28 de enero de 2003

Crisis del Custodio


Historias de la Mano que Mueve los Hilos

No ocurre a menudo y sucede de forma inesperada. Se siente un temblor apenas perceptible en los pies un instante antes de escuchar el quejido telúrico de los cimientos al resquebrarse. Inmediatamente después el mundo se desploma y, para cuando uno quiere darse cuenta, está intentando rescatar los restos de un inesperado naufragio. Entonces y sólo entonces, toca tomar decisiones que condicionarán el sesgo de lo que vendrá. Para algunos no es tan dramático como aquí se relata y para unos pocos nunca llega a suceder. De la gestión de esas encrucijadas, depende la conformación de un universo personal, moral o profesional futuro. Para el CinExín, estos albures tienen una curiosa tendencia a marcarse con las décadas y dejan escaso margen de maniobra. Como en el universo de contingencias de las novelas de Paul Auster, una vez envuelto por la ola sólo queda nadar hasta alcanzar la costa: la playa elegida es lo de menos.


Alicia ya no vive aquí

Según el principio de que las estructuras micro se repiten a escala macro, los imperios también viven estos ciclos y, por tanto, periodos de crisis que darán lugar a nuevas etapas, sean estas extinción o reencarnación. En esas anda Disney, un imperio perdido que cabecea buscando un horizonte al que encaminarse. Este vituperado laboratorio de los dibujos animados, cuya trascendencia es antes industrial que artística -como ya se dijo antes en este aprisco cinematográfico- lleva unos años practicando lo que un ecónomo llamaría "diversificación de productos y actividades", en lo estilístico, lo temático y lo industrial. Esta eventualidad, en lugar de transmitir brío, provoca cierta sensación, ora de inofensivo despiste, ora de descomposición esquizoide.

Mínima moralia


El día que tocamos techo

Cuando Disney creó los Principios Fundamentales del Movimiento de Dibujos, desde sus primeras adaptaciones de cuentos, Blancanieves y los siete enanitos (1937), Pinocho (1940), Alicia en el País de las Maravillas (1951), los dotó de un vigor moral monolítico que lo convirtió en el guardián y custodio de aquellos valores que los años sesenta tratarían de derribar. Durante décadas el estudio entredijo el uso de determinadas expresiones o sucedidos, y defendió los valores tradicionales de la familia y la moral en películas siempre conservadoras y ocasionalmente también reaccionarias. Las únicas mutaciones en su mensaje han sido las que aconsejare la corrección política, de modo que, en la moderna resurrección del estudio con La Sirenita (1989), de Ron Clements y John Musker, ya se aleccionaba al público sobre la necesidad de dejar que las muchachas doncellas ejerzan su albedrío para escoger pareja. Inmediatamente después, en lo que fue su techo artístico, con La Bella y la Bestia (1991), de Gary Trousdale y Kirk Wise, se blandía el agradecido mensaje antirracista del rechazo a los prejuicios y, de paso, se despejaban las dudas sobre le proceso de modernización de arquetipos: la apuesta de los estudios de animación más famosos del mundo para el cambio de siglo era someter a un lavado de cara intenso a sus personajes femeninos. En ésta, como en ninguna otra película se hiciera antes, se desmontaba el mito del príncipe azul, máscara de atavismos agresivos de una sociedad patriarcal acomplejada.


El Dorado o El
hombre que pudo reinar


Ese éxito, refrendado por la candidatura al Oscar a la mejor película (nunca antes conseguido por una película animada), parecía marcar una nueva senda para Disney, en la que, apoyándose en el glamour y el uso comedido de las nuevas tecnologías, recuperaba el cetro de la animación, tras la bofetada que supuso la irrupción de Steven Spielberg en ese mercado, bajo la bandera de la productora Amblimation (hoy Dreamworks), con Don Bluth como primer espada y Fievel y el nuevo mundo (1986) como catón. El discurrir de los títulos posteriores de la empresa fundada por Walt Disney, Aladdin (1992), El Rey León (1994), Pocahontas (1994) Hércules (1997), la memorable Mulán (1998) y su versión de Tarzán (1999) ratificaría el neoclasicismo estético y una muy tibia evolución dramática.


