14 de agosto de 2003

Fenómenos Extraños (I): El Síndrome Calparsoro


El secreto del éxito, por supuesto,
vende más que el de los fracasos

El cine tiene la culpa, pero también la tele, los cómics y las expectativas de los padres; todos ellos hacen que cuando infante uno se imagine a sí mismo ya grande llevando una vida de película, teniendo de todo y si me apuran, cambiando la Historia. Algunos tipos de educación, por ejemplo la protestante, la ultraliberal y la jesuítica, cada una a su modo, incentivan el esfuerzo por sacar la cabeza respecto a los congéneres como única forma de ser honesto con uno mismo, de ser digno ante el padre, ante la empresa o ante Dios: hay que llegar tan lejos como las propias cualidades permitan, al margen de si a uno, realmente, le apetece tan larga travesía o prefiere acampar e instalarse en el primer meandro. Los primeros bríos personales van a menudo encaminados a ser más que el resto, aunque con el paso de los años la meta haya venido sustituida por un objetivo mucho más simple: ser famoso. De ahí proviene un alto porcentaje de decepciones porque lógicamente, uno es el que saca la cabeza y muchos los que sirven de figurantes, véase Top Gun (1986), y, por simple estadística, es más fácil acabar de peana que de santo. En fin, algunos llegan más lejos de lo que se proponen y otros son eternas promesas, y eso pasa también a los moviemakers, fórmula elegante y anglosajona de decir cineastas.


Gateó por el underground
y ahora hace mádelmans

La prisa por llegar parece ser una de las causas, pero no la única de lo que dos buenos amigos han decidido bautizar como el Síndrome Calparsoro, en homenaje o alusión maliciosa al ceñudo y errático cineasta español. Resulta que uno se lanza al mercado con una primera película, y la crítica –esa que a muchos les gusta pintar con cuernos y rabo en punta de flecha– se complace con la irrupción de un nuevo narrador, cuando no directamente se deshace en elogios desmesurados hacia sus tics y balbuceos a los que ya caracterizamos como estilo. Se crean nuevas corrientes de seguidores y la gran industria (en el caso español, quiten lo de “gran”... y lo de “industria”) vuelve la cabeza con ojos aviesos dispuesta a poner dinero en manos del recién llegado. Después de todo, ha conseguido ganarse el favor de la crítica y el público sin él, así que quién sabe hasta donde podría llegar si le empujamos, piensan los productores. Lo normal, es que si te empujan, te caigas, como cuando estás aprendiendo a andar en bici, pero eso se aprende luego, cuando hay que levantarse. Ahí está Daniel Calparsoro, muso de Najwa Nimri, cuyo cine había perdido la brújula ya antes de empezar: con Salto al vacío (1995), Pasajes (1996) y A ciegas (1997) arrancó de alternativo pero, echado a perder el beneficio de la duda que los grandes medios le habían concedido mientras rodaba su primer título, se pasó al supuesto realismo social de acción, con Asfalto (2000), y ha terminado queriendo hacer algo así como un Salvar al soldado López, titulado Guerreros (2002), que si se entera el ministro Trillo de que el chico ha hecho una película en la que una misión humanitaria parece la toma de Basora lo excomulga, o le dice al padre que lo desherede.


Iba a ser el rien ne va
plus
y se quedó en rien

Como ven, el cineasta que da nombre al mal no presenta los síntomas más característicos de éste, puesto que él sólo fue promesa hasta su primer estreno, cuando lo normal es aguantar al menos hasta el segundo. En esto, Calparsoro no está sólo, pues me cuentan que el director de efectos visuales Pitof vio como los medios especializados prometían la llegada del nuevo arcángel a la realización francesa mientras rodaba Vidocq (2001), título que al parecer no ha colmado las expectativas de nadie. Pitof, en todo caso, es el primer sarmiento de la generación de Jean-Piere Jeunet y Marc Caro, cuyo trabajo también contó, a partir de Delicatessen (1991), con el aliento de la crítica, que finalmente les ha vuelto la espalda. No así el público, que aún recibió con redoble de tambores su Amelie (2001). Y en España está el sonado caso de Miguel Bardem, cuya filmografía mete susto al miedo y ahí sigue, rodando: Más que amor, frenesí (1996), La mujer más fea del mundo (1999) y Noche de reyes (2001).


