13 de noviembre de 2003

El advenimiento de Adam Smith


Ejemplo de hiperproducción

Cada vez que un polemista cinematográfico como los que aquí se pretende formar ve cuestionadas sus posiciones con argumentos artísticos o fílmicos sólidos, acude sin dudarlo al bastardo, eficaz y democrático aval de la mayoría, si es que la pieza a defender (sabrán perdonar este galicismo en la construcción, uno siempre ha tirado al afrancesamiento) ha recibido tal bendición. Es una táctica legítima, a la que esta misma página apela en ausencia de mejores basamentos, si bien se acaba en sí misma debido a su axiomática naturaleza: el mundo es así. En realidad se habla de democracia, de leyes de mercado (hace tiempo que se ha convenido que ambos conceptos son indisociables), bien a pesar de que las cualidades del producto cinematográfico no se rigen por principios de oferta y demanda al uso: una sudadera no cuesta lo mismo que una chaqueta de piel, pero una película como El mariachi (1992), que ya explicamos que costó rodarla unos 3.000 euros, cuesta 5 euros en taquilla, lo mismo que Matrix Revolutions (2003), cuyo catering probablemente haya costado cien veces lo que toda la película de Robert Rodríguez. Es decir, que el precio no está en función de calidad o coste del producto ofrecido. Sin embargo, la tecnología ha empezado a cambiar eso. Un poco.

Metido en una materia de la que uno es profano, los asesores explican que en el mercado de las películas "la variable de ajuste es el tiempo en cartel", dicho de otro modo: cuando una cinta no gusta, recauda menos, pero no porque la gente pague menos por verla, sino porque menos gente paga por verla, y así aguanta menos días en cartelera. La propia conclusión a partir de este principio económico es que el "producto" que se paga con el precio de la entrada es la entrada, el acto de entrar. Lo que se vende es el acceso a la sala, que siempre vale lo mismo, y no la película. Los exhibidores venden "estancias" de hora y cuarto (las películas de Disney) a dos horas (hasta tres y cuatro en casos cada vez más frecuentes, como los episodios de El Señor de los Anillos o Harry Potter) a precio unitario. Por eso la tarifa sólo cambia en función de la sesión (día del espectador, sesiones de madrugada, matinales), nunca en virtud de la película. Es, diría un economista, un mercado de oferta, en el que cada título debe generar su demanda, que no existe a priori.

Vicios en el mercado, mercados del vicio


Larga vida en vídeo (o DVD)

Hace tiempo que uno protesta por esas condiciones, porque a veces una sola sesión en una sala suma más recaudación de la que la obra merece en su conjunto y para siempre, mientras en otros es difícil pagar el enriquecimiento personal o el buen rato que el título en cuestión ha proporcionado. Pero la única expresión personal de rebeldía factible ha sido una severa reducción de las visitas a la sala oscura y una redistribución de ese capital hacia la adquisición de películas en propiedad. El efecto psicológico que se sigue es que va perdiendo enteros la película en tanto experiencia (lineal, fugaz e irrepetible), y los gana como obra (legible en varios sentidos, vivida bajo diferentes prismas y capaz de someterse al más fino escrutinio). Pero esos cambios, que afectan a la materia y método con los que se construyen las películas, merecen su propio análisis en mejor ocasión.

Esta injusticia, que el satén cueste lo mismo que el esparto, se ve acrecentada por el conocido problema del acceso a salas: los distribuidores de un gran éxito pueden imponer, y de hecho imponen, la exhibición de un montón de películas de calidad diversa y difusa, que el propietario de la sala proyectará para no quedarse sin el hit de la temporada. "Hoy si tienes El Señor de los Anillos, puedes imponer lo que quieras", explicaba al que esto firma un empresario del sector de la producción y distribución en España.

Hasta ahora, la escasa trascendencia relativa de la comercialización de películas en formato doméstico había prolongado esta condición del precio único, y durante años el cine ha sido editado en VHS a 2.995 pesetas la pieza de estreno reciente, y 1.995 los clásicos o las llamadas series medias, en una política calcada de la que funciona en el mercado del disco.

Mercados nuevos (no confundir con nuevos mercados)


Tesoro de New Line Cinema

La aparición de los formatos digitales y la mejora en la calidad de los reproductores de imagen y sonido dispararon el interés del público en general por los reproductores de DVD y los sistema de sonido denominados Home Cinema, así como por los televisores de 100 hertzios, los de formato panorámico, las pantallas de plasma e incluso los nuevos proyectores domésticos, que de todo hay. El floreciente mercado de las películas en soporte redondo y digital no trajo mayores novedades en cuanto a la política tarifaria de las distribuidoras y, en todo caso, la diferencia de precios se sigue rigiendo por la antigüedad de la película y, como mucho, el lujo de la edición.

