25 de febrero de 2003

Canonjías generacionales


El asma nació aquí

Bien a pesar de que el título que techa este comentario parece aludir a prebendas, el contenido de lo que sigue podría encabezarse sin empacho con aquella elocuente letra con la que cierta tonadillera volviera a las tablas, tras su justo periodo de viuda enlutada: "Hoy quiero confesar que estoy algo cansada / de llevar esta carga que pesa tanto...". Dejamos la copla antes de que prenda el desánimo. El asunto que hoy nos convoca es que, llevando tantos meses (se cumplen cinco del titubeante arranque) en la administración de doctrina cinematográfica, los acólitos merecen (incluso reclaman) que el CinExín establezca cuáles son las raíces de los dogmas que con tan alegre afectación se exhiben aquí semana tras semana. Es decir, ahora que están ustedes iniciados, que de hecho son ya iniciados, procede explicar el canon, los hechos y pensamientos que sirven de sustento crítico al sesgo de este oráculo. La substancia de la que están hechas nuestras categorías críticas. El Gran Maestre revelará el Secreto, mas sólo un poco.


Imaginativo festival del látex

El principio de Dilbert establece que todos somos imbéciles, al menos una parte del tiempo (algunos, una parte sustancial); así que al científico más deslumbrante puede caérsele el matraz y volar por los aires el laboratorio. Por lógica deductiva inversa, podemos colegir que hasta el más necio es eventualmente capaz de producir pensamientos útiles. Dice José Luis Garci que el cine que marca nuestros gustos y que condicionará nuestra afición es el que consumimos durante la adolescencia. No se sabe si es culpa del desajuste hormonal o de los picores, el caso es que, efectivamente, el cine consumido entre los 10 y los 16 años es aquel con el que se guarda un vínculo emocional e incluso intelectual más estrecho. Evidentemente, no a todos los adolescentes coetáneos les gusta el mismo tipo de cine y no en igual intensidad. Ahí empieza a dirimirse cuál será el gusto del fancine (neologismo del CinExín que se explica por su descomposición en dos lexemas). A los efectos, un nacido en el alunizaje, año arriba, año abajo, vive el arranque de ese periodo entre la trilogía de Star Wars (1977-1982) y otros hitos del cine fantástico y de ciencia ficción, unos de primera categoría, como Encuentros en la tercera fase (1977), Superman (1978), Alien (1979), ET (1982), Blade Runner (1982), Cristal Oscuro (1982)... y otros de segunda división B, como Galáctica (1978), Star Trek (1979) -desaguisado éste que dirigió nada menos que por un crepuscular Robert Wise-. El cierre de ese tiempo en el que las piernas se preparan para el invierno aunque venga el verano se punteó con títulos que iban desde los fungibles Cazafantasmas (1984), la desafortunada La Historia Interminable (1984) y la sugestiva Lady Halcón (1985), hasta la maravillosa coartada para escarceos amorosos Memorias de África (1985), o la neofascista Top Gun (1985). Incluso se podía permitir el pimpollo de la época algún esporádico brote de buen gusto, como la justamente premiada El Nombre de la Rosa (1986).

Progresa adecuadamente


Policiaco con tonsura

Con tal patrimonio, este tribuno, como toda su generación, sería uno más entre los muchos fanáticos fanzineros, y no el pozo de sabiduría que se presume. Pero la diferencia entre la formación cinematográfica de quienes, como el responsable de You're the One (una historia de entonces) (2000), nacieron con la Conferencia de Yalta y se criaron con las películas del esplendor postrero del star system hollywoodiense, la diferencia, decía, de estos nuestros antecesores con las generaciones tardofranquistas es que, al tiempo que el cine festejaba un renacimiento de los efectos especiales en el último cuarto del siglo, el primer socialismo democrático de estos pagos adoctrinaba a los prepúberes desde la televisión, una y grande, en espacios como Primera Sesión (antes Sesión de Tarde), Filmoteca TV, Sábado Cine, y, cuando nadie vigilaba, hasta el pecaminoso Cine de Medianoche.


Fausto, en Filmoteca TV

Las carteleras de esa denostada década de los ochenta, llenándose de fantasía y fuegos de artificio, marcaban un punto de referencia en la formación de los fascinados espectadores. Pero, como sabe todo geómetra, un punto sólo establece una enunciación espacial inmediata y perecedera, sin recorrido, sin tendencia, sin dirección. Por eso importa la tele, que se paseaba en postradas sobremesas del sábado por westerns de John Ford, y aventuras históricas de Errol Flynn, Robert Taylor, Charlton Heston, Tyrone Power, Burt Lancaster, Yul Brynner...; por una filmoteca de imprescindibles cinematográficos para noctámbulos, como La parada de los monstruos (1932), de Tod Browning; Fausto (1926), de Murnau; Las mil y una noches (1974), de Pasolini, El acorazado Potemkin (1925), de Eisenstein, en fin, y otros muchos de Buñuel, Bergman, Antonioni, Trufaut...; o exitazos para padres con reparos en Sábado Cine, con gatas sobre tejados, conexiones francesas del narcotráfico, alta comedia clásica, y una inenarrable lista de jalones más, de diversa factura y prestigio.