Monstruos S. A., editado
en DVD de Colección

En 1995, temerosa de verse desbordada por las nuevas tecnologías, la productora se metió de lleno en la animación digital, pero lo hizo desde fuera de la compañía, mediante un matrimonio con los estudios Pixar, la compañía creada por el padre del género del 3D, John Lasseter, y de este feliz yacer nacerían joyas como Toy Story (1995), Bichos (1998), Toy Story 2 (1999) y Monstruos S.A. (2001), obras con capacidad para trascender de largo las especificidades del cine para niños, y todas ellas realizadas bajo la batuta del propio Lasseter y de Andrew Stanton. Se diría que este compromiso con la innovación técnica, y el suscrito con los dibujos animados de otras cinematografías mediante el acuerdo para distribuir mundialmente el cine de los Estudios Ghibli, de Hayao Miyazaki, colocaba a Disney no sólo como monarca indiscutible de las artes del bosquejo, sino como la vanguardia misma de la animación ante el III Milenio. Pero algo se estaba torciendo.

Todo el mundo quiere hacer dibujos


El Gigante de Hierro,
de Brad Bird

Apenas diez años después de aquel hito del renacimiento de los colorines que fue la versión del triste cuento de la francesa Jeanne-Marie Leprince de Beaumont, (que dio lugar a un lustroso musical en Broadway y en Gran Vía) Disney parece incapaz de apuntar cuál será el sello que la identificará, antes tan reconocible. Los musicales de fuste, que hace sólo diez años eran monopolio de los herederos del dibujante congelado, los firman ya la Fox, caso de Anastasia (1997), o Dreamworks, con La ruta hacia El Dorado (2001) y El Príncipe de Egipto (1998). A los productos de Pixar, por efecto de la influencia de lo bueno, la copia descarada o el espionaje industrial, le han salido réplicas por doquier, sean miméticas, como HormigaZ (1998), o temáticas, caso de Shrek (2001), o la más reciente La Edad de Hielo (2002). Entretanto, Columbia se traía (quiere decirse "se llevaba a Los Ángeles") a un grupo de japoneses, provenientes del mundillo de los videojuegos, para hacer una película de animación 3D, un órdago tecnológico titulado Final Fantasy (2001) cuyo fracaso comercial, y en cierta medida dramático, no alcanza a empañar sus logros técnicos y artísticos.


Titan A. E., de Don Bluth

Para colmo, en unos pocos meses Don Bluth, operando como director y productor, presentaba su híbrido del dibujo tradicional y 3D, Titan A. E. (2001), y Brad Bird, procedente de la factoría de Matt Groenning (creador de Los Simpsons) firmaba una magistral alegoría sobre la paranoia norteamericana, El Gigante de Hierro (2000), un cuento de fantaciencia cuya vigencia crece a cada hora que la ONU pierde el control sobre la situación colonial del Golfo Pérsico.

La proliferación de estudios de animación, debida al gran momento del sector, ha llevado a recuperar técnicas arcaicas y casi abandonadas como el stop motion (animación de marionetas) de la que han aparecido productos tan notables como Pesadilla Antes de Navidad (1993), ideada por Tim Burton e increíblemente pagada por la propia Disney, o la reciente puesta de largo de Nick Park y Peter Lord, creadores de Wallace y Gromit, titulada Chicken Run: Evasión en la granja (2000).

