12 de febrero de 2004

A los tragaldabas


Muy pronto, en sus omnívoras pantallas,
Kill Bill Vol. 1, de Quentin Tarantino

Uno, que está muy bien enseñado (esto ya lo he dicho más veces, pero es que una de las lectoras más leales y entusiastas es la misma que alumbró al sosías y no están los tiempos para andar desairando a lectores o madres), come de todo, a excepción de blanduras viscerales de cuadrúpedos superiores, tales como globos oculares, cerebros y otros órganos nobles y blandos que gustan mucho entre los pueblos mesetarios y no así a los nacidos en la grisura cantábrica. Comer de todo es virtud inculcada por nuestros mayores, que saben que la alimentación es necesidad además de placer y por eso poseer estómago y paladar hechos a todo garantiza que uno seguiría sano aunque sobrevenga celibato o escasez presupuestaria. O ambas. Pero la ingesta de alimentos es un requerimiento energético de la supervivencia. Por eso sorprende que haya omnívoros cinematográficos. Lo realmente llamativo no es que haya quiénes practiquen la fast-food y también la nouvelle cuisine, sino que lo hacen en igualdad de condiciones. Dicho de otro modo, que sus papilas gustativas no localizan la diferencia entre la función metabólica y el deleite espiritoso y por tanto no eligen una u otro en función de la ansiedad que pretendan desalojar.

Esta disquisición gastronómico-perceptiva viene a cuento de un comentario atrapado en el último número de Dirigido Por, en el que Antonio José Navarro califica Kill Bill Vol. 1 (2004) de "un auténtico festín para cinéfilos de paladar omnívoro y gimnastas de la erudición fílmica que estén dispuestos a entrar en el juego propuesto por Quentin Tarantino". La expresión en sí es seguro acertada porque, una vez leída, quién más quién menos ya sabe que se trata de un facsímil cinematográfico muy moderno que homenajea a viejos títulos de cine basurilla desde una actitud de pretendida sublimación de las animaladas que aquél contenía y éste recicla. Es decir, que a poco que uno se esmere hallará cosas mejores que hacer que entregarse a otra autosatisfecha oda al hematocrito: lavar las cortinas, cambiarle la arena al gato, limpiar debajo de los armarios u ordenar los libros de la estantería por orden alfabético, por temas, por autores, por longitud del título, por número de páginas o por el color de las tapas.


Una ninja, de camuflaje

En fin, lo sugestivo es que hace patente la existencia real de un público que encajaría en la categoría propuesta, gente que se definiría en primer lugar como "cinéfila", es decir, cuya afición a las artes cinematográficas va más allá del puro desahogo; pero que, al tiempo, admite tener un "paladar omnívoro". En el imaginario taxonómico del CinExín, tener paladar y ser omnívoro son asuntos antitéticos o casi, pero esta antagonía (neologismo de cuño propio formado por la conjunción de "antagonismo" y "agonía" que ofrezco gustoso a Eva Orúe, para su delicioso diccionario de 'palabras-maleta') parece que no es común. "Tener paladar", que sepamos, es una metonimia de "tener gusto" y consiste en discriminar la excelencia y la vulgaridad, y de hecho los omnívoros (y el que suscribe lo es en lo fílmico) suelen, solemos, apartar el paladar cuando de lo que se trata es de tragar algo que cumpla una función meramente alimenticia, esto es, postrarse ante una película lobotómica que permita olvidar incluso que uno tuvo cerebro. Porque ese avatar, a veces imprescindible, no requiere paladar, solamente estómago.

Siguiendo con el análisis de la expresión de Navarro, además de poseer esa capacidad para el regodeo (paladar) en la basura (omnívoro), se exige ser un "gimnasta de la erudición", lo que sin lugar a dudas indica que hay que ser mucho más que un entendido, hay que poseer un detallado archivo cerebral de peleas, persecuciones y tiroteos de cine de baja estofa; conocimiento y no sabiduría, en expresión de Dexter Jettster.


Un pequeño paso para el cine,
un gran paso para la españolidad

El último requisito es estar "dispuesto a entrar en el juego" que propone el director. De modo que lo que se pide es aparcar los remilgos, el buen gusto y además ser una enciclopedia andante en materia de subproductos de acción étnica (cine oriental de saldo y blaxplotation setentero afroamericano). Así se disfrutará de lo que el analista define como "festín".

