01 de enero de 2004

Plutocracia y redención


El vuelo sin motor ha sido uno de los
trucos más costosos y constantes

Uno de los muchos lugares comunes por los que transita la cultura de masas relaciona la excelencia moral con la penuria financiera y, por ende, la opulencia con la infamia artística. El dinero se convierte en un handicap creativo que obliga al venturoso que goce de su favor a demostrar su valía ante los recelosos ojos de los sacerdotes, guardianes de la nobleza artística, y lograr la redención de la culpa de la abundancia. Este pecado original, la holgura presupuestaria, es el que hace decir a los bienpensantes que la mejor película, por ejemplo, de Alejandro Amenábar es Tesis (1996), y no Los Otros (2001), o que lo mejor de Stephen Daldry es Billy Elliot (2000) y no Las Horas (2003). La prosperidad sobrevenida en forma de productora norteamericana no es báculo sino mácula, si perdonan el juego de palabras, de la que sólo una excelencia incontestable podría redimir.

Resulta paradójico que se aplique este criterio a una disciplina cuya complejidad dispara los costes. Tanto considerado un arte como tomado por objeto de entretenimiento, el cine es un producto caro, muy caro. Aplaudir a los que consiguen sortear las escaseces presupuestarias con ingenio no debería traer aparejado que se castigue al que dispone de abundantes recursos con el desdén del que se hace acreedor quien pervierte un arte mayor.


Increíble desafío a la lógica gravitatoria
logrado con los dineros de Cecil B. De Mille

Decía Francis Ford Coppola, al hilo de su caprichoso y atrabiliario comportamiento durante el rodaje de Apocalypse Now (1979), que si le seguía interesando el cine era porque un rodaje es el único microcosmos en el que se tolera un régimen dictatorial, el del director, que nunca es sancionado como ilegal, ilegítimo o inmoral por sus sufridos súbditos. Efectivamente, la coincidencia de recursos ingentes con tan alto grado de discrecionalidad en la gestión y un autócrata al frente es una conjunción extraña en estos tiempos, máxime cuando en la mayor parte de los casos ese privilegiado déspota no es el propietario de los recursos y sólo rentabilidades del pasado, económicas o artísticas, sirven de aval a tanta prodigalidad. Buscar otra área de negocio u otra disciplina artística en la que se provean peculios con tanto desprendimiento sin que exista más garantía de reembolso que el talento u olfato de director y productores es tarea casi imposible.

Celotipia y moralejas


Un gorila defiende el Empire State de las
aviesas intenciones del terrorismo árabe

Tal lujo, claro, es imperdonable, más aún en un mundo en que, viviendo en el inconformismo y el malcontento, a menudo destilamos frustraciones convertidos en azote de los que han tenido más suerte. Viene esto a cuento de los malabarismos que se les ve hacer estos días a los oráculos de la excelencia cinematográfica para no decir que es buena una película de presupuesto holgado, mirando de reojo el juicio del vecino no vaya a ser que confiese habérselo pasado bien ante los prodigios que aporta el dispendio tecnológico. De este modo, las tertulias sufragadas por la oficialidad se limitan a reunirse en torno a una mesa a subrayar lo mucho mejor que eran las películas cuando el océano era una bañera y del rodaje de una batalla había que hacer un parte de bajas como si de una contienda real se hubiese tratado. Al tiempo, dedican toda suerte de desprecios a quien se siente tentado por acudir al silicio para lograr la composición pretendida.

No es extraño pues que haya ojos de águila que ven los hilos digitales del mecanismo y presumen de su perspicacia ignorando hallarse ante una maqueta como las antiguas, sólo que mejor. Porque estas modernas superproducciones suman a la desfachatez de su coste la impudicia de la tecno-modernidad, una acumulación de faltas tal que hacerse perdonar se vuelve imposible.


