15 de enero de 2004

A propósito de la nostalgia


En su momento esto era capaz de
atemorizar a toda la feligresía

Hace bien poco, cuando la falsa escarcha aún llenaba los escaparates, se publicaba en España, a propósito de las exposiciones en Londres y Viena de Bill Viola y Francis Bacon, una encendida defensa de la revisión como creación que contenía una argumentación nada común. Fue Xavier Antich, en el a menudo indispensable Culturas, quien se remitía a la obsesión revisionista de Picasso con determinadas obras de Velázquez o Manet para explicar que esta actitud artística, lejos de dimanar de la siempre invocada escasez de ideas, es un modo de afirmar la tradición, "una voluntad de restablecer el hilo conductor entre épocas distintas". En una afortunada imagen sobre el hombre mismo y su relación con el entorno, Antich comparaba esta legítima actitud con el ejercicio vital de la respiración, en la medida en que tomamos algo externo y anterior, lo interiorizamos y lo devolvemos igual pero distinto, convertido, de nuevo, en algo extraño a nosotros mismos, al menos tanto como lo es a los demás.

Esa figura de la renovación de los arquetipos del pasado en el cine se llama homenaje si es esporádica, revisión si es genérica, y remake si es tan literal como los Dejeuner sur l'herbe o Las Meninas vistos por el pintor malagueño. Y en cualquiera de los tres casos levanta las suspicacias de la crítica más circunspecta. Se trata de un mecanismo de defensa del experto ante la falta de respeto, y a menudo de talento y criterio, con la que cualquier advenedizo se permite meter sus zarpas en material reconocido, admirado y canonizado por la historia. Sin embargo, este atrincheramiento en el que con frecuencia incurrimos, incluso de forma inadvertida, nos lleva al prejuicio, la ofuscación, el conservadurismo y en último término el totalitarismo crítico, proceso común a todos los excesos de celo o de temor.


Cómo corrían, con sólo cuatro caballos

Quizá se entienda mejor con un ejemplo. Fíjense: "La emoción que destilaba el cine clásico -que nacía de una identificación con las pasiones de sus protagonistas, expuestas a través de una puesta en escena sobria, casi transparente- es sustituida por la conmoción que nos produce una puesta en escena sofisticada, hiperbólica, casi litúrgica". La frase pertenece al tertuliano y columnista Juan Manuel de Prada y leída del tirón parece razonable, atinada y propia del sabio que él barrunta que es. En cambio, si la sacamos de su contexto, si ocultamos el dato del autor y la época y la atribuimos a un crítico de los años cuarenta hablando del cine en color, o a un crítico teatral de una obra de Eugene Ionesco, se revela la verdadera naturaleza reaccionaria de quien generaliza gratuitamente ante un lenguaje nuevo empleado para un discurso efectivamente eterno.


Versión británica y boscosa del
Día del Orgullo Gay

Ocurre que este fenómeno crítico se repite en casi todos los géneros. No es tan difícil concluir que Notting Hill (1999), de Roger Michell, o French Kiss (1995), de Lawrence Kasdan, no son tan distintas de La mujer del año (1942), de George Steven o Historias de Filadelfia (1940), de George Cukor. Son una lectura finisecular del mismo lenguaje encantadoramente frívolo y sofisticado, y con idéntica capacidad para emocionar con un romanticismo que es tan de cartón piedra hoy como lo era entonces.