Y Disney se pone a rebufo de todos


Atlantis, lo que pudo ser
y no fue por el montaje
Disney parece asombrada por cuanto sucede a su alrededor: lo quiere todo y todo lo copia. Hija putativa de Titan A.E. y El Dorado es Atlantis, el Imperio Perdido (2001), película enriquecida por una galería de personajes absolutamente ajena al Mágico Mundo de Colores (incluida una camionera septuagenaria y fumadora) pero herida por sus altibajos narrativos y por la dictadura de un metraje rígido, que a la hora y cuarto obliga a meter créditos. En la misma línea, la casa revisa el clásico de Robert Louis Stevenson La Isla del Tesoro, y le sale El Planeta del Tesoro (2002), un híbrido de las anteriores con una escasamente disimulada inspiración en la imaginería nipona para la serie de videojuegos de Final Fantasy y con vocación de ser réplica de Titan A.E.. La factoría mantuvo su producción de animación 3D, mezclando de forma descarada el Parque Jurásico de Spielberg con la saga de Bluth En Busca del Valle Encantado, y le salió un carísimo Dinosaurio (2000) que no interesó a nadie.


De izquierda a derecha,
Stith y Lilo

En mitad de este desquicie, da su visto bueno a productos inclasificables como Lilo & Stitch (2002), una gamberrada más propia de la Mtv que de la factoría Disney. Tomen nota: Lilo & Stitch, que arranca de una idea de su co-director, el surfista Chris Sanders, narra las peripecias de una niña huérfana, al cuidado de su atolondrada hermana adolescente que nunca está en casa y a la que persigue un inspector de los Servicios Sociales, que resulta ser un ex agente de la CIA, para retirarle la custodia. La pequeña Lilo incorpora a la unidad familiar a un extraterrestre recogido en la calle que, pese a su candoroso aspecto, es un peligroso criminal huido. Vuelvan a leerlo e imagínenlo todo a ritmo de hula hawaiano.

Nuevo modelo familiar de Disney

El resultado de este desatino moral es una película notable, tan irreverente y disparatada como increíblemente próxima a los títulos más dulces, que no almibarados, de la compañía. Si el desarrollo hubiera mantenido el altísimo nivel de su arranque, estaríamos ante un título comparable sólo con La Bella y la Bestia. Con todo, sobresaliente.


Final Fantasy

El esfuerzo de la compañía de las orejotas redondas por mantenerse activa en todos los frentes la ha llevado a presentar una imagen de confusión y una ausencia del modelo de gran producción del año que durante años fuera su mascarón de proa. Las causas de tanto movimiento parecen estar vinculadas a la mayor competencia del sector, pero también deben considerarse causas provenientes de un cine sin dibujos: en las últimas temporadas (y en asuntos infantiles las temporadas son sólo estivales y navideñas), los productos Disney se han visto obligados a competir de forma indirecta con otros de cine familiar, como la resurrección de la saga Star Wars, el nacimiento del fenómeno El Señor de los Anillos y la efervescencia de los nuevos superhéroes, desde el cuero de Matrix (1999) y X-Men (2001), a la licra de Spider-man (2002), y no han salido precisamente airosos. Más daño aún les ha hecho el advenimiento de una competencia directa, por valores y temática: Harry Potter ya ha arruinado las previsiones económicas de Atlantis y de El Planeta del Tesoro, en dos navidades consecutivas.


¿Final Fantasy IX el juego?
No, El Planeta del Tesoro
Acuciados por los malos resultados económicos, los productores de la Disney parecen haber abierto la mano a un cine más descarado e irreverente, como si el control de la compañía estuviera en manos de directores y guionistas y no al revés. No es la primera vez que ocurre, porque ya sus canales de televisión, que cuentan con equipos de censores para la revisión moral de los contenidos, tuvieron que modificar su lenguaje y hacerlo un poco más agresivo ante la evidencia de que otras emisoras, como Cartoon Network o Fox Kids, le habían arrebatado el favor de los más pequeños. No deja de ser un sarcasmo que los fracasos económicos estén haciendo más libre (y caótica) la creación del otrora guardián de la corrección política, hasta el punto de hacerle perder sus señas de identidad. Aunque quizá sea la prueba de que el monocultivo ideológico e intelectual a que nos somete la industria nos ha agotado la paciencia y las meninges. Y ahora toca una ración de insolencia en barbecho.








pvallin@divertinajes.com
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