23 de octubre de 2003

Hacia una teoría cuántica californiana


Producción king size

El tamaño importa. También en el cine. Las diferencias entre una superproducción de los grandes estudios y una película indie no son únicamente una cuestión de dinero o de calidad de los efectos especiales, sino de la substancia y de la predecibilidad del resultado. Cuando hace trescientos años Isaac Newton establecía las bases de la física moderna estaba proporcionando mucho más que una teoría sobre masas y atracciones. El matemático, al compilar las teorías de Kepler, de Huygens y de Galileo en su conocida Ley de la Gravitación Universal, sentaba las bases de uno de los modelos de pensamiento que más han arraigado en la sociedad seglar: el determinismo científico, opuesto al determinismo religioso. Si todos los procesos mecánicos del universo están sujetos a una misma ecuación, el propio destino del hombre no es más que una extrapolación de esa ley multiplicada por la gran variedad de condicionantes a que está sujeto el ser humano: genética, ambiente, familia, cultura, todo obedece a una complejísima ecuación de casi infinitas variables. Pero ecuación al cabo.

Las teorías de Darwin parecían apuntalar esta certidumbre del positivismo científico: todo está escrito y obedece a un principio de causalidad; conforme se consiga interpretar las leyes que han regido el devenir de la historia (sea del cosmos o del hombre) se podrán establecer hipótesis ciertas sobre el futuro. El propio marxismo descansa en buena medida en esta certeza.


Matemático del caos amenazado
por el caos en forma de bicho

Sin embargo, Werner Heisenberg demostró, en su célebre Principio de Incertidumbre, que la mecánica newtoniana no servía para toda la materia: en la mecánica subatómica, los electrones se comportaban con un alto grado de impredecibilidad, que podía ser acotado pero no neutralizado. Dimanante de este principio de la mecánica cuántica surge la Matemática del Caos, conocida popularmente por su enunciado entomo-meteorológico: una mariposa bate sus alas en China y provoca un tornado en Estados Unidos, como líricamente le explicaba Robert Redford a Lena Olin en Habana (1990), de Sydney Pollack o, más austero, Jeff Golblum a Laura Dern en Parque Jurásico (1993), de Steven Spielberg.

Todo lo cual -no teman, no procede de una sesión de lectura científica, sino de una noche de domingo de insomnio y televisión- se resume en una cuestión de tamaño. Los cuerpos grandes, como los planetas, están sujetos al determinismo de las leyes newtonianas, mientras que los pequeños, como los elementos de un átomo, se rigen por la indeterminación de los principios cuánticos. Y por eso la vida en la tierra se mueve en unos parámetros de tamaño muy concretos, que tienen relación con la fuerza con la que el planeta nos atrae y que hacen si no imposible sí muy difícil que un animal supere unas determinadas dimensiones, lo que de rebote nos lleva a la extinción de los dinosaurios, es decir, otra vez a Spielberg.


Física subatómica en b/n

En una palabra, el tamaño del ser humano respecto a planetas y átomos hace que nuestra especie se mueva en un territorio fronterizo en el que se cruzan la dictadura de la causalidad con las incertidumbres del m omento cuántico, dando lugar a lo que los optimistas llaman libre albedrío y los demás denominamos el azar. Y poco más o menos eso mismo ocurre con las producciones cinematográficas: a mayor es su tamaño más sujetas están al determinismo. Es una obviedad que el resultado de una película de alto presupuesto es más predecible que el de una modesta producción de autor o del llamado cine independiente. La primera, por su tamaño, está condicionada por la Ley de la Recaudación Universal, una ciencia exacta en su enunciado, aunque retorcida por la complejidad del proceso industrial y creativo de una empresa tan populosa que la Matemática del Caos puede hacer su aparición en cualquier momento. En cambio, sobre una producción de corto alcance, hecha por el más listo y sus amigos, pongamos por caso Clerks de Kevin Smith, es más difícil anticipar previsiones de caja porque al autor le puede dar por rodar en blanco y negro en un drugstore y a ver quién le dice que no.

