04 de diciembre de 2003

Deslumbramiento


Virginia Wolf busca consuelo

La vehemencia del carácter toma rehenes. Si el conocido aforismo "uno es prisionero de sus palabras y dueño de sus silencios" es cierto, que lo es, no es difícil imaginar que la palabra dicha suponga un grillete con bola pesada para la reflexión mesurada, pero se convierte en infranqueable prisión de muros, fosos y alambre de espino para la palabra escrita. Toda vez el ímpetu con el que desde esta peana se lanzan soflamas, no debe extrañar que haya un cierta prevención hacia la actualidad pues, si cada juicio ha de quedar impreso en el éter digital, no es melindre gratuita hurtarse a la calificación atropellada en la que a menudo incurre quien está obligado a pronunciarse sin poso ni repaso.

En esta vorágine, en la que manda el primer fin de semana, la fugacidad es tal que a veces basta con esperar veinte días para una primera criba. A la industria no le importa mayormente, porque sabe que la caducidad se compensa con una buena campaña promocional que lleve a la gente al cine antes de que alguien (generalmente, persona provecta) dé la alarma. Deviene el crítico entonces en un mero apagafuegos sin tiempo para el contexto ni la decantación, lo que no obsta para que algunos ejerzan su oficio bombero con acierto y rigor, generalmente tanto mayor cuanto más lejos de las coartadas y considerandos de los propagandistas se coloquen.

Pero a esta incómoda disposición de tener que juzgar de forma prematura, no escapa el común de los mortales. Es revelador de este tiempo tan instantáneo que el juicio se efectúe de forma apresurada, basado las más de las veces en apriorismos y lugares comunes que son elevados a fórmula hábil de expresión, pues la evaluación se basa en la emoción inmediata en lugar de soportarse sobre la reflexión.


Asustadores asustados (Monstruos S. A.)

La impresión y el sobresalto reemplazan al pensamiento y el raciocinio, como se aprecia en los vigentes modelos de periodismo por los que, atendiendo a este nuevo Sufragio Universal de la Opinión, se coloca videocámara y alcachofa -la figura del periodista desapareció, Dios mediante, tragada por la actualidad (el domador, comido por su león) como acertó a apreciar Ignacio Ramonet en La tiranía de la comunicación- en el hall de una sala de cine y se encañona al público que la abandona para que ofrezca su parecer, aunque, en realidad, el espectador víctima de la intrusión acaba confundiendo su impresión con una opinión, que tal vez nunca llegue a formarse.

Nadie esta libre de verse en mitad de semejante intromisión ilegítima en el Derecho al Silencio, pues las calderas de la televisión, como las del infierno, se alimentan de almas sin detenerse en poquedades como la timidez del atropellado. De este modo, y por abandonar ya los jardines de Cué y dejar tranquila la tarea de Moreno, de este modo, digo, sin cámara, foco, ni página que coerzan, también los cualquieras nos vemos en esas. Acompañados en el cine por amigos, o parentela, apenas se han encendido las luces cuando un rostro se gira para preguntar "¿qué tal?". Hasta hace bien poco, uno mismo respondía intentando hilar un pensamiento razonable, más allá de la obvia ponderación de la relación disfrute / costo del acontecimiento. Pero el pasado sábado enmudeció. Subían los créditos piscícolas cuando una pregunta sencilla enredó el entendimiento: "¿Te gustó más ésta o las anteriores?". Ésta era Buscando a Nemo (2003), de Andrew Stanton, y las anteriores eran Toy Story (1995), Toy Story 2 (1999), Bichos, una aventura en miniatura (1998), y Monstruos S.A. (2001). Es probable que a lo largo del próximo mes alcance una respuesta a esa interrogación, aunque quizá no. Lo que es seguro es que al encenderse las luces de la sala, un deslumbramiento se solapaba con el otro, y eso imposibilitó contestar algo que no tuviera que ser rectificado o matizado en lo sucesivo. Y entonces, la memoria devolvió el recuerdo de los bostezos con los que se saludó la primera proyección de Blade Runner (1982).


A cierta edad, era magnífica

La desgracia de haber visto en una deficiente copia de video beta 2001: Una Odisea del Espacio (1969) con doce años (había que oír las risotadas incrédulas que nos echamos los hermanos) se curó sola. Ni siquiera hubo una revisión serena y un poco más madura: la memoria trabajó a la perfección y conservó intacto el recuerdo hasta que el entendimiento, alojado, seguro, en otra región del cerebro, columbró por sí solo el fenomenal alcance del ejercicio intelectual de Kubrick. Y, entonces sí, se produjo la necesaria revisión, pero ya con la consciencia de que aquello no era exactamente otra versión de Galáctica, Estrella de Combate(1978).

Existe un cine que apabulla, cuya riqueza en tanto tapiz visual y narrativo requiere larga digestión. Si lo juzgamos de inmediato se instala un aserto cuya revisión, a menudo eludida, concluye en la poco decorosa necesidad de desdecirse. Es mejor callar, incluso ante uno mismo, y esperar que alguna evidencia aparezca cuando la solución se decante.

Y hay también un cine de hondo registro y saben bien los buceadores que de las profundidades a la superficie no se puede subir sin una escrupulosa descompresión. Lo explicábamos aquí al buscarle utilidad a los títulos de crédito. El reciente estremecimiento que desencadena Clint Eastwood en Mystic River (2003) o, más aún, la conmoción que provoca Las horas (2002), de Stephen Daldry, bien merecían una sala lóbrega, aneja a la platea, en la que permanecer unos minutos intentando recomponer el gesto, tratando de reconstruir la conciencia civilizada. Sería una estancia con un reóstato que devolviera la luz paulatina, de regreso al mundo, una vez hallado el lugar de la conciencia en el que instalar tanto desasosiego.









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