11 de marzo de 2003

Tokywood


Se reprodujo, no sabemos cómo

Los amamantados con Mazinger Z, como es el caso, venimos japonizados de serie. Lloramos con Heidi y Marco, y nos sumergimos en la testosterona del gigantesco adán metálico, cuya pareja era diosa sexual que lanzaba sus pechos. Siempre nos han contado que Mazinger desapareció de nuestros Telefunken por expreso deseo de la monarquía española que, parece mentira, reinaba antes de reinar. Ya era tarde, de cualquier manera. Sembrada estaba la simiente de una concepción del mundo sintoista, karateka y feudal.


Ridley Scott firmó este
mal plagio de Yakuza

Pero húbolos (unos cuantos de ustedes, seguro) que se criaron con Mariquita Pérez en los escaparates y gente caqui en el poder, en lugar de desarrollarse en el mucho más sano ambiente de Nancy Selene en las tiendas y un chapucero golpe de estado en la tele, y a esos pobres desprevenidos nadie los aviso de lo que se les venía encima: ingenuos creían que la filosofía sutil que impregnaba la gran pantalla seguía siendo una mezcla rala de puritanismo, capitalismo y freudianismo protestante, salpicado todo ello por generosas dosis de sionismo cabalístico preñado de un justo y cargante revanchismo post-holocausto. Pero no, el bombardeado y tecnológico Japón aguardaba, sutil pero tenaz, bajo la máscara taquillera y pistolera de los grandes estudios.

Puños fuera


Parece algo, no es nada

Nada tiene que ver este empapamiento oriental con la mayor o menor presencia de ojos rasgados en la pantalla. Esta imperceptible transformación se palpa más bien en la progresiva y silenciosa desaparición del puñetazo como unidad de expresión masculina y violenta. En el cine made in hollywood ya sólo la corte de iletrados, sicarios, camioneros y moteros de medio pelo, la gris morralla al cabo, acude al puñetazo fordiano para dilucidar su hombría y su razón (supongo que nadie duda a estas alturas de que, en las sociedades protestantes, la razón depende de la fuerza como la salvación de la fortuna: vean las noticias), mientras que los héroes y heroínas se imponen a sus rivales en el ejercicio de prácticas pugilísticas orientales, mezcla de filosofía y curso de autoayuda. La transformación ha sido mucho más sutil y rápida de lo que se pudiera pensar: Superman (1978) golpeaba con el puño prieto, y hoy, Daredevil (2003) -horripilante viodeoclip basado en el personaje con el que Frank Miller otorgó la mayoría de edad a Marvel- es toda una escuela de artes marciales. Experimentos como la magnética y peligrosa El club de la lucha (1999), de David Fincher, no dejan de ser una rareza en la que varones enfermos de modernidad expresan sus ideas con todo el arcaicismo de los puños apretados en turnos consecutivos. Lo dicho, muy raro.


Gustó mucho esto

El motivo de esta metamorfosis de lluvia fina no está en la influencia cultural del cine japonés, sino en su control de la industria audiovisual. Esa capacidad de contagio de los maestros japoneses sólo atañe, en el cine de masas, al budismo intergaláctico de George Lucas, poseído por el maestro japonés Akira Kurosawa, cuya interpretación de los conflictos de poder y familia, tan propia de sus adaptaciones de Shakespeare, también alcanzó a otros coetáneos, como el gran amigo de Lucas Francis Ford Copolla.

Su saga El Padrino guarda una sorda relación de retroalimentación con Kurosawa. Por desgracia, esta influencia niponizante, la meramente vinculada a su capacidad artística para influir, se limitó a hacerse patente en títulos como The Yakuza (1975), de Sydney Pollack, realizada a partir de un guión de Paul Schraeder, y que generaría años después un remake bastardo de menor talla, titulado Black Rain (1989).

Un ejemplo pluscuamperfecto de esta invasión latente es ese divertimento autosatisfecho llamado Matrix (1999), en el que los hermanos Larry y Andy Wachowski meten en la Minipimer el mesianismo judeocristiano, el sintoismo, el budismo, los videojuegos, los cómics y una academia de kung-fú y sale una cosita que empieza bien y luego se tuerce, en Matrix Reloaded (2003) y Matrix Revolutions (2003), pero que lleva la inequívoca marca de nacimiento de los productos que adelantan el camino de las nuevas tendencias.

Milenarismo post-nuclear y estructuras piramidales


Hollywood
dando ideas

El rastreo de la señas de Sony (por nombrar una) en los productos procedentes de California, pese a lo dicho, es más interesante cuanto menos se detiene en los detalles patentes. Por ejemplo, el milenarismo apocalíptico es una característica inequívoca del archipiélago nipón, que no por nada fue campo de pruebas de una Guerra Nuclear para poner fin (la historia la escriben los vencedores) a la sangría europea que supuso la II Guerra Mundial. Los ambientes post-apocalípticos de la ciencia ficción fueron explotados por la cultura pop japonesa antes siquiera de que se inventara la Guerra Fría. Y esta sensación de la vida en riesgo, la urbe amenazada pero reconstruida, iba generando una estructura narrativa en pirámide, en la que cualquier aventura veía reducido el concepto del viaje (tradicional de los relatos de Quest) a un estadio anterior, el de las pruebas del héroe, en su literalidad. La progresiva formación para enfrentar el peligro final adquiere forma de pirámide, en la que se van superando a rivales que son remedos asequibles del Gran Antágono (perdón por el neologismo o palabro). Esta estructura, que de Japón salió popularizada merced a los videojuegos y los manga, la apreciamos ya en productos netamente californianos, como la risible Independence Day (1996) de Roland Emmerich. Comparte ésta con Matrix además otra cualidad del Imperio del Sol Naciente: lo que sucede ante la cámara cambiará la historia del mundo. Llamémoslo tremendismo.


