06 de agosto de 2003

Arrepentíos de vuestros pecados


Ed Wood tenía debilidad por la
angorina, entre otras desviaciones

A quién sepa como se las gasta este orate de la ultradoxia cinematográfica no extrañará el arrebato redentor del título. Después de pasarse va para un año dando lecciones al prójimo sobre lo que sí y lo que no, tal parece que ahora vaya a anunciar el CinExín el despegue de la nave de los davidianos y la necesidad imperiosa de que cada lector inicie la contrición previa al juicio final. Pero no. Hoy vamos a bajar los tres peldaños de la peana nacarada porque el motivo de este encuentro va a ser la asunción de perversiones. Pero claro, qué sentido tendría esto si uno viniera aquí a confesarse, a ejecutar un desnudo cinematográfico integral. Para eso están los amigos. Es decir, que hoy el CinExín les va a contar qué secretos ocultan algunos de los cinéfilos con los que el sosías ha tenido la oportunidad de hablar del asunto. Y sobre todo, intentar rascar en los motivos, la pulsión última por la que su intelecto, en todos los casos digno de mejor causa, no logra domeñar esa insana atracción y se ve comprometido por un goce que ha de ser secreto, so pena de echar a perder el buen juicio que los demás tienen de cada cual.


¡Peli de desastres!,
traed palomitas


A diferencia de los oráculos de la cultura fanzinera, a la que tanto debe el autor de este despropósito, aquí no se va a ensalzar la llamada cultura de lo bizarro o lo canalla, el gusto por lo kistch, o la consunción de lo artístico en las entrañas de lo pop. Para dilucidar cuánto de arte hay en la basura y viceversa tienen dos opciones. La primera es leer los libros de Gustavo Bueno El mito de la cultura y Telebasura y democracia, cuyo neoconservadurismo electrizante es tanto más punible cuanto más clara es la predeterminación política que los alienta y mayor la altura a la que navega el intelecto de este tránsfuga del pensamiento. Eso o darse una vuelta por la sección del vecino Joaquín Ortega, del que últimamente oímos sus pasos en el desván pero ya hace varios días que no lo vemos bajar a desayunar. Aquí, y de forma breve (porque es agosto en Madrid, dicho sea en sentido forgiano), queríamos contarles que hay algunas películas que nos producen gozo y no deberían. Son debilidades que nuestro intelecto rechaza de forma reflexiva y razonable y nuestra tripa paladea con perturbado disfrute.


Un clásico de la ciencia-ficción cañí

Este mal, claro, sólo afecta a los aficionados un tanto académicos, nunca a los espectadores ocasionales ni a mis hermanos los hijos del mondobrutismo, cuya asunción de los valores warholianos les lleva a regodearse en la más insensata sucesión de secuencias, pongamos por caso El astronauta (1970), de Javier Aguirre y con Tony Leblanc, sin sentir el más mínimo arrebol. Y ese es el componente interesante del asunto: la vergüenza, el arrepentimiento, la necesidad de esconderlo, la sensación de que, de algún modo, uno se está dejando llevar por un instinto ventral, pecaminoso. Esa conciencia de pecado, que hace que un juicioso y cultivado adulto prefiera ocultar su reacción de gozo al saborear algo tan postmoderno como Matrix (1999) es la que tiene trascendencia porque tiene que ver con el efecto que tal desviación provoca en los demás.

Así, un joven valor de la industria cultural confiesa a regañadientes que siente la incontrolable necesidad de ver hasta el crédito final las películas en las que un profesor convierte a sus alumnos, sea El rector (1987) que interpretaba James Belushi, o El club de los poetas muertos (1989) que protagonizara Robin Williams. Igualmente una mayúscula artista plástica se ve arrebatada por las películas de desastres, Twister (1996) o Deep Impact (1998), o por cualquier telefilme acreditado por el preaviso "basado en hechos reales". Y llama la atención que persona de gusto exquisito y formación vasta sienta debilidad por un policiaco como Tango y Cash (1989) de Andrei Konchalovski. O que uno de los más juiciosos analistas de cine con el que este CinExín haya tenido el gusto de departir sobre la disciplina, con exceso de alcohol y defecto de prudencia señala que Escúchame (1989), un dramón sobre jóvenes en una escuela de debates protagonizado por Kirk Cameron (sí, el rizoso de Los problemas crecen) y la incólume Jaime Gertz, era una película "emocionante".


James Belushi, en carne y hueso

Emoción: he ahí una de las claves. De los diferentes modos de experimentar placer ante un producto cultural, ante el arte si prefieren, uno por encima de los demás funciona a pesar nuestro, opera sin encomienda. Es el placer emocional. Su grado de autonomía es tal que sólo es comparable con el modo en que actúa el placer físico, que se desenvuelve mediante mecanismos ajenos a la reflexión. En un recomendable artículo publicado en Culturas, Carolyn Korsmeyer, a propósito del desprecio que la filosofía ha expresado por el sentido del gusto desde los mismos griegos, señalaba que "gran parte del prejuicio contra los llamados sentidos inferiores [tacto, olfato y gusto] procede del destacado papel del cuerpo en su operación". Abundando en ello,"el placer se produce de muchas formas, pero las que hacen sonar la alarma [de la moral] son las físicas y sensuales", y recuerda que Aristóteles ya advirtió que gusto y tacto proporcionaban simples placeres animales, con los que había que ser cauto. El motivo es bien simple: no se dejan domesticar y devuelven al ser humano a su primigenia condición pre-racional.


