04 de marzo de 2003

Prohibido reir


Hubo un tiempo en que el miedo
no impedía actuar ni reírse

Escuchando (oyendo, más bien) animadas discusiones sobre legitimidades gubernamentales frente a tumultuosas expresiones callejeras de indisciplina, recordaba el sosías del CinExín el vetusto principio que establece que la legitimidad del poderoso reside en la fe del gobernado, y que el rey lo es en tanto el pueblo lo tenga por tal. Dicho de otro modo, que el sujeto pasivo del poder es el único que garantiza su existencia. Por eso el gobernador se las ve con las más enconadas invectivas mejor que con la más pueril burla: la risa subvierte el principio de legitimidad del poder, que existe en la medida en que exista el temor del súbdito. No en vano, la organización del Estado descansa sobre el monopolio del uso legítimo de la violencia. El monopolio del miedo. Por eso hoy procede hablar de la farsa, la sátira, que estuvo en el momento fundacional del teatro y es uno de los más subversivos mecanismos de defensa para los tiempos oscuros, a cuyas acometidas el poder ha sido siempre vulnerable y contra la que, a lo largo de la Historia, se ha demostrado tan inerme que ha llegado a estar prohibido reírse del rey, la iglesia o la ley, entendidos todos ellos en el sentido amplio que a cada cual convenga.


Español con derecho a voto

Empezamos por el final, para sacudirnos ese aspecto de "repaso histórico" que a veces se le pone al CinExín, y fijamos la atención en la muy europea y fatigosa La Gran Aventura de Mortadelo y Filemón (2003) de Javier Fesser, porque aparece en ella una afilada caricatura de nuestro pequeño caudillo, gobernante de Tirania, quien, con mano firme y contundentes pelotazos urbanísticos, pusiere su país a la cabeza del mundo urbano, hasta no quedar un metro cuadrado sin recalificar, en una simpática recreación de Paco Sagarzazu. Tampoco el asunto es como para tirar cohetes, porque el aludido ya no está aquí para defenderse (que hablaba de Franco, no de éste), pero tiene su gracia el anacronismo de combinar los tics del primer franquismo con la especulación inmobiliaria en su versión más salvaje y finisecular. Sin embargo, es defecto que se contiene en la parodia de los hermanos Fesser (a cambio exhibe algunas otras virtudes) la ausencia de actualidad. Una falta que no es capital para este título, que se pretende comedia gamberra y afrancesada, pero sí lo es cuando el asunto se presenta como sátira que juzga al poder y le da la risa. Que, con mejor o peor criterio, es a lo que estamos.


De cómo Sadam rompe
taquillas cual Reagan

Se trata de una forma de contar prácticamente abandonada, salvo para aplicar humor de sal gorda, como South Park, más grande, más largo y sin cortes (1999), de Trey Parker, un monumento a la malsonancia y la procacidad escandalosamente divertido, en el que Sadam Hussein es la pareja de hecho y de lecho de un Belcebú loquísima, del que se aprovechaba sexualmente, entre un sinfín de chifladuras que tocaban todos los palos de la incorrección política, desde el racismo hasta el acoso sexual, pasando por la xenofobia, la pornografía y cualquier otra expresión de la inmoralidad de esas que hemos borrado del lenguaje, pero sólo del lenguaje. Se trata, como muchos sabrán, de la puesta de largo de una serie televisiva homónima de gran predicamento en los pacatos pero belicosos Estados Unidos, que en el filme declaran la guerra a Canadá por producir y exportar películas que enturbian el sano desarrollo de los hijos del Mundo Libre. Y eso, su condición catódica, explica su razón de ser: la parodia se ha convertido en un género puramente televisivo. Al menos la parodia de la realidad, porque lo que sí goza de buena salud es el cine que remeda a otro cine o a sí mismo.

Me miro y me da la risa


Prometía mucho...

