16 de octubre de 2003

En los espacios comunes


Gravedad centrífuga

La sequía mental a la que a veces somete un trabajo que requiere la conjugación de verbos y la coherencia de las subordinadas hace que en días especialmente duros lo que se sienta en el sofá después de la cena sea una suerte de despojo necio e irreflexivo, incapaz de pensamientos ordenados. En esos casos, el que esto suscribe, deposita el cerebro en un armario anexo y se enfrenta a la pantalla sin la prevención de la inteligencia. Para que tal desnudez no cause daños mayores, se practica previa adquisición de una película de alquiler ad hoc, que siempre es menos dañina la más bobalicona de las ficciones que la hiperrealidad televisiva de la trasnoche. Todo esto para decir, no sin cierto rubor, que hace escasos días entró en casa la última película, décima ya, de la simpática serie de los Pijamas del Espacio: Star Treck X: Némesis (2003). Hay cosas peores créanme, aunque no mucho más aburridas.

Sin embargo, horas después, en el reencuentro con el cerebro hallóse éste inquieto como si algo de lo almacenado en memoria le resultara llamativo. No era nada nuevo: ante la inconsistencia de todo lo demás, le dio por pensar que por qué las naves espaciales estaban llenas de pasillos largos y vacíos. Como si el presupuesto se lo hubieran gastado en keroseno y nadie hubiera tenido la prudencia de pasarse por Ikea antes del despegue. Los pasillos, de suelo encerado y casi siempre escasamente iluminados, son una constante en el cine de ciencia-ficción y, de hecho, son un rasgo estilístico propio, pues no existen en proporción e importancia similar en las películas náuticas de las que tan a menudo beben las aventuras galácticas. En el caso de la saga Star Treck, ya se ha dicho muchas veces que la referencia es el cine de submarinos, que en lugar de pasillos tiene una sucesión de compuertas. Los barcos de guerra sí tienen pasillos, pero en ningún caso han desempeñado un rol de importancia dramática. Tal vez los del Titanic inundado y los del Poseidón vuelto del revés sean de los pocos pasadizos con trascendencia dramática en la historia de los barcos cinematográficos.

Función y drama del pasillo


Naves misteriosas o
el vivero espacial

No hay un referente previo de este decorado al que el cine espacial ha sabido sacar tanto provecho. No tiene pues explicación sencilla, puesto que ninguna de las naves espaciales conocidas (cohetes, lanzaderas y estaciones orbitales) poseen pasajes similares; claro que tampoco los ingenios existentes disponen de generadores de gravedad, indispensables para que haya un suelo que pisar, un arriba y un abajo.

Con todo, la finalidad del pasillo en un ingenio espacial, sea nave o estación, poco tiene que ver con la convencional. En origen, el pasillo desempeña funciones de distribución, sirve como espacio común y evita que para llegar de un lugar a otro de un inmueble o un transporte haya que atravesar zonas privadas. Así, en un transatlántico, los pasillos comunican los camarotes entre sí como si de un hotel se tratara y de forma similar a como ocurre en los hospitales. En las instituciones de enseñanza (colegios, institutos o universidades), los pasillos asumen una misión canalizadora de flujos humanos: no se trata tanto de preservar privacidades como de permitir accesos rápidos y masivos de una sala a otra, a la vez que por sus generosas dimensiones son capaces de acoger de forma simultánea a gran cantidad de personas en los necesarios y breves asuetos. Son a las aulas lo mismo que los breves interludios son a las clases, es decir, esponjan el espacio como los recreos de cinco minutos esponjan el tiempo. Los pasillos funcionan en estos edificios como una retícula en cuyos vanos se encuentran las estancias, de modo que la suma de unos y otras colman el espacio disponible.


Estrella de la Muerte

Pero nada de esto hay en los artefactos interestelares. De hecho, la retícula de pasillos de una nave espacial comunica con apenas media docena de espacios, de modo que crea la sensación de que éstos se hallan muy distantes entre sí: no hay nada al otro lado de las paredes de un pasillo. La ausencia de puertas en largos tramos de corredores corrobora esta impresión. Tantos y tan generosos espacios comunes son indicio de abundancia de habitantes, algo que tampoco coincide con el habitual ajuste laboral que parecen haber padecido estos transportes espaciales, sobre todo cuando se trata de pasar miedo.

¿De dónde a dónde van estas galerías? De la sala de máquinas a los compartimientos privados, y de éstos a la sala de mando, la cantina de oficiales, las cabinas de los artilleros, el hospitalillo o la bodega de carga, porque a pesar de estar casi deshabitadas las naves espaciales tienen de todo. Les falta un cine pero sería redundante, porque las naves espaciales son cine antes que ninguna otra cosa. Si antes nos referíamos a cómo los pasillos esponjan el espacio en el mundo real, el espacio exterior es esponjoso en sí mismo y al igual que el universo exhibe su baja densidad alargando los viajes interestelares, las naves que lo atraviesan replican esta cualidad rala.


