30 de octubre de 2003

La multiplicación de los panes


¿Pone 20th Anniversary?

El mínimo común múltiplo de cinco y seis es treinta. Algo que parecen ignorar los envasadores de salchichas y panecillos, que pretenden que adquiramos nada menos que tres decenas de perritos calientes para que nada sobre. Y claro, treinta es un mes de menú monocorde para un célibe, un periodo que a todas luces supera la cicatera caducidad del bollito de pan fresco. Ignorante como es uno en matemáticas, y en tantas otras cosas, entiende el proceso del mínimo común múltiplo como el denuedo por encajar, la búsqueda de la convivencia mediante la técnica del ensayo-error expansivo: aún no casamos, crezcamos. Tener que calcular un mínimo común múltiplo es tratar de buscar la coexistencia a través del propio aumento, ya seas salchicha o panecillo. Bien al contrario, el máximo común divisor es una introspección en el alma de la carne roja para hallar una esencia compatible con el pan. Pero, siendo loable, la coincidencia universal no es posible (en matemáticas, la busca de un mínimo común múltiplo universal supongo que tiende a infinito, y la del máximo común divisor es uno, o sea, la soledad), así que no se entiende muy bien este esfuerzo por buscar el mínimo común múltiplo de la obra cinematográfica, como si para cada generación debieran expandirse los clásicos. Y ahí está Alien, el octavo pasajero (1979) en un director's cut (en estas tierras suele traducirse como el montaje del director) que da a entender que el anterior cut no fue decisión de Ridley Scott, sino de los montadores Terry Rawlings y Peter Weatherley, que trabajaron por cuenta propia o de los productores Gordon Carroll, David Giler, Walter Hill, Ivor Powell y Ronald Shusett. Porque los director's cut son expansivos, rara vez buscan un denominador común.


Vuelve el bicho

El asunto es grave porque, aunque hay casos de películas que efectivamente fueron montadas y presentadas al gran público contra el criterio del director, a menudo las presuntas mutilaciones mejoraron el resultado final. El famoso reestreno de Blade Runner (1982), la otra obra mayor de Ridley Scott, con un nuevo montaje que recuperaba el final originalmente concebido y suprimía la hermenéutica de la voz en off impuesta por la productora, es una excepción, no porque mejore el producto original, asunto sobre el que hay opiniones para todos los gustos, sino porque efectivamente es un caso legítimo de ajuste de cuentas del director con su obra. En cambio lo de Alien tiene una explicación más dudosa. Estrenada originalmente en 1979, su director volvió sobre las escenas eliminadas para la edición de un DVD especial XX Aniversario, que salió al mercado, claro, en 1999. En el disco se incluyen, además de varios reportajes, una serie de descartes con explicaciones de los motivos por los que no fueron incluidos en la copia que finalmente llegó a los cines. Con la mejor disposición, hubo quien regaló a un fan la que podría considerarse edición definitiva de la obra y que ahora resulta ser sólo una versión más dentro de una cadena de múltiplos que buscan comunes en la nueva era.

Revisado y ampliado


Otro corte

El fenómeno es, además de irritante, caro. El fetichismo al que han lanzado a los cinéfilos los nuevos formatos justifica la producción de ediciones especiales, incluso la revisión parcial de algunos títulos (por ejemplo, las reconstrucciones de clásicos del cine mudo). Pero hay muchas formas de presentar una nueva edición, y los libreros saben bien de qué se trata: tapa de lujo, prólogo del cátedro mengano, traducción de perengano y anotaciones del crítico fulano. Así, está el caso citado de películas que vieron cercenadas las intenciones de su autor y que merced a los nuevos formatos disfrutan de una segunda oportunidad.

El inventor de los ingresos extra-taquilleros, George Lucas, ideó una fórmula magistral hace diez años para averiguar si su trilogía galáctica aún tenía público, y de paso recaudar unos dinerillos que pagasen el capricho. Empezó por reeditar, en 1993, su trilogía clásica en vídeo, pero esta vez con formato panorámico y nuevo sonido digital. Después, ya en 1994, comenzaba a escribir los nuevos capítulos al tiempo que pulsaba el estado de los efectos digitales corrigiendo varias escenas de los tres primeros episodios. El resultado de esta operación de cosmética sirvió para volver a comprobar si el público finisecular experimentaba la misma admiración por las aventuras de la rebelión espacial en la pantalla grande que el de veinte años antes: la estrategia salió bien y las películas con escenas añadidas recaudaron más que en su estreno: un perfecto test para confirmar que existía hambre de Star Wars.


