio tecnológico con la capacidad de enajenar a los hombres, en un sentido literal, eso es el cinematógrafo. En la prensa del momento, no obstante, pudo más el embeleso ante aquellas saltarinas imágenes en movimiento que la observancia de la rectitud cristiana o artística, y en cada nota de prensa en la que se daba cuenta de una venidera proyección con el singular "aparato de reciente invención", se acompañaba la expresión de una oración subordinada de relativo que aclaraba el efecto del artefacto, "que tanto viene llamando la atención en todas las localidades donde ha funcionado". Oh maravilla.


Miren la quinta foto, abajo, a la derecha,
y verán qué poco hemos cambiado

En esos días finiseculares, en los que el progreso técnico hacía soñar con una centuria llena de portentos (luego dos guerras mundiales, un holocausto y algunas contiendas civiles se encargaron de enfriar un tanto los ánimos hasta que llegó Internet y desencadenó otra fiebre similar pero esta vez preñadita de milenarismo) los cinematógrafos que andaban por España (casi todos de fabricación francesa; famosas fueron las marcas Lumiére y Pathé) reunían a vulgo y élites a componer bajo sus narices un círculo vacío y oscuro, gráfica expresión de su admiración ante la inquietante hechicería que hacía moverse a las fotos. Ir proveyendo contenidos capaces de mantener esa rotunda O en los rostros fue el desvelo de los facedores de las "cintas" que entonces se exhibían. El cinematógrafo, bien lo contó Juan Carlos de la Madrid para los conterráneos del CinExín, ocupó barracas de feria, plazas de ayuntamiento y locales de escasa prédica, pero se desplazó en los tiempos primiseculares hacia pabellones y establecimientos de amenidades en los que su proyección era una parte más en un espectáculo tan heterogéneo como cabe en la palabra que lo define: variedades.

De los primeros chamizos del cine, de su precariedad y su pueril sortilegio, dio cuenta Francis Ford Coppola en una primorosa escena de su Drácula de Bram Stoker (1992). Compartía tenderetes con otras maravillas peripatéticas de entonces que iban desde la mujer barbuda a los animales amaestrados. Luego conquistaría locales de mejor estofa estableciendo un jalón en el largo trecho que iba desde los dignísimos teatros hasta los ignominiosos carromatos. La imagen móvil fue dotándose de mayor decoro hasta meter un pie en los teatros, reservados hasta entonces a los devaneos culturales de la incipiente burguesía, y en algunos pueblos hasta se permitió profanar los templos. Absorbió por entonces los modos del teatro y la novela para sublimarlos y dejó así de ser el entretenimiento de prestímanos que antaño había sido. No obstante, conservó el alma de feriante.

El asombro superviviente

Siglo largo y prolijo el transcurrido desde aquellos días, pero el cine sortilegio ha sobrevivido en su expresión más pura de pasatiempo tecnológico. Las salas Imax, de las que en España apenas hay un par, mantienen vivo ese acicate del prodigio, de la sala oscura en la que se podrá ver lo increíble: Y así es. Sin embargo, no deja de ser paradójico que el invento que sustenta esta franquicia sea del tercer cuarto del siglo pasado. Fue en 1970 cuando se inventaron las gafas de cristales polarizados y la doble proyección que permiten ver con nitidez formas y colores tridimensionales abandonando la pantalla hacia los atónitos ojos de los espectadores, en claro desafío a la física más elemental.


Adivina adivinanza: ¿Qué barco hundido
busca Cameron en este documental?

Más exótico que la vetustez del ingenio resulta lo bisoño de sus contenidos, herederos indiscutibles de aquellas primeras películas salientes en las que los obreros salían de la fábrica; los parroquianos, de misa, y el tren, de la estación. La jovencita que, antes de que se apaguen las luces para dar inicio al show, ensalza las características técnicas del espectáculo que sigue, con tono de azafata de aviación civil, apenas puede disimular ser un descendiente postmoderno del charlatán de feria que anuncia los prodigios de la criatura que será mostrada, en un esfuerzo postrero por condicionar la percepción del que lo escucha y convencerle que lo que sigue bien vale lo que ha pagado.

Los productos que se exhiben en estas un tanto anacrónicas salas sólo comparten una cualidad general: Sus dimensiones temporales, merced al régimen de explotación y al número de sesiones requeridas, son rígidas, tres cuartos de hora. Sin embargo, su contenido no puede ser más heterogéneo. El inclasificable y hermoso poema simbólico Journey of Man (2000) realizado por Cirque du Soleil y dirigido por Keith Melton es quizá el mediometraje más ajustado de cuántos se pasan en estas salas, pero los atributos de su concepción y puesta escena, hermanas de las del propio grupo de artistas circenses que lo parieron (de nuevo están aquí las variedades redivivas), lo convierten en una auténtica rara avis incluso en el programa de las pintorescas salas de 3-D.