Ante esta clasificación ustedes, gentes de bien, pensarán que la película, a juicio del severo crítico del Dirigido..., está destinada a un grupo de espectadores muy reducido, lo que un amigo poco dado a los remilgos llamaría "gente ayuna de discernimiento, ideas o principios". Pero, bien al contrario, lo que define con tal precisión el experto es un nuevo cinéfilo jovencito, de gran imaginación visual, con formación cinematográfica heterodoxa y cuya sorda labor de inmersión en las cloacas de la producción cinematográfica ha servido para rescatar de los vertederos auténticas joyas. Esta singular propensión a investigar entre desperdicios, que antaño era rareza cual la del tipo que pasea por la playa con un detector de metales, se ha normalizado y ha generado una recua de especialistas que no sólo creen que entre la basura hay tesoros, convicción asaz razonable, sino que confunden el vertedero en sí con la cueva del tesoro y, a gusto entre la quincalla, dejan de frecuentar otros pagos.


Terror, comedia y erotismo, pero
ni te ríes, ni tiemblas, ni... te ríes

Es de justicia señalar que este colectivo, cada vez más numeroso, ha aportado aire fresco a las audiencias especializadas, pues ha logrado sacar del oprobio títulos y autores que deberían ser tomados en consideración aunque sólo sea por su desenvuelta ausencia de complejos y su astucia para hacer cine con retales. Así, sin gente dispuesta a revolverse entre los títulos más casposos del cine patrio, a lo mejor no se hubiera reconocido a tiempo el trabajo de Tony Leblanc en títulos tan notables como Los tramposos (1956), de Pedro Lazaga o El astronauta (1970), de Javier Aguirre, ambos, ejemplos destacados de con cuánto humor llevaban algunos el subdesarrollo moral e intelectual al que eran sometidos los españoles por aquel anacronismo de bigote.

Los noventa supusieron la paulatina consolidación de este modelo, que floreció hasta dar a luz críticos y cineastas de tal formación, animados éstos por el fenómeno acaecido en Norteamérica con el antedicho enfant terrible del cine de acción. Aparecieron fans de Roger Corman de debajo de las piedras, y se consolidaron fenómenos, otrora periféricos, tan anómalos como el de los estudios Troma, una factoría especializada en producir torpísimas pero inofensivas comedias de pseudo-terror-erotismo, y creadores de la mascota de imposible carisma Toxy, el Vengador Tóxico.


Retrato del patetismo,
tomado por apología

Pero los peligros de este juego son los mismos que aquejan al espía: sumidos en un medio hostil, estos entregados buscadores a menudo acaban convirtiéndose en agentes dobles, de modo que se someten a la dictadura del mal gusto gamberro y confunden el fugaz placer obsceno de la perversión del gusto con el epicúreo deleite que reside en la exquisitez. El bello homenaje entregado por Tim Burton a ese desastre personal y profesional que fue Edward D. Wood Jr. en forma de piadosa biografía dramatizada -Ed Wood (1994)- sirvió para que esta tribu creciente de adoradores de la basura acabara creyendo que el patético realizador de cine de desecho era en realidad un artista incomprendido y un cineasta a reivindicar, algo que sólo a él mismo se le hubiera pasado por la cabeza. En parecidos términos debe interpretarse que la resurrección profesional de Tony Leblanc haya venido de la mano de las películas de Santiago Segura, un director tan pobre como celebrado y una de las más expresivas ilustraciones de cuánto más importante es caer en gracia que hacerla.

En el fondo, estos nuevos públicos han servido, como toda irrupción generacional, para sacudir tanta gravedad y algunos atavismos y de paso contagiar al resto la sana costumbre de no tomarse todo tan en serio. A la vez, han colocado en los altares del celuloide a directores y películas sin virtudes conocidas, salvo la irreverencia y la provocación, incentivos que, como siempre ha ocurrido, sólo consiguen efectos entre la burguesía más proclive a llevarse las manos a la cabeza. La diferencia entre los goces alimenticios y los culinarios, en resumen, no reside sólo en la sensibilidad del paladar, sino en el afán al que responden unos y otros. Es cuestión de distinguir la urgencia epidérmica de sensaciones placenteras del anhelo de una delectación intelectual y activa de la que sólo pueden redimir las mañas del maestro. Cuestión pues de diferenciar el hambre, avidez nacida de la carne, de la gula, ansia pecaminosa del espíritu.








pvallin@divertinajes.com
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