Cuajó en Cannes
(estos franceses...)

Algo de esto hay en la emoción estomacal o biográfica que se experimenta ante determinadas películas: son la risa y el llanto los dos mecanismos más obvios de expresión de placer emocional involuntario, pero antes de ser una comunicación de estado de ánimo son un indicio de una sensación subjetiva, es decir, son una manifestación externa de una conmoción interna básica y no controlada. Por eso son comedias y dramas nuestros pecados cinematográficos más habituales: aquellos que dirigen nuestra atención, nuestro placer, hacia las emociones, es decir, hacia la experiencia subjetiva de nuestra naturaleza física y afectiva a través de la empatía (aunque sea el placer del dolor: el llanto en el cine es una forma universalmente aceptada de masoquismo puro); y no hacia la expresión reflexiva de los valores éticos, estéticos o intelectuales, es decir, lo animal frente a lo cultural. El que esto suscribe siente una incontrovertible aversión bien razonada hacia una película, Pulp Fiction (1994), de Quentin Tarantino, que le es merecedora de todas las expresiones de desprecio que el diccionario comprende, a pesar de haberse pasado los 168 minutos de su metraje atento y entretenido. Maldita sea.


De lo malo, lo peor

Pero claro, igual que hasta el más físico de los placeres, el gusto, puede ser educado mediante la inquietud culinaria y el aprendizaje (lástima que no haya escuelas para aprender a comer como las hay para aprender a distinguir y disfrutar el vino), nuestro aparato emocional se va templando, en cierta medida se va sometiendo, conforme nos hacemos mayores. Por eso, muchas de esas experiencias de placer pecaminoso ante una película que deberíamos denostar, guardan relación con nuestra biografía. Dirty Dancing (1987), la de Patrick Swayze, es un sonrojante recuerdo para alguna jovencita que era demasiado niña cuando cayó en sus garras. Desentrañada la estafa al crecer, tal comprensión no resta un ápice de conmoción a su circunstancia en cada revisión, como si fuera una canción unida irreversiblemente a una recuerdo grato (o ingrato). Piensen en eso cada vez que vean en este recóndito hospicio peliculero una cita a Star Wars (1977) y entenderán la decidida defensa que aquí se hace y hará de la figura de George Lucas, hasta llegar a las manos si fuera menester.

Fíjense si no en la coincidencia de la resurrección de determinadas paletas de color y la madurez de quienes las vivieron o sufrieron de jovencitos, cuando su intelecto no estaba preparado para rechazarlas. Los setenta vuelven cuando quienes eran desarmados niños frente a sus estímulos musicales o cinematográficos, se hacen treintañeros añorantes. Por eso cada veinte años se repite el ciclo del revival. Grease (1978), para una generación de muchachas, Pretty Woman (1990), para otra, y así sucesivamente.


Cine japonés de altura

¿Hemos pues de emanciparnos de esas dictaduras de lo biográfico y la emotividad más ñoña y melancólica? Lo razonable parece buscar un consuno entre el estómago y el intelecto y asumirlas como lo que son, películas que, más allá de sus virtudes o defectos propiamente cinematográficos, se expresan en una tonalidad cuyos armónicos hacen vibrar nuestra empatía. Los motivos por los que tal cosa puede causarnos rubor son bien sencillos, y cualquier sociólogo de andar por casa los relacionaría con la construcción de nuestra personalidad social: los títulos que nos gustan por sus virtudes cinematográficas lucen nuestro personaje social, nuestra máscara, pues remiten a los conocimientos, al aprendizaje en el mirar la pantalla. Los que hacen trepidar a nuestro pesar un placer inadecuado por sus muchos y visibles defectos delatan al que somos, no el que hemos construido y preparado durante años para presentar en sociedad. Retratan un personaje indómito dentro de nosotros que no es más real que el que habitualmente esgrimimos, pero sí tanto.

Las nuevas formas de sociabilidad son extrañas y en el emerger de la cultura pop que en parte afecta al sosías del CinExín se ha hecho patente una sana desvergüenza en la confesión de perversiones. Un muy querido gurú del placer insensato, docto en mil materias, admite que prefiere confesarse fan de Raphael que decir en público que goza con Kurosawa, como al que esto suscribe le cuesta defender ante muchos de sus coetáneos su rendida admiración por Eric Rohmer. Y ese recato es la razón del extraordinario gozo que proporciona confesar de madrugada, acodado en una barra, la más indecorosa desviación del gusto y contemplar entre vapores etílicos el mudo asentimiento de un hermano.










pvallin@divertinajes.com
Archivo
Volver
Imprimir