14 de enero de 2003

La consunción de la carne


Ni Humphrey Bogart puede resitirse a esto

Se detecta desde este observatorio una ausencia de invectivas por parte de las víctimas del proselitismo jactancioso de este balcón de sabiduría y, en un ejercicio de arrojo e inconsciencia próximo a la inmolación, este exabrupto semanal va a tomarse licencia de vigor seminal, por así decir, o lo que es lo mismo, se va a dejar llevar por el empuje hormonal del cine, que como todos ustedes saben y como ocurre con casi todo lo demás, se conjuga mayormente en masculino singular. Pues sí, vamos a hablar de mujeres, una buena excusa para llenar la página de fotografías de santas y así intentar mejorar la audiencia de este foro, muy resentido por el descrédito que provocó su diatriba sobre Magolito Gafotas (léase Harry Potter). No estaría completo este introito si no agregáramos que no vamos a hablar de la mujer en tanto nuestro igual, sino de la mujer como instrumento de la perdición, elemento con capacidad para desnortar y de las venganzas que los dioses les reservan. Y, aunque no lo crean, también hoy nos apoyamos en la termodinámica.


A Spencer le quedó
el pelo cano, cano

Conviene hacer dos advertencias previas. El texto que sucede carece de corrección política y podría ser tachado de ibérico y contumaz desvarío hormonal. Su propio autor no dudaría en calificarlo así y arrojarlo a la hoguera si un tribunal de féminas le pidiese pública rectificación. En segundo lugar, el CinExín y su alter ego han tenido mayormente saludables relaciones con el sexo inverso, incluidas saludables rupturas, saludables disputas, saludables reconciliaciones, saludables amoríos y saludables malentendidos. Como espera poder seguir tergiversando en el futuro, pide públicas excusas por lo que viene, y solicita a las féminas que lleguen hasta el final que no juzguen con severidad a uno, que bastante tiene con ser tal es. Y a una dama en particular, el CinExín promete compensarla con abundantes explicaciones acompañadas de pantagruélica penitencia y velas.


Mala con pedigrí

Vamos allá: Las mujeres son mayormente muy malas. El acervo común subraya las carencias masculinas para la sutileza, las indirectas, los dobles sentidos, la lectura entre líneas, el hablar en silencio, la conjura y la planificación. Y el cine, que es acervo y es común, pues tal cual. Sin ánimo de ponerse uno muy estupendo, la relación entre belleza y maldad es tan antigua como que el Diablo mismo era el más bello de los ángeles (como ni serafines ni querubines tenían sexo, bien podría Luzbel ser mujer) y teóricos hay de sobra para contestar a preguntas sobre el Eros y el Tánatos, relación si la hubiere. La mujer fatal (invento americano con etiqueta francesa, como todo en el cine) es el más académico de los modelos de mujer malvada, y de todas las imágenes posibles de la natural malignidad de esa criatura, es Lauren Bacall, la flaca, la encarnación paradigmática de lo muy al albur de ellas que están ellos, o sea, nosotros.


Cuervo dice que "no es
mala, es la que lo inventó"


No se sabe si era una venganza o una forma de combatir los excesos de testosterona que sacudieron Europa y el Mundo poco antes de la mitad de siglo pasado, pero el caso es que, concluida la Segunda Guerra Mundial, los demonios que los valientes estadounidenses habían combatido en forma de japonés atomizado o alemán belicoso tomaban una forma mucho más bella y letal en las carnes enjutas de mujeres fumadoras. El Cine Negro se inventó lo que rápidamente se llamó mujer fatal, y que enseguida se acompañó de metáforas más o menos sutiles (menos, menos), como mantis religiosa, mujer araña, mujer pantera, o incluso "vagina dentada", en palabras de Antonio Weinrichter quien, en un belicoso artículo titulado Cherchez la femme, hacía una erudita reflexión sobre cómo el cine caminó durante los años cuarenta y cincuenta por la teoría de la misoginia y la praxis de la fascinación.

Descarnadas


Para fetichistas sado

Las mujeres emplean sus armas para valerse en un mundo hostil dominado por la pólvora y la testosterona. La confrontación directa debe ser rehuida, así que la seducción se convierte en el mecanismo de persuasión, de poder. Ese poder no es estrictamente nuevo, aunque sí el uso que se le da en el Cine Negro. Katharine Hepburn había impartido años antes algunas clases magistrales sobre un uso menos agresivo pero no menos eficaz de esa natural capacidad para subsumir a los más aguerridos donceles, desde Historias de Filadelfia (1940), hasta La reina de África (1951), pasando por los títulos que compartiera con su hombre, Spencer Tracy, que culminan en su postrero ejercicio de dulce sometimiento de la voluntad tozuda del varón en Adivina quién viene esta noche (1967). Y sin la sofisticación vamp de las tigresas del cine negro, Bette Davis ya era perversa, sufridora, y asesina en títulos como La mujer marcada (1937) La loba (1941), Eva al desnudo (1950), o ¿Qué fue de Baby Jane? (1962). Agria mujer en un agrio mundo de y para hombres.


