18 de diciembre de 2003

Apostasía del candor


Diagnósis y tratamiento
para el miedo colectivo

Aunque la risa y el desdén han venido siendo el instrumento favorito de este anfitrión para ejercer juicio sano y resolutivo de las cosas que pasan en la Roma moderna y triunfante, no es menos cierto que ninguna de esas dos herramientas redundan en un mejor conocimiento de los entresijos del vasto país que en el fondo nos gobierna un poco a todos. Por eso de un tiempo a esta parte, sobre todo a raíz de los extraordinarios sucesos del vigésimo quinto día de Fructidor del ducentésimo duodécimo año de la Era Revolucionaria, (Nota: para cuantos se rijan por el calendario del Papa Gregorio XIII, nos referimos al 11 de septiembre de 2001), se apuesta por analizar la idiosincrasia transatlántica con una actitud más escrupulosa, menos banal, dado que la lid en la que nos hallamos ha pasado de ser un mero colonialismo cultural a prometerse una repoblación física, política y caqui.

De acuerdo a este modesto propósito de tomarse a los americanos del Norte un poco más en serio de lo que sus muchas ridiculeces merecerían, los hechos del 25-F (en almanaque gregoriano, el 11-S; sabrán perdonar este repentino afrancesamiento calendárico que les habrá de servir para situar geoestratégicamente a quien escribe) no tienen la trascendencia temperamental que se ha cacareado, pues ya antes de tan luctuoso e imaginativo ataque se había operado un desencantamiento del cine manufacturado en la Babilonia de aquella Roma. Una reciente crítica en prensa sobre el más reciente libro del también cineasta Michael Moore señalaba con perspicacia que uno de los deportes favoritos de los estadounidenses es el antiamericanismo, que el autor de Bowling for Columbine (2002) ejerce con deleitosa dedicación. Y de hecho, hace tiempo ya que los norteamericanos, algunos norteamericanos, practican la autocrítica furibunda y descarnada.

La edad de la inocencia


Manual de instrucciones para Vandellós

A juicio de una mente europea, el fervoroso respeto de los estadounidenses a los símbolos de su país y la devoción hacia su breve y violenta historia revelan una ingenuidad supina, cuya consecuencia más amable es una fe en la verdad y el sistema que les lleva a cambiar de presidente por el mero hecho de que no haya sido franco (ups) o ensucie el buen nombre y funcionamiento de las instituciones, pero cuyo más peligroso corolario es la credulidad con la que reciben las más insólitas arengas lanzadas desde el Despacho Oval. Ni lo uno ni lo otro se parece en nada a la actitud de los pueblos europeos hacia el stablishment, del que desconfían, pero hacia el que mantienen una actitud mucho menos subversiva cuando se descubren engañados.

Expresión de esa candidez es el reformismo con el que durante años se ha escrito su cine crítico. Largo y tendido se ha hablado aquí en varias ocasiones de Todos los hombres del presidente (1979), de Alan J. Pakula, película muy crítica pero, a su manera, plenamente reformista pues no cuestiona el sistema en sí, sino los comportamientos personales de quienes ostentan responsabilidades. El cine demócrata (en oposición al cine republicano) ha desempeñado su papel de resistencia contra el poder político y también industrial, caso éste último de El Síndrome de China (1979), de James Bridges, con fiereza y convencimiento, pero comparte con la cinematografía conservadora un firme anclaje ético en los valores comunes de la sociedad norteamericana, así como una confianza entusiasta en los factores correctores del propio sistema, fundamentalmente el periodismo, contrapoder dedicado a la caza de ese concepto de la verdad como absoluto que tanto conmueve a los colonos de aquella pradería.

