20 de noviembre de 2003

El Mesías y la parábola del holograma


¿Eso es una sotana? ¡Es una sotana!

"Hay quien se pone unas gafas de sol
por tener más carisma y sintomático misterio"

(Bandera Blanca, de Franco Batiatto)

Entre los inescrutables hallazgos por los que discurre la ciencia hay algunos cuyo arcano los aproxima a la magia. Uno de los más llamativos, y también más inútiles, es el holograma, esa irisada imagen en la que se aprecia de forma indubitable un volumen que reacciona incluso al cambio de punto de vista. En realidad sólo es impostura, pues su superficie es completamente plana y su profundidad es sólo ilusión.

Algo de esto envuelve la verde trilogía fantacientífica de los hermanos Wachowski, de la que acaba de llegar a los cines su episodio final, Matrix Revolutions (2003). La serie se pretende el acabose de la ciencia ficción finisecular y una respuesta a cuantos se quejan de la frivolidad del cine de efectos especiales, y tan es así que resulta difícil concebir un guión más trascendente, cargado de locuciones apocalípticas, que el que han firmado estos esquivos hermanos. Esa presunción de hondura debería garantizar la existencia de discursos paralelos que permitieran al espectador varias lecturas, hallar diferentes niveles de significación, más allá de evocaciones más o menos reconocibles de mitos culturales, filosóficos y religiosos. Sin embargo, la presunta profundidad de Matrix, como la del holograma, se desvanece en un examen al detalle.

Largamente se habló en esta página del propósito del cine de ciencia-ficción de sacar al individuo de su hábitat espacio-temporal para desnudar la naturaleza de sus conflictos mediante un marco extraño, metáfora muchas veces de la deriva moral del hombre moderno. Títulos paradigmáticos por su capacidad para proponer lecturas trascendentes son 2001: Una odisea del espacio (1969), de Stanley Kubrick, Solaris (1972), de Andrei Tarkovski, y Blade Runner (1980), de Ridley Scott, y a ellos acuden sin disimulo los Wachowski para dar más volumen a ese relleno de viento con el que han trufado su sucesión de coreografías de kung-fu ralentizado. Especialmente significativo es el saqueo de la película de Kubrick (hay algunas citas visuales muy explícitas en este tercer episodio), pues aquella lograba toda su eminente carga filosófica mediante un lenguaje puramente cinematográfico, sin apenas diálogos, mientras que el robusto Morfeo, que interpreta Laurence Fishburne, está adornado por una locuacidad contumaz en la que toma cuerpo la homilía profética que vertebra el relato.


Inequívoca cita a la robótica nipona

La física de la metafísica

Es curioso apreciar cómo las críticas sobre la última película de la serie, cuyas consideraciones hacia ella son diversas y van de lo encomiástico a lo denigrante, sí han coincidido en señalar la presencia de referencias filosóficas y religiosas por doquier. Pero en la docena larga de artículos consultados, sus autores, de diverso pelaje, procedencia, formación y edad, despachan el asunto con la sola mención de estos elementos, deteniéndose apenas en el tipo de citas místicas o metafísicas se apuntan y dejando de lado qué intención les dan los guionistas a las secuencias en las que saben lo que hacen o dicen sus personajes, que, todo hay que decirlo, no son todas los que componen la trilogía.

El apellido de los directores sirve el primer indicio de por dónde van a ir los tiros (sic) y el hecho de que la Ciudad Heroica en la que resisten los últimos humanos lleve el mismo nombre, Zion (Sion), que la antigua fortaleza de los jebusecs, en la colina oriental de Jerusalem, recuperada para el pueblo judío por el Rey David, aporta la evidencia incriminatoria que marca el camino subsiguiente. Sionismo, sí, a troche y moche, con un final de judío converso al cristianismo, en el que Neo ofrece su sacrificio, en perfecta crucifixión, para redimir por igual al oprimido pueblo judío, habitante de Sion, y al déspota Imperio Romano, la civilización de las máquinas, que había conquistado para entonces todo el mundo conocido. Sin ánimo de incordiar, la iglesia de los seguidores de aquel Jesús terminó por institucionalizarse dentro del Imperio, hizo de Roma su capital y se apartó de los judíos, que prefirieron seguir esperando a otro Mesías, así que cabe colegir que, finalmente, la inmolación de Neo convirtió más a las máquinas que a los hombres. Que a la novia del Redentor le llamen Trinidad (Trinity, interpretada por Carrie Anne Moss) no se sabe muy bien si quiere ser un chiste o es otro ejercicio de funambulismo intelectual.