Si Zane Grey hubiera nacido
en Tokyo, el Oeste sería así...

Muchos paranoicos de última generación atribuyen la similitud estructural de productos como Independence Day y los videojuegos a la conocida explotación multimedia de los nuevos éxitos cinematográficos. No es el caso, pues la horrible película de Emmerich dio lugar a un juego de computadora tan malo como ella misma, pero además, de nefasta acogida en el mercado. En realidad, se cuentan por decenas las adaptaciones de películas a videojuego que obtienen resultados comerciales ridículos o directamente catastróficos (créanme, sé de qué hablo) y apenas han salido una docena de éxitos del ocio electrónico basados en licencias de películas.

La mecánica, el cono y la simetría


Ser madre en el exilio

Las mutaciones atómicas que dieron lugar a Godzilla, combinadas con la acelerada revolución industrial financiada por Estados Unidos tras la guerra y la obsesión por la tecnología que de ella se derivó, compusieron el paritorio dónde se alumbraron los robots gigantescos, de los que aquí supimos tan sólo por la conocida y ya citada punta del iceberg. Hace bien poco, ese gusto por el gigantismo tecnológico, tamizado por la retro-ciencia-ficción decimonónica robada a Julio Verne, aportaba una prodigiosa araña mecánica de varios cientos de metros en la, por lo demás, perecedera Wild Wild West (1999). Con estas monstruosidades también se acuciaba la estructura de la trama urdida en torno a una escala ascendente de rivales, un cono violento por el que se medra en espiral, de modo que, a cada minuto, aparecen nuevos enemigos más temibles que el anterior, hasta llegar, claro, a la madre de todos los malos, cuya subyugante interpretación literal llevó James Cameron a la pantalla en Aliens, el Regreso (1986). Su escena final contaba con una inequívoca expresión de antagonismo que, en este ejercicio de sesgo arbitrario, interpretaremos como la justa fusión de la cultura pop americana y la japonesa: el héroe y su némesis son idénticos, simétricos en lo moral, una idea motor cuya plasmación más obvia fue una cosa llamada gráficamente Cara a cara (1997) en la que policía y villano, John Travolta y Nicolas Cage, intercambian sus rostros para desentrañar una conspiración (sí, sí, es así de mala). Este sofrito lo dirigía un individuo llamado John Woo, especialista en cine de acción venido, no por casualidad, de Hong Kong, que ya sé no es Japón pero tampoco es Kentucky.

DesOrientados


Existencialismo high-tech

El economicismo protestante, sin embargo, ha filtrado alguna de las singularidades de la cultura oriental. Quizá la reducción del discurso del cine norteamericano al mínimo común múltiplo del cociente intelectual de su audiencia potencial (oyendo las cosas que su presidente les dice y ellos se creen se entiende todo) explique por qué una de las más recurrentes obsesiones de la cultura nipona postnuclear, la trascendencia, se resiste a dejarse ver en el cine de masas norteamericano, si no es convertido en el ya mentado tremendismo. En Japón es bien diferente: directores como Hayao Miyazaki (al que aquí se dedicó un extenso monográfico), Katsuhiro Otomo, Mamoru Oshi o Tarô Rin, todos ellos responsables de títulos que han reventado las taquillas niponas, se imbuyen en la trascendencia en aproximaciones que van desde el candor naturalista de Miyazaki, al milenarismo de Otomo, autor de Akira (1988), pasando por la ambigüedad filosófica de Oshi y su brillante Ghost in the Shell (1995), heredera lícita y honorable de Blade Runner (1982). Lo más parecido a un producto comercial y trascendente que se ha visto salir de Hollywood ha sido Matrix.


Hiperglucemia

En el mejor de los casos, las inquietantes reflexiones sobre las fronteras del principio y el fin de la vida natural y la artificial y la difusa categoría de la inteligencia electrónica tenían una proyección mayor en antiguallas (con perdón) como 2001:Odisea Espacial (1969) que en la reciente A.I.(Inteligencia Artificial) (2001) de Steven Spielberg. El tal Midas estafó la intención inicial de Kubrick, padre de ambos proyectos, y abandonó la reflexión ontológica para entregarse en los muy confortables brazos de la moralidad ejemplarizante; postuló Spielberg el triunfo de la perseverancia donde se le impelía a hablar del extravío moral e intelectual ante la infinitud y el vacío.

La simetría moral y la protoreligiosidad oriental (la compatibilidad de los principios de las religiones orientales entre sí es tal que muchos japoneses practican simultáneamente el budismo panteísta y el sintoismo politeista), que obligan a buscar una sintonía entre el hombre y el medio, son un recurso continuo en la cultura japonesa, incluso en la más pop de sus expresiones. Y sin embargo, han tropezado con la moralidad puritana de Estados Unidos, que convierte los pares antagónicos en un maniqueísmo cuya simpleza ofende. Como expresa el fracaso comercial de la producción híbrida Final Fantasy (2001) o el esfuerzo doctrinario de Spielberg en todas sus películas, la industria norteamericana prefiere proveer a su pueblo de asertos inequívocos, útiles sólo para un mundo inventado, en lugar de orientar sobre la senda que conduce a las preguntas y reconocer que, en la vida real, la única respuesta es que no hay respuestas.









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