Pasillo clásico

Este paralelismo es más riguroso de lo que pudiera creerse: en la space opera, en la que los saltos al hiperespacio han reducido las distancias entre sistemas planetarios a minutos u horas (véase La Guerra de las Galaxias y sucesoras) los pasillos no son ni tan largos ni tan atemorizadores, mientras que en la ciencia-ficción pura, en la que los viajeros hibernan para sobrevivir a los larguísimos éxodos (véase la serie Alien o 2001: Una Odisea Espacial) las naves están recorridas por extensas y oscuras galerías llenas de potenciales amenazas. La correspondencia es tal que en las fantasías espaciales como La guerra de las galaxias (Oscar, por cierto, a los mejores decorados) sólo aparecen largos pasillos en la temible Estrella de la Muerte, una estación espacial de guerra que, por sus dimensiones, no puede viajar a la velocidad de la luz y necesita varios días para desplazarse entre planetas. Se trata de un asunto que ya abordamos hace meses de forma tangencial, porque la única conclusión posible es que el sentido de los pasillos en el espacio exterior es meramente dramático. A menudo los viajes por el cosmos son empleados para ambientar thrillers en los que juega un papel fundamental un corredor desde el que acecha un peligro extraterrestre (toda la serie Alien), o en cuya vaciedad se esconde el vacío intelectual (2001: Una Odisea Espacial), moral (Naves Misteriosas y Dark Star), y afectivo (Horizonte final, Solaris, en su más reciente versión) de los personajes que lo ocupan. La ambientación viaja desde la negritud de unos hasta la extrema blancura de otros sin transitar espacios intermedios.

Obsolescencia tecnológica


Viajar en coche-cama

Sin embargo, además de la aportación meramente dramática, los corredores asépticos y oscuros poseen un valor conceptual. Admitida la gravedad artificial son bidimensionales (solo cabe avanzar o retroceder) y encarnan la permanente idea de tránsito, de flujo, muy cercana a la propuesta argumental. El pasillo del thriller espacial es tanto más desasosegante cuanto más incierto sea el discurrir de sus personajes, como ocurría fuera del género en aquel impactante hotel de El Resplandor o más recientemente en el sanatorio abandonado de Session 9, hasta llegar a mutarse en cloaca interestelar (ver Alien3) si fuera menester.

Pero no todo es tan sesudo ni tan deliberado. En la saga Star Treck los pasillos sirven para que los protagonistas corran por pasadizos llenos de curvas en los que aguardan con sus pistolitas espaciales los alienígenas malvados y antropomorfos. Porque en esta serie televisiva hinchada a cine los malos lo son en función de la raza: extraterrestre con cara de malo es malo excepto si viaja a bordo del USS Enterprise, el portaaviones espacial de los protagonistas. Desempeña el papel de minoría étnica que da color a una tripulación multirracial, versión cósmica de la ONU que, como en la terráquea, está controlada por caucásicos, faltaría más.

Volviendo al alargado asunto que nos ocupa, presenta inconvenientes, no obstante, en cuanto a la verosimilitud de su naturaleza. En primer lugar, los decoradores cinematográficos parecen ignorar el horror vacui que aqueja al hombre y que es una propiedad física de la materia. Si la tripulación fuera de verdad humana sería imposible que un pasillo permaneciera durante más de 32 horas sin que alguien abandonara unas cajas, una escafandra o un rifle de rayos cósmicos. Y luego está lo de la limpieza. ¿Por qué no se forman volutas de polvo mientras la tripulación permanece dormida durante un semestre? Si vieran mi casa.


Escasez lumínica

Desde una perspectiva meramente tecnológica, los pasillos -a excepción de los circulares que aparecen en Misión a Marte y 2001- revelan un diseño poco práctico y nada moderno, en el que para ir desde el puente de mando hasta la sala de máquinas o la enfermería hay que caminar durante un cuarto de hora, algo difícilmente verosímil en un aparato capaz de desafiar las leyes de la astrofísica cuando se desplaza entre galaxias. Los largos corredores de las naves espaciales y bases planetarias ni siquiera cuentan con el útil pasillo mecánico que se puede ver desde hace años en los aeropuertos y estaciones de todo el mundo y que funciona mediante el pedestre mecanismo de la cinta transportadora. Después de todo, la pereza ha sido siempre el motor del avance tecnológico, por más que los luteranos se empeñen en demostrar lo contrario. El esfuerzo por movernos lo menos posible ha impulsado la creación de escaleras mecánicas, mandos a distancia, ascensores, aviones supersónicos, trenes de alta velocidad o simpáticos patinetes para herederos. No es razonable pensar que tanto ingenio en la molicie nos acabe llevando al espacio a hacer pasillos.








pvallin@divertinajes.com
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