01 de mayo de 2003

Por ser V.O.S. quién sois


¿Ustedes han visto Intolerancia en VOS?

"Las traducciones, como las esposas, son raramente fieles si tienen algo de atractivas"
(Roy Campbell, poeta inglés)


Hacía tiempo que este baldaquín de sapiencia no dedicaba unas líneas a desfacer algún lugar común de la afición cinematográfica, una de esas verdades incuestionables de visitador del Cine Doré con gafas de pasta e inclinaciones vegetarianas, suculencia de especial gozo para quien, como el Cinexín, algo lleva en sí de ese infeliz degustador de rarezas. Viene esto a cuento de que el oficio de la pretensión erudita es muy duro, no se vayan a creer, y obliga a determinados comportamientos de distinción durante la primera juventud que, gracias a la vida, pasan como el acné y dejan un camino expedito. Hollado, pero expedito.


Tratado sobre contrapicados

En el asunto literario, uno de esos vicios incomprensibles es comprarse con veinte añitos el Ulises de Joyce, o declararse fan incondicional de El lobo estepario de Hesse, (el añadido morboso es sentirse identificado con el protagonista y decírselo gravemente a una muchacha, hasta ese día tontamente feliz) o confesarse, con los primeros vellos púbicos, admirador de Baudelaire. Es algo así como envanecerse fumando en el recreo mientras dos lagrimones revelan el verdadero efecto de la iniciática nicotina sobre los virginales pulmones. Bueno, al asunto: un deber de todo aficionado cinematográfico con aspiraciones a ser tomado en serio, más allá de presumir de haber visto media docena de veces Ciudadano Kane (1941), Acorazado Potenkim (1925) e Intolerancia (1916), es la Versión Original Subtitulada, que responde a las siglas porteñas que aparecen sobre estas líneas y aquí a continuación: VOS. Ver películas en VOS es lo que debe hacer aquel que pretenda ser tomado en serio cuando argumente, moviendo mucho los brazos, que X-Men 2 (2003) es mejor (o peor) que Daredevil (2003), o que la llegada de Matrix Reloaded (2003) es el acontecimiento cinematográfico de la década. Unas gafas rectangulares, un poemario de Rilke, y una bufanda larga como una película de Kurosawa también ayudan lo suyo.


El Alef, poco más o menos

Y tampoco es eso. No hay que rascar mucho para sacarle ventajas a la versión del audio original, empezando porque permite acceder a las interpretaciones reales de los actores, tal y como el director las quiso. Además, en general, al menos hasta bien entrados los noventa, la superposición del diálogo doblado se comía parte del sonido original, se hacía demasiado presente, ensombreciendo la banda sonora y los efectos ambientales. En fin, estas son básicamente las razones que cualquier cinéfilo con dos dedos de frente emplearía para defender el consumo del cine en VOS. Pero no es este CinExín un espacio que se rinda sin más a los lugares comunes. No, no, ningún interés hay para una página tan al margen de la liturgia como se presume ésta en esa retahíla de tópicos un tanto snobs que han calado con tanto éxito entre la intelligentsia del celuloide patrio. Es mucho más estimulante y revelador cantar loas al cine doblado, aunque se incurra, ciertamente, en el peligro de que a uno lo relacionen con Garci.

Excuso decir que todo este argumentario y el que sigue parten del presupuesto de que el espectador no entiende el idioma original de la película, de lo contrario sería una majadería requerir de traducción ya fuera sobreimpresa o superpuesta. Añado que el debate tiene una vigencia renovada, pues si bien no proliferan los cines que exhiben sus películas en VOS (son los de siempre), la irrupción del DVD, con las posibilidades de seleccionar diferentes bandas de audio, ha hecho las delicias de los que gustan de leer películas.

¿Por qué letrita empieza?