Neo en el Cadalso

Pero las citas judeocristianas, aunque dominantes, no son las únicas ideas trascendentes que rellenan este bollito, y como la saga arranca de la estética y la ética del anime japonés -y si hablábamos de saqueo al referirnos a Kubrick, Mamoru Oshi podría reclamar derechos de autor por el expolio del que ha sido objeto su brillante fábula futurista Ghost in the Shell (1995)-, también se mezcla el asunto mesiánico con una versión amansada de las tradicionales interpretaciones dicotómicas orientales, si bien los Wachowski tienden a confundir la complejidad y riqueza de la naturaleza dual de todas las cosas con un simple maniqueísmo. De este modo, por encima de la disyuntiva establecida entre hombres y máquinas, se dibuja una aún más visible entre la emoción y la razón, la fe y la lógica, planteada siempre en términos de elección que ha de resolverse en todo caso hacia el primer emistiquio. Entre tesis (fe-emoción) y antítesis (razón-lógica), se impone siempre una, la primera, lo que descarta una eventual síntesis, algo que queda patente en cada intervención de Morfeo y que de por sí sitúa el patrón de evolución filosófica de los autores muy antes de la aparición de la hegeliana dialéctica de la Historia.


El Elegido ve la Luz, la Verdad y la Vida

Todo ello conforma un cuadro bastante desalentador, asaz reaccionario, en el que la esperanza de una humanidad atemorizada por la inicua dictadura de las máquinas es depositada, no en la inteligencia, la organización, la reflexión, la historia o el saber, sino en el credo de una secta de la que Morfeo es el Sumo Sacerdote (su ininteligible plática ante las hordas bailonas de Sion en el segundo episodio, Matrix Reloaded, resulta ejemplar, en este sentido) y que somete la suerte de la especie humana a la actuación de una Providencia que este primer apóstol ve en todo cuanto le rodea. Que finalmente el destino de todos se resuelva a puñetazo limpio y que toda la gnosis del Mesías sea el dominio de las artes marciales, es decir, el recurso a la fuerza, se antoja inevitable, dado el sesgo ultraderechista de los avíos ideológicos que sostienen la peripecia.

La antítesis del héroe


Morfeo, en el Sermón de la Montaña

Tampoco se ha encontrado, entre tan sesudos y apasionados análisis como la trama épica de Matrix ha suscitado, una interpretación ajustada de su personaje principal, el salvador Neo, grave y espiritual, que le cae como un guante, todo sea dicho, a Keanu Reeves, dado su físico poco expresivo y manifiestamente asexuado. Contra lo que se asegura alegremente, Neo no es un héroe, y la naturaleza de su arquetipo dista mucho de ajustarse a ese patrón. El héroe es un hombre común llamado a un destino superior, un igual que debe superarse para obrar hechos prodigiosos en contra de lo que el destino le tenía reservado. Por el contrario, el Mesías está predestinado, posee poderes que ignora y que lo hacen diferente a los demás y no se sobrepone a su destino sino que lo ejecuta. Una sencilla comparación con cualquier héroe tradicional de relato de quest arroja estas evidencias. El héroe se interpone en los designios del destino casi de forma azarosa, lo que le embarca en una aventura para la que, en principio, carece de condiciones. Será la propia gesta la que le haga crecer y convertirse en el salvador de otros, de una comunidad a la que luego se reintegra.

Por seguir pegados a la cartelera, Frodo Bolsón se cruza en el camino entre el anillo de poder y su amo, Sauron, y se ve forzado a convertirse en héroe pese a no estar predestinado a ello y carecer de los atributos objetivos que tan peligrosa misión requiere. El joven jedi Luke Skywalker se rebela contra su destino, que es convertirse en sucesor de su padre al lado del siniestro Emperador, y consigue decidir su propia suerte y así redimir al patriarca. Tanto el pequeño hobbit creado por Tolkien como el héroe galáctico pensado por George Lucas asumen la tarea que les ha sido encomendada, saben lo que deben hacer, aunque teman hacerlo y duden de su capacidad para completar su cometido. Neo, por el contrario, no entiende la naturaleza de su misión y, si bien asume que su objetivo es salvar a la humanidad, gira consultas semanales al Oráculo para que vaya marcándole el camino, una senda cuya arbitrariedad asumen el Elegido y sus Apóstoles (entre los que, por cierto, hubo un Judas llamado Cifra), pero para la que se requeriría explicaciones más juiciosas si se pretende mantener la coherencia de la narración fílmica.


No es Gene Kelly, sino el Anticristo

Lo arbitrario de las distintas acciones y exégesis de los personajes vinculados a los designios de la Providencia, unido a la martilleante insistencia de Morfeo en la predestinación provocan un encogimiento de hombros del espectador, irremediablemente alejado de unos acontecimientos que suceden sin una lógica interna que los anime y cuya resolución carece de emoción pues, como una y otra vez repite el catequista de las gafas de sol, "todo está escrito". La participación en la trama principal de Merovingio, Perséfone, el Maestro de Llaves o el Ferroviario no tiene justificación y parece un capricho, una ocurrencia de mal director de partida en un juego de rol.

En sustancia, la diferencia entre héroe y Mesías es que los relatos del primero tienen, como toda la tradición oral, afán de enseñanza, es decir, impulso para convertir al niño en hombre mediante la asunción de responsabilidades para las que no se siente preparado. Una historia tan vieja como el mundo. Bien al contrario, la misión del Mesías es redentora: limpiará de culpa a unos y otros para fundar un nuevo dogma basado en valores y creencias de nuevo cuño. El héroe ilustra un proceso biológico, la pubertad, y por eso puede haber muchos héroes, que no lo serán hasta haber completado la misión. El Mesías, que existe desde incluso antes de su nacimiento, se vincula con un destino de jerarquización social basado en la superstición y, cumplido su cometido, se convierte en guía de su pueblo, al que dirige, en palabras de Martín Cué, "en cuerpo material o místico". Y por eso sólo puede haber uno.