"No es que el arte sea intemporal, sino que precisamente por ser, de forma muy intensa, de su tiempo, habla de los tiempos del pasado y con aquellos que todavía están por venir", dice Antich. Sin embargo, el cine es industria además de arte, desarrollo de técnica y procesos. Esa cualidad y su mocedad respecto a otros lenguajes plásticos o narrativos introducen un elemento de progreso histórico que modifica también la percepción. Por muy grande que sea el esfuerzo de contextualización que hagamos, la pueril marioneta animada de King Kong (1933) no puede provocar hoy la conmoción que pretendían sus autores Merian C. Cooper, Ernest B. Schoedsack, y otro tanto se podría decir de cada uno los clásicos de terror de la Universal, cuyos fantasmagóricos monstruos sólo siguen vigentes porque su imagen nos enternece. A vuela pluma se recuerda alguna excepción, como el Vampyr, ou l'étrange aventure de David Gray (1932), de Dreyer, Nosferatu (1922), de Murnau, o La parada de los monstruos (1932), de Browning. Esa vigencia, sin la coartada del tiempo, no vale para todos.


Trasunto de Cary Grant
y Rosalind Russell

Los lenguajes se remozan conforme el cine se moderniza y la tecnología audiovisual avanza. Es entonces cuando se escucha un reproche barato contra el cine que se sirve de la tecnología pese a que aquél naciera de ésta: lo insultamos por tecnológico como si alguna vez no lo hubiera sido. Lo que el ilustrado Prada desprecia hoy por "hipérbole" y "liturgia" es la cámara lenta de las luchas orientales, pero nunca se atrevería a considerar afectación o manierismo la aceleración trucada de la esgrima en Robin de los Bosques (1938), de Michael Curtiz y William Keighley, o la de las persecuciones al galope en cualquier título clásico del western.

Lo que quisieron los pintores citados respecto a las obras de los maestros que les precedían no es tan distinto de lo que hace un cineasta cuando hoy retoma un título clásico, no ya para reinventarlo, sino únicamente para trasladarlo a un paisaje textual y visual contemporáneo al espectador, para vencer el anacronismo de su atraso técnico y narrativo.

Que en la mayor parte de las ocasiones no se logre superar la altura del antecedente, ni siquiera aproximarse, no quiere decir que aquél pueda considerarse aún en vigor. Y, sobre todo, no puede ser coartada para analistas faltos de discurso propio, capacidad crítica o anclados en posiciones artísticas preconciliares.


Orientalismo moderno y existoso

Es constante en el hombre la necesidad de crearse una imagen ideal y perseguir esa excelsitud, esa utopía. La idea de progreso siempre animó a buscar ese ideal en el futuro, frente al romanticismo tradicional que crea una imagen modélica del pasado (a hombros, en parte, del mito rousseauniano del buen salvaje). La traslación del ideal hacia lo venidero inspiró el marxismo, mientras que su desplazamiento a lo pretérito propició los nacionalismos separatistas o expansivos (de ahí la convención de que aquél y estos son antitéticos). Pero quizá hasta llegar a este autoproclamado paraíso capitalista, nunca se había dado un periodo de la historia en el que los horizontes se hubieran reducido a fuerza de nihilismo y el ideal fuera el presente. Este púlpito, imbuido de un pesimismo reflexivo, discrepa abiertamente de cualquiera de los tres mitos antedichos, por más que la habitual tendencia del ser humano a albergar esperanza lo acerque más al primero que a los otros dos. Aunque atente contra la termodinámica.

¿Pero acaso ahora no se hace una ingente cantidad de mal cine? Efectivamente, la excelencia siempre ha sido excepcional. Pero cuenten ustedes las películas magistrales que llegaron durante 2003 a las pantallas procedentes de las más diversas cinematografías. Es casi imposible encontrar menos de media docena. Nadar en la brava inmundicia de la habitual mediocridad no siempre apetece, y menos pudiendo acudir a las prístinas aguas que el tiempo ha destilado y que el DVD rescata con pulcritud. En este rincón a menudo cedemos a la tentación de buscar la comodidad del agua que la historia ha amansado. Pero es deber contemporáneo huir de Diógenes y sus vicios y sumergirse en las miasmas de este tiempo rico, complejo e ingrato, con el criterio como instrumento para hallar la dignidad entre la ignominia, quizá la única forma de entender a los coetáneos para entenderse uno mismo.








pvallin@divertinajes.com
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