8 de enero de 2004

La grandeur morfológica


Orson Welles se soñó émulo de Cervantes

Ahorrémonos meandros y melindres: Si Dios existe en una substancia singular y antropomorfa necesariamente es gordo. Muy gordo. Al menos así será en tanto demiurgo, aliento creador, al margen sus otras encarnaciones como objeto y sujeto de salvación, redención o protección. Si la Historia de la Humanidad es cine, nadie dudará que se trata de una superproducción pues, literalmente, no se puede contar con más medios. En ella Dios es el director, un cineasta gordo cuya rotundidad no es atribuible a la benevolente generosidad de un orondo Papá Noel de blanco camisón, sino a las dimensiones de su obra. Y justamente ese es el meollo de la cuestión que hoy nos convoca.

Digamos que, en cierta medida, espesor corporal y creatividad guardan alguna extraña relación, quizá no directamente cualitativa, pero sí cuantitativa: relativa al tamaño de la intención más que al del resultado. Aunque quizá sea más apropiado decir que adiposidad y pretensiones mantienen un vínculo raro, como sostenido por un arcano de la física, la biología o la religión.

Viaje alrededor de Don Quijote


Alfred Hitchcock, ausente de aristas

El escritor mexicano Jorge Volpi, en un notable artículo sobre el intencionalmente inconcluso Don Quijote de Orson Welles, señalaba que identificar al director norteamericano con el Caballero de la Triste Figura es un recurso demasiado fácil y tosco por más que filmara material para esta obra durante un cuarto de siglo sin lograr terminarla: "Welles nada tenía de quijotesco, al menos en el sentido habitual del término: no era un idealista ni un loco, y ni siquiera era bueno; no se veía como un héroe incomprendido y desde luego nunca confundió a una sirvienta con una dama. Todo lo contrario: Welles era arrogante, expansivo, seguro de su talento arrollador, desenfadado e implacable".

El director se reservaba, explica Volpi, un papel bien distinto: en una versión casi muda de las andanzas del ingenioso hidalgo, el director de Wisconsin tomaba el papel del narrador, es decir, suplantaba a Miguel de Cervantes, relatándole a una niña norteamericana las extrañas aventuras de Don Quijote y Sancho Panza.


Peter Jackson fuma hierbas
de la Cuaderna del Norte

El novelista va más allá en su atrevido y estimulante ejercicio de zambullida en tan esquivo asunto y se pregunta si era Cervantes enjuto como a menudo es representado. "¿Un Cervantes gordinflón? ¡Suena tan blasfemo como un Cristo rechoncho y mofletudo! En nuestras estrechas mentes, perspicaz y rollizo conforman un perverso oxímoron", una gratuidad porque, después de todo, ningún dato cierto prueba que el padre de la novela moderna fuese otra cosa que manco. Volpi lanza una propuesta: "Tal vez la relación entre el peso y el talento sea una de las causas de la fascinación que siempre padeció Orson Welles, el más gordo de los directores de cine, hacia el enteco y demacrado Don Quijote".

Ejercicios de vanidad expansiva

Volpi peca por exceso, pues hay muchos otros voluminosos personajes en el firmamento cinematográfico. Tantos y de tan singulares características que cabría concebir la existencia de ese vínculo apuntado por el escritor mexicano entre "el peso y el talento".


José Luis Cuerda, prueba de
la rentabilidad del colesterol

El maestro del suspense, Alfred Hitchcock, hizo de la cualidad esférica de su cabeza y tronco una imagen de marca (un anagrama comercial, para más señas). Compartía con Welles esa vigorosa certidumbre en la dirección, y una seguridad en las propias capacidades que desafiaron la lógica de sus coetáneos. Como esta asomadura no tiene pretensión ni basamentos para la erudición, podemos dar un salto mortal y plantarnos en la cartelera de este mismo mes para reparar en el realizador más decididamente abultado de nuestras antípodas, Peter Jackson, de quién sabemos poco más que, tras unos promisorios inicios con media docena de películas sencillas y algún momento de especial brillo, ha completado la más costosa (en más de un sentido) adaptación literaria de la historia del celuloide. Algo que, como poco, manifiesta una determinación que lo hermana con los antedichos.

