24 de julio de 2003

De granos, pelos y otros picores


Por petición popular, cartel
de Desmadre a la americana

Andaba uno calibrando la preparación de un capítulo de estos que ensoberbecen al más pintado, o sea, al CinExín, hablando de la epistemología misma del cine para aprovechar que estaba por España un señor más vanidoso y megalómano que el que esto suscribe, en promoción de su última película-obra-de-arte, un tal Peter Greenaway, porque, aunque aburrido como ninguno, acompaña sus plúmbeos y carísimos ejercicios de cine de un aparataje verbóreo de primera magnitud, como si el carromato de Hombres-Fenómeno de la Historia del Arte hubiera pasado a recogerlo para elevarlo a los altares de la Nueva Mística, cuando entre frase y frase cacé una que produjo en este su servidor un escalofrío especular, pues no ha muchos días escribióse aquí algo muy parecido. A propósito de este primer siglo del séptimo arte dice el director galés: “cien años en los que se ha evolucionado muy poco... ahí tenemos a Scorsese haciendo lo mismo que Griffith. Caspita, repuso el CinExín. El sobresalto fue mayúsculo, pues compartir aunque sea un pensamiento residual con un tipo que se define a sí mismo como el James Joyce del cine es como para detenerse, tomar aire y reflexionar unos minutos. Procede un aterrizaje de emergencia en la banalidad.

El caso es que había pensado una sesuda y -por qué no decirlo- magnífica ponencia respecto al pulso interior de los planos en el cine de los jóvenes realizadores checoslovacos de la primera mitad de los setenta que quedará para mejor ocasión (como las cosas que dice y hace Greenaway, que se está ganando a pulso que esta buhardilla le reserve un lustroso monográfico). Puestos los pies en remojo, vínose al CinExín el recuerdo nebuloso (necesariamente etílico) de una reciente conversación con un joven y fogoso especialista del arte del guión que reivindicaba, ajústense el braguero, el cine de John Landis a modo de encarnación o epítome del desgraciado destino del director de comedia en el último cuarto del siglo XX. No, no corran a buscar en los tratados de Román Gubern porque no está y tampoco consta que Jesús Palacios le haya dedicado un libro, aunque seguro que lo está pensando. Así que vamos a hacer más rala esta cita y escudriñar de dónde le venía al muchacho su obsesión por el landismo, que, como habrán adivinado, no refiere a una antología de los calzoncillos más usados en el cine español de los años setenta por Alfredo Landa, musa de José Luis Garci, sino que propone una labor de espeleología en la comedia tonta y pubescente a la americana.

El manifiesto del landismo


La hormona no sólo trae acné

Espero sinceramente que no huyan hacia mejores destinos dentro de esta Confederación del Divertinaje cuando les diga que Landis es el director de El monstruo de las bananas (1973) o Desmadre a la Americana (1978), dos títulos cuya sola mención seguro hará contraer sus distinguidos paladares. Bueno, en justicia habría que empezar por decir en su descargo que John Landis ha sido objeto de un singular ensañamiento por parte de los traductores de títulos. Para que se vayan haciendo una idea, estas dos primeras tenían como epígrafes originales Schlock y Animal House, respectivamente. El CinExín, que no padece una especial empatía biográfica con este director de Illinois ni con su iniciático Desmadre a la americana, es capaz sin embargo de colegir que si la calidad de sus títulos no le hacen merecedor de una estrella en el Paseo de la Fama, su olfato sí le sirvió para anticipar los lenguajes que el cine comercial emplearía en lo sucesivo y durante dos décadas para encontrarse con los escasamente sofisticados gustos de los adolescentes. De hecho, esa película supone en cierto sentido el primer capítulo de un manifiesto y el arranque de las entonces prometedoras carreras de actores como Kevin Bacon, Karen Allen o John Belushi.


Helos aquí, inspiración
de Reservoir Dogs y CQC

Con éste último y Dan Aykroyd Landis rodó la segunda pata de su documento de principios trípode y bizarro, el musical The Blues Brothers (1980), titulado aquí (qué les decía) Granujas a todo ritmo. Si la primera, como parece indicar su título, no es más que la puesta de largo de la comedieta sobre el mocerío menos reflexivo y el grado de envilecimiento que se puede alcanzar con el solo propósito de satisfacer unos recién estrenados instintos reproductivos, ésta segunda compone un singular homenaje a la música negra y el humor insurrecto, además de dejar entrever una envidiable capacidad para dotar a sus improbables personajes de todas las características imprescindibles de una marca reconocida y reproducible, comercializable. Sólo la prematura muerte de John Belushi explica por qué Hollywood tardó más de 20 años en forzar una secuela.

El tercer jalón con el que Landis compondría su manual de cine para el perfecto adolescente, referencia de todos sus sucesores, fue Un hombre lobo americano en Londres (1981), una más que curiosa trasposición del eterno recurso del cine de terror a la transformación humana que bien poco después sería replicada en una tontería llamada De pelo en pecho (1985), película que parte de la sugerente idea de que a Michael J. Fox le llega una licantropía congénita cuando franquea las fronteras de la pubertad. Aunque no tan atractiva como En compañía de lobos (1984), del irlandés Neil Jordan, la película de Landis, que ha tenido una reciente e inocua revisión, mezclaba en dosis homeopáticas la comedia y el terror, algo que la convierte en precursora, pues la mezcolanza, como ya explicamos recientemente, habría de convertirse en piedra filosofal del cine juvenil finisecular.

