29 de enero de 2004

Nigromantes y progenie


Epistemología de la paternidad

El mito griego de Edipo, dramatizado por Sófocles, y la clasificación patológica a la que da nombre, dramatizada por Freud, han convertido la relación del padre y el hijo, creador y criatura, en cosa de tres, extensión triangular en la que abunda la propia naturaleza con sus requerimientos reproductivos: sólo un concilio puede concebir. La intervención de un tercero, la hembra, era entonces el móvil para toda discordia, lo que, aún ofreciendo una incestuosa y entretenida versión del vodevil más ceremonial, aparta muchas de las facetas de ese vínculo extraño y rico que se entabla entre el que da la vida y el que la recibe. Como la existencia es todo lo que conocemos, el que la da lo da todo, pero también de todo habrá de tener culpa. Las artes narrativas, entre ellas el cine que lo es, han sacado mucho partido a este asunto, llenando su anaquel de científicos obsesionados por dar vida o, lo que es lo mismo, empeñados en suplantar a Dios, por usar las palabras del arquetípico párroco fustigador del alquimista que quiere ser padre sin pasar por la vicaría y sin deber favor a vientre alguno.

Detrás de todo sabio más o menos desequilibrado de cuantos han aparecido en el cine, la mayoría directa o indirectamente tomados de la literatura de terror gótico, se esconde el mito de Prometeo y la eterna aspiración del hombre a desentrañar los misterios de la materia y la naturaleza, buscando esa respuesta esquiva que siempre parece estar a la vuelta de una esquina cuántica o astronómica.


Buscando a Dios vía colirio

Una poco disimulada metáfora de esta ansia por mirar más allá, por ver el otro lado, fue El hombre con rayos X en los ojos (1963), de Roger Corman, cuyo título es asaz expresivo del asunto que aborda. El doctor James Xavier, que interpreta Ray Milland, descubre unas gotas que le permiten ver a través de objetos sólidos. El uso sucesivo del producto incrementa la capacidad de perforación de su mirada, de modo que la visión última solo puede ser el todo o la nada, o la versión más convencional de ambos: Dios. Y entonces la visión total se iguala con la total ceguera.

El paradigma Frankenstein

Sin embargo, el mito griego es más específico y, además de las artes científicas en general, trasunto moderno de la brujería, apela a una en particular: Prometeo fue encadenado en lo alto de una montaña y condenado a ser devorado día a día por una enorme ave pues su pecado fue robar el fuego de los dioses para dar vida a un ser creado por él, sin lugar a dudas el mayor de los sacrilegios científicos. En todo caso, la aspiración del demiurgo, la dación de vida al margen de las leyes naturales, tiene, desde el punto de vista narrativo, la cualidad de aislar la relación paterno-filial, cual laboratorio.


Otra criatura huérfana

El clásico por antonomasia es el relato del doctor Víctor Frankenstein y su criatura, de cuyas múltiples adaptaciones son las más conocidas la de James Whale, de 1931, estrenada en España como El Doctor Frankenstein, y la que acabaron por malograr a medias Kenneth Branagh y Francis Ford Coppola, titulada Frankenstein, de Mary Shelley (1995), en alusión a la autora de la novela. El fatuo profesor apenas alcanza a comprender la responsabilidad que ha contraído cuando es demasiado tarde y aun entonces busca un nuevo atajo para hurtarse a ella.

El padre lo es porque puede serlo, sin haber considerado otra variable que esa potencia creadora. El hijo, en cambio, fruto del capricho y la reconstrucción, es un híbrido que carece de identidad u objeto, pues agotó su misión, que no era otra que la gloria de su creador, en el mismo momento en el que cobró vida.


¡Padre!, ¡padre!, ¿por qué
me has abandonado?

Este dilema moral, el que enfrenta el fin (el conocimiento) con el medio (la existencia trágica de la criatura), no es más que una parábola extrema de la responsabilidad de la progenitura y, según han señalado los más quisquillosos guardianes del progreso humano, puede también ocultar una visión reaccionaria al homologar el egoísmo presuntuoso del científico, que busca su propia recompensa sin medir las consecuencias, con el hedonismo despreocupado de los que se entregan a la libídine sin fines reproductivos. Por estos lares, aunque reconozcamos la audacia del paralelismo, juzgamos que es sacar las cosas de quicio. Quedémonos mejor con una idea menos dogmática: la tragedia de creador y criatura es que el fin del primero es el principio del segundo, uno abandona donde el otro emprende. La meta del científico es la fuente del monstruo, de modo que sus destinos se ordenan de forma consecutiva, el primero actúa y el segundo padece: acción y pasión.

Al reverso le crece la nariz


La antítesis de Frankenstein

Epítome de la egolatría megalómana del hombre, la historia del doctor Frankenstein ha conocido una versión inversa en la que el narcisismo se torna generosidad y la avidez de gloria, anhelo de afecto (si es que no son lo mismo), de la que podemos considerar arquetipo el cuento de Carlo Collodi Pinocchio, conocido mundialmente por la versión que Walt Disney produjo en 1940 con dirección de Hamilton Luske y Ben Sharpsteen.

