11 de diciembre de 2003

Prontuario del aliento y la leyenda


Contado al calor de una fogata

Es de común conocida la identidad entre el verbo y la creación, establecida en el Génesis y desarrollada luego de forma prolija en textos religiosos, filosóficos y lingüísticos. Nombrar es crear y en el acto del habla, en la exhalación de ese aliento sonoro, se da la vida. Ceñidos a esta analogía, que es mucho más que un simple recurso alegórico, la palabra escrita se torna vida hibernada, cobijada en las páginas prietas del libro cerrado, esperando sacudirse esa latencia cuando cobre una sonoridad imaginada en la cabeza del lector. Esa suerte de resurrección se hace más conmovedora cuando de lo que se trata es de convertir en cine los renglones dormitabundos de una novela. En muchos sentidos, y este es un argumento robado a otro y que ya se ha asomado antes a estas soledumbres, la semejanza entre lo uno y lo otro se puede tener por rigurosa, pues el cine ha venido a ocupar el lugar de la tradición oral en esa labor ancestral de la transmisión de las historias ejemplares. Y a la afortunada conclusión de uno de los más célebres cuentos de la literatura contemporánea, El Señor de los Anillos, a punto de inundar las salas oscuras, corresponde hoy el testigo de esa pedagogía.

La literatura siempre ha estado alejada de ese carácter educador primordial de la tradición oral en tanto nunca ha sido un arte decididamente popular, no tanto porque sus aspiraciones fueran demasiado elevadas (hay mucha literatura que se quiere y se logra popular) como por la necesaria decodificación de su convención, antaño obstaculizada por la escasa alfabetización y luego arrinconada por el poder infinitamente magnético de la imagen. La utilidad social de la voz del anciano relator de ficciones no pudo ser suplantada por el literato, reserva en todo caso de otros saberes y utilidades, pero sí por el carácter masivo y ejemplar de la narración cinematográfica.

Las dos historias y su epítome


El Cid es Ulises buscando perdón en
vez de venganza (Spain is different)

Borges dijo una vez que los hombres llevan siglos repitiendo dos historias, la de un hombre a la deriva que anhela regresar a su hogar, y la de un dios que se hace ejecutar para redimir a sus hijos. La peripecia de Ulises y la de Jesucristo se pueden rastrear, para que se hagan una idea, en los cuentos que hoy cuelgan en nuestras carteleras, y así no es difícil ver a Homero en el recién estrenado Buscando a Nemo (2003) o en la inminente El Cid, La Leyenda (2003), ambas dirigidas a un público infantil (de nuevo, la enseñanza esencial), mientras la experiencia mesiánica es patente, ya se dijo, en Matrix Revolution (2003); tales son la vigencia y la verdad de las palabras del escritor argentino que copan las propuestas de cine navideño.

Compendio de los itinerarios del navegante griego y del carpintero nazareno es en cierta medida la historia de Frodo Bolsón y el Anillo de Poder, al hacerse tan necesaria la temida inmolación que salvará a los congéneres como anhelado el regreso a casa, y quizá por eso haya logrado la trascendencia que hoy se le concede en tanto sublima ambos relatos tradicionales y los funde en uno solo, lleno de sutilezas argumentales, resonancias poéticas, comportamientos heroicos y vocación legendaria. La adaptación de Peter Jackson, de la que en breve llegará a los cines su tercera y última parte, El Retorno del Rey (2003), significa devolver a la historia ideada por Tolkien la vocación de leyenda popular, transmitida de generación en generación pues, por más que el libro hubiera logrado una sobresaliente popularidad, su condición literaria y sus dimensiones lo confinaban a ser una referencia notoria pero no masiva. Su adaptación al cine establece un puente entre el texto de esencia mítica del lingüista inglés y el acervo del que pasa a formar parte al encarnarse en imagen, voz y música.


La sabiduría es una
barba de treinta centímetros

Si dar nombre es dar vida, nadie encarna como Tolkien el papel creador. El mimo con el que construyó, incluso tradujo, las denominaciones de personajes y localizaciones, su talento para el apellido, el alias, el título, el gentilicio y el topónimo confiere la cualidad de lo existente a su universo remoto. Pero la devoción del escritor requería ser secundada. La comunidad debía asumir el mito como propio y ejemplar, concederle el beneplácito de la universalidad. Las películas de Jackson, uno de los más colosales empeños cinematográficos emprendidos jamás (y al que esta página dedicará en su momento análisis sustancial), elevan el alcance y significación social de la novela en que se apoyan y, en su leal infidelidad a la letra tolkieniana, le otorgan esa vigencia ecuménica que antaño tuvieran los cuentos relatados de viva voz. Que es tanto como decir que Peter Jackson ha completado la función y la intención de la más importante leyenda de la narrativa del siglo XX.

La gloria obtenida engrandece tanto o más a Tolkien que al cineasta neocelandés, lo que añade el valor del desprendimiento a la descomunal tarea desarrollada durante cinco años por el equipo de producción. El director emplea una visión cabal y wagneriana para ensanchar la romántica pretensión del escritor de remedar las leyendas caballerescas y lograr un valor de referencia moral para el aprendizaje, como ya hicieran George Lucas y Steven Spielberg en Star Wars o Indiana Jones, series ambas en proceso de recrecimiento, lo que ha de ser tomado como síntoma del resurgir de un cierto clasicismo narrativo para el imaginario mitológico. Apoyándose en ellos, Jackson hace un cine decididamente moderno de la bella impostura de antigüedad del referente literario sajón. Quien no halle valía en tal destreza rebaja a una consideración menor el único milagro para el que la naturaleza ha dotado al hombre: dar vida.









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