Un género nuevo y sus cosas


Las musas crecen, no envejecen

La temática adolescente, alejada cada vez más de aquella premonitora Rebelde sin causa (1955) de Nicholas Ray, se convierte en un negocio de increíbles resultados: directores de todo jaez se lanzan a tratar de entretener a clientes en la edad del pavo, sabedores de lo fácil y barato que es aproximarse con bromas pretendidamente irreverentes a un chico que descubre un súbito hirsutismo en sus miembros inferiores. La comedia de instituto o cine teenager, o ‘qué divertido es ir a la hight-school’, se convierte de súbito en un subgénero que alumbrará productos cuya vulgaridad general no debe hacer olvidar que reemplaza a las series B de terror y ciencia-ficción de los años 50 y 60 ante una nueva generación de espectadores y que en España coincide con la primera adolescencia de la nueva democracia, es decir, con el estallido de la modernidad, la laca, el tecno y el maquillaje super-fashion.

Todo género tiene su musa, y a Elisabeth Shue le bastaron sus apariciones en Kárate Kid (1984) (variedad muy exitosa de la comedia de instituto con artes marciales), de John G. Alvidsen; Aventuras en la gran ciudad (1987), de Chris Columbus (hoy renacido gracias a sus deficientes adaptaciones de Harry Potter), y los episodios II y III de la serie Regreso al futuro (1985-1990) (ahora lujosamente editada en formato DVD) para convertirse en el rostro inconfundible de la chica inalcanzable y entrañable que en toda aula debe haber. La posterior carrera de esta actriz, hoy bella cuarentona, depararía sorpresas tan agradables como su poderosa aparición en Leaving las Vegas (1995), de Mike Figgis, lo que ha reverdecido la admiración de aquellos que ya no son púberes y han enderezado su paladar peliculero.

Hijos putativos del landismo


Albóndigas, o sea carne
de tercera triturada

Repasando los equipos de guionistas con los que trabajara el hoy casi desaparecido Landis, sobresalen los nombres de algunos de los que le reemplazarían en el favor del respetable o como oráculos de la nueva comedia, caso de la llamada factoría ZAZ (Zucker, Abrahams, Zucker), padres de todo lo que en España se llamase “...como puedas” (aterrizar, agarrar, espiar...); Harold Ramis, director de la imprescindible Atrapado en el tiempo (1993), y de Una terapia peligrosa (1999), y guionista, además de las citadas, de productos tan señeros de la época como la propia Desmadre a la americana, Los incorregibles albóndigas (1979), Cazafantasmas (1984) y otras de similar tenor. Otro nombre que se cruza en la biografía de Landis es precisamente el director de los Cazafantasmas, (por cierto, ejemplo perfecto de los caminos por los que deambulaba ya hace veinte añitos el cine del más allá), Ivan Reitman, autor, para que se hagan una idea, de las comedias de Arnold Swarzenegger Los gemelos golpean dos veces (1988), Poli de guardería (1990) y Junior (1994), pero también de cosas pelín más presentables como Dave, presidente por un día (1993), o Seis días y siete noches (1998).


Y otra vez la virginidad

A su vez, los ZAZ antes mencionados generaron sus propios herederos, de entre los que destacan (por ingresos, más que por talento) Peter y Bobby Farrelly, responsables de Dos tontos muy tontos (1995) y, claro, la muy celebrada Algo pasa con Mary (1998), en la que, tirando del hilo, aparece como actor Ben Sitller, que a su vez ha dirigido algunas comedias histéricas, entre las que sólo se salva Un loco a domicilio (1996), en la que aparece haciendo de un aterrador instalador de cable, el gesticulante Jim Carrey, que hoy presume en las carteleras de un experimento de lo más aleccionador: ¿para qué emplearía un norteamericano de a pie el poder de un dios? Para agrandar las tetas a las chicas y levantarles las faldas por la calle. No irrita tanto su ordinariez como su absoluta falta de imaginación.

Otros hermanos, Paul y Chris Weitz (¿se han fijado que ahora el cine se hace en familia? los Watchowski, los Farrelly, los Weitz y hasta los Cohen, todos son hermanos; algo tendrá que decir el CinExín sobre este asunto un día de estos), recuperan ahora toda esa picantería de la pérdida de la virginidad con paupérrimos resultados en American Pie (1999) y secuela, película que encabeza una recuperación del humor teenager de los ochenta, de consumo únicamente indicado en autobuses y otros transportes públicos.


Ya les he dicho que busquen a Rohmer

Ya ven que tirando del hilo de Landis, cuyo humor bebe bien antes de la televisión, de programas como el show Saturday Night Live, que de los clásicos de la comedia americana, hemos llegado a la propia cartelera de este mes. Dirán ustedes que el premio del viaje es magra fortuna, que los púberes del mundo bien podrían haber pasado sin tanto desperdicio hormonal, dedicados a aproximaciones mucho más divertidas y completas a la comezón estival, como nuestro adorado Cuento de Verano (1996), de Eric Rohmer. Y no les falta razón. La comedia pasa por uno de los momentos más tontainas de su historia, sí, y seguro que no por culpa del landismo, pero bien mirado, es más saludable la ausencia de pretensiones del peor de los títulos aquí citados (y a fe mía que hay dónde elegir) que el tremendismo intelectual de quienes, como el antedicho Greenaway, quieren convertirse en nuevos santones de una liturgia cinematográfica pensada para museos de arte contemporáneo. Después de todo hay literatura para el sofá de orejas y literatura para las visitas al inodoro. Y algunos, buscando reinventar la primera, acaban resbalando por el segundo.





pvallin@divertinajes.com
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