Entre cartel y cartel

El subtitulado tiene inconvenientes por una cuestión de concepto, de la ontología misma del cine: si dejamos de lado el llamado arte y ensayo (que a menudo es más lo segundo que lo primero) el séptimo arte es audiovisual, no textual. Es decir, se basa en la preeminencia de la imagen en movimiento y el sonido sobre ningún otro considerando. Los subtítulos, hasta para el más habilidoso lector, constituyen lo que los teóricos de la comunicación definen como "ruido", un factor extraño que se adosa al mensaje interfiriendo su correcta recepción. Bien se entendió esto antaño, en los tiempos del cine mudo. Existiendo por entonces la posibilidad técnica de sobreimpresionar diálogos en la imagen, se optó por colocar intertítulos, barrocos cartelones con líneas de diálogo que interrumpían el discurso de imágenes pero a cambio preservaban su cualidad. La palabra escrita como expresión de la palabra hablada era un apoyo, pero no era consustancial con la imagen, es decir, no compartía su sustancia. Sólo aparecían letras en pantalla si estas formaban parte del plano -por ejemplo, en Fausto (1926) de Murnau, se rodó en varios idiomas la escena del demonio sosteniendo un pergamino en el que se graba a fuego el contrato firmado con el galeno-. El resto de acotaciones, ya fueran de diálogo o de narración, debían esgrimirse desde los característicos intertítulos.


Verborragia

Tal rigor, que llevó a confinar la palabra escrita en ese embalse de fondo negro, es hoy un exceso difícilmente defendible, pero ilustra un respeto hacia la materia fílmica que ahora juzgaríamos como una ridiculez puritana. Tal vez demasiado a la ligera, pues la diferencia entre escuchar los diálogos y leerlos es tanta como romper la principal convención cinematográfica, la de ser testigo de la historia que se cuenta y no un mero lector. El subtitulado devuelve, para bien y para mal, el guión a su cualidad literaria primigenia, pues lo que resulta, desde un punto de vista taxonómico, es un libreto ilustrado antes que una película propiamente dicha.

Como, objetivamente, nuestra capacidad para decodificar el texto sobreimpreso es más lenta que la decodificación del lenguaje hablado, los textos de los subtítulos son un resumen somero de lo que se dice en pantalla, sobremanera si se trata de algún director/guionista locuaz, caso de Woody Allen en Desmontando a Harry (1997) o David Mamet en Glengarry Glen Ross (1992), por mencionar un par de casos claros. Es cierto que los doblajes no son literales, pero mucho menos lo son los subtítulos, cuya función es muy parecida a la del libreto/programa en la ópera: sirve de báculo. Y todo el mundo sabe que se anda más ligero sin muletas.

Y hablaban lenguas extrañas


El último golpe, o
Mamet vuelve al cartel

Las molestias del doblaje también son conocidas: los dobladores son siempre los mismos, las traducciones a veces no son lo buenas que deberían y se pierde una parte importante de la personalidad de los actores. Sin embargo, hacen algo más que facilitar la comprensión: eliminan barreras. Aunque es tenido por indiscutible que oír el idioma original acerca a la comprensión de los estados de ánimo del personaje, a los matices de la interpretación, no es menos cierto que las lenguas tienen características formas de entonar cuya traslación provoca equívocos. Una película italiana, pongamos por caso la reciente y memorable La habitación del hijo (2002) de Nani Moretti, vista en VOS transmite a ratos una intensidad verbal propia de la entusiasta entonación italiana, distorsión invisible a oídos de un nacional y que sólo el doblaje neutraliza para el espectador ibérico.


No es Fausto, sino Gandalf

Algo similar ocurre con todos los idiomas, de forma singular los de Extremo Oriente (chino y japonés), pero también con el omnipresente inglés, en especial el que se habla en Norteamérica. De hecho, en las grandes producciones de la industria, caso de la saga de la Tierra Media de Peter Jackson o la galáctica de George Lucas, en las que intervienen actores anglosajones de distinta procedencia, los estadounidenses exhiben un acento mascullante y enfático, propio de personajes emocionales, sanguíneos, muy alejado de la pronunciación precisa y rica en matices de los británicos, atributo de personajes cultos, fríos y paternales, o del tono agreste de los anglosajones australes. Y este reparto acentual no siempre se ajusta a la intención del relato.