Esa desmesura de la confianza en las posibilidades de uno mismo, incluso cierta desproporción entre esa fe y la realidad del talento, permiten añadir a la lista a ilustres rollizos españoles como el menguante (en todos los sentidos) Santiago Segura, responsable de las dos partes de Torrente (1998-2001); el desigual Alex de la Iglesia, cuya respetable filmografía se abre y cierra con obras tan prometedoras, e insatisfactorias en último término, como Acción Mutante (1993) y 800 balas (2003), y el inteligente José Luis Cuerda, autor de glorias como Amanece, que no es poco (1989), Así en el cielo como en la tierra (1995) y de banalidades como La lengua de las mariposas (1999). El adorno de los Oscars no empaña que nuestro gordito más reconocido, Pedro Almodóvar, también posea desmesuras varias, sobre todo las relacionadas con el ademán.


Federico Fellini, el más
dionisiaco director

Un gordo potencial siempre fue John Huston, aunque su nervio parecía consumir y verticalizar cada aportación calorífica, mientras el nada anglosajón Federico Fellini transmutaba en su propia carne los destilados de tanta entrega dionisiaca como cabe deducir de su cine. Son pues epígonos de Dioniso cuantos comparten aquí categoría y excesos, frente a los hijos de Apolo, a los que atribuimos "serenidad y elegante equilibrio", una descripción que se ajusta a otro modelo de director cuyos paradigmas entre los vivos tal vez sean Clint Eastwood y Michelangelo Antonioni, por mencionar una pareja difícil de conciliar y de cinematografías y aspiraciones bien dispares.

No siempre la generosidad corporal es prueba de unas aspiraciones adelantadas al talento, pues aunque no es engreimiento lo que le falta al finalmente orondo Stanley Kubrick, su capacidad intelectual nunca fue inferior a su impúdica vanidad. En esta caótica taxonomía podemos saltar al director pseudo-documental Michael Moore, de cuyo reciente éxito sobre la libre circulación de armas en Estados Unidos hemos hablado sobradamente. O al pequeño y decididamente redondo Billy Wilder. En fin, la lista sería interminable.

Generosidad y exceso a mesa puesta


Francis Ford Coppola, de perfil

Francis Ford Coppola, quizá el más excesivo, grandilocuente y megalómano de los obesos, ejercía de improvisado periodista en una entrevista con su amigo y gordo converso George Lucas, allá por 1998, a propósito del regreso a la pantalla de la serie Star Wars. Las papadas de ambos (la del primero, oculta bajo su inclasificable barba) se movían arriba y abajo en un amigable diálogo que fue grabado en un gaudeamus auspiciado por un restaurante de San Francisco.

No es necesario referir su filmografía para evidenciar que, con diferente criterio y artes dispares, ambos son realizadores cuyas pretensiones creativas siempre han tenido cierta tendencia al exceso, en dimensiones y trascendencias.

Si esa exuberancia de la gordura no parece clara, se aprecia de forma mucho más evidente por el mecanismo de la oposición. ¿Cabría atribuir una fecundidad tan expansiva a directores talentosos, incluso geniales, pero secos de carnes? ¿Woody Allen? ¿Ken Loach? ¿Nanni Moretti?


Lucas y Coppola repetirían esta reunión
20 años después ante un guiso colosal

Al cabo, parece que la propensión a la expansión corporal, seguramente cifrada en el código genético, viene acompañada de alguna forma de desencadenamiento creativo, una suerte de florescencia autosatisfecha. Como si trascender en el espacio debiera ser acompañado de una propagación en el tiempo.

En su reflexión cervantina, Volpi subraya que Orson Welles ya acusaba tendencia al sobrepeso cuando rodó su primer largo, el aclamado Ciudadano Kane (1941). Tardó muchos años en confesar que tuvo que embutirse en una faja para hacer el papel. "En contra de lo que creían sus admiradores, a sus 26 años, lo habían maquillado para que pudiese representar su verdadera edad. Desde la adolescencia, Welles estaba predestinado a esa forma de grandeza que es la gordura".

Por eso no resulta chocante que Volpi concluya que la pequeña turista a la que el director norteamericano habría de relatar la historia del hidalgo manchego era algo más que la imagen de una inocencia opuesta a la soberbia del coloso. "Sin saberlo, aquella niña representa a la humanidad: en su infinita vanidad, Welles no sólo buscaba suplantar a Cervantes, sino a Dios". Quod erat demonstrandum.








pvallin@divertinajes.com
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