27 de noviembre de 2003

En defensa del vacío


Utilidades del cinematógrafo

La hinchazón informativa (de la que aquí se habla a menudo pues se conoce bien de ella e incluso se es cómplice de sus más arteras pericias) es instrumento de envilecimiento de la comunicación y de sus consumidores, pero también provoca sopor y desinterés, a Dios gracias. Del mismo modo que el bombardeo informativo se convierte en desinformación, la espesura de contenidos puede conducir a la repleción y el hastío, un mal que hoy conocen muchos de los productos de las industrias culturales en general y del cine en particular. Esta covacha con butrón desde la que se escribe goza indulgencia plenaria respecto a tal pecado, pues no se pretende parte sino juez, de acuerdo al esquema crítico establecido por uno de nuestros compinches más próximos.

Pasa que el cine se ha llenado de diálogos, que los guiones se alargan y las películas se preñan de contenidos, cual burbuja inmobiliaria, sin sentido o intención claros y con evidente riesgo de estallido. En el anterior asomo, a propósito de Neo, se trató aquí exactamente ese proceso de hiperinflación contenedora de naderías ontológicas y sus riesgos. Hace escasas fechas el director español Víctor Erice se declaraba en rebeldía frente al inexplicable golpe de estado que el guión ha dado sobre el cine: el libreto se ha convertido en una especie de plan industrial del que el posterior rodaje ha pasado a ser mera ejecución. Esta subordinación del hecho cinematográfico respecto al literario no está relacionada con una preeminencia de un lenguaje sobre el otro, sino con el modo en que el guión es reflejo y resumen de una estrategia comercial, es decir, en él se contienen los elementos que el ejecutivo de cuenta de la compañía habrá de certificar para conceder su plácet al rodaje en función de sus expectativas de beneficio y coste.

Colmatación y horror vacui


Acaba de reeditarse en DVD

Y la política del directivo suele ser similar a la que se ha impuesto en los medios de comunicación escritos, la del contenedor: un parchís, un reloj, una colección de cucharas, un suplemento de mujer, otro de ciencia, una pieza del Ajedrez de los Reyes Católicos, un DVD y un cenicero conmemorativo de la Pedida vienen con el periódico del domingo. Del mismo modo, un poco de sexo, mucha acción, unas dosis de comedia gruesa, más acción, un poco de moralina, un poco de intriga, más acción y un tanto de trascendencia son los ingredientes inexcusables de todo producto que aspire a una financiación abundante. No hay un público objetivo, sino que el objetivo es el público, así entendido, como la masa que vaticinaba la Escuela de Frankfurt o la turbamulta inaudible a la que hemos sido reducidos, inermes e incapaces del derrocamiento o la subversión, si quiera en un sentido meramente cultural.

El procedimiento de llenado es común al momento social. Los asuntos de moda, la publicidad, el discurso político y la música convenidos impregnan todos los espacios de la vida social, a lomos de la ubicua naturaleza de los enfebrecidos medios. Como si un espacio no expuesto a la lluvia fina fuera tenido por germen de una insociabilidad grosera y autosatisfecha. El miasma resultante empapa de significaciones triviales el espacio todo, de modo similar a como el cine hoy llena de interpretaciones confortables los minutos de proyección, sin dejar un espacio a lo inaprensible, lo que no tiene nombre.


Víctor Erice, en una práctica en desuso

Es lo que Erice llama "la fatalidad del guión", que describe la degradación sufrida por el libreto, ahora convertido en "un instrumento de transacción y cálculo". Quizá este repentino proceso de agotamiento de lo que se antoja inacabable tenga que ver con el modo en que la Historia se acelera, ya saben, y por eso el arte más joven, el cine, es también el que más rápido envejece, el que ha ido quemando edades a mayor velocidad hasta el punto de ver en cierto modo desvirtuada su naturaleza más singular, la de ser la primera arte drásticamente popular, un cetro que ni siquiera el teatro podría haberle reclamado. A la postre, esta peculiaridad, que lo hizo depositario de la atención de los intelectuales durante todo el siglo XX, mutó el arte en maña, quizá también porque su destino dejó de ser el pueblo, la sociedad civil, y pasó a ser la masa, disfrazada de diversidad para no verse homogénea. Lo que quiso ser safari se tornó circo de pulgas, y el imprevisto ataque de la fiera, gesto aprendido por unos jirones de carne.

Pero este ejercicio de sociología sin red quiere evitar ser expresión de desesperanzado cinismo postmoderno porque se pretende una descripción de un proceso, como siempre, reversible. La modernidad que debe salvar el acabamiento del cine, como en tantas otras artes y transcursos, será la del regreso, la vuelta al momento inicial, a la impresión del acontecimiento, al rodaje abierto, preparado pero imprevisible, en el que toda está dispuesto para que brote no por azar sino por provocación, lo inabarcable.


Michael Haneke, tirador norteño

Y así, En construcción (2002), de José Luis Guerín, Rosetta (1999), de los hermanos Dardenne, El sol del membrillo (1992) de Víctor Erice, A través de los olivos (1994), de Abbas Kiarostami, Blow Up (1966), de Micheangelo Antonioni, Caro Diario (1994), de Nani Moretti, Bowling for Columbine (2003), de Michael Moore, La piel contra la piedra (2003), de Julio Medem, Código Desconocido (2000), de Michael Haneke o El desencanto (1975), de Jaime Chávarri, tan diversas como sus padres, son obras porosas, concebidas sin ánimo de colmar el espacio de significación disponible, que respiran y dejan respirar y que se enroscan en torno a un guión al que no permiten que suplante el hecho que hace del cine un arte singular y emocionante: la aprehensión de lo inasible.

Una contestación a esa cartelera llena de la muchedumbre de títulos en los que la disputa entre una emoción diseñada y una enseñanza indolora todo lo empapa. Lo barroco, decía el poeta Juan Gil-Albert (al que algún día el sastre o el errador dedicarán mejores laureles), "es el choque provocado de fuerzas opuestas que no consiguen eliminar al contrario. El resultado es esta estabilidad ampulosa de una lucha sin fin que se recarga y adorna para no dejar al descubierto la falta sensible de una verdadera solución racional. Y que, como responde a una necesidad insuperable se convierte también, a su modo, en un régimen de vida y en un régimen de belleza".








pvallin@divertinajes.com
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