21 de agosto de 2003

Fenómenos Extraños (II): El Síndrome Costner


A pesar de la foto, no hablamos
de una patología de tipo erótico

Al constatar aquí hace unos días la existencia de un cierto mal que aqueja a muchos autores novicios cuando dejan de serlo, soslayamos otra patología si quieren hermana del que llamamos Síndrome Calparsoro, pero cuyo grupo de riesgo no es el de los directores, sino el de los más expuestos actores. Por eso mismo se trata de una enfermedad mucho más conocida por el gran público, de modo que sus síntomas son fácilmente revisables. Hablamos del Síndrome de Desorientación Aguda Costner, bautizado en honor al actor que acaba de ver su nombre completo (Kevin...) pisoteado en el Paseo de las Estrellas de Hollywood, bien a pesar del avanzado estado de su dolencia.

Consiste esta enfermedad en una anomalía en las capacidades cognoscitivas, y en concreto en la función cerebral responsable de la lectura. El trastorno aparece de forma súbita. Una tarde, llega a la mansión un sobre procedente del agente, y el actor, recostado junto a la piscina, se enfrasca en la lectura del guión que contiene. Sin embargo, el recto entendimiento no funciona, el sentido común se da de baja y la figura de turno acaba diciendo sí a un proyecto que cualquier memo sabría, con sólo leer la primera página del libreto, que contribuirá a disminuir el prestigio del actor y, más importante aún, su caché. La gravedad de tal patología reside fundamentalmente en su cualidad de trastorno irreversible: una vez que el actor empieza a elegir mal, ya no da pie con bola. El caso de Kevin Costner es especialmente grave porque además pone dinero de su bolsillo en estas extravagancias, alguna de ellas de marcada megalomanía.


De cómo arruinar una
carrera haciendo el tonto

Los discretos inicios de Costner fueron una sucesión de papelitos secundarios e incluso de figurante sin acreditar, hasta que protagonizara Fandango (1985), de Kevin Reynolds, película intrascendente cuya relevancia biográfica es la amistad que gestó entre ambos kevines, de funestos efectos para la posterior carrera de Costner. En realidad fue Lawrence Kasdan quien hizo de Costner una actor conocido, con Silverado (1985) y Brian de Palma el que lo consagró como guapo guapísimo del momento en Los Intocables de Eliot Nes (1987). Tras dos thrillers y dos comedias de éxito suficiente, Costner dejó a todos boquiabiertos con Bailando con lobos (1990), su sorprendente primera película como director. Pocos meses después se estrenaba Robin Hood, Príncipe de los Ladrones (1990), de Reynolds y JFK (1991), de Oliver Stone. Costner estaba en la gloria, se había convertido en una referencia tanto para la taquilla como para la crítica, y además se había revelado como un intuitivo director. Al año siguiente estrenó El guardaespaldas (1992), pero rápidamente enmendó el error protagonizando Un mundo perfecto (1993), de Clint Eastwood. Y entonces, algo se torció. Tras unirse a Kasdan para un western intrascendente sobre Wyatt Earp, Costner comienza a gestar una gran epopeya de aventuras futuristas que debía dirigir su amigo Kevin Reynolds. Se arruina, su mujer lo abandona y para colmo discute con su amigo y se queda sin director, así que él mismo termina el accidentado rodaje de Waterworld (1995), que por supuesto produce y protagoniza. El resultado es un western acuático insustancial y caro. Malísima, digo.


Dreyfuss estaba llamado a ser
uno de los grandes, pero...

Con la sola excepción de Trece días (2000), de Roger Donaldson, una interesante aunque maquillada visión de la crisis de los misiles cubanos desde la óptica del gabinete de John Kennedy, todo aquello a lo que Costner se ha acercado ha sido un fiasco, alguno incluso un fiasco memorable de puro malo, como Mensajero del futuro (1997), otro dispendio de pseudo-ciencia-ficción dirigido por el propio Costner, o la muy reciente Dragonfly: La sombra de la libélula (2002), un chocante melodrama (por decir lo menos) de Tom Shadyac responsable, para que se hagan una idea, de Ace Ventura (1994), El profesor chiflado (1996), Mentiroso compulsivo (1997), Patch Adams (1998) y la recién estrenada Como Dios (2003). Nótese la tendencia de Shadyac a trabajar en películas paradigma de la contención narrativa y con actores plenos de sutileza: Eddie Murphy, Robin Williams y Jim Carrey. ¿Y se han fijado que a Costner se le ha puesto cara de estreñido?