Es el caso de la actualización de James Bond, que ya hace tiempo que, para alegría del mundo, no se toma en serio, o de Arnold Swarzenegger, entregado a las más inmisericordes caricaturas de sí mismo, especialmente lucidas en El último gran héroe (1993) y Mentiras Arriesgadas (1994). Pero poco caso hacemos a lo que ocurre a nuestro alrededor. De hecho, se ha creado un género de caricaturas de clásicos, en el que algunos, no se sabe si en un ejercicio de sincero tributo o para obtener réditos a costa de la notoriedad y el talento ajenos, se especializaron en revisar, en clave de histriónica guasa, títulos que gozaban de fama, prestigio o de ambos. Mel Brooks, creador de la teleserie El Superagente 86 y de la memorable El Jovencito Frankenstein (1974), se especializó en parodias de factura desigual, y casi siempre brocha gorda -Spaceballs (1987) desaprovechaba el filón de referencias universalmente conocidas- abriendo el camino a la terna posterior Zucker, Abrahams, Zucker (ZAZ), responsables, juntos o por separado, de todas esas cosas que aquí llegan con el sufijo ...como puedas, ya fuere aterrizar, agarrar o estafar, según el gremio de que se tratare.


Aventuras en pijama

También en la disciplina de la broma sin complicaciones, pero con la refrescante intención de reírse de su propio público (los enfermizos fans de la inefable saga Star Trek), destacó hace poco tiempo Galaxy Quest (1999), aquí titulada Héroes fuera de órbita, que proporcionaba la impagable oportunidad de ver a Sigourney Weaver parodiando su papel de mártir interestelar de la serie Alien¸ transmutado aquí en tía cachonda (literal) y descerebrada. Y poco más ha caído en las carteleras recientes que merezca lo que cuesta una entrada, al menos en la disciplina del plagio risible. En el mercado del videoclub abundan las rarezas malas de solemnidad, pero a las que se puede exprimir un par de risas y alguna carcajada. Pero no es plan entrar al menudeo.

Alta política, alta comedia


Bill Clinton and wife

Extrañamente, la parodia de la realidad, la sátira social o política, no se practica con mucho entusiasmo, quizá porque la explicitud no siempre es bien entendida: Primay Colors (1998), del especialista en alta comedia Mike Nichols, pasó casi inadvertida pese a tratarse de una brillante y muy divertida biografía de los Clinton y su imparable carrera hacia el poder. Contaba con un engordado John Travolta que clavaba voz y ademanes de Bill Clinton para su mal disimulado alter ego de celuloide, Jack Stanton. No corrió mucha mejor suerte la otra gran farsa en torno a la Administración Clinton, Cortina de humo (1997), de Barry Levinson, oportuna, que no oportunista, fábula sobre un presidente que organiza campañas bélicas para ensordecer escándalos de alcoba.

Los carpetovetónicos, sin embargo, hemos hecho de la autoparodia un arte mayor, que no sé yo si será culpa de Cervantes, de Quevedo o de Berlanga. El caso es que, Transición aparte (aquí no se comentará el cine de Ozores pues una tara infantil impide al autor proferir siquiera sonrisas ante la muchedumbre de películas de la citada familia), somos auténticos profesionales de la sátira descarnada.


El señor Bush va a venir

El ya citado coautor de la más celebrada carcajada antigubernamental, cuyo mérito añadido es haber salvado la censura, Bienvenido Mister Marshall (1953), renació de sus cenizas cuatro décadas después para satirizar los años de nuestras primeras corrupciones democráticas, en Todos a la cárcel (1993), una película que sajaba la herida del felipismo (con perdón) presentándonos una reunión de acaudalados socialistas que rememoraban su época de luchas políticas en una jornada de esparcimiento en la cárcel, mientras un inconmensurable José Sazatornil, como Artemio, perseguía al subsecretario de Estado para cobrar unos sanitarios que había colocado en el Ministerio tiempo ha. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, la crítica social se ha visto inscrita en un realismo belicoso, vinculado a referentes del cine europeo (Loach y Tavernier, sobre todo) y nos hemos ido poniendo graves como si reírse fuera una falta de respeto, no hacia los poderes, sino hacia sus víctimas.


¿Sátira o panegírico?