Después de Parque Jurásico
esto resultaba casi ridículo

Tampoco es frecuente que un director conocido se permita devaneos con feriantes, así que difícil explicación tiene que todo un James Cameron firme una cinta tridimensional para su exhibición en estas salas y más raro es que el asunto sea un docudrama pagado por Disney. Si se explica que el desatino, titulado Fantasmas del Abismo (2003), va sobre el Titanic (en España ha sido convenientemente retitulado Misterios del Titanic, no fuera que alguien no percibiese el meollo temático en el sutil póster anunciador) se entiende todo mucho mejor. Y después de verlo, y no entender una palabra de lo que en él se cuenta, se columbra que Cameron, tras el Óscar, ha devenido en feriante.

El más común y también vulgar de entre los productos que se enseñan en estas salas del extrarradio (la de Madrid está en los arrabales, y la de Barcelona en el puerto, enclaves sin duda apropiados para el circo) es un tipo de film con títulos de atracción de parque, es decir, "mansión del terror", "viaje alucinante", "aventura espacial" y similares sintagmas, realizados con unos gráficos computerizados otrora impactantes y hoy poco menos que pueriles que, impulsados por la concluyente veracidad de la tridimensionalidad, convencen al pacífico espectador de que el mundo se mueve bajo sus pies, cosa que ya dijera Galileo con discretos resultados de crítica y público mucho tiempo atrás. Pseudo-documentales de escaso fuste sobre deportes de riesgo, animales en paradisíacos entornos y hazañas científicas, y en los que los forzados personajes se dirigen unos a otros con convencionalismos y cualidades interpretativas propios del cine porno, completan la panoplia de títulos que se muestran en esta moderna y tecnológica caseta de feria. La ausencia de un lenguaje propio o una inclinación narrativa clara, hermana (bisnieta, más bien) de la desorientación de sus precursores cien años atrás, resulta llamativa en unos tiempos en los que los productos audiovisuales copan el espectro sensorial disponible. Como si una maldición congénita, heredada de los pioneros, hubiera pervivido en estas salas-espectáculo impidiéndoles crear una prestidigitación adecuada y coherente con su naturaleza.


Desde aquí no se ve, pero
tienen todos la boca abierta

Que esta feria haya encontrado expresión en el siglo XXI no significa que se haya desgajado totalmente del cine convencional. De hecho, la propensión de las salas comerciales a crecer en tamaño y prestaciones ha ido oprimiendo el mercado de las proyecciones-milagro, a las que ya el tamaño de las pantallas no les garantiza ninguna autoridad y sólo el sortilegio del 3-D les permite jactarse de su tecnología. Además, el cine convencional, con muchos más medios de producción, emplea la hipérbole del parque de atracciones con profusión, y consigue el mismo o mayor asombro que las extravagantes gafas grises del Imax.

La vocación de espectáculo global (todos los mercados) y universal (todos los públicos) de buena parte de la producción de Hollywood la llevó a coquetear con el parque de atracciones, colocando la cámara en primera persona para jugar a la inmersión, a veces a cara descubierta, como en el caso de los planos subjetivos que aparecían en la persecución de las vagonetas de Indiana Jones y el Templo Maldito (1984), de Steven Spielberg, o mucho antes en las inverosímiles tomas de las persecuciones de Cazador a sueldo (1980), de Buzz Kulik, o Bullit (1968), de Peter Yates, ambas con Steve McQueen al volante. La invención de los sistemas de sonidos retumbantes y las salas con vibración que inaugurase Terremoto (1974), de Irwin Allen, son otra muestra de cómo, ante las apreturas a que la sometía la pujante televisión en color, la industria de cine estaba dispuesta a remontarse a su primigenia naturaleza de espectáculo de feria.

Con frecuencia entre los cinéfilos, los cinéfagos y los críticos, este gusto de la gran industria por la frivolidad, por el espectáculo puro y abracadabrante, es considerado un demérito en sí mismo. Y cierto es que hay un buen número de títulos que podrían exhibirse directamente en el arrabal; pero nos apresuramos a olvidar que el cine, el gran cine, el que a todos nos ha llevado a las salas (ni el más erudito entendido inauguró su admiración por las películas con Rainer Werner Fassbinder, aunque años después se repudie el primitivo gusto por el espectáculo popular) vive del embrujo y el oropel, y de las muchas ocasiones en que ambos fueron manejados con destreza, al servicio de una gran historia, por cuantos directores han ensanchado con su talento la capacidad de esta artesanía industrial para subyugarnos.










pvallin@divertinajes.com
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