21 de enero de 2003

Aterradora España


A Mabel Karr le da miedo hasta recordarlo

Sería impropio que a estas alturas el CinExín se convirtiera en un comentarista de la actualidad. Sería impropio, digo, y una traición a la substancia fundamental de los fines propagandístico y formador que se persiguen pues, como toda persona ilustrada sabe, la actualidad es esencialmente banal e intrascendente, y así lo prueba que un periódico traspapelado en septiembre aparezca, al limpiar el escritorio hoy, 240 diarios después, reprochándonos las mismas noticias, los mismos rostros, que decoran los rotativos del día, sin que quepa atribuir el fenómeno a la estulticia o vileza de los operarios de talleres gráficos. Los comentarios sobre la novedad última quedan pues para los profesionales charlistas, que los hay y muy buenos, por ejemplo aquí mismo, entre estas paredes cibernéticas que nos cobijan. Y sin embargo, esta semana vamos a dejarnos llevar por una impresión gástrica experimentada al contemplar la cartelera (en sentido literal, en un distraído paseo por la Gran Vía capitalina). El retortijón se podría resumir en una breve oración de sujeto, verbo y predicado monocotiledóneos: España da miedo.


Género híbrido

Y lo llamativo es la ausencia de un motivo polito-sociológico que explique a qué viene este repentino auge del cine oscuro y neblinoso, y mayormente malo, en la producción nacional (léase Estatal, Peninsular, Patria, Imperial, Real o cualquier otro adjetivo que coincida con las circunstancias palatoalveolares de cada quién). Desde ahora mismo, el CinExín anticipa que no es objeto de esta página hacer un repaso de la Historia del Cine de Terror en España, que para eso ya hay documentalistas intertextuales en el país, que incluso practican su erudición en programas de variedades. La aproximación será, como siempre aquí, transversal, sinónimo difuso de "sesgada".

La segunda mitad de la década de los noventa se ha caracterizado por una proliferación del género tonto (quiere decirse, insensata) de esas películas. Una causalidad elemental sería vincular esta predominancia a la emergencia económica (en el sentido de emerger, no de urgir) del cine español de la última década. Es decir, que la madurez industrial (con perdón) sería la coartada de una diversificación genérica de los productos cinematográficos y, por tanto, causa última de la repentina abundancia de gritos histéricos. Vale. Pero como la propia Academia dice que nos hundimos en "la crisis" mientras los sustos se vuelven frondosos entre la temática cortejada por directores, guionistas y productores (gremios que son uno y trino) del país (de nuevo, Estado, Nación, Reino, o lo que ustedes prefieran), eso quiere decir que no es la prosperidad el motivo de que España toda parezca una sucursal de Elm Street.

Los terrores favoritos


Otro clásico, además
de la Ruperta

Si se fijan, el terror autóctono era el que practicaban, con estilo, Chicho Ibáñez Serrador y, sin dinero, Paul Naschy, Juan Piquer y Jesús Franco, este último, mezclando los diversos fluidos corporales con la misma fruición que los géneros que a ellos refieren y haciéndose, además, pasar por foráneo (sin ningún éxito). También ha habido intentos de miedo ilustrado de alguno de los citados y de otros, como el Bigas Luna de Angustia (1987) o el Eloy de la Iglesia de Otra vuelta de tuerca (1985), ambos también inclinados al combinado de fluidos. Por cierto, abro un paréntesis figurado para subrayar con malicia que en la versión homónima de la novela de Henry James, la institutriz es institutor y lo encarna Pedro Mari Sánchez, ahí es nada. Todo lo anterior resulta, a los efectos, intrascendente, más allá del beneplácito que merecen películas esporádicas, pues nula o casi ha sido su influencia posterior en la forma de hacer y contar del cine palomitero local.


Fernando Arrabal: "El
minelarismo va a llegar"


Apareció, es verdad, una subcultura de los géneros cinematográficos incubada en años de fanzines, tocamientos torpes y mucho cine de series B a la Z que, convenientemente madurado, se convirtió en una mirada soez, irreverente y garbancera del miedo fílmico. La plasmación física de tal aberración fue una criatura llamada Alex de la Iglesia, progresivamente generosa de carnes, que puso un acento cañí a la generalización (o "advenimiento de los géneros") del cine hecho aquí y en las otras provincias adscritas a la monarquía borbónica. De acuerdo, los resultados no siempre han estado a la altura de los planteamientos, pero su filmografía da lustre a la cinematografía patria (en fin: de la Nación, Estado...) con títulos de alabanza general como La Comunidad (2000) o El día de la Bestia (1995) y otros que contienen suficientes elementos de interés como para dar por bien pagado el dinero de la entrada, por más que errores de diversa índole lastren el resultado final, caso de Acción Mutante (1993) y Muertos de risa (1999).