La mojiganga que tanto nos gusta (y que con tanta precisión practicamos ante amigos y cañas cuando reproducimos el acento siberiano de un hipotético mandatario patrio de gira por la Unión Soviética) ha ido abandonando la gran pantalla para quedar confinada a las reducidas dimensiones del tubo trínitron. En el celuloide, su supervivencia ha venido de la mano de su codificación, a veces de espasmódica lucidez surreal, caso de Amenece que no es poco (1988), La marrana (1992), Así en el cielo como en la tierra (1995), muestras de inteligencia de José Luis Cuerda, cuyo humor se desplaza por el absurdo y la insidia con un resultado en general loable y por momentos, desternillante. Aunque el CinExín ha convertido el recitado de algunos pasajes de la primera de las tres en un indispensable de esta casa, lo cierto es que en el género satírico destaca la segunda, La Marrana, celebración irrespetuosa del Descubrimiento que puso el imprescindible contrapunto a los fastos de esa eclosión de la prosperidad española autosatisfecha llamada parcamente el 92. Otros juran practicar el género, pero los tics postmodernos con los que cifran su mensaje lo hacen opaco, siendo imposible descifrar cuál es su referente en el mundo real (si lo hubiere), que es el caso de la simpática e incomprensible El milagro de P. Tinto (1998), que nos lleva de nuevo al ultrapirenáico Javier Fesser. O el gran actor Santiago Segura, que, metido en las camisas de once varas de la dirección cinematográfica, ha firmado dos títulos, Torrente (1998) y Torrente 2 (2001), que deambulan por el movedizo terreno de hacer una sátira de la España más reaccionaria, pero cuyas concesiones comerciales terminan eligiendo lo burdo frente a lo mordaz para conferir a las andanzas del policía ágrafo y machista el cuestionable mérito de parecer una apología de lo más detestable del animalario patrio.

Eso no ha tenido gracia


La ambigüedad
hecha epopeya

En el resbaladizo terreno de la ambigüedad moral hace patinaje artístico el controvertido director holandés Paul Verhoeven, autor de Starship Troopers Las brigadas del espacio (1997), un alegato futurista e incorrecto del creciente militarismo de la gente guapa (sólo la Armada concede la ciudadanía, sólo los soldados que hayan luchado allende las galaxias conocidas contra los bichos, potencial amenaza contra nuestra forma de vida, tendrán derecho a votar), que fue absolutamente incomprendido en Estados Unidos, donde la mitad de la población se tomó la película en su detestable y fascista tenor literal y la otra mitad creyó que era una metáfora del nazismo. El incorregible director señalaba, en la presentación de la película en Madrid, que en realidad se trataba de una alegoría del creciente papel de gendarme mundial de los Estados Unidos y de su beligerancia posterior al desmoronamiento de la Unión Soviética. Quizá sea éste un buen momento para revisar esta impertinente fantasía interestelar.


Lombard y Benny son o no son

Por un extraño fenómeno de mímesis, los autores más críticos se han contagiado de la gravedad de aquellos a los que escarnecen, y emplean el drama social como única herramienta de subversión, a veces con notable acierto, pero haciéndoles un favor impagable: tomarlos tan en serio como su huera pomposidad proclama, lo que a menudo revela que nos estamos tomando demasiado en serio el cine, pues sólo en la tele el humor se emplea para descender a la caricatura de la actualidad. Como si dejarse llevar por la sátira fuera coyuntural y perecedero, algo que contradicen títulos inmortales como El Gran dictador (1940) o Ser o no ser (1942), cuyos respectivos méritos debemos a Charles Chaplin y Ernst Lubisth.

La risa parece incompatible con la reflexión crítica en el cine, y las comedias se vuelven insustanciales cuando no insultantes. Es grave que hayamos renunciado a gritar la alegre desvergüenza de lo obvio: que el emperador va desnudo. Somos risibles, como los son los poderes que gobiernan las conciencias, y el deber del cine también es reírse de aquél que, ensoberbecido, es incapaz de concebir que el mundo discurra sin presentarle sus respetos. Porque si nos sacudimos la rimbombante importancia de nuestras existencias recuperaremos el afilado escalpelo de la viveza purificadora de la risa.











pvallin@divertinajes.com
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