Burns empezó ganando
en Sundance (chez Redford)

Tomamos en París el Concorde, si existiera, y dejamos tierras europeas para viajar a la Tierra de las Oportunidades. Y el fenómeno de la consunción del talento es aún más evidente, tal vez por la cegadora luz de la industria. El bien parecido Edward Burns, actor director y guionista, empezó su carrera con un prometedor título Los hermanos McMullen (1995), una historia sobre tres hermanos que viven su juventud de forma muy distinta debatiéndose entre la necesidad de formar una familia, o la rebeldía post-adolescente, pero se quedó ahí: sus títulos posteriores siguen siendo variaciones sobre aquel, aunque sus dramas juveniles hayan ido convirtiéndose en cada vez menos frescas y más convencionales comedias de veinteañeros y treintañeros del mundo rural o urbano de los Estados Unidos. Otro autor cuya trayectoria se ha ido volviendo tanto más vulgar cuanto mayores eran los presupuestos que manejaba es Kevin Smith, que prometía la luna con Clerks (1994). Le dieron dinero e hizo la misma película pero en colorines, Mallrats (1995). A continuación realizó su mejor filme hasta la fecha Persiguiendo a Amy (1996), y después de Dogma (1999), fue absorbido por el pelotón con un ejercicio de homenaje a sí mismo titulado Jay y Bob el Silencioso contraatacan (2001).


Esta ya no la fue a ver nadie

Otro caso es el de Jonathan Demme, cuya carrera fue vulgar desde 1974 hasta 1991, a excepción de las salvables comedias Algo salvaje (1986) y Casada con todos (1988). Pero fue sin duda El silencio de los corderos (1991) el título con el que rindió a espectadores y cinéfilos del planeta entero. La sobreponderación de que fue objeto el talento de Demme ha quedado patente con su carrera posterior, de la que basta reseñar que este año ha estrenado un remake de Charada (1963) titulado La verdad sobre Charlie (2003). Y si en Demme se depositaron serias expectativas, respecto al guionista Quentin Tarantino se establecieron toda serie de comparaciones grandilocuentes tras su primer largo como director Reservoir Dogs (1992). El unánime aplauso se convirtió en división de opiniones con Pulp Fiction (1994), que gustó mucho al público y provocó gran controversia entre la crítica especializada. Moroso para dirigir, Tarantino logró una mejor acogida entre los especialistas con Jackie Brown (1997), que sin embargo se paseó por las carteleras sin pena ni gloria. A Tarantino hay que reconocerle sin embargo su influencia en otros cineastas, creando auténtica escuela en el modo de filmar el mundo de los forajidos, y además de su pupilo aventajado Robert Rodríguez (otro que tuvo un despegue rimbombante para luego convertirse en un cineasta palomitero entre mil), hasta de este lado del charco se pueden rastrear devotos de su prédica, como Juanma Bajo (otro) en su exitosa Air Bag (1997).


Smith, con lo que prometía

La octava maravilla era para un determinado sector de la crítica Henry, retrato de un asesino (1986), primer largo de ficción de John McNaughton. Este CinExin comulga con Nanni Moreti cuando en Caro Diario (1994) dedicaba unos minutos a satirizar esa ceremonia de la sangre que era la opera prima de McNaughton. Una segunda película, La chica del gangster (1993) apuntaba maneras, pero desde entonces a hoy la trivialidad más supina ha marcado el resto de sus títulos. La lista es interminable: Sam Mendes, Henry Selick, Guillermo del toro... todos ellos apuntaron novedades estilísticas y narrativas, descaro a la hora de afrontar o escribir un guión, y todos vieron como eran fagocitados por la gran industria, convirtiéndose en realizadores de personalidad endeble, cuando no de rutilante vulgaridad.

Quienes conocen el mundillo del cine por dentro dicen que hay que comer, que hacer una película es muy complicado y que no se puede desairar a un gran estudio cuando ofrece a un director joven y prometedor, caso de Bryan Singer, responsable de Sospechosos habituales (1998), un pastel tan suculento como tres películas de X-Men. Son las dificultades vencidas por el autor un plusvalor a la hora de juzgar el resultado a juicio de quienes le han visto la tripa al asunto.


Guillermo del Toro empezó
así y ahora está disipándose

Este CinExín, ya lo saben, no contempla coartadas, así que ante tanta víctima como hay del Síndrome Calparsoro, sólo cabe pensar que el nuevo ritmo de los mercados necesita carne fresca con la que presumir que todo es nuevo, aunque todo sea lo mismo. Los talentos son consumidos, domesticados y asimilados por las superproducciones, de modo que Hollywood se envanece con ese rótulo tan prestigioso que reza “del director de...”.

La necesidad de jóvenes prometedores que la industria demuestra contagia a los medios especializados, que se deshacen en elogios hacia neófitos cuyo afán no parece tanto incorporar un léxico nuevo a la narración cinematográfica como convertirse en directores de productos de millonario presupuesto y multitudinaria aceptación en un abrir y cerrar de ojos, es decir, perfectamente al corriente de en qué consiste este negocio, aunque menos atentos a cuanto de arte visual y narrativo hay en él.
Pierden el favor del que gozaron porque parecen no percatarse de que su atractivo es celebrado por la tribu como el de la doncella arrojada al cráter de las grandes majors. Su nula resistencia a la inmolación es su condena pues dejan que la lava incandescente cauterice su única fortuna, su valía, a cambio de un solitario gran aplauso, una gloria que no se repetirá. La virginidad es virtud efímera. De un solo uso.








pvallin@divertinajes.com
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