10 de julio de 2003

Peligros de la nueva cocina


Cocina de altura
servida en su punto

Antes de que piensen que en un arrebato de trapecismo el CinExín va a entregarse esta semana a sesudas reflexiones sobre los enfants terribles del cine francés, las formalistas prácticas de los directores del Grupo Dogma, o el cine indy norteamericano, que de tan indy que es lo pagan y distribuyen los grandes estudios, procede aclarar que nada de eso, estén tranquilos. El encabezamiento alude al mecanismo culinario propiamente dicho, al proceso aditivo, de sumas y de hibridaciones, en que se basan el cine y el fogón.

El progreso de los lenguajes artísticos, como bien explicaría Ortega en su vecina sección, tiene poco que ver con la búsqueda, aunque guste emplear este término, pues lo mismo que les ocurrió a los exploradores de machete y salacot, llegó un momento en que el orbe mundo de las artes se colapsó. Acudiendo al tópico conservador, está todo inventado. Cartografiadas todas las posibilidades ignotas, la aventura deja de residir en la exploración y se cobija en la alquimia, en la combinatoria de lo conocido para crear lo imposible. Debe ser eso lo que le pasa al cine, porque ahora se lleva la mezcla de géneros. Pero, por más que Ortega sostenga lo contrario, no se le puede poner mayonesa a todo.

Aprendices de don Alfredo

La mayonesa de esta nuestra historia es el thriller. A todo le echamos mayonesa. Da igual que sea una comedia de costumbrismo burgués (léase American Beuty) que una paradoja psico-social futurista (Minority Report), que si no lleva mayonesa no sabe a nada. Hoy estamos refraneros así que vamos a decir, por seguir entre cazuelas, que el thriller es el perejil de todas las salsas. Perejil o mayonesa, tengo para mí que los directores y guionistas tienen miedo de que nos aburramos si no hay un asunto de intriga animando el cotarro. Así que, en cuantito que nos descuidamos, alguien ha matado a alguien, que diría Gila. Se diría que contar historias ya no es oficio suficiente para atraer la atención del respetable, y por eso se introduce en ellas un elemento añadido, algo lúdico, con lo que el espectador pueda distraerse durante los tiempos muertos si los hubiere, que los hay.


Para consumir antes
de que se enfríe

La sombra de don Alfredo ( el señor Hitchcock, digo) cubre todo y parece que ya cuando siendo púberes dijimos “quiero hacer cine” (el CinExín jamás, la primera persona es grupal, para acomodar a los lectores más jovencitos y con aspiraciones de moviemakers) estábamos pensando en hacer películas de intriga, suspense, terror o policiaco. Mayonesa. Y si así fuera, aún. El problema es que por más mayonesa que queramos hacer, con demasiada frecuencia nos sale ketchup, porque ya ni al filete ruso respetamos su filiación pro-soviética y lo hemos convertido en cheese-burger, olvidando hasta la ciudad alemana que le dio nombre, si se me permite esta breve y barata digresión anti-imperialista. ¿No saben de qué hablamos? Sí que lo saben: ketchup por un tubo. ¿No han visto Airbag (1997), de Juanma Bajo? Pues de eso: rico, rico, que diría un célebre cocinero que, rizando el rizo, precisamente fue cómplice de esta peripecia de ambientación tex-mex rodada en plena meseta y dirigida por el último espejismo del cine vasco.

Esta sensación extraña, de confundir Wisconsin con Aranda de Duero, se prodiga. No te fallaré (2001) es una película española, dirigida por un tal Manuel Ríos San Martín (cuánto apellido, ¿no?), cuya obra precedente es un corto, de esos que se hacen ahora en España: lleno de actores importantes y a veces solventes. Bueno pues el señor Ríos San Martín coescribió y dirigió el citado largo, que no es sino un spin-off, que diría mi vecino hortelano, de una serie de televisión muy gonita (en serio, con ‘g’) que ponían en Antena 3 Televisión y que se llamaba Compañeros. Dicho de otro modo, para los más espesos, No te fallaré es la continuación de las aventuras de los púberes de la serie en la pantalla grande. La serie va de un instituto y ellos son eso que mi padre llama, entre condescendiente y divertido, “unos chiquillos”. Bueno pues la película es, como habrán adivinado, un thriller. Los muchachos que en la tele se intercambiaban cartas secretas y les miraban las bragas a las chicas, en el cine se dedican a desmontar un cártel del narcotráfico en Madrid, con vertiginosas persecuciones propias de Bullit (1968), pero con un vespino de Telepizza. Muy verosímil no es, no, pero gustó mucho a los chiquillos.

