28 de agosto de 2003

Fenómenos Extraños (III): El Síndrome Weissmuller


Corpore sano, (lo de la
mens es otro cantar)

Metidos en este vademécum desde hace tres semanas, y un tanto agostada, digo bien, la capacidad del CinExín para identificar nuevos accesos febriles, bacterianos o víricos en el mundo y gentes del celuloide y sus aledaños, se giró consulta a la vecina Sara Gutiérrez, por aquello de que está muy viajada y que estudió hechicería hipocrática, y en un brevísimo brainstorming junto a otros habitantes de esta Cofradía del Santo Sudar, brotó el nombre de Arnold Schwarzenegger (bueno, brotar, brotó algo así como "Arnol suarcenéguer", pero en pos de un rigor como el que debe adornar esta cátedra fílmica preferimos adoptar la grafía oficial), cuya carrera política fue inmediatamente identificada por la mitad más uno de los presentes (éramos cuatro) como un síntoma inequívoco de alguna patología inmunodeficiente. Y minutos después, el juntaletras que se oculta bajo el antifaz del CinExín ya había localizado varios casos de características si no similares sí homólogas, y una sintomatología bastante precisa del mal, al que en adelante nos referiremos simplemente como el Síndrome Weissmuller. Enseguida verán por qué.


La familia y uno más
starring Alberto Closas(?)

Suponiendo a la audiencia ya entradita en años y carnes pensaba prescindir de explicar quién era Johnny Weissmuller, pero como veo un par de lectores que todavía tienen pelo me pongo y dispongo: el bueno de Johnny nació en Rumanía y llamóse en principio Jonás pero cuando contaba 3 años, sus papás decidieron emigrar a América y claro, en Ellis Island, un funcionario de inmigración decidió llamarlo Peter John, no fuera que se lo comiese una ballena, nombre que también perdería más adelante en favor del diminutivo con el que sería mundialmente conocido. En fin, en Estados Unidos creció como un niño bueno, estudió en la Universidad de Chicago, le dio a la madre patria cinco medallas de oro en natación (en las Olimpiadas de 1924 y 1928) y luego decidió dedicarse al cine, o mejor decir, a Tarzán, porque entre 1932 y 1948 hizo 12 películas basadas en el personaje de Edgar Rice Burroughs. Pero el Rey de los Monos no fue el personaje que más veces interpretó: luego haría 14 películas encarnando a Jim de la Jungla, el personaje de cómic de Alex Raymond. Como ven al muchacho le tiraban las secuoyas. Bueno, al caso que nos ocupa, el asunto es que tras casarse seis veces (ya ven que era tipo martilleante, cuando cogía el tranquillo a algo no había quien lo separase), Weismuller acabó sus días asustando a su vecindario mediante la repetición sistemática del conocido alarido selvático pero en la jungla de asfalto. Verbigracia, se lo creyó.


Fíjense como agarra esto...

Ha de ser complicado mantener la propia identidad al margen de la de un personaje cuya asunción es la ocupación principal de uno durante 16 años, caso de Weissmuller con Tarzán. No hay constancia de que el nadador pasase alguna vez por el Actor’s Studio, por lo que habrá que abstenerse de culpar a Stanislavsky (¿alguien sabe el nombre de pila de este señor?) de la demencia de Johnny que, como habrán adivinado, acabó sus días cambiando la piscina olímpica por las duchas frías y el sexy taparrabos por la camisa de fuerzas. El Síndrome que lleva su nombre, no obstante, no alude a la locura, sino a la simple dilución de las vidas de personaje de ficción y persona de verdad que lo interpreta. Y un caso paralelo al del medallista es el de Charlton Heston (¿les he dicho ya que vayan a ver Bowling for Columbine (2002), de Michael Moore? Si no se han animado aún escuchen esto: un etólogo del ultraliberalismo español le dedicó un artículo en Expansión señalando que todo lo que cuenta la película es mentira. ¿A que ahora apetece?). Si a Weissmuller le dejó pallá hacer de mono entre los hombres, a Heston no le sentó mucho mejor hacer de hombre entre los monos en el clásico El planeta de los simios (1968), de Franklin J. Schaffner. Sintiendo que el mundo es lugar hostil, concluyó que poseer rifle es la forma más elevada de la libertad.


...Y esto. ¿Qué diría Freud?

Tras interpretar 105 papeles de macho que blande armas, a Heston se le quedó como un tic que más adelante (concretamente hoy) se diagnosticaría como weissmullerismo agudo severo. De las muchas veces que Heston agarró a una mujer por la muñeca para domeñarla, este CinExín se queda con los tirones que le propinó a Eleanor Parker en Cuando ruge la marabunta (1954), de Byron Haskin. Se ve que se le daba mejor el otro gatillo, y a él dedicó el resto de sus días. En todo caso, el CinExín siente la necesidad de trasladarles una duda: ¿Es razonable que a un tipo que blande su grito selvático contra los vecinos lo encierren, mientras otro, que lo que esgrime no es pulmón sino escopeta, sea agasajado y abrazado efusivamente por el presidente de la nación suya? Ya.