El candor de Gepetto y Pinocho, a su vez, alumbró nuevos espacios de reflexión para la dialéctica entre creador y criatura, alguno capaz de contener, con una sencillez que desarma, la anfibología dibujada por Shelley y Collodi, caso de la hermosa Eduardo Manostijeras (1990), de Tim Burton, en la que el ser creado, pero no criado (paronomasia cuyo fin aquí es subrayar la común etimología latina de ambos términos), ha de sobrevivir en un mundo hostil con una tara ostensible: la prematura muerte de su Inventor, interpretado por Vicent Price, deja al inocente Eduardo sin manos y con unas inmensas tijeras al final de sus extremidades superiores.

Convertido su defecto, como el de Pinocho, en expresión de la ausencia de socialización, el extraño monstruo de pelo revuelto al que dió vida (!) Johnny Depp intenta integrarse en un vecindario que lo recibirá con divertida desconfianza al principio y odio fanático en el paroxismo final: su diferencia termina por entenderse degeneración y su esfuerzo de integración se vuelve vocación de nostálgico cenobita.


El Pinocho más oscuro

El modelo de Pinocho aún ha dado en la gran pantalla otra versión vigorosa y llena de matices, pero marrada por el edulcorado paladar de su director. Inteligencia Artificial (2001), de Steven Spielberg, propone una intrigante versión del cuento de Collodi pero se encoge en el tramo final ante el abismo existencial que abre y se queda reducida a una fábula moralizante y pacata, muy lejos de la ambición y resultados del precedente sentado por la obra magna de Tim Burton.

El asesinato liberador

Sin ánimo de exhaustividad, otra de las versiones más o menos universales del mito creador es la que se contiene en Blade Runner (1982), de Ridley Scott. La relación del Nexus 6 Roy Batty (Rutger Hauer) con su creador, el genetista Eldon Tyrel (Joe Turkel), ideada por los guionistas David People y Hampton Fancher pues no aparecía en la novela de Phillip K. Dick, plantea de nuevo la muerte del demiurgo a manos de su quimera, esta vez desde una perspectiva psicológica mucho más freudiana, en la que el asesinato del padre se convierte en jalón del camino hacia la madurez y la redención final.


Hyde convertido en Frankenstein

La muerte del creador (literal o figurada), o de su variable formativa, el mentor, como ejercicio supremo de la emancipación se repite en multitud de títulos, entre ellos la reciente Hulk (2003), de Ang Lee, adaptación del superhéroe de cómic conocido en España como La Masa y creado por Stan Lee (nada que ver con el director, pese al apellido) y Jack Kirby. La versión cinematográfica (pese a sus lagunas, quizá la mejor película realizada a partir de un personaje de la colorista Marvel) retuerce la historia original, que era poco más que un trasunto de El extraño caso del doctor Jeckyll y mister Hyde, de Robert Louis Stevenson, y la acerca más al relato ideado por Mary Shelley. Aunque el científico David Banner experimenta sus excéntricas aplicaciones biológicas de la filosofía de Nietzsche en sí mismo, no llega a verse como el iracundo y musculoso hombre verde y es su hijo el que manifiesta la mutación genética que lo llevará a transformarse en monstruo cuando se deje llevar por la furia. Aunque el joven Bruce Banner reniega de los atributos heredados y el poder que contienen, habrá de usarlos para enfrentarse a la enajenación paterna, en una no demasiado sutil plasmación del conflicto de la adolescencia.


No todas las biólogas
son como Ana Obregón

La película está jalonada de citas clásicas de antaño, como los más que obvios de King-Kong (1933) y El doctor Frankenstein (1931), y de otras contemporáneas pero igualmente clásicas como El gigante de hierro (1999), de Brad Bird, o de la propia filmografía de Ang Lee, desde La tormenta de hielo (1997) hasta Tigre y dragón (2000). Sin embargo, rehuye el maniqueísmo tan propio de los personajes en los que se inspira y ofrece retratos de una riqueza impropia del género, en particular los de los patriarcas, tanto el profesor Banner (Nick Nolte), como su antagonista el general Ross, que encarna Sam Elliot como padre de la doctora Betty Ross (Jennifer Connelly). Ambos se ven involuntariamente enfrentados a unos hijos que rechazan hacer suyas las trincheras de sus padres y que se empeñan en decidir por sí mismos cómo encauzar su vida, inveterado dilema familiar que a todo progenitor afecta.

Esa resistencia del hijo a escuchar y adoptar las usanzas de quien le precede es más que un simple conflicto de pareceres o, como gustaba de decirse en España en los ochenta, un conflicto generacional. Afecta a la necesidad del padre de ver que su experiencia, es decir, su existencia misma, es retomada por su legatario como asunción de una deuda vital y sucesoria. Como reza el código genético, el fin último de la paternidad es la propia proyección en el tiempo, única fórmula conocida de perpetuación en tanto individuo o especie. Después de todo, el fuego arrebatado por Prometeo a los dioses otorgaba al hombre, contenida en la capacidad de engendrar, cierta forma de inmortalidad.








pvallin@divertinajes.com
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