Tres de cuatro... hasta hoy

Por supuesto, esta revisitación de la trilogía fue editada en vídeo, con lo que llegaba al mercado la tercera versión de las mismas tres películas y esta vez, además de los lujos de la anterior edición definitiva, se incluían las nuevas escenas.

La coda de esta breve historia de la explotación en formato doméstico de La Guerra de las Galaxias es el lanzamiento de la trilogía original en DVD, que se demorará, según anunció el productor Rick McCallum, al menos hasta 2005, pues la atención del estudio Lucasfilm está puesta ahora en los nuevos episodios. El rumor apunta que se está rodando nuevo material para esta reedición de las películas clásicas, de modo que sean, de nuevo "la versión definitiva"; y van cuatro. Y todas han pasado por los anaqueles del CinExín.

Menos descarado pero igual de irresistible es lo que hace Peter Jackson, director de la trilogía de El Señor de los Anillos: cada uno de los tres títulos es editado en una "copia estándar", idéntica a la estrenada en salas, pero con un segundo disco de extras. Pero también se comercializa una "edición para coleccionistas", con un estuche especial, una versión unos 40 minutos más larga de cada película y más de seis horas de documentales sobre el rodaje.


Cincuenta euros (aprox.)

Jackson no dice que la versión larga es la que prefiere o que los productores nunca hubieran estrenado las películas en un formato de casi cuatro horas y se niega a denominarlo director's cut, argumentos comunes en los directores que quieren justificar un nuevo montaje. El director neocelandés se confiesa comprador compulsivo de películas en formato DVD y devora todos esos contenidos que se añaden a la película original. Entiende por ello que el disco digital tiene suficiente entidad en tanto formato como para entender que supone una forma nueva y distinta de ver películas: el público que las contempla en su casa tolera sin molestia mayor metraje y, en tal sentido, las consideraciones de ritmo narrativo que valen para el cine son distintas de las que rigen para el DVD. De hecho, las ediciones extendidas de sus películas no se limitan a incorporar nuevas escenas, sino que son montadas íntegramente de nuevo en función del mayor metraje y de los elementos que se añaden a la trama. El resultado es, como diría mi buen vecino Martín Cué, una película diferente. Acaso mejor.

Pero no todos los casos son tan lustrosos. El mismo Francis Ford Coppola explicaba, justificando su edición especial de Apocalypse Now (1979) para el reestreno en Cannes, retitulada Apocalypse Now Redux (2001), que el montaje de la copia original fue ultimado de forma apresurada y fortuita, como tantas cosas de esta producción, realizado a 48 horas del Festival de Cannes de 1979, para el que había comprometido el estreno de la película. Coppola decidió revisarlo y ampliar el metraje con alguna de las escenas que consideraba necesarias para entender mejor a los personajes. Sin embargo, el resultado con casi 50 minutos más, apenas eleva o matiza las consideraciones que provoca el original.


En noviembre a la venta

En medio de este aluvión de películas crecientes, parece descartado reconocer que uno ha sido llevado por la incontinencia y que una versión menos generosa en duración sacaría más provecho de muchas películas. En tal sentido, sería bueno que algunas veces el director's cut (literalmente, el "corte del director") fuese eso: una versión recortada. Quizá de Matrix Reoladed (2003) sea imposible sacar una gran película, pero es seguro que con un montaje más riguroso (unos cuarenta minutos menos) el resultado sería notablemente mejor.

Algo muy similar a lo que se podría obtener de las dos películas estrenadas hasta la fecha de Harry Potter con una buena poda. La vanidad, hinchada por los premios, no tolera tan osada pretensión.

Lucas cita con frecuencia esa máxima que atestigua que una película, como una novela, nunca se acaba, sencillamente se abandona. La frase es coartada perfecta para que todos estos artistas, devoradores de las entrañas de nuestros raquíticos salarios, nos mantengan pegados al estante de novedades en DVD esperando la nueva versión definitiva de cada uno de nuestros títulos talismán. Pero, como todo buen pretexto, es en realidad una mayúscula mentira: sólo el pintor inhábil vuelve sobre el lienzo cuando ya no hace falta. El verdadero artista a menudo prefiere desertar de la creación antes de matarla con una pincelada de más.







pvallin@divertinajes.com
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