Ahora no, cuando yo diga

Todas ellas, patrones de diversas formas y grados de maldad, comparten esa imagen de consunción, como si en un acto de rebeldía contra la lascivia que aliena su voluntad para depositarla en un varón a menudo sin cerebro ni escrúpulos, quisieran hurtarle incluso el deleite de unas carnes generosas. Las formas femeninas, anticipando una moda que devino luego en postmoderna enfermedad vampírica, niegan su oronda rotundidez, tradicionalmente vinculada a la fecundidad, y se vuelven parcas, escuetas, se esconden. Los pómulos se acusan y se convierten en las cortantes aristas que acompañarán para siempre a cualquier mujer que tenga la más mínima aspiración de alcanzar un puesto en el escalafón de la vileza, ya sea la diabólica Linda Fiorentino de La última seducción (1994), la dominatrix vengadora Michelle Pfeiffer de Batman vuelve (1992), la asesina xenofoba Sigourney Weaver de la serie Alien (1979-1997), la versión paródica de las anteriores, encarnada por Famke Janssen en Goldeneye (1995), la más sucinta expresión de la vileza que recreó Sharon Stone en Instinto Básico (1991), o la demasiado evidente mantis que fue Demi Moore en Acoso (1994), éstas últimas metáfora directa del sida, plaga que sacudió la moral y las costumbres a finales del pasado siglo y que cargó de razones al puritanismo más indecoroso.

Delinquir con el pensamiento


No hay palabras

Porque, en ese esfuerzo tan nuestro de dar qué hacer a los galenos, para entonces ya nos habíamos inventado, además del sida, un padecimiento inexplicable llamado anorexia, que no sólo salpicó a las malas, sino también a las ninfas, de modo que las modernas lolitas lucían su pubescencia entre la languidez bulímica y la ambigüedad sexual: Juliette Lewis, desde su electrizante intervención en El Cabo del miedo (1992), ha mostrado su turgencia incipiente y contenida como demoledora arma de la inocencia en Kalifornia (1993), Asesinos Natos (1994) o Maridos y mujeres (1993), en sucesivas revisiones, poco originales, cabe decir, del candor más letal que empañara las ensoñaciones de Lewis Carroll. Para acabar de turbarnos, Natalie Portman, de cuerpo conciso, sometía a todo un asesino Jean Reno en Leon, el profesional (1995), inmediatamente antes de conturbar las noches del incauto Timothy Hutton de Beautiful Girls (1996). No debe extrañar pues que acabara llevando a la perdición a un joven paladín al que convirtió en el más glorioso némesis de la fantasía moderna: Lord Darth Vader.


Mujer emancipada,
según Walt Disney

Sí amigos, son malas, a veces sin quererlo y siempre sin parecerlo. Cuanto más bellas y recoletas peores son las mujeres del cine. Un cine que hacen mayoritariamente hombres, claro, varones reflexivos y concienzudos que se creían verdugos y son víctimas de su propia y reaccionaria lascivia. El francotirador Juan Cueto, siempre certero filósofo de la cultura audiovisual, en un recopilatorio ad hoc de la revista Nosferatu, señalaba como expresión paradigmática de la vileza femenina a Cruella de Vil, de 101 Dálmatas (1961), caricatura de la mujer soltera, independiente y con éxito empresarial y social: narcisista, ambiciosa, emancipada, histérica, fumadora contumaz y conductora alocada, que protagoniza uno más de los muchos y un tanto inofensivos ejercicios de cine retrógrado de la factoría Disney. Son los años sesenta y el varón, como el dictador que ve agonizar su régimen, exacerba su mensaje moralizante ante la imprevisible emergencia femenil.

Han pasado cuatro décadas y la guerra no ha cesado. Ahora, desde hace diez, el placer sexual y la búsqueda de la belleza, en su cruel canon de demacrada delgadez, se han vuelto conductas de riesgo sanitario, como si la naturaleza buscara despojar a la mujer de las que cree sus infalibles herramientas de poder. Se diría que una última maldición ha caído sobre ellas en forma de pandemia, en un intento postrero y fútil de eludir el anunciado final: la dominación de la Tierra.






pvallin@divertinajes.com
Archivo
Volver
Imprimir