El arte de hacer dinero

Por todo lo dicho, sigue sin hallarse explicación plausible a lo que nos pasa con el miedo en esta España. Y no cabe acudir a argucias gnoseológicas sobre el progresivo nihilismo intelectual del Tercer Milenio y la conversión de la sociedad en una jungla disgregada, como elemento que acrecienta las inquietudes artísticas de realizadores que plasman la insolidaridad y deshumanización del mundo moderno en fantasmagóricas fábulas metafóricas. No. De hecho, salvo en el caso de Agustí Villaronga y Jaume Balagueró, responsables respectivos de 99.9 (1998) y Los sin nombre (1999), a los que reservamos el beneficio de la duda, el cine de terror que sacude nuestras carteleras es poco más o menos una mímesis de lo que viene de las costas del Pacífico. Consultados los oráculos resulta que esas cosas, tipo School Killers (nos van a matar a todos) (2001), Más de mil cámaras velan por su seguridad (2002), El Arte de Morir (2000), Tuno Negro (2001) incluso 13 campanadas (2002), se explican por la taquilla: es decir, en tiempos de crisis la diversificación de mediados de década se transforma en monocultivo y la creatividad de las nuevas cabezas, en calco de fórmulas mil y una veces experimentadas por los yanquis en sagas de hasta trece partes, todas iguales, en las que los jóvenes en pandilla se ríen lejos de la civilización, luego se separan por parejas, se disponen para la coyunda y, cuando apenas han empezado a sudar, un individuo con un objeto punzante y con el rostro oculto los convierte en chopsuey.


Ese pasado infame

Dejamos Los Otros (2001) fuera de esta clasificación, ya que es el único título que se ha merecido un CinExín monográfico (estábamos empezando). Por eso y porque sus circunstancias y sus valores son tan particulares, debe considerarse un influyendo más que un influido. Tampoco hemos mentado El espinazo del diablo (2001), de Guillermo del Toro, pero no por la nacionalidad del director, sino porque también es un remedo de asuntos venidos de más allá del Atlántico. De hecho, la Castilla que retrata parece Texas y la mezcla de chorizo con tacos y kepchup arroja un resultado desalentador cuya única coartada es que la historia es una ósmosis de otras dos, me dicen Raquel y David, defensores del heterodoxo combinado. Pasa a menudo con este tipo de experimentos, pero hay que seguir intentándolo, argumentan, porque poco más o menos así se inventaron los callos con arroz blanco; y disculpen el parapeto gastronómico.

Moralejas de hogaño


Prometía. Mintió

Durante años, España daba miedo al susto, con depauperadas Hurdes y malencarados de hirsuto bigote rectilíneo dispuestos a descerrajarle un tiro al primer disidente que se les pusiera por delante. Y, sin embargo, el cine que se hizo daba risa. Para bien y para mal. Vale que hoy no vamos bien, pero la sensación que produce la marcha de las cosas es muy otra. Por lo menos, hay comida caliente y las ratas ya no son especialidad gastronómica mesetaria. Y a los directores de cine les ha dado por meternos el susto en el cuerpo. Y además, sustos tontos. El CinExín, que es por carácter más apocalíptico que integrado, quiere pensar que es un fenómeno pendular, como el Talgo, que es tren vernáculo. Pero por más que uno quiera, el pensamiento que lo hostiga es un convencimiento, casi una revelación: los nuevos cineastas, aquí como en

Aaaaaaaaaah!

la sede del Imperio, han perdido su condición contestataria y rupturista; ya no son una alternativa belicosa e incómoda al cine rentable y conservador, sino más bien una mera alternancia estética reciclada de los videoclips y la publicidad. Poniéndonos milenaristas, cual Fernando Arrabal ebrio, podríamos atribuir este fenómeno a que las actuales revelaciones (sinónimo aquí de "nuevos talentos") de nuestro cine son la primera generación de educación netamente visual, lo que, lejos de ser malo, es muy bueno y enriquecedor para hacer cine, pues hoy un director de ventitantos ha visto más imágenes de toda índole de las que tal vez Murnau contemplara en toda su vida. Sin embargo, y siguiendo con la demagogia reaccionaria a la que inexplicablemente parece abocada esta página, quizá no haya visto las imágenes adecuadas, o carece de los conocimientos para separar el grano de la paja (ambos, fenómenos de la adolescencia) en asuntos cinematográficos. Porque se puede perdonar una mala copia de Alfred Hitchcock, Orson Welles, o Francis Ford Coppola, pero ¿necesita el mundo de imitadores de Wes Craven, Dario Argento o Robert Rodríguez? No me contesten.








pvallin@divertinajes.com
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