Muchas menos películas hizo Ronald Reagan. Fueron 56 títulos, mayormente del Oeste y de guerra, en los que nunca destacó por nada más que por su ondulado tupé y su pétrea sonrisa. Luego le dio por la política y, ya saben, es el padre del regreso del ultraconservadurismo yanqui y el espejo en el que se miran quienes hoy nos quieren salvar de la maldad mundial por las malas y a nuestro pesar.


El CDS necesita un candidato así

Ahora, Schwarzenegger se las maravilla de nuevo como salvapatrias metálico en Terminator 3: La Rebelión de las Máquinas (2003), de Jonathan Mostow, mientras inicia su campaña electoral, como los anteriores en el partido republicano, para convertirse en gobernador de la pecaminosa California. Arnold es un modelo de mesura interpretativa dentro de ese estilo que el editor Fernando Tarancón categoriza como “interpretación digital” (se resumiría así: “¿lo digo serio (off) o sonriendo (on)?”) del que es padre Victor Mature, y por eso, puede dar por terminado su periplo cinematográfico pues ha hecho ya muchas películas serio (terminator, predator, Conan y demás) y muchas sonriendo (gemelos, guarderías, embarazos y otros). Incluso, en un alarde de virtuosismo, algunas que combinaban el disparar y las risas. Debió pensar que si era capaz de repartir bofetadas y tiros y después hacer un chiste y que la gente se carcajeara tenía cuanto necesitaba para hacer carrera política en Estados Unidos (no es un comentario despectivo respecto a los americanos; aquí se exigen aún menos atributos para la política, como salta a la vista). Los politólogos consideran a Schwarzenegger un conservador un poco izquierdoso, porque defiende la libertad sexual y sugiere que debería establecerse algún control sobre la posesión de armas. No es muy esperanzador que se diga que a Terminator los republicanos lo adelanten por la derecha. A Clint Eastwood, en tal caso, lo deben de considerar un tránsfuga.


¡Que vuelva Mcarthy!

También en las filas demócratas y más a la izquierda (comúnmente conocidos como comunistas) se han movido actores y actrices norteamericanos, pero en su caso no se sabe qué fue antes: ¿Es Robert Redford un demócrata militante por haber hecho Todos los hombres del presidente, o es al revés? ¿Son el matrimonio Tim Robins y Susan Sarandon una pareja de activistas de las libertades civiles que hacen cine comprometido, o se volvieron así a base de hacer cine contra la pena de muerte? ¿Y Warren Beaty y Annette Benning son comunistas de nacimiento, o las ansias disidentes le entraron a Beaty tratando de huir de la policía en Bonnie and Clyde (1967)? (Aclaración: El CinExín es consciente de que ninguno de los mencionados es comunista en el sentido europeo y académico del término, pero no es menos cierto que las vastas regiones de pensamiento político que se extienden a la izquierda del Partido Demócrata son conocidas en allí con el término genérico de "comunismo". Ellos qué saben).


Martin Sheen as the president

A los norteamericanos, ni como espectadores ni como votantes, parece incomodarles este fenómeno, sobre todo si los actores se vuelven conservadores, como si eso representase un proceso de redención tras la licenciosa vida que se supone llevan en Hollywood. Menos gracia les hace que Martin Sheen, el recordado capitán Willard de Apocalypse Now, se ponga a criticar la guerra de Irak investido de la dignidad del presidente de los Estados Unidos al que interpreta en la serie The West Wing, lo que lleva a pensar que son los espectadores los que no tienen clara la distinción entre Martín Sheen y el presidente Josiah 'Jed' Bartlet (su personaje en el serial). Tal cosa sería mucho más preocupante que el Síndrome Weissmuller en sí mismo, pues éste se transmite en el reducidísimo gremio de los actores famosos mientras que, en el caso de los espectadores, cualquiera que fuese la gravedad del trastorno, la forma de contagio o el tratamiento indicado, estaríamos hablando de un mal que afecta a decenas de millones de personas. Una pandemia psicótica muy peligrosa en un país armado hasta los dientes.

Postdata: Informan fuentes dignas de todo crédito de que Leonard Nimoy, el conocido Spock (comandante, capitán, sargento o cabo furrier, en función de la época) de Star Trek, contrajo hace años el Mal de Weissmuller, pero no se ha podido confirmar este extremo al no haberse registrado prueba alguna de que se teletransporte.








pvallin@divertinajes.com
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