18 de septiembre de 2003

Abuelito dime tú


El venerable Eric Rohmer

Anda que no habré oído veces que emplear películas, novelas o canciones para los titulares es propio de hominis vulgaris, variedad que en periodismo se conoce como el redactor yesque, en alusión a cuantos encabezan su segundo o tercer párrafo con esa expresión, "y es que", horriblemente coloquial y recurrente que la televisión se ha encargado de imponer al resto de formatos. Pero finalmente uno, como buen rumiante, se ha dejado llevar por la deleitosa tentación de regurgitar su infancia en un título de sabor agridulce, porque alude a la condición añosa y a lo que de ella se deriva. Habrán visto estos días que un poeta desaparecido de la Generación del 27 es homenajeado en el centenario que se cumple y al que por poco asiste. Su ostentosa longevidad fue motivo de gozo en lo humano, pero no debería serlo en lo artístico, pues los últimos años de su vida el rapsoda gaditano se vio convertido en fetiche cultural de políticos y gentes del oropel, abuelo cuyo criterio nada cuenta ni vale, pero que a todos gusta tener cerca siempre que haya alguien más mirando.


Stanley Donen sostiene
al tío Oscar tardío

Tan triste fenecer creativo tiene que ver con los procesos de decadencia que a todo decurso (político, empresarial, afectivo...) atañen. Tiene su reflejo también en la historia del celuloide y de sus géneros y, como es bien sabido, la profunda sima del declive suele ser tanto más honda y oscura cuanto más altas hayan sido las cimas que se han tocado. Es el caso, por ejemplo, de Stanley Donen, responsable de Cantando bajo la lluvia (1952), Siete novias para siete hermanos (1954), Siempre hace buen tiempo (1955), Un día en Nueva York (1949), Indiscreta (1957) o Charada (1963) pero que zanjó su carrera con Saturno 3 (1980) y Lío en Río (1984). El propio Alfred Hitchcock protagonizó sonoros patinazos en la recta final de su carrera, incapaz de lograr una película a la altura de sí mismo después de 1963, año en que se estrenó Los pájaros.


Culmen de la carrera de Donen

Desde un punto de vista piadoso todos debemos celebrar la vitalidad de los maestros que no sólo se empeñan en no morirse, sino que además se mantienen en activo hasta el límite de sus fuerzas, pero bajo el prisma de la aportación creativa no son tantos los que envejecen bien. El director de cine portugués Manoel de Oliveira cumple el próximo diciembre 95 años, ha rodado, sólo en la última década, 12 películas, la última estrenada en España, El principio de incertidumbre (2002), y ya ha completado la producción de otra. Sin que sea una devoción plenamente compartida en estos pagos, lo cierto es que De Oliveira no desmerece con el paso de los años según consenso de la crítica más erudita. Con aún mayor predicamento que el director de Oporto, el galo Eric Rohmer es ya un venerable octogenario, alguno de cuyos mayores logros -ya referidos aquí en varias ocasiones- corresponden a este último lustro de actividad. Elevados sobre un trágico siglo de historia que ha visto el rostro de la destrucción, ninguno de los dos parece sentir vértigo a la hora de afrontar un nuevo desafío artístico.


El maestro Antonioni en un posado

Un caso particular es el de Micheangelo Antonioni que, con 91 años y notoriamente impedido, ha seguido rodando de forma discontinua y venciendo la reticencia de los productores a financiar sus rodajes, habida cuenta sus dificultades de comunicación y su precario estado de salud. Aupado por la concesión de un Oscar honorífico y con la compañía en la dirección de Win Wenders, tranquilizadora para los productores aunque un lastre para el resultado final del filme, Antonioni rodó Más Allá de las Nubes (1995), una composición de cuatro historias cortas hilvanadas por la mirada de un cineasta, que encarna John Malkovich y que protagoniza uno de los episodios además de ser testigo de los demás. El relato, basado en un libro del propio director italiano, parecía un sobrio y contundente testamento fílmico, pero, irreductible, Antonioni se ha puesto de nuevo tras las cámaras en otras dos ocasiones.

Con 73 años, Clint Easwood ya no es precisamente un chaval, pero a pesar de su veteranía vive una juventud dorada como director. Eastwood, del que pronto veremos en España Mistyc River (2003), tras su celebrado paso por el festival de Berlín, hizo pensar a más de uno que, tras la cámara, ansiaba rescribir las normas de los fieros géneros por los que deambuló como personaje, algo así como lo que intentaba continuamente Kubrick: hacer prontuario de un género en una sola película.


Antonioni, homenajeado
por el alcalde de Rávena

Sin embargo, con el paso años y películas, se ha revelado que su asunto no es cinematográfico, sino humano. La modestia de sus producciones posteriores a Sin Perdón (1992) sorprendió un tanto a la crítica y a un sector de sus seguidores, que veía con amable condescendencia sus estrenos anuales como esperando otra obra mayor. Un error -el de considerar su cine reciente como menor- del que poco a poco nos ha ido sacando su tenacidad narrativa. A Eastwood no parece preocuparle tanto el cine como lenguaje, ni revisar la sintaxis y convenciones de los géneros a los que puso su rostro diseñado a gubia y buril, como escarbar en los personajes sobre los que tratan sus películas, pues a todos ellos les pasa algo trascendente y simple: envejecen.

Sobre procesos de oxidación (nos hacemos viejos)


Setentaytrés bien llevados

Parece una simpleza pero, al margen de proyectos más o menos outsiders de directores europeos o asiáticos, el séptimo arte, en especial ese cine altisonante que copa las carteleras, viene soslayando un tema tan elemental como es el hacerse mayor, vislumbrar más cerca la meta que la salida. Y lo hace el veterano actor sin melodrama ni aspaviento, moviéndose dentro de los estrictos límites del cine de género, con un academicismo palmario que hace invisible su labor, de no ser por ese notable talento que posee para manejar el tempo de las secuencias, estirándolas hasta desafiar la conocida rigidez del clímax y demostrar una desconocida elasticidad del tiempo narrativo.

Astronauta septuagenario, periodista sesentón y fracasado, detective privado con trasplante de corazón o ladrón al que el pulso traiciona son algunas de las últimas encarnaciones que el propio Eastwood se ha reservado en sus películas, en las que demuestra, contra la lógica serializada del cine del momento, que no hay segundas oportunidades para los hijos de esta tierra porque los entorpecidos pasos del anciano caminan, con la dignidad de que son capaces, hacia una segura extinción.


El apoyo de Wenders permitió que
se rodase Más Allá de las Nubes

La suma de tanta biografía provecta parece apuntar la teoría de la parábola, es decir, que la calidad de la creación describe una curva cuyo declive es simétrico a la pretérita ascensión, de modo que quienes, como Eastwood, se han tomado una vida para entender este negocio tienen un riesgo de desplome menor al de los que un día fueron enfants terribles y hoy amenazan con perder los papeles, quedando ese puñetero sabor de boca que deja la almendra amarga cuando es la última.

Un amigo sostiene que escribir una novela antes de los 40 es un ejercicio de vanidad difícilmente disculpable y otro argumenta que, desde el punto de vista creativo, lo que no se haya logrado a los 30 no se alcanzará jamás. Uno prefiere creer al primero, cuya barba concede mayor prosapia a cuanto expone, porque siempre está bien pensar que lo mejor está por venir, que las carteleras en el futuro seguirán empapeladas con eventuales muestras de la insolencia de la mocedad tanto como de la sabia mesura de la senectud pues, admitiendo que el talento es efímero, hay que convenir que la celebridad que da la desvergüenza también es perecedera.







pvallin@divertinajes.com
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