Lean logró la epopeya sin
software (pero con dinero)

Un sacerdote de ficción, creado por José A. Braña con rostro de Maxi Rodríguez, en el filme Nun val la pena conquistar la tierra (1999), se dejaba llevar en la homilía por el ardor nostálgico y, mirando a la bóveda, decía a la patidifusa feligresía con media sonrisa: "Ay, aquellas matanzas del Antiguo Testamento...". Claro, nada que ver con las modernas sangrías mesopotámicas, en las que ni se decapita, ni se empala, ni se amputa; y si se hace, no se presume, que está mal visto tal regodeo. La corrección política ha hecho mucho por acabar con la épica echando arena sobre las manchas de sangre; haciendo la muerte invisible, o al menos profiláctica, que diría un sociólogo.

Pesquisas y esencias

El discurrir del cine, como arte y técnica enteramente nuevas, ha venido acompañado por la labor de mucho ensayista deseoso de hallar las cualidades exclusivas y sustanciales del lenguaje cinematográfico, como si reconocer su bastardía respecto a la novela, el teatro y las atracciones de feria (incluido el circo, sobre todo el circo) fuera un demérito. Al margen de las consideraciones más puramente sintácticas, como ya se dijo desde estas páginas hace muchos meses, quizá la cualidad más llamativa y la que le ha valido el favor masivo e incondicional es el modo en que hace verosímil la mentira, es decir, la naturalidad con la que vuelve visibles, casi palpables, los prodigios.


Clásico de la ciencia-ficción
más fresca (y friki)

Suena mal que esto se diga desde este alcor, habitualmente hagiógrafo de la cinematografía y crítica francesas, pero la historia del cine no sería la misma sin los portentos que han hecho permanecer en la memoria títulos que serán imperecederos aunque sólo sea por su sortilegio. El cine no sería cine sin la apertura del Mar Rojo que Charlton Heston ejecuta en Los Diez Mandamientos (1956), de Cecil B. De Mille; sin el vuelo de Douglas Fairbanks a bordo de su alfombra mágica en El Ladrón de Bagdad (1924) de Raoul Walsh; sin la vibrante toma de Akaba en Lawrence de Arabia (1962), de David Lean; sin el bizarro exilio interestelar de Walter Pidgeon en Planeta Prohibido (1956), de Fred M. Wilcox; sin la imposible hechicería de las espadas luminosas de Star Wars (1977-2005), de George Lucas; sin los vívidos dinosaurios de Parque Jurásico (1993), de Steven Spielberg; sin la carga de los helicópteros americanos (filipinos, en realidad, de Ferdinand Marcos) sobre las olas en Apocalypse Now (1979); sin la ascensión del gran mono al Empire State en King Kong (1933), de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack; sin el plácido vuelo de Christopher Reeve en el Superman (1978) de Richard Donner; sin la imposible grisura de Los Ángeles en Blade Runner (1982), de Ridley Scott.


Así volaba, así, así,
así volaba que yo lo ví

Y por supuesto, la historia de la taumaturgia cinematográfica no sería la misma sin la homérica filigrana de la batalla de los Campos de Pelennor, o el socorro de las Almenaras, por mencionar dos de las decenas de imágenes arrebatadoras que se pasean por El Retorno del Rey (2003), el último primor salido del multimillonario empeño de Peter Jackson por poner en pie la ambiciosa novela El Señor de los Anillos.

Perteneciente a una generación que con frecuencia se deja llevar por un hedonismo un tanto insano y también personaje dado a subvertir los patrones más acrisolados del pensamiento instalado, el arriba firmante hace aquí rotunda defensa de la superproducción en tanto único vehículo para que el cine conserve su magia fenoménica, acudiendo para ello al látex, el miniaturismo o el software, siempre y cuando no se trate de un vacío ejercicio de prestidigitación audiovisual. Porque, al margen de que exista un cine de dimensión prudente y vocación transgresora, imprescindible para la inteligencia y la ética colectivas, el día en que los que gustamos de escudriñar imágenes perdamos la capacidad para el asombro ante la maravilla, se nos habrá extraviado en buena medida la propensión a la felicidad, tan fugaz y huidiza.














pvallin@divertinajes.com
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