07 de enero de 2003

Mendaces como nosotros


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Está todavía el CinExín con esa sonrisa idiota que se le pone a uno cuando los Reyes Magos han sido generosos (en la medida de los merecimientos, todo sea dicho) y amenazan con serlo más. Sabrán disculpar la impudicia de contarles que Sus Majestades han contribuido a que esta sección, que hoy retoma su andadura para desánimo de detractores, siga alimentándose de revisiones alquiladas o adquiridas, y lo oiga todo en ejercicio de plena inmersión, si me entienden. Y oyendo estos días cómo suena un rayo láser en el espacio al pasar en derredor de uno mismo, dióse este licencioso y atrabiliario orate en pensar que qué bonitas son las mentiras cuando están bien contadas. Porque, los rayos láser, claro, apenas se ven y son mudos en la atmósfera, conque difícilmente van hacer ruido en ausencia de ella.


Soberbia edición en DVD

Y tampoco suenan los motores de las naves espaciales, o las colosales explosiones, así que el equipo que han dejado los camellos (con perdón) al lado de la chimenea sólo puede transportar al universo de la ciencia ficción en la medida en que mienta. Y miente, vaya si miente. El cine mismo se basa en convenciones que no son otra cosa que ejercicios de unánime ceguera, como el de obviar las fronteras rectangulares de una realidad recortada y llena de elipsis, es decir, una mentira detrás de otra. Tan es mentira el cine, que si no lo fuera no lo sería, siendo el primer "lo", "mentira", y el segundo, "cine". Y después de este infame trabalenguas, vamos a lo que veníamos: nos gusta la falacia más que a un tonto un bolígrafo de tres colores, y esa es otra de las muchas razones por las que, tanto el CinExín como el extraño individuo que asoma tras su personalidad esquizoide ven películas sin descanso ni medida.

No sé ustedes, pero por estos lares interesa mucho más el Lawrence de Arabia (1962) de David Lean, que el T. E. Lawrence de Los Siete Pilares de la Sabiduría. El enriquecedor y sugerente relato de la ambigüedad moral y sexual (quiere decirse, inmoral y asexual) del incipiente alcohólico Peter O'Toole no necesita soporte alguno en la realidad: la existencia del personaje es la fuente de la que mana la mayúscula película de Lean, pero no es la base que la soporta, pues su vigoroso cuerpo se apoya sobre unos sólidos valores narrativos y artísticos propios.


Autoescuela Bullit

Uno no alcanza a imaginar que la Estrella de la Muerte pudiera estallar en mil pedazos sin provocar un aterrador estruendo, lo mismo que no puede concebir que Frank Bullit, que era Steve McQueen en Bullit (1968), pase tres cuartos de hora buscando dónde aparcar antes de interrogar a un testigo. O que dé la vuelta alrededor del coche para comprobar que ha cerrado todas las puertas.

No ocurre siempre, pero sí a menudo, que la mentira sea más rica y fascinante que la verdad. Algo hablamos de este asunto en artículos anteriores, fundamentalmente en los Goces primordiales, y en el dedicado a los making off. Sin embargo, lo que sí sucede de forma infalible es que la mentira es más creíble que la verdad. El sosías de este CinExín, comprometido con la verdad por profesión e incapacidad, sabe bien que sería más fácil, creíble y sano contar mentiras que explicar lo que de verdad ocurre. En este foro, sin embargo, las reglas son muy otras, les prevengo. De modo que no se crean todo lo que leen bajo el epígrafe que encabeza porque se rige por el mismo principio que el cine: lo que se cuenta es verosímil, coherente y con una cierta aspiración estética, pero no necesariamente cierto.

Posología, intoxicación y su tratamiento


Política de altura

Las mentiras, no obstante, no pueden ser suministradas sin control ni mesura. Y aunque es cierto que, en general, el pueblo no siempre sabe administrar la verdad, un uso inmoderado de la mentira no sólo no tiene los pretendidos efectos terapéuticos que en su considerable bondad persiguen los gobiernos, sino que puede volverse contra la autoridad, pues el vulgo, cuando descubre que le mienten mal (y si lo descubre, es que le mienten mal), olvida anteriores profilaxis curativas y se muestra desagradecido y colérico. Quiere decirse con esto que es aconsejable bajarse de la burra cuando a uno lo cazan mintiendo por tercera vez en la misma semana, por muy vicepresidente que uno sea. No sólo hay que mentir, sino que hay que mentir bien o aprender a maquillar la verdad para que sea verosímil. Nada hay peor que una mentira increíble.


Miente más que habla

Quizá por eso sienten algunos espectadores ese rechazo convulso hacia las películas de James Bond. Mientras enfermos mentales como este su seguro servidor se regodean en la persecución vertical y descendente de la motocicleta y la avioneta que la precede en el arranque de Goldeneye (1995), los más sensatos señalan que la avioneta no puede picar (caer de morro) como hace la de la película porque la aceleración terminaría por hacerle remontar el vuelo (por efecto aerodinámico). Pues vale. Sin ir más lejos, en el entorno de los prosélitos de esta página hay uno que no tolera los imposibles aeronáuticos y otro que mira el color de las hojas de los árboles cuando oye decir que es octubre y si están verdes apaga la tele o sale del cine. Forofos de la verdad los hay en todos lados, pero para el asunto del cinematógrafo uno es más partidario de dejarse envolver por invenciones tan gratuitas como un cadáver que relata de viva voz su historia, que es El crepúsculo de los dioses (1950) (sí, hay una película muy moderna y con muchos oscars que copia ese recurso dramático), o un hombre al que le es dado ver cómo sería el mundo sin él, Qué bello es vivir (1946).