A este respecto, el doblaje proporciona un balance perfecto, empastando voces o proporcionando acentos allá donde se los requiere, enriqueciendo el resultado para el oído castellano, con un sinfín de matices imposibles de apreciar en el idioma original salvo que se haya domeñado el habla en que fue rodada. Así, el desconocimiento del idioma supone un velo que impide una percepción adecuada de las coloraciones e intenciones del sonido de origen, y que los subtítulos en absoluto resuelven. Los psicólogos han demostrado que todos estos obstáculos son vencidos por la educación, es decir que un aprendizaje precoz de la lectura de subtítulos y la escucha de otros idiomas no sólo proporcionan velocidad y destreza sino que terminan por eliminar el ruido, de modo que uno es incapaz de discernir si lo que leyó lo leyó o lo escuchó. Tal es la capacidad del cerebro humano para generar argamasas perceptivas.

Oigo voces


Dos doblajes disponibles

Sin embargo, los más de los espectadores españoles han nacido y crecido con el doblaje, de modo que su forma natural de percibir las películas es castellano. La consolidación de las artes de la suplantación vocal, que según muchos es causa de la imposibilidad de la industria española para competir con Hollywood ("les regalamos nuestro idioma", explica gráficamente Fernando Trueba), ha posibilitado el desarrollo de excelentes escuelas de doblaje, de actores cuyas voces consiguen brillar a una altura artística hermana de la perfecta sincronización labial. La superioridad de esta industria la reconoció Disney cuando, por fin, con La Bella y la Bestia (1992), decidió doblar en España sus películas y renunciar al doblaje puertorriqueño que había acompañado toda su producción hasta La Sirenita (1990). Años después, rectificaría el audio castellano de ésta última y también le proporcionó voces españolas para su edición en formato doméstico. La estropeó, claro, porque cuesta mucho ver una película en la que las voces 'originales' (las de su estreno en España) han sido suplantadas. Por cierto, que del fundamentalismo que en ocasiones se practica con esto del VOS sirva de muestra el caso de quienes defienden la versión original de las películas de dibujos animados. El CinExín pregunta: ¿y los dibujos hablan, o están doblados? Pues eso.


Doblaje cum laude

Existe un valor añadido del castellano, raramente mencionado en el caso del cine y que conocen bien los traductores literarios. Es una lengua cuya riqueza semántica supera al inglés, a cambio más picado y directo. En títulos en los que el original garabatea giros que se pretenden añosos, el castellano se desenvuelve con mayor donosura, gracias a un léxico más poderoso y sugestivo. El esmero puesto en estas labores alcanza en ocasiones alturas dignas de mejor consideración que la mera artesanía, caso del Cyrano de Bergerac (1990) de Jean Paul Rappeneau, cuyo doblaje reprodujo con delicadeza extrema la versificación original, en un comprometido equilibrio entre el sentido del original francés y su rima. La construcción lingüística y sintáctica de La Comunidad del Anillo (2001) en el doblaje castellano, más atenta al original literario que a la versión anglófona de la película, adquiere una cualidad eufónica muy superior a la de la versión original a decir de los especialistas, sin mencionar que las voces españolas replican y acaso mejoran los colores y texturas de las del reparto. Esta fidelidad es buscada ya por muchos directores, algunos ya mencionados aquí, que exigen aprobar el casting de voces de sus doblajes, poniendo el mismo cuidado que J.R.R.Tolkien puso cuando tradujo a todos los idiomas posibles los nombres de sus personajes, dando indicaciones de cómo debían trasladarse gentilicios, apellidos y topónimos.