Física de la antimateria y antifísica de la materia

Pero vivimos el tiempo de la hibridación, un momento en el que, agotadas todas las fórmulas de creación se practica la copia en modalidades más o menos descaradas, que van desde el remedo, el remake, la revisión o el homenaje hasta la mezcla de dos o más motivos bien conocidos para generar uno nuevo. Un ejemplo claro de esto último es Atmósfera Cero (1981), de Peter Hyams, que bien podría haberse titulado Sólo ante el peligro en el espacio. Esta modalidad combinatoria también afecta a los formatos y su relación con el tamaño de la producción. Ahora se ruedan películas baratas sujetas al determinismo de las superproducciones y carísimos productos de última tecnología escritos bajo el principio de incertidumbre de una modesta película de matinée. Un gozoso y bien reciente ejemplo de esta modalidad es la última encarnación del nuevo gobernador de California, Terminator 3: La rebelión de las máquinas (2003), dirigida por el desconocido Jonathan Mostow, cuya única obra cinematográfica anterior es una cosita con submarinos.


Gestor modelo

La película que Mostow dirige, pero en la que mandaba su actor principal, el republicano electo Arnold Schwarzenegger, se aleja del tono grandilocuente de su predecesora, que fue dirigida por James Cameron, a la sazón recién consagrado, y opta por expresarse mediante el lenguaje de la ciencia ficción de bajo presupuesto con un tono ligero y menos pomposo de lo que cabría esperar. El dramatismo fatalista y un tanto filosófico de T2 es reemplazado por muy medidas referencias al destino en T3, que no distraen del motivo principal del título: la acción futurista. La falta de soberbia con la que el guión se mueve bajo los auspicios clásicos del género hacen que ni siquiera necesite de la tan habitual autoparodia para redimirse. Con un posicionamiento narrativo tan diferente resulta chocante que mientras que las dos primeras películas, después de haber dado la tabarra con la irreversibilidad de los destinos humanos, apuestan por el final feliz sin muchas zarandajas, este tercer episodio se lanza de cabeza hacia una eventual cuarta parte por la vía de la tragedia total. Parece una paradoja pero si lo piensan tiene una lógica aplastante: Cameron está sometido a Newton mientras Mostow se deja seducir por Heisenberg. Por así decir.


Epifenómeno emergente

Más llamativo aún, pero cada vez más frecuente, es el caso inverso: una producción entre modesta y pobre escrita, dirigida y montada como si de un producto de los grandes estudios se tratara, es decir, buscando la comunicación más inmediata, sometida a los dictados de la comercialidad más complaciente. Un caso paradigmático, por lo paupérrimo de su presupuesto y la solícita aspiración de remedo que presidió el trabajo, es El Mariachi (1992), de Robert Rodríguez, una nadería que costó menos de medio millón de las pesetas de entonces (aunque en realidad fueron pesos mexicanos) y a pesar de tan exiguo capital presentaba vistosos travellings y secuencias de acción razonablemente resueltas. Con vocación, dicen, todo se logra, así que el empeño en imitar la más zafia y ruidosa producción hollywoodiense llevó a Rodríguez al éxito y a la serie iniciada con esa película, a crecer en dos episodios más de cuya vaciedad da fe que la tercera parte, la recién estrenada El Mexicano (2003), suponga la puesta de largo de Enrique Iglesias como actor.

El Mariachi, que fue celebrado los noventa como una auténtica innovación por la crítica más postmoderna, anticipa una realidad que la nueva tecnología digital parece llamada a consolidar: que cualquiera pueda hacer cine con unos medios limitados. De acuerdo a la nueva corrección política, esta democratización del acceso es celebrada como algo bueno en sí mismo, aunque trae aparejada una consecuencia menos grata: si cualquiera puede hacer cine, acabará haciendo cine cualquiera. Una evidencia basada en un cálculo cuántico, pero con el grado de certeza de la mecánica newtoniana.






pvallin@divertinajes.com
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