Lo peor es que cada género es como un juego de mesa, tiene sus propias reglas, y el salto de género implica estafar al jugador que se tiene enfrente, que es el público. Fíjense en estos dos ejemplos de estafa genérica. Abierto hasta el amanecer (1996), del inefable Robert Rodríguez. La cosa es más o menos así: un thriller de carretera, una road movie, que se dice, con unos malos malosos que secuestran a un padre y sus retoños. En estas que, como acabando el segundo rollo, entran en un bar a tomar algo, hay un poco de mal ambiente y... ¡tachán! ¡es una peli de vampiros! Y además con tono de comedia gamberra. Otro ejemplo, éste patrio, del salto mortal. Abre los ojos (1997), del notable Alejandro Amenábar (los más veteranos de este pabellón saben de la admiración que aquí se profesa a Los otros). Bueno pues Abre los ojos es un laberinto psicológico de suspense, un juego de cajas chinas, parecido a La escalera de Jacob (1990), de Adrian Lyne, que de repente, por arte de birlibirloque, se convierte en una película de ciencia-ficción futurista. Los guionistas es lo que tienen, que siempre pueden acudir a ese clásico de “y entonces se despertó”. Un truco bastante tramposo para desanudar un argumento asaz enrevesado, de los que sólo un escapista saldría airoso. Pero Houdini sólo hubo uno.

Es que me da la risa


Servida con salsa barbacoa,
tártara, mayonesa, mostaza...

Si el thriller va con cualquier plato, sin duda la otra guarnición para todos los guisos es la comedia, auténticas patatas fritas del asunto fílmico. En cuanto que algo pierde credibilidad, se le echan unos puñaditos de sal gorda y a la mesa. Este recurso ha sido especialmente útil cuando el más difícil todavía del cine de acción le hacía perder su relación con el mundo real, cualquier vestigio de verosimilitud. Un ejemplo práctico de este asunto es el tono autoparódico de seriales cinematográficos como La Jungla de Cristal (1988-1995), que en su segunda parte estaba preñadita de referencias sarcásticas al imposible estadístico que supone que el mismo policía esté en sendos secuestros terroristas en un rascacielos de Los Ángeles y en el Aeropuerto de Dulles (Washington) con sólo doce meses de intervalo. Funcionaba, poco más o menos. Lo malo es que el ejemplo cundió. Para un guionista es más fácil resolver una situación con una arbitrariedad y añadirle un chiste malo, que intentar que la pirueta resulte verosímil.

El asunto del gag como mortero de fábricas vacilantes ha servido de hecho para salvar un género entero que amenazaba ruina: el terror. Pesadilla en Elm Street (1984), de Wes Craven pretendía dar miedo. Muchos incluso aseguran que lo daba. La nueva pesadilla de Wes Craven (1994), séptima parte del mismo asunto es una comedia un tanto disparatada sobre los rodajes de la serie (metacine, que diría un pedante), y no es raro que su responsable, maestro de su propia franquicia de terror teenager, terminase inventando una nueva marca, Scream (1996), que ya sin ningún disimulo es una comedia que jalona sus chistes con sustos. O viceversa. El Superman (1978) de Richard Donner, tan serio, dio lugar a una saga cinematográfica que en su tercer episodio ya era una comedia un tanto desmadrada. Y así sucesivamente.


Variedad de hamburguesa
consicente de sí misma

La ensalada de risas parece capaz de salvar cualquier menú, pero a menudo genera en el espectador una sensación de desazón, pues el director parece pretender que consintamos en creer lo que nos cuenta a cambio de unas cuchufletas, cuando el abuso de la farsa demuestra que quien no se cree el cuento es su máximo responsable. A veces el rizo completa sus 360 grados y lo que resulta es una parodia. Arnold Schwarzenegger, que pronto regresará a los cines con un Terminator 3 (2003), decidió que su personaje cinematográfico era tan ridículo, tan excesivo, tan macho y tan monolítico que durante unos años sólo aceptó papeles en los que se contuviera una más o menos clara chanza a propósito de tal condición. Los gemelos golpean dos veces (1988), Poli de guardería (1990), El último gran héroe (1993), Mentiras arriesgadas (1994), Junior (1994), Un padre en apuros (1996) son la sucesión de bromas con las que el ex Mister Universo se empeñó en demostrar que no era tan tonto como todos pensábamos, o que al menos era lo bastante listo como para saber que todos pensábamos que era tonto. Para cumplir tal propósito no dudó en incurrir en el escarnio y llegó a desdoblarse en dos personalidades: uno, el mismo actor, y otro, un héroe cinematográfico de acción, a cuál más risible y ambos co-protagonistas de El último gran héroe, de John McTiernan, una parodia del cine de acción de los noventa. Se hace cuesta arriba creer de nuevo que el armario austriaco es un temible terminator.

Como se ve, la nueva cocina tiene pocos secretos: las sobras de aquí y allá estofadas y servidas con ketchup. Más que comida, rancho. Pero eso no quiere decir que la mixtura no sea un legítimo ejercicio de alquimia. Pero ocurre que muchas veces el cambio de registro es bordón con el que disimular carencias.

Volviendo al maestro Hitchcock (al que algún día habrá de dedicar este bastimento una sesión), a él corresponde haber juntado la mayonesa y las patatas. Con la muerte en los talones (1959), La soga (1948), o Atrapa a un ladrón (1955) son los títulos que reposan en el anaquel del nigromante por la perfecta dosificación de sus ingredientes. En su caso, la búsqueda era exploración artística e intelectual aunque se basara en la combinatoria, ya que pisaba terrenos nunca hollados. Sucede que los genios son inspiración de los mediocres, y a veces éstos son legión. Como la luz atrae a los mosquitos, el talento deslumbra a la impericia. De los fogones de la alta cocina salieron, después de todo, las recetas que hoy nos sirven apresuradas en los fast food. Buen provecho.





pvallin@divertinajes.com
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