Todo está en los libros


Con dobladores aprobados
por el propio Lucas

El cine es mayormente un arte pop, en el que el esfuerzo del espectador no debe consistir en salvar los obstáculos que el directo no planeó ponerle, sino sólo en desentrañar aquello que deba ser esclarecido. No es ópera, sino más bien teatro musical: el libreto puede ser traducido sin que haya en ello herejía alguna. Porque, seamos sinceros, aquí quién, no dominando una lengua foránea, se lee novelas en edición bilingüe. Nadie, claro. Esa práctica es propia de la poesía, porque, aún desconociendo la lengua del autor, es fundamental participar de la musicalidad original. La narrativa no tolera ese desdoblamiento puritano, lo que demuestra, por cierto, que la ópera no es narración, sino expresión. Es el mismo principio que hace que los estudios de doblaje a menudo renuncien a hacer lo propio con las canciones de los musicales, y conserven el audio original subtitulado en los pasajes musicales.


Un momento que
justifica una carrera

Todo lo escrito puede llevar a pensar que el CinExín no consume VOS, lo que se aleja mucho de la realidad. Pero conviene hacer un manifiesto en defensa de la mesura: la versión original subtitulada se vuelve metodología adecuada para el ahondamiento en la obra, para segundas visiones, para incursiones detalladas, o para cinematografías que por su escaso impacto en taquilla son víctimas de doblajes desdeñosos. En el primer contacto, el cine más puramente pop se exige doblado, porque refuerza algunos de sus atributos intrínsecos: lo hace más directo, convencional, truculento e inmediato.

Una de las virtudes encomiables de las ediciones en DVD es precisamente la de permitir la elección de la banda de sonido y subtítulos a voluntad. Ese ejercicio depara muchas veces desvelamientos enriquecedores pero, con más frecuencia de lo que nos gusta reconocer, obliga a rendirse ante la consonancia de la versión española, ante su rigor y su melodiosa belleza. Obliga pues a descubrirse ante las pétreas voces cuyas palabras reverberan en las galerías de la memoria de nuestra mitomanía, que es la sustancia de nuestra afición, comenzando por el deslumbrante poema que, con el llameante timbre de Constantino Romero, robaron David Web People y Hamptom Fancher, para el vigoroso epílogo de Blade Runner (1982), a unos versos de Arthur Rimbaud cuya gloria quede aquí repuesta.

"Yo he visto cosas que vosotros no creeríais,
atacar naves en llamas más allá de Orión.
He visto rayos C brillar en la oscuridad
cerca de la puerta de Tanhauser.
Todos esos momentos se perderán en el tiempo,
como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir"


(David W. People/Hampton Fancher para Blade Runner)


"Sé de cielos que estallan en rayos, sé de trombas,
resacas y corrientes, sé de tarde,
del alba exaltada igual que un pueblo de palomas,
y he visto algunas veces lo que el hombre creyó ver.

He visto el ocaso manchado de horrores místicos,
iluminando a lo lejos, coágulos violetas,
igual que los actores de dramas muy antiguos
las olas rodando a lo lejos con temblores muaré.

Soñé la noche verde de nieves deslumbrantes,
besos subiendo a los ojos desde el mar con lentitud,
la circulación de savias inauditas,
y el despertar amarillo y azul de fósforos cantores

(…)

¡Vi los archipiélagos siderales! Islas
donde los cielos delirantes se abren al viajero.
-¿Es en estas noches sin fondo que tú duermes y te exilas,
millón de pájaros de oro, oh futuro Vigor?

(…)

No puedo más, bañado de languideces, oh olas,
arrancar su estela a los cargueros de algodones,
ni traspasar el orgullo de las banderas flameantes,
ni nadar bajo los ojos horribles de los pontones."

(Jean Arthur Rimbaud, fragmentos de El barco ebrio)















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