Ciencia y consciencia


Vista cenital del Valle de Lágrimas

Para completar el refrito, los Wachowski han incluido unas cuantas metáforas científicas, quizá los mejores hallazgos de la historia, usadas también con pretensión de trascendencia. La primera y más poderosa fue la sublimación del relativismo de la percepción: el mundo real no existe, no es más que un complejo programa de ordenador, y la libertad sólo es una fantasía de esclavos conectados a incubadoras en vastos campos en los que se cultiva hombres.

Reventada esta primera gran alegoría, parecía que no cupiese más sorpresa, pero en las secuelas se contienen nuevas paradojas que desarrollan con buen criterio la idea inicial: al igual que Neo y sus Apóstoles pueden violentar las leyes físicas que imperan en Matrix por no ser un mundo real, los programas fuera de control se manifiestan como fenómenos paranormales: extraterrestres, vampiros y fantasmas no son alucinaciones de una mente enajenada, sino programas díscolos que se niegan a ser suprimidos. En la misma línea, la corrupción de un programa, Smith, lo convierte en un peligroso virus informático, con capacidad de reproducirse a sí mismo en número ilimitado, tal como ocurre con los virus tipo gusano, que emplean los correos electrónicos para reproducirse de forma exponencial. Y réplica del metabolismo de un tumor maligno que amenaza con destruir Matrix.


Smith, un antivirus convertido en virus

A estas ciber-paradojas se une la sugerente idea matemática, insuficientemente explorada por sus autores, de que el Elegido y la Profecía en sí misma no son más que una creación del propio sistema para asimilar la minoritaria disidencia entre los humanos conectados a Matrix, una fórmula para evitar que su propagación acabe con la superestructura ideada por los cerebros electrónicos. La Profecía no es sino una purga de la subversión, Neo vive pues su sexta reencarnación y su existencia como variable de ajuste implica que la evolución de Matrix no avanza de forma lineal sino que progresa mediante ciclos, variedad contemporánea, esta vez sí, de la dialéctica de la Historia. Lo que no explica el Arquitecto, en la farragosa escena que cierra Matrix Reloaded, es cómo opera esa variable de ajuste para evitar que el sistema sucumba.

La alusión a la sexta reencarnación confirma el paralelismo antes establecido con Cristo, pues según una corriente de sabiduría proveniente de la India, Dios se ha encarnado hasta nueve veces en un hombre/mensajero. Krishna, Abraham, Moisés, Zoroastro y Buda son los cinco primeros, de modo que Jesús, como Neo, es el Sexto Enviado de la Divinidad para salvar a los hombres. Sabios vinculados a los Libros Sagrados de los Vedas mencionan a Jesús como el Décimo Avatar (que en sánscrito se identifica con "el que baja y transita") del dios Vishnú. Siendo las cinco primeras una sola, por tratarse de encarnaciones no humanas, también en esta tradición del gnosticismo oriental Cristo es la sexta forma de la deidad.

Una idea tan vigorosa e inquietante es devuelta al maniqueísmo antedicho cuando se explica que el Redentor y el virus Smith son las dos partes de una "ecuación balanceada", otra de las muchas formulaciones sugerentes que son enunciadas sin desarrollo ulterior en esta densa y anárquica fábula cibernética.

Atavío o substancia


Levitación trascendental

El sesgo ultraderechista y nihilista de la filosofía que propugna Matrix está muy relacionado con un nuevo eclecticismo cultural que se limita a sumar influencias, sin destilación. Eso significa que lo más seguro es que sea indeliberado, pues parece plausible que los Wachowski padezcan ese tan extendido mal de acceder a multitud de contenidos culturales, filosóficos, científicos y morales sin instrumentos críticos para extractarlos, para sublimarlos. Por eso el pastiche científico-religioso que resulta carece de la coherencia que sí posee, por ejemplo, el universo tecnológico y místico de Star Wars; no en vano George Lucas es especialista en Historia Antigua y Antropología. Pero esa inexistencia de intención no remedia los riesgos de una propuesta narrativa como la de Matrix, en la que las conquistas de la razón son arrolladas por los siniestros atributos de la superstición y la fuerza.

El fanatismo de la trilogía de los Wachowski parece más un adorno metafísico mal construido que la expresión deliberada de una pretensión de trascendencia. La impostura filosófica de la saga empaña la valoración del conjunto, aunque no limita su capacidad de influir, como de hecho ya está haciendo, en la estética del cine actual. Al cabo, la hermosa caligrafía de su prestidigitación visual, lejos de confortar, inquieta, pues es empleada para fomentar la abdicación de la razón precisamente en estos tiempos oscuros, medievales, en los que la inteligencia y el conocimiento sucumben bajo el paso marcial de los iluminados y sus discípulos.









pvallin@divertinajes.com
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