La ingenuidad malherida


El ignoto proboscidio

El contraste entre este cine deontológico y las radiografías más recientes de la sociedad estadounidense es notable. El equivalente de la película de Pakula sobre el watergate sería hoy día El Dilema (2000), de Michael Mann, de la que también se ha hablado aquí largamente. En ambas, los periodistas se convierten en sacerdotes de la verdad que habrá de proveer purgación de las conductas abusivas de los poderosos. Pero, mientras en el caso de Woodward y Bernstein, su actuación conduce a la justicia, en la historia de Lowell Bergman ni disponer de la verdad ni hacerla pública consiguen corregir el rumbo de la apisonadora industrial, que resulta en gran medida inmune a la acción de la sacrosanta verdad. Para hacer más válida esta sintomática oposición, ha de tenerse en cuenta que ambas películas se ciñen con razonable fidelidad a unos acontecimientos reales.

Y no sólo la visión sobre el poder ha cambiado. La última película del outsider Gus Van Sant, Elephant (2003), trata de acercarse a los sangrientos sucesos ocurridos en el instituto Columbine, en Denver (Colorado), los mismos para los que Michael Moore encontraba una causa y con ella apuntaba una solución; incómoda, pero solución, al cabo. El título de la película de Van Sant ya adelanta una óptica bien distinta a la del vigoroso documental de Moore. Homónima de un telefilme de Alan Clarke para BBC sobre el Ulster, Elephant alude a una parábola budista sobre varios ciegos que, tocando distintas partes de un paquidermo (orejas, trompa, patas), intentan averiguar de qué animal se trata sin lograrlo. La anécdota la menciona Carlos F. Heredero, quien percibe esta misma aproximación fragmentaria en el audaz tratamiento formal del encuadre y el montaje, es decir, en el retrato espacial y temporal del centro educativo y de las vidas de sus alumnos, aunque al que suscribe le interesa más la metáfora en tanto condensa de forma vívida la incapacidad de una sociedad para identificar la verdadera naturaleza de la violencia que, como un gigantesco y desconocido animal, todo lo impregna y por doquier aflora.


Tres sombras ante las negras aguas

Este desasosiego ante la ausencia de diagnósticos y, por tanto, de terapias empapa Mystic River (2003), la última tragedia de Clint Easwood, película que, desde una apuesta formal tan académica como es habitual en su autor, se aproxima al drama moral de una violencia que alimenta su propia multiplicación a través de la concatenación de crímenes y ajusticiamientos en una sociedad transida por el miedo y presa de la desorientación que provoca el derrumbamiento de los apriscos morales que la sostenían.

El estupor en que se halla sumida buena parte de la sociedad norteamericana ante la ausencia de modelos de interpretación válidos para la enfermedad que la desangra, empleado como coartada para la acción impune del poder más irreflexivo y vehemente, también dibuja un carácter diferente al que se conoce por estos pagos. El motivo puede hallarse en el modo en que la conciencia nacional de los Estados Unidos descansa sobre una inagotable fe en el sistema, en su condición de patria de la libertad, y en la existencia de una inconfundible línea que separa el bien del mal. Dicho de otro modo, el pueblo norteamericano padece un acendrado analfabetismo político, opuesto al recelo con el que los europeos, mucho más conscientes de la ambigüedad moral y funcional de la política, observan y censuran a los gestores de la cosa pública. En el Nuevo Continente, la vida se apoya sobre respuestas, consuelos y certidumbres categoriales, mientras a este lado, la desorientación, la anfibología y un cierto aturdimiento desdeñoso forman parte desde hace siglos del modo natural en que se interpreta la compleja sociedad moral que nos rodea.

Es muy posible que esta ausencia de malevolencia política del votante americano sea lo que lo capacita para la rebeldía cívica y constructiva, mientras los reflexivos afrancesados, apostatas de la reacción, nos vemos empujados a una postración clarividente pero poco práctica. Al cabo, se trata del viejo dilema moral de franciscanos y benedictinos: hombres de acción los unos, hombres de pensamiento los otros. O el que enfrenta la resignación atávica y sabia de los que comprenden la sustancia indómita de la naturaleza con la hermosa obstinación de quienes se empeñan en convertirla en jardín.










pvallin@divertinajes.com
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