Dentro de los actores afectados por el Mal de Costner destacan nombres como el de Richard Dreyfuss, descubierto por George Lucas para su American Graffiti (1973) y favorito luego de Steven Spielberg en sus primeros títulos, como Tiburón (1975) y Encuentros en la tercera fase (1977). Dreyfus también estuvo en aquel patinazo de Spielberg llamado Always (1989), sobre un bombero forestal, y desde aquello ha protagonizado dos docenas de películas y telefilmes de los que a duras penas se salvan un par. Ver su nombre en una carátula en el videoclub es sinónimo de ñoñería prescindible.


Este no tiene padrino,
tiene al que lo inventó

¿Qué le paso al sobrino de Coppola, Nicholas Cage en 1995? ¿Cómo puede un actor elegir de forma sucesiva y tras Leaving Las Vegas (1995) guiones como La Roca (1996), Con Air (1997), Cara a cara (1997), City of Angels (1998), Ojos de serpiente (1998), Asesinato en 8 mm. (1999), 60 segundos (2000), Family Man (2000), La mandolina de Capitan Corelli (2001), Windtalkers (2001)? Sí, ha hecho también Vidas al límite (1999) de Scorsese, pero es que ni siquiera al azar es posible elegir tan mal tan seguido.

Qué me dicen de Demi Moore, que, por citar algunas de las cosas que ha elegido, aparece en Los locos del bisturí (1982), Lío en Río (1984), ¿Qué pasó anoche? (1986), Ghost, más allá del amor (1990), Pensamientos mortales (1991), Una bruja en Nueva York (1991), Una proposición indecente (1993), Acoso (1994), Streptease (1996), La teniente O-Neal (1997)... ¿Verdad que sí?


De desastre en desastre

En fin, tampoco se trata de aburrirles con una enumeración de pacientes de esta extraña enfermedad, y además dos de los más queridos consejeros de este predicador le han desaconsejado que incluya en la lista los nombres de actores españoles como Jorge Sanz, Gabino Diego u otros, porque, me dicen, aquí no puedes elegir, coges lo que te ofrecen. En todo caso, lo anteriormente relatado es prueba científica sobrada de la existencia y sintomatología del Mal de Costner, cuyo remedio escapa al entendimiento de este desnortado comentarista. Parece más sencillo intuir formas en las que se ha contraído la enfermedad. Por ejemplo, según los antedichos pero no citados David y Raquel, el problema de en el cine español es que la pobreza impide la necesaria profilaxis. Para Dreyfuss, podríamos aventurar que la proximidad a Spielberg le provocó el contagio de su edulcoramiento y de nada más (ya saben el dicho, todo lo malo se pega), y en el caso de Cage da la impresión de tener unas necesidades financieras extraordinarias, pues hacer dos películas tan así cada año significa que uno dice que sí a todo.

Por lo que a Costner respecta, la infección parece haber llegado de forma similar a como un gobernante juicioso y mesurado se convierte de forma repentina en un fatuo y risible bufón. A lo largo de la historia se ha visto a menudo a gentes acreditadas por haber hecho de la templanza su principal virtud, comenzar a decir y hacer ridiculeces, a confundir la elocuencia con la charlatanería, como si de pronto creyeran que quien escucha carece de los mínimos avíos de entendimiento para descubrir su artificio. Sólo la soberbia provoca tal enajenación de la prudencia, y por eso una sucesión de éxitos propiciada por el azar puede ser preámbulo de la más irremisible necedad.





pvallin@divertinajes.com
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