Edad Media limpia y colorista

Y al añadir este segundo punto catódico, el delineante dispone ya de lo imprescindible para lanzar una traza, un rudimentario eje en el que instalar los cimientos del canon del que hablamos. Convendrán que tan prometedora formación es demasiado heterodoxa como para ser tomada en serio porque combina alegremente la frivolidad más prescindible y hedonista con la sesudez más pretenciosa. Un disparate que muy bien podría haber terminado en confundir las hamburguesas con el entrecot, lo que es así pero no tan así. Si matizan estos conocimientos con las lecturas de cada cual, y el hecho de que es ésta la primera generación de interior (de más tardes ante la tele, que en la calle) y, en buena parte, también la primera del sistema público y democrático de enseñanza (controlado por los hijos de los que perdieron la Guerra), tendrán como resultado el desvarío que los lectores más veteranos suelen identificar con estas páginas.

Para todo es tarde


Ya se lo he dicho antes,
búsquenla si no la han visto

Resumiendo, el mortero y los sillares quedaron listos antes de 1990, en plena efervescencia de la postmodernidad, movimiento estético e intelectual cuyo barroquismo y falso acabamiento provoca, contra toda evidencia, una insoportable urticaria en este refugio. Porque, a partir de la mayoría de edad, es cuando cada sujeto debe coger los materiales de construcción y decidir si quiere hacer una muralla china para separarse, una fortaleza para protegerse o un templo para impartir doctrina, que es el caso. Los cipos de la juventud son menos traumáticos, pero igualmente visibles. Se identifican las películas, como las canciones y los olores, con aspiraciones y conflictos personales de las distintas edades, algunos por motivos difíciles de dilucidar, caso de la especial empatía que aquí se constata con Un lugar en el mundo (1992), de Adolfo Aristaráin, o con esa deficiente y nostálgica revisión de Casablanca (1942) llamada Habana (1990), de Sydney Pollack, con la parlanchina y postrera nouvelle vague de Eric Rohmer en general y con Cuento de verano (1996) y El rayo verde (1986) en particular, o con todo el cine firmado en estos años por Francis Ford Coppola y Clint Eastwood, casi todo el de Tim Burton, parte del de Robert Redford, todo el de Nanni Moretti, mucho del de Tavernier, algo de Amenábar, y algunos títulos sueltos como Beautiful Girls (1996), o Alta fidelidad (2000), conectados de forma indisoluble con la peripecia vital.


Monumento polisémico

En el intento aproximadamente fútil de hallar un canon, también pesa ese gusto enfermizo por clásicos mudos, y sin color, una poco explicada querencia hacia las grandes producciones de David Lean, y un favoritismo ostentoso por el cine de Jean Renoir y Joseph L. Mankiewicz. Dirán los que leen que, claro, que así, citando clásicos se juega sobre seguro, y que ese no es el camino para identificar la vara del agrimensor. No se caerá en la tentación de emplear aquí la hermenéutica de la sintaxis cinematográfica porque sería traicionar el espíritu levítico que preside el CinExín y además caeríamos en el nefando vicio del análisis formal.

Concluyamos que el CinExín sangra por la herida. Cuánto le interesa es moral o evasivo.

Los sábados por la tarde

La evasión, el hedonismo, es una propensión relacionada con las cualidades fundacionales del cine, las de su esfuerzo por maravillar con prodigios, posible porque el CinExín y su alter ego, subyugado por todo lo dionisiaco, conservan intacta su capacidad de enarcar las cejas y ni siquiera el desproporcionado despliegue de la informática ha conseguido aturdir lo suficiente como para generar en ambos tolerancia. Los fuegos de artificio se digieren con gusto si cuentan con la coartada de los desnudos de la protodemocracia, léase "si lo exige el guión". Si no, si los adjetivos se pavonean orondos cual globo aerostático, llenos de nada, se repudian y ocasionan virulentas reacciones de colérico predicador.

Y el otro cine, el menos complaciente, se degusta con gozo cuando se reivindica fábula moral, porque las películas, acaso como la literatura, no se justifican por un placer emocional, estético o intelectual. En este altillo, el cine que se respeta es el que eleva, conmueve, ilusiona, transporta, estremece, incomoda o golpea con furia justiciera. Al cabo, el cine que merece asomarse al CinExín es el que, por un instante o para siempre, consigue que de la sala oscura salga, los ojos entrecerrados, un individuo mejor que el que entró. Siquiera un poco mejor.









pvallin@divertinajes.com
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