Mentiras de mentira


Los adjetivos fueron
añadidos luego

También la edad modifica nuestra empatía con las mentiras y, así, una película tan tramposa y conservadora como El club de los poetas muertos (1989) fue tragada como píldora camuflada en pastel por cuántos imberbes caímos en sus redes, como si de un manifiesto subversivo se tratase. De igual modo, esa cursi y poco sutil metáfora de los ángeles del cielo que invaden una dulcificada residencia de ancianos en la ciertamente empalagosa Cocoon (1985) fue considerada el rien ne va plus de la ternura allá cuando Ron Howard comenzaba a destapar el frasco de las esencias, o sea, su tarro de azúcar.

Sea por la capacidad de algunos guionistas para reírse de su propio oficio o por la necesidad de buscar nuevos enfoques, el cine a menudo ha hecho befa de su propia condición de mentira universal. Desde la imprescindible Cantando bajo la lluvia (1952), de Stanley Donen y Gene Kelly, hasta la caricaturesca El último gran héroe (1993), de John McTiernan, gustan los cineastas de hacer como que no se toman a sí mismos demasiado en serio, lo que demuestra lo muy en serio que se toman. En este camino de confesar lo mentirosos que son, algunos se ponen más severos y buscan un mayor recorrido intelectual, caso de State and Main (2000) de David Mamet, o un personal ajuste de cuentas, caso de El juego de Hollywood (1992), de Robert Altman. Con todo, estos ejercicios más o menos justificados de onanismo cinematográfico buscan a menudo el aplauso cómplice de los iniciados antes que la pública denuncia de cuanto hay de mentira en la industria de la ficción.

Mentiras de verdad


Bernstein y Woodward

Pero, ay, los silencios culpables y las medias verdades son de largo más perniciosos que las más elaboradas mentiras. Esa conciencia ciudadana que adorna a los estadounidenses, maravillosamente ingenuos tantas veces y, por tanto, maravillosamente puros, hizo eclosionar durante los años setenta y primeros ochenta un cine descreído y acusador que aireaba las vergüenzas de una sociedad que fue demasiado crédula con sus gobernantes. Es lo que un buen amigo denomina "el cine demócrata norteamericano", porque dice que llamarlo "de izquierdas" o "cine social" es mucho llamar. Todos los hombres del presidente (1977), de Alan J. Pakula, es el paradigma de un género cuyo mayor defecto es esa inquebrantable fe en un sistema que, a la larga, siempre exorciza sus demonios, expurga sus pecados. Sólo la desabrida e imponente JFK (1991) de Oliver Stone demuestra un mayor apego a la forma en que en realidad suceden las cosas, es decir, que la batalla de los buscadores de la verdad con frecuencia tiene magros resultados.


Se podía titular
El Golpe (de Estado)

En años más recientes, otros dos títulos se han destacado por su militancia. Quiz Show: el dilema (1994), de Robert Redford, y The Insider. El Dilema (1999), de Michael Mann. La segunda, a juicio de este CinExín, una de las mejores películas llegadas de los Estados Unidos en los últimos diez años, será objeto de más detenido análisis en un eventual y futuro artículo dedicado, nobleza obliga, al cine de periodistas. La primera, además de ser la mejor cinta de su director, plantea una lección que no es política, al centrarse en un concurso televisivo, es decir en un asunto intrascendente, una mentira inofensiva, y adquiere así una dimensión de fábula moral que ilumina un espacio más amplio y serio de la naturaleza humana: la mentira es la herramienta del tipo sin escrúpulos, por más pueril e inocuo que sea el resultado de la falacia, porque siempre es usada para extraer una ventaja inmerecida. Casi siempre, dinero.


Él es la fuente

En aplicación de esa loable pero periclitada ingenuidad norteamericana, no hay mentiras piadosas, la verdad debe resplandecer al pie de las barras y estrellas. Si aceptáramos eso, el cine, que es el embuste más venturoso, sería pecado. Lo que explicaría el morboso regocijo que produce.

A este lado del Atlántico, porque somos más viejos aunque seamos más jóvenes, sabemos que la verdad no es una pieza íntegra de contornos limpios, sino que semeja más bien una roca gris, irregular, llena de grietas e imperfecciones. Y entre sus líquenes hallan abrigo las mentiras. Nuestra percepción de la verdad se parece a nosotros y a nuestras anómalas conciencias. Por eso nuestro cine es kantiano, cuando el de ellos es platónico. Su verdad se parece al bello y frío monolito de Stanley Kubrick, que era obra de una inteligencia superior y trascendente, porque su verdad es mentira.








pvallin@divertinajes.com
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