La inalterabilidad del soporte, cuyo contenido sobrevive al maltrato del usuario más mostrenco (salvo que haya intención expresa de dañarlo), ha abierto un mercado que pocos sospechaban que podría florecer: el de las copias de segunda mano. Los tímidos intentos de montar mercados de material usado con las películas en VHS habían tropezado con el inconveniente de la mala vida de las copias, que con pocos visionados se llenaban de rayas como el lavabo de un pub en nochevieja.

Justicia poética o algo parecido

Sin embargo, contra todo pronóstico, el mercado de los DVD de segunda mano ha escapado al control de sus promotores, entre los que ya se encuentra (además de los consabidos puestos de mercadillo) alguna de las principales cadenas dedicadas al alquiler de vídeo y a la compra e intercambio de videojuegos. Al menos, ha escapado de la dictadura en el establecimiento de precios basada en el único criterio que parece regir el mundo actual (que no moderno): el de la novedad.


Sionismo musical

Aunque, en origen, los precios del material de segunda mano se venían fijando en virtud de la antigüedad del título y del estado de conservación del estuche (lo normal es que el vendedor garantice el estado de la copia), repentinamente, una demanda díscola ha terminado por imponer una dinámica mucho más liberal, en la que la falta de gancho de determinados títulos tira de sus precios hacia abajo.

La entrada de las grandes empresas en este mercado, aún testimonial, es significativa. Las cadenas de venta, alquiler e intercambio de videojuegos conocen bien cómo funcionan los mercados de segunda mano del DVD porque no deja de ser un formato primo hermano del CD-Rom y DVD-Rom que emplean los fabricantes de ocio electrónico. A esta evidencia se suma la identificación de un cliente de características similares para ambos productos y la posibilidad de diversificar la actividad comercial sin ninguna inversión adicional.

En el caso de las cadenas de alquiler de vídeo (esa que están ustedes pensando), su obsesión por disponer de suficientes copias de cada título para las semanas del lanzamiento obliga a dar salida a tan elevado stock con mucha rapidez: hay que dejar sitio a los nuevos lanzamientos, y la mejor manera de deshacerse de las copias de más es venderlas, porque permite reestructurar rápidamente el catálogo subordinándolo a lo más nuevo. Tan así, que hace escasas semanas una conocida franquicia del sector (esa) ha inaugurado una sección y una marca en sus establecimientos denominada "trueque", en la que que ya no solamente venden sus copias, sino que compran las películas viejas del cliente, para ponerlas a la venta después. Una prueba inequívoca de la trascendencia que empieza a tener este mercado.


Cayó de la cornisa

En él, no es difícil ver cómo las películas de dibujos animados usadas mantienen un precio muy próximo al de la copia nueva, que a su vez se muestra resistente a bajar de precio pese al paso de varios años desde el estreno, mientras películas nuevas y que se presumen comerciales se precipitan por debajo de los 10 euros (poco más de un tercio del precio de la copia nueva) cuando han transcurrido apenas seis meses desde su estreno en salas. Por ejemplo, el meritorio musical de animación de Dreamworks El Príncipe de Egipto (1998) conserva hoy el precio de su lanzamiento hace cinco años para la copia nueva (entre 23 y 28 euros, según el establecimiento) y apenas baja por debajo de los 20 euros en copia usada. Por el contrario, el penoso Daredevil (2003), de Mark Steven Johnson, hace semanas que se puede encontrar a menos de 10 euros.

Esta situación de aparente descontrol está empezando a introducir una suerte de orden en el sector. El hecho de que prime el interés de la demanda sobre la voluntad de la oferta en el establecimiento de precios está relacionado con la urgencia con la que la aludida franquicia debe deshacerse de las copias de más. En el negocio más tradicional de comercialización de películas, la existencia de un catálogo importante es un valor en sí misma, lo que permite mantener un precio determinado al margen de que provoque un escaso movimiento de ese título en particular. Pero cuando se trata de hacer sitio, los precios se someten con mayor flexibilidad a la voluntad y criterio del potencial comprador.

El mercado tiene la ocasión así de corregir lo ocurrido en las salas, donde uno se da cuenta de la moto que le han vendido cuando ya ha pagado la entrada. De este modo la promoción y no la calidad es la que condiciona el resultado del primer fin de semana, único objetivo trascendente en las newtonianas mentes de los contables de las distribuidoras. Y así nos va. Tras esta estafa, observar cómo la copia de segunda mano se desploma en la tabla de cotizaciones es una magra recompensa. Pero contra los imperios, la más modesta victoria proporciona el grato regusto de la más melodramática venganza. Al buen polemista nada ofrece más sosiego que tener razón.








pvallin@divertinajes.com
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